Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 01 #2
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—Eso dicen, señor —respondió dudoso—. Que nadie se lleva a casa lo que encuentra en la Playa del Tesoro.

Sé de buena tinta que el amigo de mi tío no lo hizo.

Cuando el Otro vio lo que había encontrado y leyó su futuro en ello, siguió al Otro por la playa hasta este acantilado de rocas.

Ese, seguramente. —Levantó un brazo para señalar los lejanos acantilados de esquisto—.

Y en su fachada había miles de agujeritos, pequeños o como se diga…

—Nichos —concluyó Kennit con voz casi somnolienta—. Se dice nichos, Gankis. Como sabrías si hablaras tu lengua materna.

—Sí, señor. Nichos. Y en cada uno de ellos había un tesoro, menos en los que estaban vacíos.

Y el Otro dejó que paseara junto a la pared del acantilado y admirara todos los tesoros, y había cosas allí que jamás había imaginado.

Tazas de porcelana como botones de rosa y copas de vino doradas con el borde de joyas y juguetitos de madera de brillantes colores, y cien cosas como no se puede usted imaginar, una por nicho.

Señor. Y luego encontró un nicho del tamaño y la forma adecuados y dejó dentro a la mujer mariposa.

A mi tío le contó que nada le había parecido nunca tan adecuado como soltar ese pequeño tesoro en aquel hueco.

Y después lo dejó allí, se fue de la isla y volvió a casa.

Kennit carraspeó. El mero sonido transmitía más desprecio y desdén del que muchas personas hubieran podido transmitir con toda una sarta de insultos. Gankis apartó y bajó la mirada.

—Lo dijo él, señor, no yo. —Tiró de la cintura de sus pantalones raídos. Casi a regañadientes, añadió—: Ese hombre vive un poco en las nubes. Dona al templo de Sa una séptima parte de todo lo que tiene, incluidos sus dos hijos mayores. Las personas así no piensan igual que nosotros, señor.

—Si es que tú piensas, Gankis —concluyó el capitán por él.

Levantó los ojos claros para escudriñar a lo lejos la línea de la marea, entornándolos un poco ante el sol de la mañana que destellaba en las olas—.

Acércate a esos acantilados de juncias, Gankis, y date una vuelta por ellos. Tráeme todo lo que encuentres.

—A sus órdenes. —El pirata más veterano de los dos se alejó penosamente.

No echó ni un solo vistazo de resentimiento a su joven capitán.

A continuación, resquiló con agilidad por el pequeño terraplén hasta la tupida meseta que daba a la playa.

Empezó a caminar en paralelo, rastreando la orilla con la mirada.

Casi de inmediato, divisó algo. Corrió hacia ello y levantó un objeto que centelleó al sol de la mañana.

Lo elevó a la luz y lo contempló, con el semblante radiante de emoción— ¡Señor, señor, vea lo que he encontrado!

—Lo vería si me lo trajeras como te he ordenado —observó Kennit con irritación.

Como un perro amonestado, Gankis volvió al lado del capitán.

Sus ojos castaños brillaban con una chispa juvenil, y se aferraba al tesoro con las dos manos mientras libraba de un salto la caída, tan alta como una persona, que lo separaba de la playa.

Sus zapatos bajos levantaron la arena al correr.

Un breve fruncimiento arrugó el entrecejo de Kennit mientras veía cómo se acercaba Gankis a él.

Aunque el viejo marinero era propenso a las adulaciones, no se sentiría más inclinado a compartir el botín que cualquier otro hombre de su profesión.

Kennit no esperaba que Gankis le entregara voluntariamente nada de lo que encontrara entre la hierba; había anticipado, de hecho, el momento en que despojaría al hombre de su tesoro al final del paseo.

Ver a Gankis corriendo hacia él, tan radiante como un zoquete del campo que trae ramilletes de flores a su lechera, era bastante preocupante.

Aun así, Kennit mantuvo su acostumbrada sonrisa sarcástica sin permitir que su rostro traicionara sus pensamientos.

Era una postura ensayada que sugería la gracia lánguida de un gato al acecho.

No era solo que su mayor altura le permitiera mirar al marinero desde arriba.

Al capturar su cara en una pose de humorismo, indicaba a sus seguidores que eran incapaces de sorprenderlo.

Deseaba que su tripulación creyera que podía anticipar no solo cada uno de sus movimientos, sino también todo lo que se les pasara por la cabeza.

La tripulación que creyera eso de su capitán estaría menos predispuesta a amotinarse; y si terminaba amotinándose, nadie querría dar el primer paso.

De modo que mantuvo su pose mientras el hombre corría por la arena hacia él. Es más, no se apresuró a arrebatarle el tesoro, sino que consintió que Gankis se lo mostrara mientras lo observaba con mirada risueña.

Desde el instante en que lo vio, Kennit tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no abalanzarse sobre él.

Nunca había visto una bagatela tan ingeniosamente forjada.

Era una bola de cristal, una esfera perfecta.

Ni un solo arañazo empañaba su superficie.

El cristal en sí lucía una débil pátina azul, pero el tinte no oscurecía el prodigio que contenía.

Tres figuritas diminutas, ataviadas con botargas y con la cara pintada, estaban pegadas a un pequeño escenario y ligadas de algún modo entre sí, por lo que cuando Gankis movía la bola, esta les hacía emprender una serie de acciones.

Una daba vueltas de puntillas, mientras la siguiente ejecutaba una serie de saltos sobre una barra.

La tercera movía la cabeza al compás de sus acciones, como si las tres oyeran y respondieran a una alegre tonada atrapada dentro de la esfera con ellas.

Kennit dejó que Gankis repitiera la exhibición en dos ocasiones.

Luego, sin pronunciar palabra, extendió graciosamente hacia él una mano de largos dedos, y el marinero depositó el tesoro en su palma.

Kennit retuvo con firmeza su sonrisa divertida mientras levantaba la bola a la luz del sol y hacía que los acróbatas bailaran para él. La bola no llegaba a llenarle la mano.

—El juguete de un niño —dedujo con altanería.

—Si ese niño fuera el príncipe más rico del mundo —se atrevió a comentar Gankis—. Es un objeto demasiado frágil como para dárselo a un niño para que juegue, señor. Con que se le cayera una sola vez…

—Pero al parecer ha sobrevivido a las embestidas del oleaje de una tormenta, hasta llegar a la playa —señaló Kennit con calculado tono amistoso.

—Cierto es, señor, cierto es, pero no hay que olvidar que esta es la Playa del Tesoro. Casi todo lo que acaba aquí llega entero, por lo que tengo entendido. Forma parte de la magia de este sitio.

—Magia. —Kennit se permitió una sonrisa algo más amplia mientras guardaba el orbe en el espacioso bolsillo de su chaqueta de color índigo—. De modo que crees que es la magia lo que atrae tantas baratijas a esta orilla, ¿no es así?

—¿Qué si no, capitán? Lo suyo es que eso hubiera quedado hecho añicos, o señalado al menos por las arenas. Pero por su aspecto se diría que acaba de salir de una joyería.

Kennit meneó tristemente la cabeza.

—¿Magia? No, Gankis, no hay en esto más magia que en las aguas revueltas de los Bajíos de Orte, o en la Corriente de las Especias que impulsa los barcos en sus viajes a las islas y se mofa de ellos durante todo el camino de vuelta.

No es más que un truco del viento, la corriente y las mareas.

Solo eso. El mismo truco que promete que cualquier nave que intente anclar frente a esta cara de la isla se quedará varada y destrozada antes de que cambie la marea.

—Sí, señor —convino Gankis, sumiso, aunque sin convicción. Sus ojos traidores se dirigieron al bolsillo donde el capitán Kennit había guardado la bola de cristal. La sonrisa de Kennit podría haberse ensanchado una fracción.

—¿Y bien? No te quedes ahí plantado. Vuelve allí arriba y rastrea el terraplén, a ver qué encuentras.

—Sí, señor —concedió, y con un último vistazo de arrepentimiento al bolsillo, el mayor de los dos hombres dio media vuelta y regresó corriendo a la loma.

Kennit introdujo una mano en el bolsillo y acarició el suave y frío cristal.

Reanudó su paseo por la playa. Sobre su cabeza las gaviotas siguieron su ejemplo, surcando despacio los vientos mientras rastreaban las olas que se retiraban, en busca de algún bocado.

No se apresuró, pero tenía en mente que al otro lado de la isla su barco lo esperaba en aguas traicioneras.

Recorrería la playa en toda su longitud, como exigía la tradición, pero no tenía intención de demorarse tras haber escuchado el presagio del Otro.

Tampoco tenía ninguna intención de dejar atrás los tesoros que encontrara.

Una franca sonrisa curvó las comisuras de sus labios.

Mientras caminaba, sacó la mano del bolsillo y se tocó la otra muñeca con gesto ausente.

Oculta por el puño con encajes de su camisa de seda blanca había una fina cinta doble de cuero negro.

Sujetaba a su muñeca una pequeña bagatela de madera.

El adorno era una cara tallada, agujereada en la frente y la barbilla para que el rostro se pegara con fuerza a su muñeca, justo encima del punto donde latía su pulso.

En su día, la cara había estado pintada de negro, pero casi todo el color se había borrado ya.

Los rasgos sobresalían aún; una diminuta cara burlona, trabajada con sumo cuidado.

La faz era gemela de la suya. El encargo le había costado una insólita cantidad de monedas.

No todo el mundo que sabía tallar el tronconjuro lo hacía, aunque tuviera las agallas de robar una pieza.