Las Naranjas Van en el Segundo Cajón Capítulo 7
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Capítulo 7

L a invitación de Helena llegó dos días después de la cena con Nico.

¿Comemos aquí en casa el domingo? Maya también viene. Tu padre quiere verte.

Liam leyó el mensaje dos veces antes de responder.

No había nada extraño en la invitación. Había comido con sus padres cientos de veces antes del accidente, pero ahora existía una diferencia imposible de ignorar: Helena y Gabriel sabían que era gay.

Sabían lo de Nico. Habían conocido una versión de él que hablaba de su propia vida de una manera que Liam todavía no conseguía imaginarse haciendo.

Iré.

El domingo, pasó unos minutos parado frente a la puerta de la casa de sus padres antes de llamar al timbre.

La casa seguía igual que en sus recuerdos.

Helena abrió casi de inmediato, lo recibió con un abrazo cuidadoso por las costillas todavía sensibles y empezó a preguntarle si estaba comiendo bien, durmiendo y tomando los medicamentos a sus horas.

Maya apareció en el pasillo e interrumpió la secuencia antes de que Liam tuviera que responder por tercera vez que estaba bien.

—Ha perdido la memoria, mamá. No la capacidad de alimentarse.

—Lo dices porque no eres tú quien despertó en un hospital.

—Yo también estaba en el hospital.

—De visita.

Liam entró mientras las dos seguían discutiendo y encontró a Gabriel en el salón.

Su padre se levantó, lo saludó y preguntó por su recuperación física.

Nada en su comportamiento parecía diferente de lo que Liam recordaba.

No había cautela alrededor de algún tema prohibido, ningún malestar perceptible, ningún intento de evitar el nombre de Nico.

Gabriel simplemente preguntó si estaba mejor y comentó que no debía intentar volver al trabajo demasiado pronto.

Precisamente aquella normalidad fue lo que puso tenso a Liam.

Durante la comida hablaron del accidente, de los exámenes y de asuntos familiares que todavía existían en su memoria.

Maya contó una historia sobre una prima, Helena se quejó de un vecino y Gabriel habló durante unos minutos sobre un problema en el edificio.

Liam consiguió participar en buena parte de la conversación sin pensar en los veinte meses.

Entonces Helena mencionó de pasada que Nico había llamado para preguntar cómo estaban todos después del accidente.

Gabriel siguió comiendo.

—¿Sigue en casa de Daniel? —preguntó.

Liam sostuvo el tenedor durante un instante.

—Sí.

—Debe de ser incómodo estar tanto tiempo fuera de casa.

Ningún juicio. Ninguna vacilación ante el hecho de que la «casa» que mencionaba era el apartamento que Liam compartía con otro hombre.

Liam dejó el tenedor.

—¿Cómo se lo conté?

La conversación se detuvo.

Helena fue la primera en entender.

—¿Contarnos qué?

—Que soy gay.

Maya lo miró discretamente. Gabriel mantuvo la expresión cerrada, pero no pareció sorprendido.

—¿Quieres hablar de eso ahora? —preguntó Helena.

—Sí. —Liam se recostó en la silla—. Todo el mundo sigue diciendo que no quiere echarme encima veinte meses de información. Está bien. No quiero los veinte meses. Quiero saber qué ocurrió cuando os enterasteis.

Helena juntó las manos sobre la mesa.

—Me lo contaste primero a mí.

—Eso ya lo sé. Maya me lo dijo. Lo que no sé es cómo reaccionaste.

Su madre respiró hondo antes de responder.

—No tan bien como me gustaría poder decir ahora.

Liam guardó silencio.

—No discutí contigo ni te rechacé —continuó Helena—.

Pero hice preguntas que no debería haber hecho.

Te pregunté si estabas seguro, si no podía ser una fase, si había pasado algo que te hubiera llevado a esa conclusión.

Intenté convertir algo que me estabas contando sobre ti mismo en algo que yo necesitaba analizar.

—¿Y yo?

—Te enfadaste. —Helena esbozó una sonrisa sin humor—. Con razón. Dijiste que no me estabas pidiendo una evaluación y que no me lo habías contado para abrir un debate sobre si habías entendido correctamente tu propia vida.

Aquello sonaba más directo de lo que Liam recordaba ser capaz de decirle a su madre.

—¿Dije eso?

—Sí. Y dijiste otras cosas menos educadas.

Maya bebió un sorbo de agua.

—Esa parte me la creo sin ninguna dificultad.

Liam la ignoró.

—¿Y después?

Helena pasó los dedos por el borde de la servilleta.

—Después tuve que entender que el hecho de que lo hubieras ocultado durante tanto tiempo no significaba que estuvieras confundido. Significaba que no confiabas en que contarlo fuera a ser fácil. No fue agradable oírlo.

—¿Y todo quedó bien?

—No de golpe. —Negó con la cabeza—. Pero seguimos hablando. Yo volví a equivocarme algunas veces, tú volviste a perder la paciencia algunas veces y, con el tiempo, las cosas mejoraron.

Liam miró a Gabriel.

Su padre todavía no había hablado.

—¿Y tú?

Gabriel dejó los cubiertos.

—Yo reaccioné peor.

La respuesta directa hizo que Liam se preparara.

—¿Cuánto peor?

—Me enfadé. Dije cosas que hoy habría formulado de otra manera y otras que simplemente no debería haber dicho.

—¿Qué cosas?

Gabriel permaneció unos segundos en silencio.

—¿De verdad quieres oír frases concretas que dije durante una discusión que no recuerdas?

Liam pensó antes de responder.

—No. Quiero saber qué ocurrió después.

—Discutimos. Más de una vez. —Gabriel entrelazó las manos sobre la mesa—. Durante unas semanas hablamos menos. Cuando hablábamos, el tema acababa volviendo a lo mismo y ninguno de los dos tenía demasiadas ganas de escuchar.

—¿Intentaste hacerme cambiar de opinión?

La incomodidad en el rostro de su padre fue suficiente incluso antes de la respuesta.

—Al principio hice preguntas y comentarios partiendo de la idea de que quizá estabas tomando una decisión equivocada sobre tu propia vida.

—Ser gay no es una decisión.

—Hoy lo sé de una manera que entonces no entendía.

Liam se quedó inmóvil. La frase no sonaba a absolución y Gabriel tampoco la presentó como tal.

—Entonces, ¿cómo hemos llegado a esto? —Liam hizo un pequeño gesto entre los dos—. Hablas conmigo con normalidad. En el hospital preguntaste si Nico estaba comiendo. Ahora preguntas si está incómodo en casa de Daniel. Por cómo te recordaba, habría esperado una catástrofe.

Gabriel sostuvo su mirada.

—Tuvimos veinte meses, Liam.

—Yo no.

—Lo sé. —Su padre respiró hondo—. Pero yo sí.

Me lo contaste. Reaccioné mal. Discutimos.

Después volvimos a hablar. Discutimos menos.

Hablamos más. No hubo ninguna transformación en una tarde.

Seguiste siendo mi hijo y yo tuve tiempo para darme cuenta de que, si quería seguir formando parte de tu vida, tenía que aprender a convivir con una realidad que ya existía independientemente de mi opinión.

Liam sintió que algo se le cerraba en el pecho.

—Entonces, ¿cambiaste todo lo que pensabas?

Gabriel negó con la cabeza.

—No voy a mentirte ahora solo porque suene mejor. Algunas cosas las reconsideré. Otras todavía las estoy reconsiderando. Hubo momentos en los que pensaste que avanzaba demasiado despacio y probablemente tenías razón. —Hizo una pausa—. Pero nunca decidí que fuera mejor perder a mi hijo que aprender.

Helena extendió una mano sobre la mesa y tocó brevemente el brazo de Gabriel.

Liam apartó la mirada. Durante años había deseado oír algo parecido sin siquiera admitir ante sí mismo que lo quería.

Descubrir que ya había escuchado una versión de aquella respuesta y simplemente no podía recordarla no le produjo el alivio que debería.

Le produjo una especie de injusticia.

Él había hecho todo aquello.

Solo que no tenía acceso al esfuerzo.

—¿Y Nico? —preguntó después de unos segundos—. ¿Cuándo entró en todo esto?

Helena respondió primero.

—Esperaste un tiempo antes de traerlo aquí oficialmente.

—¿«Oficialmente» significa que vosotros supierais que era mi novio?

—Sí. Yo ya sabía que existía antes, pero la primera reunión en la que trajiste a Nico y no tuviste que llamarlo amigo ocurrió algún tiempo después de que tu padre lo supiera.

Liam miró a Gabriel.

—¿Cómo fue?

Su padre soltó el aire.

—Tenso.

Maya sonrió de lado.

—Esa es una palabra muy amable.

Gabriel le lanzó una mirada antes de continuar.

—Yo intentaba no decir nada equivocado. Tú estabas esperando que dijera algo equivocado. Nico se dio cuenta de que los dos estabais haciendo el ridículo y se puso a hablar conmigo de fútbol durante casi veinte minutos.

Liam frunció el ceño.

—¿A Nico le gusta el fútbol?

Maya empezó a reír.

—No lo suficiente para veinte minutos.

—Entonces, ¿se pasó veinte minutos hablando de fútbol con mi padre para impedir que discutiéramos?

—Básicamente —confirmó Helena.

A pesar del peso de la conversación, Liam dejó escapar una breve risa.

Gabriel negó con la cabeza.

—También se equivocó con el nombre de dos jugadores.

—Eso sí me gustaría recordarlo.

La frase salió antes de que Liam pudiera pensarlo. El humor desapareció un poco. Nadie intentó corregirlo.

—Después fue más fácil —continuó Gabriel—. No inmediatamente. Pero Nico nunca intentó convencerme de nada. Tampoco aceptó nunca que tratara vuestra relación como si fuera algo sobre lo que yo tuviera derecho a votar.

Liam reconoció a Nico en aquella descripción incluso sin recordar ninguna de esas escenas.

—¿Te cae bien?

Gabriel tardó un poco en responder, no por incomodidad, sino porque parecía tomarse la pregunta en serio.

—Lo respeto. Hay cosas de él que me gustan y otras que me irritan. Supongo que eso es suficientemente normal.

Maya arqueó una ceja.

—Eso, viniendo de papá, es prácticamente una declaración de amor.

—No exageres.

Liam miró el plato casi intacto. Todo lo que había temido durante años ya había ocurrido. Las conversaciones malas, la rabia, el enfrentamiento, la presentación de Nico. Y después había existido suficiente tiempo para llegar hasta aquella mesa.

No recordaba nada.

—Es extraño —dijo.

Helena se inclinó un poco.

—¿Qué?

—Todos vosotros conocisteis una versión mía que parece mucho más valiente que yo.

Maya frunció el ceño.

—No.

Liam la miró.