Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 01 #5
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—No lo estoy —admitió Wintrow—. La verdad, apenas lo conozco.

Cuando era pequeño, él siempre estaba en el mar.

Cuando estaba en casa, siempre me atemorizaba.

No con crueldad, sino con… poder. En él todo parecía demasiado grande para la estancia, desde su voz hasta su barba.

Ya cuando era un niño y oía hablar a la gente de él, era como si hablaran de una leyenda o un héroe.

No recuerdo haberlo llamado nunca abuelito, ni siquiera abuelo.

Cuando regresaba de sus viajes, irrumpía en la casa como el viento del norte y yo solía cobijarme de su presencia más que disfrutar de ella.

Cuando me llevaban a rastras a su presencia, lo único que recuerdo era que lo decepcionaba mi talla.

«¿Por qué es tan pequeño este niño?», preguntaba.

«¡Se parece a mis hijos, pero con la mitad de tamaño!

¿No le dan carne? ¿No come bien?». Luego me tomaba y tanteaba mi brazo, como si estuvieran engordándome para la mesa.

Siempre me avergonzó mi tamaño, como si fuera un defecto.

Desde que me consagraron al sacerdocio, lo he visto cada vez menos, pero la impresión que conservo de él no se ha alterado.

Con todo, no es mi abuelo lo que temo, ni siquiera tener que velar su lecho de muerte.

Es volver a casa, Berandol. Es tan… ruidosa.

Berandol hizo una mueca de comprensión.

—Creo que hasta llegar aquí no había aprendido a pensar —continuó Wintrow—.

Aquel lugar era demasiado frenético y bullicioso.

No tenía tiempo para pensar. Desde que la nana nos sacaba de la cama por la mañana hasta que nos bañaba, vestía y acostaba de nuevo por la noche, estábamos en movimiento.

Vistiéndonos y yendo a los recados, asistiendo a clases, a las comidas, visitando amigos, vistiéndonos de otra forma y asistiendo a más comidas…

, era interminable. ¿Sabes?, cuando llegué aquí, me pasé los dos primeros días sin salir de mi celda.

Sin la nana ni mi abuela ni mi madre para hostigarme, no sabía qué hacer por mí mismo.

Y mi hermana y yo habíamos formado una unidad durante tanto tiempo…

«Los niños» tienen que echarse la siesta, «los niños» tienen que almorzar.

Me sentí como si hubiera perdido la mitad de mi cuerpo cuando nos separaron.

Berandol sonreía comprensivo.

—De modo que así es ser un Vestrit. Siempre me había preguntado cómo vivían los hijos de los antiguos mercaderes del Mitonar.

Para mí era muy diferente y, al mismo tiempo, muy similar.

En mi familia éramos porquerizos. Yo no tenía nana ni compromisos sociales, pero siempre había tareas en abundancia con que mantenerse ocupado.

En retrospectiva, nos pasábamos la mayor parte del tiempo sobreviviendo, sin más.

Esparciendo el alimento, arreglando cosas que para cualquier otro haría tiempo que no tenían arreglo, cuidando de los cochinos…

Creo que los cerdos recibían más cuidados que nadie.

A nadie se le pasó nunca por la cabeza consagrar un hijo al sacerdocio.

Entonces enfermó mi madre, y mi padre hizo la promesa de que, si vivía, dedicaría uno de sus hijos a Sa.

De modo que, cuando sobrevivió, me enviaron lejos de casa.

Yo era el redrojo de la camada, por así decirlo.

El hijo superviviente más joven, y con un brazo mal desarrollado.

Fue un sacrificio para ellos, estoy seguro, pero no tanto como renunciar a uno de mis robustos hermanos.

—¿Un brazo mal desarrollado? —preguntó sorprendido Wintrow.

—Así es. Me había caído encima de él cuando era pequeño y tardó mucho tiempo en curar, y cuando se curó, nunca fue tan fuerte como debería.

Pero los sacerdotes me sanaron. Me dejaron con los encargados de regar el huerto, y el sacerdote que estaba a nuestro cargo me daba cubetas descompensadas.

Me obligaba a transportar el más pesado con el brazo débil.

Al principio pensé que estaba loco; mis padres siempre me habían enseñado a utilizar el brazo fuerte para todo.

Fue mi primera introducción a los preceptos de Sa.

Wintrow frunció el ceño, aunque después sonrió.

—«Pues el débil ha de poner a prueba su fuerza para encontrarla, y así se hará fuerte».

—Exacto. —El sacerdote indicó el edificio bajo y alargado que se alzaba ante ellos.

Las celdas de los acólitos eran su destino—.

El mensajero tardó en llegar aquí. Tendrás que preparar tus cosas deprisa y partir de inmediato si quieres llegar al puerto antes de que zarpe tu barco. Es un largo paseo.

—¡Un barco! —La desolación que se había desvanecido fugazmente del rostro de Wintrow regresó de golpe—.

No había pensado en eso. Odio los viajes por mar.

Pero cuando uno debe ir de Jamaillia al Mitonar, no le queda otra elección.

—Frunció aún más el ceño—. ¿Caminar hasta el puerto?

¿No me han encomendado un hombre y un caballo?

—¿Tan deprisa revives las comodidades de la riqueza, Wintrow?

—lo amonestó Berandol. Cuando el muchacho agachó la cabeza, cariacontecido, continuó—: No, el mensaje decía que un amigo se había ofrecido a cruzarte y que la familia había aceptado gustosa.

—Con más suavidad, añadió—: Sospecho que para tu familia el dinero no es tan abundante como antaño.

La Guerra del Norte ha perjudicado a muchas de las familias de mercaderes, tanto en los artículos que nunca bajan por el río Alce como en los que nunca se vendieron allí.

—Más pensativo, prosiguió—: Y nuestro joven sátrapa no siente por el Mitonar la predilección que sentían su padre y sus abuelos.

Estos parecían pensar que quienes eran tan valientes como para asentarse en las Orillas Malditas deberían quedarse con la mayor parte de los tesoros que encontraran allí.

Pero no el joven Cosgo. Dicen que, en su opinión, hace tiempo que cosecharon la recompensa por su arrojo, que las Orillas están bien pobladas y que cualquier maldición que hubiera allí antes se ha dispersado ya.

No solo les ha enviado nuevos impuestos, sino que ha repartido nuevas concesiones de tierras cerca del Mitonar entre algunos de sus favoritos.

—Berandol sacudió la cabeza—. Rompe la promesa de su ancestro e impone penurias a quienes siempre han cumplido la palabra que le dieron. Nada bueno puede salir de esto.

—Lo sé. Debería dar gracias por no tener que ir a pie todo el camino. Pero es duro, Berandol, aceptar un viaje a un destino que temo, y más en barco. Me pasaré el viaje entero hecho una piltrafa.

—¿Te mareas? —preguntó sorprendido Berandol—. No pensaba que eso les pudiera ocurrir a los de familia marinera.

—El tiempo adecuado puede trastocar el estómago a cualquiera, pero no, no es eso.

Es el ruido y el ir de acá para allá y el abarrotamiento.

El olor. Y los marineros. Hombres buenos a su manera, pero…

—El muchacho se encogió de hombros—. No como nosotros.

No tienen tiempo para hablar de las cosas que hablamos nosotros aquí, Berandol.

Y si lo tuvieran, sus ideas serían tan básicas como las del acólito más joven.

Viven igual que los animales y razonan como animales.

Me sentiré igual que si estuviera viviendo entre bestias.

Aunque ellos no tengan la culpa —añadió al ver fruncir el ceño al joven sacerdote.

Berandol tomó aire como si fuera a sermonearlo, antes de pensárselo mejor. Transcurrido un momento, dijo pensativo:

—Hace dos años que no visitas el hogar de tus padres, Wintrow. Dos años que no sales del monasterio y te rodeas de gente trabajadora. Mira y escucha con atención, y cuando vuelvas con nosotros, dime si sigues pensando lo que acabas de decir. Te recomiendo que te acuerdes de esto, porque yo lo haré.

—Me acordaré, Berandol —prometió sinceramente el muchacho—. Y te echaré de menos.

—Es probable, pero no hasta dentro de unos días, pues he de escoltarte en tu camino hasta el puerto. Vamos. Recoge tus cosas.

Mucho antes de que Kennit llegara al final de la playa, se dio cuenta de que el Otro lo observaba.

Eso era previsible, pero aun así le intrigaba, pues a menudo había oído que eran criaturas del amanecer y el ocaso que rara vez salían con el sol aún en el cielo.

Un hombre menos entero se habría asustado, pero ese hombre no poseería la suerte de Kennit.

Ni su habilidad con la espada. Reanudó su ocioso paseo por la playa, sin dejar de amasar botín.

Fingió ser ajeno a la criatura que lo vigilaba, aunque estaba sobrecogedoramente seguro de que esta sabía que le estaba engañando.

Un juego dentro de otro juego, se dijo, y sonrió para sus adentros.

Se irritó mucho cuando, instantes después, Gankis llegó al galope hasta la playa para anunciar sin aliento que había uno de los Otros allí arriba, observándolo.

—Lo sé —dijo con aspereza. Un momento más tarde había recuperado el control de su voz y sus rasgos.

En un tono más amable, explicó—: y él sabe que sabemos que nos está observando.

Así las cosas, te sugiero que lo ignores, como hago yo, y termines de rastrear tu terraplén.

¿Has encontrado algo más que merezca la pena?

—Algunas cosas —admitió Gankis sin alegría.

Kennit se enderezó y aguardó. El marinero rebuscó en los holgados bolsillos de su abrigo raído—.

Tengo esto —dijo mientras sacaba a regañadientes un objeto de madera brillantemente pintada.

Era un conjunto de discos y bielas con agujeros circulares en algunos de los primeros.

A Kennit le pareció incomprensible.

—Algún tipo de juguete infantil —lo consideró. Enarcó una ceja en dirección a Gankis y esperó.