01 #7
El pirata se tomó su tiempo desplegándolos ante él.
Depositó primero la bola de cristal con los malabaristas en su interior.
A su lado dejó la rosa, y luego ordenó con cuidado las doce uñas a su alrededor.
Al final del arco colocó el cofre con las tacitas.
En una oquedad introdujo un puñado de pequeñas esferas de cristal.
Las había encontrado en el último tramo de la playa.
Junto a estas soltó su último hallazgo, una pluma de cobre que parecía pesar poco más que una de verdad.
Asintió con la cabeza cuando hubo terminado y se apartó.
Con un vistazo de disculpas a su capitán, Gankis depositó tímidamente el juguete de madera pintada a un lado del arco.
Luego también él se retiró. El Otro contempló el abanico de tesoros que tenía ante sí.
Después, levantó sus extraños ojos planos para sostener la mirada azul de Kennit. Habló al fin:
—¿Esto es todo lo que han encontrado? —El énfasis era inconfundible.
Kennit hizo un diminuto movimiento de hombros y cabeza, un gesto que podía significar sí o no, o nada. No habló. Gankis arrastró los pies con incomodidad. El Otro rellenó ruidosamente sus bolsas de aire.
—Lo que el océano deposita aquí no está destinado a los hombres. El agua lo trae aquí porque aquí es donde desea el agua que esté. No te encares con la voluntad del agua, pues no es algo que hagan las criaturas sabias. A ningún humano se le permite conservar lo que encuentre en la Playa del Tesoro.
—¿Pertenece al Otro, acaso? —preguntó Kennit con calma.
Pese a la diferencia entre sus especies, seguía resultándole fácil ver que había desconcertado al Otro. Este tardó un momento en recuperarse, antes de responder con seriedad:
—Lo que el océano deposita en la Playa del Tesoro pertenece siempre al océano. Nosotros no somos sino celadores.
La sonrisa de Kennit tensó sus labios tirantes y finos.
—Bueno, en ese caso, no tienes de qué preocuparte.
Soy el capitán Kennit, y no soy el único que te dirá que todo el océano es mío para recorrerlo a mi antojo.
De modo que todo cuanto pertenezca al océano es mío también.
Ya tienes tu oro, expón ahora tu profecía y deja de preocuparte por lo que no te pertenece.
Gankis jadeó junto a él, pero el Otro no dio muestras de reaccionar ante estas palabras.
Inclinó solemnemente la cabeza, en cambio, tendiendo su cuerpo sin cuello hacía él, casi como si quisiera reconocer a Kennit como su señor.
A continuación levantó la cabeza, y sus ojos de pez encontraron el alma de Kennit tan confiados como un dedo sobre un mapa.
Cuando habló, había una nota más profunda en su voz, como si las palabras fueran propulsadas desde lo más hondo de su ser:
—Tan simple es esta revelación que incluso uno de tu prole podría interpretarla.
Te apropias de lo que no es tuyo, capitán Kennit, y como tuyo lo reclamas.
Da igual cuánto caiga en tus manos, nunca te das por saciado.
Quienes te siguen deben conformarse con las migajas y los juguetes que desechas, mientras tú te quedas con lo que te parece más valioso.
—Los ojos de la criatura se trabaron con la atónita mirada de Gankis—.
Gracias a su evaluación, ambos resultan engañados y ambos salen perdiendo.
A Kennit no le hacía ninguna gracia el cariz que estaba tomando esta profecía.
—Mi oro me ha comprado el derecho a formular una pregunta, ¿no es así? —inquirió con altanería.
Las fauces del Otro se abrieron desencajadas; no para expresar asombro, sino tal vez amenaza. Las hileras de dientes eran en verdad impresionantes. Cerró la boca de golpe. Los finos labios se agitaron apenas cuando eructó a modo de respuesta:
—Sssí.
—¿Conseguiré aquello a lo que aspiro?
Las bolsas de aire del Otro palpitaron especulativamente.
—¿No quieres hacer una pregunta más específica?
—¿Necesitan los augurios que sea más específico? —preguntó Kennit, tolerante.
El Otro volvió a mirar de soslayo el despliegue de objetos: la rosa, las tazas, las uñas, los malabaristas dentro de la pelota, la pluma, las esferas de cristal.
—Conseguirás lo que desea tu corazón —dijo sucintamente.
Una sonrisa comenzó a formarse en el rostro de Kennit, pero se borró cuando la criatura continuó con tono más ominoso—: Aquello que te empuja adelante lo conseguirás.
Esa tarea, esa proeza, esa hazaña que puebla tus sueños florecerá entre tus manos.
—Basta —gruñó Kennit, brusco. Abandonó la idea de solicitar audiencia con su diosa.
Esto era todo lo lejos que deseaba llevar su profecía.
Se agachó para recuperar los trofeos de la arena, pero la criatura desplegó sus grandes manos palmeadas y cubrió los tesoros con ellas, con ademán protector.
Una gota de veneno se agolpaba, verde, en la punta de cada uno de sus dedos.
—Los tesoros, desde luego, se quedarán en la Playa del Tesoro. Me ocuparé yo de su emplazamiento.
—Vaya, gracias —dijo Kennit, con voz melódica de sinceridad.
Se enderezó despacio, pero cuando la criatura bajó la guardia, se adelantó de improviso, plantando firmemente un pie sobre la bola que contenía los malabaristas.
Se rompió con un tintineo. Gankis gritó como si acabara de asesinar a su primogénito, e incluso el Otro dio un respingo ante aquella caprichosa destrucción—.
Lástima —observó Kennit mientras se daba la vuelta—, pero si no puede ser mío, ¿por qué tendría que ser de nadie?
Prudencialmente, se guardó de aplicar el mismo tratamiento a la rosa.
Sospechaba que su delicada belleza estaba forjada en un material que no cedería ante la presión de su bota.
No quería perder su dignidad intentando destruirla sin éxito.
Los demás objetos poseían escaso valor, a su juicio; el Otro podía hacer lo que le placiera con esas baratijas. Dio media vuelta y se alejó a zancadas.
A su espalda oyó el siseo de rabia del Otro, que inspiró un largo aliento, antes de entonar:
—El talón que destruye lo que pertenece al mar será reclamado por el mar algún día. —Sus colmilludas fauces se cerraron con un chasquido, tragándose de un bocado esta última profecía.
Gankis se apresuró a situarse junto a Kennit. Para él siempre sería preferible el peligro conocido al peligro por conocer. Media decena de pasos playa adentro, Kennit se detuvo y se giró. Proyectó la voz hacia donde el Otro seguía agazapado sobre los tesoros:
—Oh, sí, había otro augurio que quizá desees considerar.
Pero opino que el océano lo abandonó para ti, no para mí, así que lo he dejado donde estaba.
Es bien sabido, creo, que a los Otros no les gustan los gatos.
—De hecho, su temor y adoración hacia todo lo felino era casi tan legendario como su talento profético.
El Otro no se dignó responder, pero Kennit tuvo la satisfacción de ver cómo se inflaban de alarma sus bolsas de aire—.
Los encontrarás en la playa. Una camada de gatos enterita para ti, con sus bonitos pelajes azules.
Estaban dentro de una bolsa de cuero. Siete u ocho bonitas criaturas.
La mayoría tenía bastante mal aspecto tras su chapuzón en el océano, pero seguro que los que saqué sabrán apañárselas.
Recuerda que no te pertenecen a ti, sino al océano.
Estoy seguro de que sabrás tratarlos con la amabilidad que se merecen.
El Otro emitió un sonido peculiar, casi un silbido.
—¡Llévatelos! —suplicó—. Llévatelos todos. ¡Por favor!
—¿Llevarme de la Playa del Tesoro lo que el océano tuvo a bien dejar aquí?
Ni loco haría algo así —aseguró Kennit con suma franqueza.
No se rio, ni sonrió siquiera mientras daba la espalda a la evidente turbación del Otro.
Llegó a descubrirse tarareando la tonada de una canción subida de tono, en boga actualmente en Mentecacia.
La cadencia de sus zancadas era tal que Gankis pronto reanudó sus resoplidos mientras trotaba a su par.
—¿Señor? —jadeó Gankis—. ¿Me permite una pregunta, capitán Kennit?
—Concedido —respondió espléndidamente Kennit. Medio esperaba que el hombre le pidiera que aminorara el paso, para negarse. Debían desandar el camino hasta el barco lo antes posible si querían hacerse a la mar antes de que emergieran las rocas al retirarse la marea.
—¿Qué meta es esa que va a conseguir?
Kennit abrió la boca, tentado de contestar.
Pero no. Había planeado esto con demasiado cuidado, lo había representado todo en su cabeza demasiadas veces.
Esperaría hasta estar en camino, cuando Gankis hubiera tenido tiempo de sobra para contar a la tripulación lo ocurrido en la isla.
Dudaba que fuera a tardar mucho. El viejo ayudante era parlanchín, y tras su ausencia los hombres estarían muertos de curiosidad por saber de su visita a la isla.
Cuando tuvieran el viento en sus velas y hubieran recorrido gran parte de la distancia que los separaba de Mentecacia, llamaría a todos sus hombres a cubierta.
Empezaba a dejarse llevar por la imaginación, y pudo ver la luna que lo bañaba mientras se dirigía a los hombres reunidos a sus pies en el combés.
Sus pálidos ojos azules rutilaron con el fulgor de sus ensoñaciones.
Atravesaron la playa mucho más deprisa que cuando estaban buscando tesoros.
En poco tiempo estaban subiendo por el empinado sendero que ascendía desde la orilla y cruzaba el boscoso interior de la isla.
Mantuvo oculta a los ojos de Gankis la ansiedad que sentía por la Marietta .
Las mareas en la ensenada subían y bajaban con un rigor que era ajeno a las fases de la luna.
El barco que se creía anclado a salvo en la ensenada podría encontrar su casco aplastado contra unas rocas que, sin duda, no estaban allí la última vez que bajó la marea.
Kennit no quería correr riesgos con su Marietta ; estarían a buen recaudo de este lugar encantado antes de que la marea pudiera vararla.