Las Naranjas Van en el Segundo Cajón Capítulo 8
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Capítulo 8

L iam solo soltó la mano de Nico cuando tuvo que abrir la puerta del apartamento.

El gesto había empezado fuera casi sin pensarlo y, en el ascensor, había continuado con la naturalidad de algo que ninguno de los dos quiso interrumpir.

Aun así, cuando la puerta se abrió y Nico entró, Liam percibió inmediatamente el cambio en su comportamiento.

No era miedo. Era atención. Nico miró el salón, el pasillo y la cocina con la familiaridad de quien conocía cada espacio, pero permaneció cerca de la entrada hasta que Liam cerró la puerta.

—Puedes respirar —dijo Liam, dejando las llaves sobre el recibidor—. No te he traído aquí para hacer una inspección.

—Estoy respirando.

—De una forma muy controlada.

Nico se pasó una mano por la nuca.

—Es la primera vez que entro desde que me fui.

Liam lo entendió. Para él, el apartamento seguía siendo un lugar que estaba aprendiendo a reconocer. Para Nico, cada habitación debía de venir acompañada de toda una rutina. Liam no quiso convertir aquello en otra conversación pesada.

—¿Café?

—Acepto.

Liam fue hacia la cocina y Nico lo siguió. Abrió el armario donde creía que estaban las tazas y encontró platos. Lo cerró. Probó con el siguiente y encontró vasos. Cuando abrió el tercero, Nico apartó los ojos hacia la encimera.

Liam se dio cuenta.

—Sabes dónde están.

—Sí.

—¿Y vas a quedarte mirándome mientras abro todos los armarios?

—Pensé que preferías encontrarlas tú solo.

Liam abrió otro. Recipientes.

—Estoy empezando a reconsiderar mi independencia.

Nico señaló con la barbilla.

—Armario encima de la cafetera.

Liam lo abrió y encontró las tazas.

—Gracias.

—De nada.

Liam cogió dos y fue a buscar el café. Esta vez lo encontró sin ayuda, pero no encontró los filtros. Cuando se dio cuenta de que Nico volvía a seguir el proceso en silencio, dejó el paquete sobre la encimera.

—Puedes coger las cosas.

Nico frunció el ceño.

—Lo sé.

—No lo parece.

—Liam, no sé qué límites quieres que tenga aquí.

—También es tu casa.

—Legalmente, sí.

—No era eso lo que quería decir.

Nico apoyó una mano sobre la encimera.

—Para mí sigue siendo mi casa. Para ti, es un lugar que empezaste a conocer hace pocos días. Si entro abriendo armarios, cogiendo comida, sentándome donde siempre me sentaba y actuando como si no hubiera pasado nada, puedo hacerte sentir incómodo.

Liam se quedó mirándolo durante un instante.

—Al menos puedes dejar de tratar el apartamento como la escena de un crimen.

La boca de Nico se curvó.

—Lo intentaré.

—Perfecto. Entonces empieza cogiendo los filtros, porque está claro que sabes dónde están y ya he abierto suficientes cajones por hoy.

Nico rio y fue directamente a uno de los cajones inferiores. Sacó el paquete de filtros sin dudar y se lo entregó a Liam.

—Eso ha sido ofensivamente eficiente.

—Vivía aquí.

—Sigues viviendo aquí.

Nico no respondió a la corrección. Liam tampoco insistió.

Prepararon el café juntos. Liam se ocupó de la cafetera mientras Nico comprobaba qué había para comer. Encontró pan, queso y algunos ingredientes sencillos que Maya había dejado.

—Se puede hacer algo con esto —dijo Nico.

—Dijiste que cocinas.

—Dije que me gusta cocinar. No prometí resultados.

—Entonces quizá sea mejor que yo me encargue de la parte sin riesgo de incendio.

Nico abrió la nevera.

—Sigues subestimando lo que soy capaz de destruir.

Liam sonrió y empezó a colocar las tazas.

Nico sacó algunas cosas de la nevera, abrió el armario correcto al primer intento y cogió una sartén. El movimiento fue tan automático que solo se dio cuenta después de haberla colocado ya sobre el fuego.

Se detuvo.

Liam lo notó.

—¿Qué pasa?

Nico miró la sartén.

—Nada. Lo hice sin pensar.

—Cogiste una sartén.

—Lo sé.

—No parece un delito grave.

Nico soltó el aire.

—Solía hacer esto. Entrar aquí, coger las cosas, empezar a preparar algo. Ni siquiera lo pensé.

Liam observó la cocina. Nico se movía allí de una forma muy distinta de la cautela con la que había entrado en el apartamento.

No necesitaba buscar nada. Sabía dónde estaban los utensilios, dónde guardaban las especias, qué armario cerraba mal y necesitaba un empujón adicional.

Cada gesto sencillo confirmaba una vida doméstica que Liam no recordaba.

—¿Cocinábamos juntos?

Nico volvió a ocuparse de la comida.

—A veces.

—¿Yo ayudaba?

—Depende de lo que llames ayudar.

Liam arqueó una ceja.

—Eso suena a acusación.

—Tenías muchas opiniones sobre el orden de las cosas.

— Tengo muchas opiniones sobre el orden de las cosas.

Nico lo miró.

—Cierto.

—¿Y tú?

—Prefería hacerlo a mi manera y enfrentarme a tus quejas después.

—Relación sana.

—Funcionaba.

La respuesta salió con naturalidad. Nico se dio cuenta y guardó silencio un instante, pero Liam no se molestó. Al contrario. Era una información demasiado pequeña para parecer una imposición y demasiado cotidiana para ser romantizada.

—Entonces, ¿discutíamos por la comida?

—Discutíamos es una palabra fuerte. Tú corregías. Yo ignoraba. Tú te irritabas porque yo ignoraba. Yo decía que la comida estaba buena. Tú decías que ese no era el punto.

Liam soltó una breve risa.

—Puedo imaginarme diciendo eso.

Nico sonrió.

—Yo también.

Esta vez ninguno de los dos se disculpó por el recuerdo.

Comieron en la encimera de la cocina. La conversación pasó a temas más ligeros y Liam se dio cuenta de que Nico empezaba a relajarse dentro del apartamento.

No del todo, pero sí lo suficiente para apoyarse con la cadera en la encimera sin pensarlo, abrir la nevera para coger agua y elegir un vaso sin preguntar si podía.

Liam no se sintió invadido.

Más bien al contrario.

Era extraño observar a alguien ocupar su casa con tanta naturalidad y sentir que aquella naturalidad también debería pertenecerle a él.

Cuando terminaron, Nico recogió los platos. Liam fue más rápido y le quitó uno de la mano.

—Tú cocinas, yo friego.

—¿Eso era una regla antigua o te la estás inventando ahora?

Liam lo miró.

Nico percibió la pregunta implícita.

—No voy a responder si no quieres.

—Responde.

—Normalmente lo repartíamos. Quien cocinaba menos fregaba más.

—Entonces estoy preservando una tradición.

—Técnicamente.

Liam empezó a fregar. Nico se quedó a su lado secando lo que él le entregaba.

No había nada especialmente íntimo en la tarea, pero fue una de las situaciones más extrañas desde que Liam había vuelto al apartamento.

Nico cogía cada plato, lo secaba y lo guardaba sin necesidad de preguntar dónde.

Liam, que vivía allí, todavía tenía que pensar antes de abrir algunos armarios.

No eran celos.

Era ausencia.

Una ausencia sin recuerdo.

Cuando terminaron, Nico miró la hora.

—Creo que será mejor que me vaya.

Liam volvió el rostro.

—¿Por qué?

Nico pareció sorprendido por la pregunta.

—Se está haciendo tarde.

—No tanto.

—Liam.

Reconoció el tono cauteloso.

—¿Qué?

Nico se pasó una mano por la nuca.

—Creo que ya ha sido bastante por hoy.

Liam lo miró. Nico estaba más relajado que cuando había entrado, pero la cautela seguía allí, reapareciendo cada vez que la cercanía avanzaba un poco más allá del terreno seguro.

—Vale.

Nico cogió el móvil que había dejado sobre la encimera.

Liam lo acompañó hasta la puerta.

Nico se puso los zapatos, guardó el móvil en el bolsillo y se giró.

—Gracias por dejarme entrar.

—Hablas como si hubiera autorizado una visita a una zona restringida.

—Ha sido un poco eso.

Liam se apoyó en un lado de la puerta.

—Nico.

—¿Sí?

Había decidido, solo en el salón, que no dejaría que Nico siguiera definiendo por sí solo hasta dónde podían llegar. Aun así, ahora que lo tenía delante, la pregunta parecía menos sencilla.

—¿Por qué no me besaste aquella noche?

Nico se quedó completamente inmóvil.

—¿Qué?

—En el pasillo. Pensé que ibas a hacerlo.

La sorpresa en su rostro era auténtica.

—¿Querías que lo hiciera?

—Si no hubiera querido, probablemente no estaría preguntándolo ahora.

Nico respiró hondo.

—No lo sabía.

—Parecía que sabías que estaba interesado.

—Parecer interesado no es lo mismo que darme permiso para besarte.

Liam sostuvo su mirada.

—Ya nos hemos besado antes.

—Tú no lo recuerdas.

La respuesta llegó inmediatamente.

—¿Eso cambia tanto las cosas?

—Para mí, sí. —Nico habló con más firmeza—. Yo puedo recordar haberte besado cientos de veces. Tú no recuerdas ninguna. El hecho de que antes tuviera acceso a tu cuerpo no significa que siga teniéndolo ahora.

Liam guardó silencio.

La explicación debería haberle parecido excesivamente cuidadosa. En cambio, hizo que la frustración de la noche anterior perdiera sentido.

—Entonces no me besaste porque no sabías si yo quería.

—Exactamente.

Liam dio un paso hacia él.

Nico permaneció quieto.

—¿Y tú querías?

Su expresión cambió.

Liam no apartó la mirada.

—¿Quieres besarme?

Nico tardó apenas un segundo.

—Muchísimo.

Liam cerró la distancia.

Fue él quien tocó primero, llevando una mano al lado del cuello de Nico antes de acercar la boca. Nico siguió esperando hasta el último instante, dejando claro que no avanzaría si Liam no completaba el movimiento.

Liam lo besó.

El primer contacto fue cuidadoso. Nico respondió despacio, manteniendo las manos donde estaban durante unos segundos antes de tocar la cintura de Liam. El beso fue ganando firmeza poco a poco, sin prisa.

Entonces Liam lo sintió.

No un recuerdo.

No apareció nada en su cabeza.

Ninguna imagen, ningún lugar, ninguna noche olvidada.

Pero había familiaridad.

La forma en que su cuerpo ajustó la distancia. El movimiento automático de la cabeza. La sensación de que la boca de Nico no era completamente desconocida aunque su mente insistiera en que debería serlo.

Liam se apartó bruscamente.

Nico soltó su cintura en el mismo instante y dio un paso atrás.

—Perdón.

—No.

—Debería haber...

—Nico, no. —Liam se pasó una mano por el rostro, intentando ordenar la sensación—. No has hecho nada.

Nico no volvió a acercarse.

—Entonces, ¿qué ha pasado?

Liam lo miró.

—Ha sido extraño.

La palabra pareció afectarlo, y Liam corrigió antes de que Nico lo interpretara mal.

—No malo. Extraño.

—¿Cómo?

Liam intentó explicar algo que ni él mismo entendía.

—Mi cabeza no te reconoce. Pero mi cuerpo... —Hizo una pausa, irritado por la dificultad—. Parece saber lo que está haciendo.

Nico guardó silencio.

—No recordé nada —continuó Liam—. No apareció ninguna imagen, no sentí que volviera ninguna escena. Simplemente no pareció completamente nuevo.

La emoción en el rostro de Nico apareció demasiado rápido para poder esconderla. Liam vio la fuerza con la que apretó la mandíbula antes de responder.

—Tiene sentido.

—¿Sí?

—Tuvimos intimidad. Que tu cuerpo conserve cierta familiaridad no significa necesariamente que tu memoria autobiográfica haya regresado.

Liam observó el esfuerzo detrás de la explicación.

—¿Estás bien?

Nico soltó una breve respiración.

—Lo intento.

La honestidad fue suficiente.

Liam lo observó unos segundos más. Después preguntó:

—¿Fue igual?

—¿Qué?

—Este beso. ¿Fue igual que los de antes?

Nico tardó en responder. Cuando habló, su expresión ya estaba más tranquila.

—No.

Liam frunció el ceño.

—¿No?

Nico negó con la cabeza.

—Este fue el primero.

La respuesta tardó unos segundos en cobrar sentido.

Entonces Liam lo entendió.

Nico no estaba comparando aquel beso con la relación perdida. No estaba diciendo que Liam besara diferente ni que faltara algo.

Estaba separando aquel momento de lo que había existido antes.

Aquel beso no era una copia.

Era el primer beso que Liam recordaría.

Se acercó de nuevo.

Nico no se movió hasta que Liam le tocó el brazo.

—¿Está bien? —preguntó Liam.

—Sí.

Liam volvió a besarlo.

Esta vez, cuando apareció la familiaridad, no retrocedió.

No intentó convertirla en recuerdo. No buscó imágenes ni esperó que se abriera alguna puerta dentro de su cabeza.

Simplemente permaneció allí, percibiendo el contacto de Nico, la mano que regresó a su cintura y la forma en que el beso fue ganando seguridad cuando ninguno de los dos necesitó interrumpirlo.

Cuando se separaron, Liam permaneció cerca.

Nico apoyó brevemente la frente contra la suya antes de apartarse, y Liam se dio cuenta de que aquel gesto también parecía demasiado cómodo para ser algo nuevo.

No importaba.

Ahora existía un recuerdo que era suyo.

Nico miró hacia la puerta.

—De verdad debería irme.

Liam asintió, aunque no estaba especialmente satisfecho con la idea.

Nico abrió la puerta y salió al pasillo. Dio unos pasos hacia el ascensor.

—Nico.

Él se giró.

Liam permaneció junto a la puerta.

—¿Cuándo puedes volver?

Nico sonrió.

—Cuando quieras.

—Eso no es una respuesta.

—¿Mañana?

Liam lo consideró solo el tiempo suficiente para no parecer demasiado ansioso.

—Mañana me sirve.

Nico pulsó el botón del ascensor.

Liam entró en el apartamento y cerró la puerta solo después de que él desapareciera.

Esta vez no necesitó analizar si lo que sentía provenía de las fotografías, del anillo o de todo lo que le habían contado sobre los veinte meses perdidos.

Quería a Nico.

Esa parte pertenecía por completo al presente.