Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 01 #6
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—Y esto —concedió el marinero. Sacó un botón de rosa de su bolsillo.

Kennit lo tomó de sus manos con tiento, con cuidado de las espinas.

Había llegado a creer que era real hasta el momento en que lo sostuvo y encontró el tallo tieso e inflexible.

Lo sopesó en su mano; era tan ligero como lo sería una rosa de verdad.

Le dio la vuelta, intentando decidir de qué estaba hecho: concluyó que no era nada que hubiera visto antes.

Aún más misteriosa que su estructura era su fragancia, tan cálida y especiada como si se tratara de una rosa en flor sacada de un jardín en verano.

Kennit enarcó una ceja en dirección a Gankis mientras prendía la rosa en la solapa de su saco.

Las curvas espinas la sujetaron con firmeza.

Kennit vio cómo se fruncían los labios de Gankis, pero el marinero no osó pronunciar palabra.

Kennit miró el sol de soslayo y luego el oleaje.

Tardarían más de una hora en regresar a la otra punta de la isla.

No podía quedarse mucho más tiempo sin arriesgar su nave contra las rocas expuestas por la marea en retirada.

Un raro momento de indecisión nubló sus pensamientos.

No había venido a la Playa del Tesoro solo por el tesoro; había venido en busca del oráculo del Otro, confiando en que este accediera a hablar con él.

Necesitaba la información del oráculo; ¿no era ese el motivo de que hubiera traído a Gankis en calidad de testigo?

Gankis era uno de los pocos hombres a bordo de su nave que no adornaba continuamente sus propias aventuras.

Sabía que no solo los miembros de su tripulación, sino cualquier pirata de Mentecacia aceptarían las palabras de Gankis por válidas.

Además, si el oráculo que presenciaba Gankis no satisfacía los propósitos de Kennit, sería un hombre fácil de eliminar.

Consideró de nuevo el tiempo que le quedaba.

Un hombre prudente interrumpiría ahora su búsqueda en la playa, confrontaría al Otro y se apresuraría a volver a su barco.

Los hombres prudentes nunca se fiaban de su suerte.

Pero Kennit había decidido hacía mucho tiempo que un hombre debía confiar en su suerte a fin de que esta creciera.

Era un credo personal, uno que había descubierto por sí mismo y que no veía razón para compartir con nadie más.

Nunca había logrado ningún triunfo significativo sin correr riesgos y confiar en su suerte.

Quizá el día en que se volviera prudente y cauto, su suerte se sentiría ofendida y lo abandonaría.

Sonrió para sí mientras concluía que ese sería el único riesgo que no correría jamás.

Nunca dejaría a la suerte el que su suerte jamás fuera a dejarlo en la estacada.

Esta lógica convulsa le complacía. Continuó su relajado rastreo de la línea de la marea alta.

Al acercarse a las dentadas rocas que señalaban el final de la playa en forma de media luna, hasta el último de sus sentidos cosquilleaba con la presencia del Otro.

Su olor era tentadoramente dulce, y al instante se tornaba en algo rancio y pútrido cuando cambiaba el viento y lo transportaba más fuerte.

El olor era tan penetrante que se convertía en un sabor en las paredes de su garganta, asfixiándolo casi.

Pero no era solo el olor de la bestia; Kennit podía sentir su presencia en su piel.

Le chasqueaban los oídos y sentía su aliento como una presión sobre los ojos y la piel de su garganta.

No creía estar transpirando, pero de pronto su rostro se aceitó de sudor, como si el viento hubiera recogido alguna sustancia de la piel del Otro para pegarla a la suya.

Kennit combatió una repugnancia rayana en la náusea.

Se negaba a dejar translucir esa debilidad.

Se irguió, en cambio, cuan alto era, y alisó su chaleco con gesto indiferente. El viento agitó las plumas de su sombrero y los lustrosos rizos negros de su cabello.

A grandes rasgos, lucía un porte digno, y el conocimiento de que tanto los hombres como las mujeres se sentían impresionados por él era una fuente de poder.

Era alto, pero de músculos proporcionados.

El corte de su abrigo resaltaba la anchura de sus hombros y torso, así como lo liso de su vientre.

También su rostro lo complacía. Se sentía atractivo.

Tenía la frente alta, el mentón firme y la nariz recta sobre unos labios finamente dibujados.

Llevaba la barba puntiaguda, a la moda, con las guías de su bigote enceradas.

El único rasgo que lo desagradaba eran sus ojos: tenía los ojos de su madre, pálidos, acuosos y azules.

Cuando se topaba con su mirada en el espejo, ella lo miraba a través de ellos, preocupada y llorosa ante sus disolutas costumbres.

A él le parecían los ojos vacuos de un idiota, fuera de lugar en su tez bronceada.

En cualquier otro hombre, la gente habría dicho que tenía unos templados ojos azules, ojos inquisitivos.

Kennit se esforzaba por cultivar una glacial mirada azul, pero sabía que sus ojos eran demasiado claros incluso para eso.

Aumentó el esfuerzo con un ligero fruncimiento del labio mientras dejaba que sus ojos reposaran en el expectante Otro.

No parecía muy impresionado mientras le devolvía la mirada desde una altura casi igual a la suya.

Resultaba extrañamente tranquilizador descubrir lo precisas que eran las leyendas.

Las manos y los pies de dedos palmeados, la obvia flexibilidad de los miembros, los planos ojos de pez en sus cuencas cartilaginosas, incluso la suave piel escamada que recubría a la criatura eran tal y como se esperaba Kennit.

Su cabeza calva y roma era deforme, ni de humano ni de pez.

El gozne de su mandíbula quedaba debajo de los agujeros que tenía por orejas, anclando una boca lo bastante grande como para albergar la cabeza de una persona.

Sus delgados labios no podían ocultar las hileras de diminutos dientes afilados.

Sus hombros parecían encorvarse hacia delante, pero la postura sugería fuerza bruta más que descuido.

Se cubría con algo parecido a una capa, de un azul pálido, y el tejido era tan fino que no poseía más textura que el pétalo de una flor.

Lo ceñía de un modo que sugería la fluidez del agua.

Sí, todo era tal y como lo había leído. Lo que no había anticipado era la atracción que sentía.

Algún efecto del viento debía de haber engañado su olfato.

La fragancia de la criatura era como la de un jardín en verano; su aliento, el sutil bouquet de un vino extraordinario.

Toda la sabiduría residía en aquellos ojos inescrutables.

Ansió de repente distinguirse ante él y ser juzgado digno de su atención.

Quería impresionarlo con su valía y su inteligencia.

Anhelaba que lo tuviera en consideración.

Oyó el suave crujido de los pasos de Gankis en la arena a su espalda.

Por un instante, la atención del Otro vaciló.

Los ojos planos dejaron de contemplar a Kennit y en ese momento se rompió el glamour.

Kennit casi se sobresaltó. A continuación cruzó los brazos sobre el pecho de modo que la cara de tronconjuro se apretara contra su piel.

Avivada o no, parecía que había funcionado, repeliendo el encantamiento de la criatura.

Y ahora que estaba al corriente de las intenciones del Otro, mantendría firme su voluntad frente a ese tipo de manipulación.

Cuando los ojos del Otro volaron al encuentro de la mirada de Kennit, este lo vio por lo que era: una fría y escamosa criatura de las profundidades.

Pareció darse cuenta de que había perdido su presa sobre él, pues cuando llenó las bolsas de aire detrás de sus mandíbulas y eructó sus palabras, Kennit percibió una pizca de sarcasmo:

—Bienvenido, peregrino. El mar ha recompensado bien tu búsqueda, por lo que veo. ¿Harás una ofrenda de buena voluntad y oirás al oráculo narrar el significado de tus hallazgos?

Su voz rechinaba como unas bisagras mal engrasadas al jadear y resoplar sus palabras.

Una parte de Kennit admiraba el esfuerzo que debía de haberle supuesto aprender a vocalizar las palabras humanas, pero su faceta más implacable lo consideraba un mero acto servil.

Aquí estaba esta criatura, extraña en todos los aspectos a su humanidad.

Él estaba ante ella, en su propio territorio, y aun así lo esperaba, hablaba en su idioma, rogaba limosnas a cambio de sus profecías.

Mas, si lo reconocía como superior, ¿por qué había sarcasmo en su voz?

Kennit descartó la pregunta. Metió la mano en su bolsa y sacó de ella las dos piezas de oro que constituían la ofrenda acostumbrada.

Pese a sus anteriores disimulos con Gankis, había investigado qué se podía esperar.

La buena suerte funciona mejor si está prevenida.

De modo que permaneció imperturbable cuando el Otro extendió una tiesa lengua gris para recibir las monedas, y no le cohibió depositarlas allí.

La criatura reintrodujo la lengua en sus fauces.

Si hizo algo con el oro aparte de tragárselo, Kennit no se percató.

Hecho aquello, el otro ensayó una envarada especie de reverencia, antes de alisar un abanico de arena para recibir los objetos que había reunido Kennit.