Capítulo 9
D urante los diez días siguientes, Liam descubrió que empezar de nuevo con Nico era más fácil cuando ninguno de los dos intentaba decidir qué significaba aquello.
Nico volvió al apartamento al día siguiente, como habían acordado.
Después regresó dos días más tarde. En algún momento, los encuentros dejaron de necesitar un motivo concreto.
Salieron a caminar una tarde en la que Liam necesitaba salir de casa después de pasar horas frente al ordenador, comieron cerca del apartamento, vieron una película que ninguno de los dos había visto y se encontraron una vez después del trabajo de Nico simplemente porque estaban a pocas manzanas de distancia.
Liam todavía no había retomado su rutina profesional, pero empezaba a ocuparse de algunos asuntos de la casa y de la boda suspendida sin sentir que cada correo electrónico abría otra parte desconocida de su vida.
Entre un encuentro y otro, los mensajes se hicieron frecuentes. No eran grandes conversaciones sobre memoria o relaciones. Nico se quejaba de una reunión, Liam le mandaba una foto de algún intento fallido de cocinar, discutían sobre una película o decidían qué comer aquella noche.
En uno de sus primeros paseos, Liam estableció una regla en la que llevaba pensando desde la cena.
—No quiero que recreemos citas antiguas.
Nico lo miró.
—Yo tampoco.
—Aunque haya algún sitio que te gustara mucho.
—Podemos volver algún día si tú quieres conocerlo. Pero no voy a llevarte a escondidas para ver si pasa algo.
—Gracias.
Nico sonrió de lado.
—¿De verdad pensabas que haría eso?
—No. Pero estoy descubriendo que prefiero decir las reglas en voz alta.
—Eso ya lo sabía.
Liam lo señaló.
—Ese tipo de comentario está permitido.
—Me alegra saberlo. Estaba empezando a necesitar un manual.
—Puedo hacer una lista.
—Debería haberlo previsto.
La regla funcionó. Los lugares eran nuevos, las películas eran nuevas, algunas conversaciones eran inevitablemente nuevas.
Aun así, el pasado aparecía sin que nadie lo llamara.
No a través de historias que Nico insistiera en contar, sino en la forma en que conocía a Liam antes de que Liam se diera cuenta de que estaba mostrando algo.
Durante una comida, Liam dijo tres veces que estaba bien antes de que Nico le preguntara si quería irse.
—Acabo de decir que estoy bien.
—Te he oído.
—Entonces, ¿por qué has preguntado?
Nico dejó los cubiertos.
—Porque empezaste a apretar la mandíbula hace unos diez minutos, dejaste de prestar atención a lo que estaba diciendo y llevas mirando hacia la puerta desde que ese grupo se sentó detrás de ti.
Liam se giró discretamente. La mesa de atrás hacía demasiado ruido.
—Quizá simplemente me hayas parecido poco interesante.
—También es posible. Pero normalmente te vuelves más sarcástico cuando estás aburrido.
La palabra normalmente llamó su atención.
Nico se dio cuenta.
—Perdón.
—No tienes que disculparte. —Liam volvió a mirar hacia la mesa ruidosa y después a él—. Solo es extraño que sepas que estoy cansado antes de que yo decida admitirlo.
—¿Quieres irte?
Liam lo pensó y asintió.
Aquella vez, le gustó.
Dos días después, no.
Estaban en el apartamento viendo una película cuando Nico la pausó sin preguntar.
—¿Por qué has parado?
—No estás mirando.
—Sí estoy mirando.
Nico señaló el móvil que tenía en la mano.
—Llevas cinco minutos leyendo el mismo mensaje.
Liam bloqueó la pantalla.
—¿Y?
—Y nada. Solo pensé que quizá querías hablar de ello.
—No quiero.
Nico volvió a pulsar el botón para continuar la película.
Liam siguió mirándolo.
—Sabías que estaba evitando algo.
Nico apartó la mano del mando.
—Liam...
—Es exactamente eso.
—¿Eso qué?
—Te das cuenta de todo demasiado pronto.
Nico guardó silencio.
Liam se levantó del sofá y fue a buscar agua. No estaba enfadado exactamente. El problema era más difícil de definir.
—A veces está bien —dijo cuando volvió—. Cuando estoy cansado y te das cuenta, o cuando sabes que algo me ha molestado. Pero otras veces parece que estoy siendo observado todo el tiempo por alguien que ya conoce todas mis señales.
Nico apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—No estoy intentando vigilarte.
—Lo sé.
—Entonces dime qué quieres que haga.
Liam volvió a sentarse, dejando algo de distancia entre los dos.
—No lo sé. Quizá esperar a que yo diga algo.
—Puedo hacerlo en algunas situaciones. Pero no puedo dejar de darme cuenta.
—No te he pedido que olvides lo que sabes.
—No, pero a veces parece que me estás pidiendo que actúe como si no lo supiera.
La respuesta salió un poco más firme de lo que Liam esperaba. No le molestó. Después de la conversación frente al edificio, prefería aquello a la cautela permanente.
—Quizá lo esté haciendo sin darme cuenta.
Nico se pasó una mano por la nuca.
—Sé cuándo estás cansado porque te he visto cansado muchas veces.
Sé cuándo estás evitando una conversación porque conozco la forma en que lo haces.
Sé cuándo algo te ha puesto nervioso antes de que hables porque he pasado suficiente tiempo a tu lado como para reconocerlo.
No puedo borrar esa información cada vez que entro aquí.
—Y sería cruel pedírtelo.
—Sería imposible antes de ser cruel.
Liam soltó una breve respiración.
—Mucho mejor.
—Estoy intentando ser preciso.
El humor redujo la tensión, pero Nico siguió serio.
—El otro lado tampoco es sencillo.
—¿Qué otro lado?
—Me controlo tanto para no dar nada por hecho que a veces ya ni sé si hago algo porque quiero o porque he calculado que es la opción menos invasiva.
—Nico miró el mando que todavía tenía en la mano—.
A veces quiero cogerte de la mano y pienso si debería preguntar.
Quiero besarte y me quedo intentando averiguar si estás esperando que lo haga.
Me doy cuenta de que estás mal y pienso si decir algo parecerá que estoy aprovechando alguna ventaja sobre ti.
Es agotador filtrar cada gesto antes de hacerlo.
Liam guardó silencio durante unos segundos.
—Entonces tenemos un problema.
Nico levantó los ojos.
—¿Cuál?
—Tú sabes demasiado y yo sé demasiado poco.
—Eso no es precisamente una novedad.
—La solución es que ninguno de los dos sea idiota con eso.
Nico sonrió.
—Ambicioso.
—Si te das cuenta de algo, puedes decirlo. Yo te avisaré si no quiero hablar. Y si creo que estás dando demasiado por hecho, lo diré antes de enfadarme.
—Parece razonable.
—Y tú puedes dejar de pedir permiso mental para respirar cerca de mí.
—Esa regla va a requerir práctica.
Liam le quitó el mando de la mano y reinició la película.
—Empieza ahora.
Nico no volvió a hablar del mensaje. Liam tampoco. Diez minutos después, cuando la mano de Nico quedó entre ambos sobre el sofá, Liam la cogió sin preguntar.
◆◆◆
La cercanía física avanzó de la misma manera.
Primero llegaron besos que todavía terminaban demasiado pronto porque Nico se apartaba antes de que Liam decidiera que quería continuar.
Después Liam empezó a dejar más claro cuándo no quería que retrocediera.
Algunas noches terminaban en la puerta. Otras, Nico se quedaba en el apartamento durante horas, y Liam empezaba a comprender que no necesitaba convertir cada contacto en una pregunta sobre lo que había existido antes.
Aquella noche, la película terminó después de las once. Liam no habría sabido decir cuál de los dos inició el beso. Nico estaba sentado a su lado, hicieron algún comentario sobre el final y, pocos segundos después, estaban lo bastante cerca como para que la conversación dejara de importar.
Esta vez, Nico no se apartó después del primer beso.
Liam tampoco.
La mano de Nico tocó su cintura y Liam se acercó más.
Ya no existía el sobresalto del primer beso, aunque la familiaridad física seguía apareciendo en algunos movimientos.
Liam estaba aprendiendo a no tratarla como una amenaza.
Su cuerpo podía tener experiencias a las que su memoria no podía acceder.
Eso no significaba que cada sensación tuviera que pertenecer al pasado.
Cuando Nico deslizó una mano por su espalda, Liam profundizó el beso.
Nico respondió.
La cercanía cambió.
Liam se dio cuenta antes de que tuvieran que hablar. Hasta entonces había existido una frontera silenciosa entre besarse y cualquier cosa más allá. Aquella noche, ninguno de los dos parecía interesado en retroceder solo porque hubieran llegado hasta ella.
Liam se apartó lo suficiente para respirar.
Nico permaneció cerca, pero retiró la mano de su cintura.
—¿Todo bien?
—Sí.
—¿Seguro?
Liam soltó una pequeña risa.
—No empieces.
—Solo he hecho una pregunta.
—Y yo he respondido.
Nico lo observó durante un instante.
—Vale.
Liam le tocó el rostro.
—Quiero seguir.
Nico sonrió y Liam volvió a besarlo antes de que la conversación pudiera hacerse más grande.
Fueron al dormitorio sin prisa. Liam ya había pasado muchas noches allí solo desde el accidente, observando los dos lados de la cama e intentando no pensar demasiado en lo que significaban. Entrar con Nico cambió el espacio. Por primera vez, no parecía un escenario que necesitara ser investigado.
Era simplemente el dormitorio donde estaban los dos en aquel momento.
Nico se detuvo cerca de la cama.
Liam percibió la vacilación.
—Estás pensando demasiado otra vez.
—Estoy intentando seguir instrucciones contradictorias.
—Puedo ayudarte.
—Te lo agradezco.
Fue Liam quien lo acercó.
El siguiente beso perdió parte de la cautela. Nico seguía esperando señales antes de avanzar, pero ya no se detenía con cada movimiento. Liam también empezaba a entender cuándo la vacilación de Nico era una pregunta y respondía acercándose, sujetándole la mano o guiando el contacto.
La familiaridad regresó en momentos inesperados. Algunos movimientos parecían demasiado fáciles. Ciertos contactos provocaban respuestas que Liam no necesitaba aprender.
Aquello lo puso nervioso durante unos segundos, sobre todo cuando se dio cuenta de que Nico también lo había notado.
Se detuvo.
Nico retrocedió de inmediato.
—¿Quieres parar?
—No. —Liam se sentó en el borde de la cama y se pasó las manos por el rostro—. Solo necesito un segundo.