Las Naranjas Van en el Segundo Cajón Capítulo 12
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Capítulo 12

E l encuentro tuvo lugar en el apartamento de Maya y, durante la primera hora, Liam casi consiguió olvidar que había algo excepcional en la situación.

No era una fiesta grande. Solo unas pocas personas cercanas, comida repartida sobre la mesa, música baja y conversaciones que se mezclaban sin exigir atención constante.

Daniel también estaba allí, y Liam por fin conseguía asociar el nombre con alguien más allá de «el hombre cuya casa Nico prácticamente ocupó después del accidente».

—Así que tú eres el responsable de mantener alimentado a mi novio sin techo —comentó Liam cuando Daniel se acercó.

Daniel miró a Nico antes de responder.

—«Responsable» es una palabra exagerada. Sabe comprar comida solo.

—Eso sigue bajo investigación —dijo Nico.

Liam se dio cuenta de la palabra después de haberla dicho.

Mi novio.

No prometido. No «Nico». No alguna expresión neutral que permitiera a todos interpretar lo que quisieran.

Novio.

Nadie reaccionó porque, para aquellas personas, que Liam estuviera con otro hombre no tenía nada de nuevo. Daniel simplemente continuó la conversación y Maya pasó junto a ellos quejándose de que alguien había abierto una botella que pretendía guardar.

A Liam le gustó.

Le gustó todavía más no haber tenido que preparar la palabra antes de decirla.

La noche siguió siendo ligera. Nico no permaneció a su lado todo el tiempo y Liam tampoco sintió la necesidad de tenerlo cerca.

Habló con personas que reconocía de antes de la laguna y con otras que sabía que había llegado a conocer mejor durante los veinte meses.

En algunos casos tuvo que admitir que no recordaba determinada conversación o encuentro.

Nadie intentó convertir aquello en un gran momento.

Explicaban lo necesario y seguían adelante.

Durante un rato, pareció que quizá pudiera funcionar así.

Entonces uno de los amigos comentó algo sobre un intento de Liam de montar un mueble en el apartamento.

—No, espera —dijo el hombre, riéndose ya antes de terminar—. ¿Recuerdas la estantería?

Maya se cubrió el rostro con una mano.

—No empieces.

—¿Qué estantería? —preguntó Liam.

El amigo seguía sonriendo.

—Habías comprado una estantería nueva y decidiste que no necesitabas el manual porque, según tú, «literalmente solo era una secuencia de tablas y tornillos».

Nico empezó a reír. No una sonrisa discreta. Una carcajada auténtica e inmediata. Maya también.

Daniel inclinó la cabeza, entendiendo ya qué historia era.

—Y, por lo visto, no lo era —continuó el amigo—. Porque tres horas después te sobraban dos piezas, tenías una balda montada al revés y estabas intentando convencer a todo el mundo de que aquello era una decisión de diseño.

—Yo jamás haría eso —respondió Liam.

—Dijiste exactamente esa frase cuando Nico preguntó por qué la parte de atrás estaba delante.

Nico rio todavía más.

—Te enfadaste muchísimo conmigo.

—Porque tú te estabas riendo en lugar de ayudar —añadió Maya.

—Había ayudado durante una hora. Después quedó claro que la única solución era dejar que lo descubriera por sí mismo.

Liam miró a Nico. La risa seguía en su rostro.

Durante un segundo, nadie se dio cuenta.

Después sí.

Nico fue el primero en dejar de reír. El amigo que estaba contando la historia perdió la sonrisa justo después.

—Mierda. Perdona, Liam. Ni siquiera lo pensé.

—No pasa nada —respondió él.

—Debería haber...

—Está bien.

Y lo estaba.

Objetivamente, lo estaba.

Nadie había hecho nada malo. Un amigo había recordado una historia divertida en la que Liam estaba involucrado. Nico había reído porque la recordaba. Maya también.

No había crueldad.

No había ningún intento de excluirlo.

Ese era precisamente el problema.

La historia pertenecía a Liam.

Él era el protagonista.

Todos los que estaban allí sabían qué había dicho, cómo había reaccionado, en qué momento se había enfadado e incluso cómo Nico se había reído de él.

Liam era la única persona de la habitación que había tenido que escucharlo.

—¿Y la estantería? —preguntó, intentando recuperar la ligereza.

Nico seguía pareciendo cauteloso.

—Sobrevivió.

—Eso es una victoria.

—Contrataste a alguien para volver a montarla al día siguiente —dijo Maya.

—Esa información no era necesaria.

La conversación regresó poco a poco y Liam consiguió sonreír. Nadie insistió con la historia. Poco después surgió otro tema y la noche continuó.

Pero algo había cambiado.

Liam empezó a darse cuenta de cuántas conversaciones contenían pequeños espacios a los que no tenía acceso.

Una persona mencionaba un restaurante y corregía la frase antes de explicar que Liam ya había estado allí.

Otra empezaba a hablar de algún acontecimiento y desviaba el tema.

A veces nadie decía nada equivocado; bastaba una mirada compartida o una referencia que todos entendían sin necesidad de explicación.

Antes, Nico había parecido ser el principal guardián de aquellos veinte meses.

Ahora Liam se daba cuenta de que no era verdad.

Los recuerdos estaban repartidos.

Maya llevaba algunos.

Daniel, otros.

Amigos.

Compañeros.

Sus padres.

Había versiones de Liam dentro de decenas de personas y él no podía acceder directamente a ninguna.

Nico se sentó a su lado después de un rato.

—¿Quieres irte?

Liam volvió el rostro.

—¿Por qué?

—Porque llevas unos quince minutos sin hablar.

—Sigues haciendo eso.

—¿Qué?

—Darte cuenta antes de que yo diga algo.

Nico pareció dispuesto a disculparse, pero Liam negó con la cabeza.

—No me estoy quejando. Solo... me he dado cuenta.

—¿Quieres quedarte?

Liam miró la habitación.

—Un poco más.

—Entonces nos quedamos.

Nico no preguntó nada más.

Poco después, alguien comentó algo sobre un viaje futuro y dijo sin pensar:

—Por lo menos ahora no tenéis que encajarlo todo antes de la boda.

El silencio fue casi instantáneo.

La persona se dio cuenta.

—Perdón. Yo...

—No pasa nada —respondió Liam.

Maya cambió de tema de inmediato, preguntándole a Daniel algo sobre el trabajo. La conversación continuó.

Esta vez Liam no consiguió seguirla.

La boda también existía allí.

No solo en los contratos que había cancelado o en el anillo guardado dentro de una caja.

Existía en la memoria colectiva.

Aquellas personas habían visto lo que ocurrió después del compromiso. Habían oído los planes. Quizá habían opinado sobre fechas, ropa, lugar, lista de invitados. Posiblemente habían recibido algún tipo de invitación.

Liam había participado en todo.

Y seguía sentado en medio de sus propios recuerdos sin reconocerlos.

Cuando Nico volvió a preguntarle si quería irse, Liam dijo que sí.

◆◆◆

De camino a casa hablaron poco. Nico conducía. Liam observaba las calles e intentaba separar lo que realmente había ocurrido aquella noche de lo que estaba sintiendo a causa de ello.

Nadie había hecho nada malo.

Se lo repitió mentalmente varias veces.

Era importante recordarlo.

Su amigo no debería tener que borrar un recuerdo divertido porque Liam no lo poseyera. Maya no tenía la culpa de recordar. Nico mucho menos.

Aun así, la risa de Nico seguía molestándolo.

No porque hubiera reído.

Por la felicidad espontánea.

Durante unos segundos, Nico no había calculado si debía recordar delante de él. No había controlado el rostro ni escogido cuidadosamente las palabras.

Simplemente había estado dentro de un buen recuerdo con alguien que Liam sabía que era él mismo, pero que no conseguía sentir como suyo.

Cuando llegaron al apartamento, Nico entró detrás de él y dejó las llaves sobre la mesa. Liam se quitó los zapatos y permaneció de pie en el salón.

—¿Quieres algo? —preguntó Nico—. ¿Agua?

—No.

Nico asintió y no insistió.

Liam se sentó en el sofá. Nico tardó un poco antes de sentarse en el otro extremo.

—¿Estás enfadado conmigo?

—No.

—¿Seguro?

—Seguro. —Liam se pasó las manos por el rostro—. No has hecho nada.

Nico guardó silencio.

Liam lo miró.

—¿Qué es lo que más echas de menos?

El cambio en su expresión fue inmediato.

—Liam...

—Quiero saberlo.

—Creo que hoy no es un buen día para esa pregunta.

—Precisamente por eso quiero hacerla ahora.

Nico apartó los ojos.

—No sé cómo responder sin hacerte daño.

—Entonces no elijas la respuesta pensando en lo que va a hacerme daño.

—Eso es fácil de decir.

—Nico.

Él respiró hondo.

—¿Qué quieres saber exactamente?

—Qué echas de menos de lo que teníamos antes del accidente.

Nico permaneció en silencio.

—No te estoy preguntando si lo prefieres —añadió Liam—. Ni si quieres volver atrás. Quiero saber qué echas de menos.

—Varias cosas.

La respuesta le apretó algo por dentro, aunque fuera obvia.

—Elige una.

Nico miró sus propias manos.

—La facilidad.

Liam frunció el ceño.

—¿Qué facilidad?

—La de no tener que pensar tanto.

Él esperó. Nico continuó despacio.

—Ya habíamos vivido juntos suficiente tiempo como para que muchas cosas no necesitaran hablarse.

Yo sabía cuándo podía abrazarte sin preguntar si querías compañía.

Tú sabías cuándo necesitaba estar solo unos minutos sin pensar que habías hecho algo.

A veces llegaba a casa y no necesitábamos hablar de inmediato.

Simplemente estábamos en el mismo espacio.

—Nico se pasó una mano por la nuca—. No quiero decir que fuera perfecto.

Discutíamos. Había hábitos del otro que nos molestaban.

Pero existía la facilidad de quien ya sabía dónde podía tocar, cuándo hablar, cuándo dejar las cosas tranquilas.

Liam no esperaba aquella respuesta.

Habría sido más fácil oír que Nico echaba de menos un viaje.

Un beso concreto.

Alguna noche.

Cualquier cosa delimitada.

Pero echaba de menos la ausencia de esfuerzo.

Precisamente aquello que Liam no podía devolverle sin tiempo.

—Y ahora no tenemos eso.

—Está empezando a aparecer.

—No es lo mismo.

Nico se puso atento.

—No. Todavía no.

La palabra todavía debería haber ayudado.

No ayudó.

—¿La relación que tenemos ahora es suficiente para ti?

Nico tardó.

—Me gusta mucho lo que estamos construyendo.

—No es exactamente lo que he preguntado.

—Porque «suficiente» es una palabra complicada.

Liam sintió que se le encogía el estómago.

—Entonces hazlo sencillo.

Nico se giró más hacia él.

—Quiero estar contigo ahora. No estoy aquí esperando a que vuelva algún recuerdo antes de decidir si merece la pena. No estoy fingiendo que me gusta lo que tenemos.

—Pero echas de menos lo que tenías.

—Claro que sí.

Liam apartó la mirada.

Nico continuó:

—Yo también perdí cosas, Liam. No de la misma forma que tú. Las recuerdo. Pero dejaron de existir como existían antes.

—¿Y consigues disfrutar de esto sin comparar?

—No siempre. No porque esté buscando defectos en lo que tenemos ahora. —Nico se inclinó un poco—. Simplemente recuerdo. No puedes pedirme que borre casi dos años para que empecemos exactamente desde el mismo lugar.

—Lo sé.

Y lo sabía.

Racionalmente, no había nada injusto en lo que Nico estaba diciendo. El accidente se había llevado los recuerdos de Liam.

No los de Nico.

Exigirle que dejara de echarlos de menos sería tan absurdo como exigirle a Liam que recuperara el pasado.

Aun así, otra cosa empezó a formarse por debajo de aquella comprensión.

—Cuando te reíste hoy...

Nico se quedó inmóvil.

—Me di cuenta después.

—Estabas feliz.

—Era un recuerdo divertido.

—Lo sé.

—Liam...

—No estoy diciendo que no deberías haberte reído. —Se pasó una mano por el pelo—. Lo que me molestó fue darme cuenta de que existe un tú con él que nunca veo conmigo.

Nico frunció el ceño.

—¿«Él»?

Liam se dio cuenta demasiado tarde de la palabra.

—El Liam de antes.

—Tú.

—Sé que era yo.

—Entonces no hables como si fuera otra persona.

—Para ti no lo era.

—Para ti tampoco.

Liam guardó silencio.

Esa era precisamente la parte imposible.

Todos insistían en que aquel hombre seguía siendo él porque biológica, legal e históricamente era verdad.

Pero Liam no recordaba ser aquella persona.

No recordaba la estantería.

No recordaba a Nico riéndose.

No recordaba la facilidad.

—A veces siento que estoy ocupando el lugar de alguien a quien tú estás esperando que vuelva.

Nico se quedó completamente inmóvil.

—No.

La respuesta fue inmediata.

—Acabas de decir que lo echas de menos.

—Echar de menos algo no significa que esté esperando que tú te conviertas en otra persona.

—Pero conoces una versión de mí que yo no conozco. Y hoy vi tu cara cuando la recordaste.

—Cuando te recordé a ti .

Liam apretó la mandíbula.

—Para mí hay una diferencia.

Nico soltó el aire y se levantó. Caminó unos pasos por el salón antes de volver, claramente intentando ordenar la respuesta.

—No sé cómo hacerte sentir que no estás compitiendo con algo, porque cualquier prueba que te dé pasa por mis recuerdos.

Si digo que me gustas ahora, puedes pensar que estoy comparando.

Si recuerdo algo bueno, parece que prefiero el pasado.

Si intento no mencionar nada, te das cuenta de que me estoy conteniendo.

Liam permaneció sentado.

—No quiero que borres el pasado.

—Lo sé.

—Solo que no sé cómo competir con él.

—No estás compitiendo.

—Lo parece.

Nico permaneció frente a él durante unos segundos y después volvió a sentarse, manteniendo cierta distancia.

—Lo que tenemos ahora no es menor porque sea más reciente. Es diferente.

—Pero no tiene esa facilidad.

—Todavía no.

Otra vez.

La palabra que debería ofrecer futuro le sonó a Liam como una comparación.

Todavía no.

Todavía no era aquello.

Todavía no había alcanzado la relación que Nico recordaba.

—Creo que hoy quiero estar solo.

Nico no respondió de inmediato. Su expresión dejó claro que la frase le había dolido, pero no intentó discutir.

—Está bien.

Liam se sintió peor precisamente porque Nico lo aceptó.

—No estoy terminando nada.

—Lo sé.

—Solo necesito...

—Estar solo. —Nico asintió—. Lo entiendo.

Se levantó y recogió algunas cosas que había dejado sobre la mesa. Se puso los zapatos junto a la puerta y se giró.

—Mándame un mensaje si necesitas algo.

Liam estuvo a punto de responder que no necesitaba nada.

En lugar de eso, asintió.

—Vale.

Nico sostuvo el pomo de la puerta durante un instante.

—Buenas noches, Liam.

—Buenas noches.

La puerta se cerró.

El apartamento quedó en silencio.

Liam permaneció en el sofá durante mucho tiempo, pensando en la historia de la estantería, en la risa de Nico y en la facilidad que había existido entre los dos antes del accidente.

Sabía que nadie había hecho nada malo.

Sabía que Nico no lo estaba rechazando.

Sabía que echar de menos algo no era lo mismo que preferirlo.

Aun así, aquella noche, entenderlo no fue suficiente.