01 #3
Kennit recordaba bien al artesano que había confeccionado la diminuta cara para él.
Había permanecido sentado durante largas horas en el estudio del hombre, bañado en la fría luz de la mañana mientras el artista trabajaba infatigablemente la madera dura como el hierro para reflejar los rasgos de Kennit.
No habían hablado. El artista no podía. El pirata no quería.
El tallador había necesitado silencio absoluto para concentrarse, pues trabajaba no solo con la madera, sino con un hechizo que obligaría al amuleto a proteger a su portador de cualquier encantamiento.
Kennit, en cualquier caso, no había tenido nada que decir.
El pirata le había pagado una suma exorbitante meses atrás, y esperó hasta que el artista le hubo enviado un mensajero para informar de que había conseguido un poco de la preciada y celosamente guardada madera.
Kennit se había sentido ultrajado cuando el artista exigió aún más dinero antes de comenzar la talla y la incrustación del hechizo, pero se había limitado a esbozar su sonrisilla sarcástica y depositar monedas, joyas y eslabones de plata y oro en la balanza del artista hasta que el hombre asintió y dio por pagados sus honorarios.
Como tantos otros hombres implicados en los negocios ilícitos del Mitonar, hacía tiempo que había sacrificado la lengua para garantizar la intimidad de sus clientes.
Si bien Kennit no estaba convencido de la eficacia de dicha mutilación, apreciaba el sentimiento implícito.
De modo que, cuando el artista hubo terminado y sujetado personalmente el adorno a la muñeca de Kennit, el hombre solo había podido cabecear con vehemencia para expresar gran satisfacción con su propia habilidad mientras acariciaba la madera con sus ávidos dedos.
A continuación, Kennit lo había matado. Era lo más sensato que podía hacer, y Kennit era una persona muy sensata.
Había recuperado la paga extra solicitada por el hombre.
Kennit no condonaba a quienes eran incapaces de respetar un acuerdo inicial.
Pero no era ese el motivo por el que había acabado con él.
Lo había matado para guardar el secreto.
Si los hombres se enteraban de que el capitán Kennit llevaba un amuleto para protegerse de los encantamientos, en fin, pensarían que los temía.
No podía permitir que su tripulación creyera que tenía miedo de nada.
Su buena suerte era legendaria. Todos los que lo seguían creían en ella, la mayoría con más fervor que el propio Kennit.
Por ese motivo lo seguían. No debía pasárseles siquiera por la cabeza que tuviera miedo de nada que pudiera hacer que esa suerte se tambaleara.
En el año transcurrido desde que matara al artista, se había preguntado si asesinarlo habría dañado de algún modo el amuleto, puesto que este no se había avivado.
Al preguntar por primera vez al tallador cuánto tardaría el rostro en cobrar vida, el hombre se había encogido de hombros elocuentemente, e indicado con grandes aspavientos que ni él ni nadie podía predecir semejante cosa.
Durante un año había aguardado a que se avivara el amuleto para asegurarse de que su hechizo estaba activado.
Pero había llegado un momento en que ya no podía seguir esperando.
Supo, de forma instintiva, que había llegado la hora de visitar la Playa del Tesoro y ver qué fortuna dejaba el océano en la arena para él.
No podía seguir esperando a que despertara el amuleto; había decidido correr el riesgo.
Tendría que confiar una vez más en la protección de su buena suerte, como siempre había hecho.
Lo había protegido el día en que tuvo que matar al artista, ¿no era así?
El hombre se había girado inesperadamente, justo a tiempo de ver cómo desenvainaba su hoja.
Kennit estaba convencido de que, si el hombre hubiera tenido una lengua en la boca, su grito habría sido mucho más fuerte.
Con firmeza, Kennit apartó al artista de su mente.
No era el momento de pensar en él. No había venido a la Playa del Tesoro para darle vueltas al pasado, sino para encontrar tesoros con los que garantizar su futuro.
Clavó los ojos en la ondulante línea de la marea alta y la siguió por la playa.
Hizo caso omiso de los brillantes caparazones, las pinzas de cangrejo y los ovillos de algas arrancadas de raíz, y de los maderos grandes y pequeños.
Sus pálidos ojos azules buscaban solo restos de naufragios.
No tuvo que caminar mucho para obtener su recompensa.
En un pequeño y maltrecho cofre de madera, encontró un juego de tazas de té.
No pensaba que las hubieran hecho ni utilizado los hombres.
Había doce y estaban trabajadas en los extremos vaciados de huesos de aves.
Se había pintado en ellas diminutas imágenes azules de líneas tan finas que parecía que el pincel hubiera tenido un solo pelo.
Las tazas se veían muy usadas. Las imágenes azules estaban borradas y resultaba imposible reconocer su forma original, y las labradas asas de hueso estaban desgastadas por el uso.
Se puso el cofre bajo el codo y siguió caminando.
Avivó la zancada bajo el sol y contra el viento, dejando marcas limpias con sus finas botas en la arena mojada.
En ocasiones levantaba la mirada, con aire despreocupado, para otear la playa entera.
No dejó que sus expectativas se reflejaran en su semblante.
Cuando volvió a fijarse en la arena, descubrió una diminuta caja de cedro.
El agua salada había deformado la madera.
Para abrirla tuvo que golpearla contra una roca como si fuera una nuez.
Había uñas en su interior, hechas de madreperla.
Unas ventosas minúsculas las sujetarían a la superficie de una uña ordinaria, y en la punta de cada una de ellas había una diminuta oquedad, tal vez para guardar veneno.
Había doce. Kennit se las guardó en el otro bolsillo. Cascabeleaban al andar.
No le turbaba el hecho de que lo que había encontrado no era de manufactura humana ni estaba diseñado para su empleo por parte de seres humanos.
Aunque antes se había reído de la creencia de Gankis en la magia de la playa, todos sabían que las olas que acariciaban estas orillas rocosas pertenecían a más de un océano.
Era probable que aquellos barcos lo bastante temerarios como para anclar frente a esta isla durante una tormenta desaparecieran sin dejar rastro, ni una sola astilla de sus palos.
Los viejos marineros decían que habían sido barridos de este mundo y enviados a los mares de otro.
Kennit no lo ponía en duda. Miró el cielo de soslayo, pero seguía viéndose azul y despejado.
El viento era fuerte, pero confiaba en que el tiempo aguantara hasta que hubiera podido recorrer la Playa del Tesoro entera antes de cruzar la isla hasta donde esperaba anclada su nave, en la Ensenada del Engaño. Tenía fe en su buena estrella.
Su hallazgo más perturbador se produjo a continuación.
Era una bolsa hecha de cuero rojo y azul con costuras, medio enterrada en la arena mojada.
El cuero era resistente, la bolsa era resistente.
El agua salada la había empapado y ensuciado, destiñendo y fundiendo los colores.
El salitre había invadido las trabillas de bronce que la aseguraban y endurecido las correas de cuero que las atravesaban.
Empleó su cuchillo para deshacer una costura.
Dentro había una camada de gatitos, perfectamente formados con largas zarpas y parches iridiscentes detrás de las orejas.
Los seis estaban muertos. Combatiendo la repugnancia, tomó al más pequeño.
Dio la vuelta al cuerpo inerte en sus manos.
Tenía el pelaje azul, un oscuro azul vincapervinca con rosa en los párpados.
Era muy pequeño. El redrojo, lo más probable.
Era húmedo y frío al tacto, repulsivo. Un pendiente de rubí, como una gorda garrapata, decoraba una de las empapadas orejas.
Sintió deseos de soltarlo sin más. Ridículo.
Agarró el pendiente y se lo guardó en el bolsillo.
Luego, llevado por un impulso que no comprendía, devolvió los cuerpecitos azules a la bolsa y dejó esta junto a la línea de la marea alta. Siguió caminando.
El asombro corría por sus venas mezclado con la sangre.
Árbol. Corteza y savia, la fragancia de la madera y las hojas que aleteaban en lo alto.
Árbol. Pero también la tierra y el agua, el aire y la luz, todo fluía a través del ente llamado árbol.
Él se movía con ellos, entrando y saliendo de una existencia de corteza y hoja y raíz, de aire y de agua.
—Wintrow.
El muchacho levantó despacio la mirada del árbol que tenía ante sí.
Con un esfuerzo de voluntad, fijó los ojos en el risueño semblante del joven sacerdote.
Berandol asintió, incitante. Wintrow cerró los ojos por un instante, contuvo el aliento y se liberó de su tarea.
Cuando abrió los ojos, inspiró una honda bocanada, como si acabara de emerger de aguas profundas.
La luz moteada, el agua dulce, la suave brisa, todo se desvaneció de repente.
Estaba en el taller del monasterio, una fría estancia de suelo y paredes de piedra.
Sus pies descalzos se helaban sobre el suelo.
Había otra decena de mesas de bloque en la gran cámara.
En tres de ellas, otros tantos muchachos como él trabajaban despacio, con sus movimientos de ensueño indicando el trance en que estaban sumidos.
Uno de ellos tejía una cesta y los otros dos moldeaban arcilla con manos mojadas y grises.