Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 01 #4
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Contempló los trozos de reluciente cristal y se acercó a la mesa que había frente a él.

La belleza de la imagen de cristal tintado que había moldeado lo asombró incluso a él, aunque seguía sin aproximarse al prodigio que había sido el árbol.

La tocó con los dedos, siguiendo la línea del tronco y las gráciles ramas.

Acariciar la imagen era como tocar su propio cuerpo; así de bien la conocía.

Oyó a su espalda la suave inspiración de Berandol.

En su estado de consciencia aún aumentada, pudo sentir cómo fluía la adoración del sacerdote con la suya propia, y se quedaron inmóviles, solazándose juntos en la gloria de Sa.

—Wintrow —repitió con suavidad el sacerdote.

Alargó un brazo y trazó con un dedo el perfil del diminuto dragón que asomaba entre las ramas más altas del árbol, para luego tocar la rutilante curva de un cuerpo serpentino, casi escondido entre las retorcidas raíces.

Puso una mano en los hombros del muchacho y lo apartó con delicadeza de su banco de trabajo.

Mientras lo sacaba del taller, lo amonestó con dulzura—.

Eres demasiado joven para pasarte toda la mañana inmerso en ese estado. Tienes que aprender a dosificarte.

Wintrow levantó las manos para frotarse los ojos legañosos.

—¿Llevo aquí toda la mañana? —preguntó con aturdimiento—. No me lo parecía, Berandol.

—Seguro que no. Pero también estoy seguro de que la fatiga que ahora te invade te convencerá de ello. Uno ha de tener cuidado, Wintrow. Mañana, pídele a un cuidador que te despierte a media mañana. Un talento como el que tú posees es demasiado valioso para dejar que lo consumas.

—Ahora sí que estoy dolorido —concedió Wintrow. Se pasó la mano por la frente, apartándose el fino cabello negro de los ojos, y sonrió—. Pero el árbol merecía la pena, Berandol.

Este asintió despacio.

—En más de un sentido. La venta de semejante ventana nos reportará monedas suficientes para arreglar el techo del salón de los novicios.

Si es que la Madre Dellity consiente que el monasterio se desprenda de algo tan prodigioso.

—Vaciló un momento antes de añadir—: Veo que han vuelto a aparecer.

El dragón y la serpiente. ¿Sigues sin tener ni idea…

? —Dejó que su pregunta quedara inacabada.

—Ni siquiera recuerdo haberlos puesto ahí —dijo Wintrow.

—Bueno. —No había ni rastro de juicio en la voz de Berandol. Tan solo paciencia.

Caminaron un momento en amigable silencio por los fríos pasillos de piedra del monasterio.

Los sentidos de Wintrow perdieron poco a poco su agudeza y se redujeron a un nivel normal.

Ya no podía paladear los aromas de las sales atrapadas en las paredes de piedra ni oír el inapreciable asentamiento de los antiguos bloques de piedra.

La basta tela marrón de sus hábitos de novicio se hizo soportable sobre su piel.

Cuando llegaron a la gran puerta de madera y salieron a los jardines del monasterio, estaba de nuevo a salvo en su cuerpo.

Se sentía embotado, como si acabara de despertar de un largo sueño, pero tan anquilosado como si llevara todo el día sacando patatas.

Caminaba en silencio junto a Berandol, como dictaba la costumbre del monasterio.

Se cruzaron con otras personas, algunos hombres y mujeres vestidos con la túnica verde del sacerdocio y otros con el blanco de los acólitos.

Los saludos consistían en mudos gestos con la cabeza.

Cuando se acercaban al cobertizo de las herramientas, tuvo la súbita y perturbadora certeza de que ese era su destino y que pasaría el resto de la tarde trabajando en el soleado jardín.

En cualquier otro momento, podría haber sido una perspectiva agradable, pero sus recientes esfuerzos en el umbroso taller le habían dejado los ojos sensibles a la luz.

Berandol volvió la vista atrás cuando perdió el paso.

—Wintrow —lo amonestó suavemente—, niega la ansiedad.

Cuando adoptas la preocupación por lo que vendrá, rechazas el disfrute del momento presente.

Aquel que se preocupa por lo que sucederá a continuación pierde este instante en favor del siguiente, y el siguiente lo envenena con sus prejuicios.

—La voz de Berandol adoptó un tinte de dureza—.

Te complaces en el prejuicio demasiado a menudo.

Si te niegan el sacerdocio, lo más probable es que se deba a esto.

Los ojos de Wintrow saltaron sobre Berandol, horrorizados. Una pronunciada desolación se adueñó de su rostro por un momento. Entonces vio la trampa. Sus labios formaron una sonrisa, a la que Berandol respondió cuando dijo el muchacho:

—Pero si me preocupo por eso, estaré prejuzgando mi fracaso.

Berandol dio al esbelto joven un empujón de complicidad en el codo.

—Exacto. Ah, creces y aprendes tan deprisa… Yo era mucho mayor que tú, veinte años al menos, cuando aprendí a aplicar esa Contradicción a la vida diaria.

Wintrow se encogió de hombros con timidez.

—Anoche estaba meditando sobre ello antes de dormir. «Uno debe planear el futuro y anticipar el futuro sin temer el futuro». La Vigésima Séptima Contradicción de Sa.

—Con trece años se es muy joven para haber alcanzado la Vigésima Séptima Contradicción —comentó Berandol.

—¿Tú con cuál estás ahora? —preguntó sin rodeos Wintrow.

—La Trigésima Tercera. La misma con la que ya llevo dos años.

Wintrow ensayó un discreto encogimiento de hombros.

—Mis estudios todavía no llegan tan lejos.

Caminaban a la sombra de los manzanos, bajo las hojas que pendían lánguidas al calor de la jornada. La fruta madura plomaba las ramas. En la otra punta del huerto, los acólitos se movían entre los árboles, cargando con cubetas de agua del arroyo.

—«Un sacerdote no debería atreverse a juzgar a menos que pueda juzgar como lo hace Sa; con justicia absoluta y absoluta misericordia». —Berandol meneó la cabeza—. Lo confieso, no entiendo cómo es posible tal cosa.

Los ojos del muchacho ya estaban vueltos hacia dentro, con solo una sutil línea en su frente.

—Mientras creas que es imposible, estarás cerrando tu mente a su comprensión.

—Su voz parecía provenir de muy lejos—. A menos, claro está, que sea eso lo que debemos descubrir.

Que como sacerdotes no podemos juzgar, pues carecemos de la misericordia y la justicia absolutas para hacerlo.

Puede que no se espere de nosotros más que perdón y consuelo.

Berandol sacudió la cabeza.

—En cuestión de meros instantes, has cortado el nudo tanto como yo en seis meses.

Pero luego miro a mi alrededor y veo muchos sacerdotes que juzgan.

Los Vagabundos de nuestra orden hacen poco más que dirimir disputas entre la gente.

Así que deben de haber dominado de algún modo la Trigésima Tercera Contradicción.

El muchacho lo miró con curiosidad. Abrió la boca para hablar, se sonrojó y la cerró de nuevo. Berandol contempló a su pupilo.

—Sea lo que fuere, adelante, dilo. No voy a reñirte.

—El problema es que estaba a punto de reñirte yo a ti —confesó Wintrow. El gesto del muchacho se iluminó al añadir—: Pero me contuve antes de hacerlo.

—¿Y qué es lo que ibas a decirme? —insistió Berandol. Cuando el joven negó con la cabeza, su tutor se rio con ganas—. Vamos, Wintrow, después de pedirte que seas franco, ¿crees que cometería la injusticia de molestarme por tus palabras? ¿Qué tienes en la cabeza?

—Iba a decirte que deberías regir tu conducta según los preceptos de Sa, no según lo que veas hacer a los demás. —El muchacho habló sin tapujos, pero luego bajó la mirada—. Sé que no me corresponde a mí recordártelo.

Berandol parecía demasiado absorto en sus pensamientos como para haberse dado por ofendido.

—Pero si sigo el precepto solo, y mi corazón me dice que es imposible que un hombre juzgue como lo hace Sa, con justicia absoluta y absoluta misericordia, debo concluir…

—Interrumpió sus palabras como si la idea le incomodara—.

Debo concluir que o bien los Vagabundos poseen una profundidad espiritual muy superior a la mía, o bien que no tienen más derecho a juzgar que yo.

—Paseó la mirada entre los manzanos—. ¿Es posible que toda una rama de nuestra orden exista sin rectitud?

¿No es deslealtad, acaso, pensar siquiera algo así?

—Sus ojos preocupados regresaron junto al muchacho que estaba a su lado.

Wintrow sonrió con serenidad.

—Si los pensamientos de un hombre siguen los preceptos de Sa, no podrán equivocarse.

—Tengo que pensar más en esto —concluyó Berandol con un suspiro. Dirigió a Wintrow una mirada de genuino cariño—. Bendigo el día en que te recibí como pupilo, aunque en verdad me pregunto quién es aquí el alumno y quién el maestro. Te echaré de menos.

La alarma inundó de pronto los ojos de Wintrow.

—¿Echarme de menos? ¿Te vas, tan pronto te han llamado al servicio?

—A mí no. Debería haberte dado esta noticia con más diplomacia, pero como siempre tus palabras han arrastrado mis pensamientos lejos de su punto de partida.

No soy yo el que se va, sino tú. Por eso he venido hoy a buscarte, para pedirte que recojas tus cosas, pues tu hogar te reclama.

Tu abuela y tu madre nos comunican que temen que tu abuelo se esté muriendo.

Les gustaría tenerte cerca en un momento así.

—Ante la expresión de desolación del muchacho, Berandol añadió—: Siento haber sido tan brusco.

Es tan raro que hables de tu familia… No sabía que estuvieras tan unido a tu abuelo.