Las Naranjas Van en el Segundo Cajón Capítulo 5
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Capítulo 5

N ico no respondió de inmediato.

La pregunta permaneció entre los dos mientras el movimiento de la cafetería continuaba a su alrededor, indiferente al hecho de que Liam acabara de preguntarle a un hombre al que no recordaba si todavía lo amaba.

Nico apartó la mirada durante unos segundos, respiró hondo y, cuando volvió a mirarlo, no parecía estar buscando una respuesta menos dolorosa.

—Sí —dijo—. Claro que todavía te amo.

Liam había esperado un impacto mayor al oír aquello.

Alguna reacción física, quizá la incomodidad inmediata de recibir una declaración que no podía devolver.

Lo que sintió fue una mezcla menos clara: culpa, curiosidad y la incómoda percepción de que Nico había conseguido responder sin convertir aquello en una exigencia.

—¿Y qué haces con eso?

Nico pasó el pulgar por el lateral del móvil sobre la mesa.

—¿Ahora mismo? Intento no convertirlo en un problema que tú tengas que resolver.

—Parece difícil.

—Lo es.

La sinceridad llegó tan rápido que Liam levantó los ojos.

Nico continuó antes de que preguntara.

—Que yo te ame no crea ningún tipo de obligación para ti. No significa que tengas que volver a casa conmigo, llevar el anillo o intentar sentir algo porque yo lo siento. Solo significa que, si la pregunta es si todavía te amo, la respuesta es sí.

—¿Y si nunca recuerdo?

Una leve tensión apareció en el rostro de Nico.

—Eso no cambia la respuesta de hoy.

—Eres muy cuidadoso con las palabras.

—Últimamente, sí.

Liam se recostó en la silla. La hoja con la lista seguía doblada delante de él, pero ya no quedaba ningún punto que resolver. Podía marcharse. En lugar de eso, se dio cuenta de que aquella era la primera vez que estaba frente a Nico sin necesitar sacarle alguna información práctica.

—¿Cómo nos conocimos?

Nico inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Quieres la versión corta o la versión en la que intento demostrar que fue cosa del destino?

—Si dices destino, me voy.

La boca de Nico se curvó.

—Entonces la corta. Teníamos gente en común. Acabamos en la misma reunión, empezamos a hablar y después intercambiamos el contacto.

—¿Quién tomó la iniciativa?

Nico hizo una pausa.

—Eso ya se está acercando peligrosamente a la versión larga.

—Acabas de decir que podía preguntar cualquier cosa.

—Puedes. —Nico apoyó los brazos sobre la mesa—. Tú me pediste el número.

Liam frunció el ceño.

—¿Yo?

—Sí.

—Estoy descubriendo una versión de mí sorprendentemente proactiva.

—¿No lo eras siempre?

—Muy reconfortante.

Nico sonrió, pero no añadió nada.

Liam se dio cuenta.

—¿Solo eso?

—Has preguntado quién pidió el número.

—Y has respondido exactamente eso.

—Estoy intentando respetar las reglas.

—¿Qué reglas?

—Las que, por lo visto, hemos inventado sin hablarlas. Tú preguntas, yo respondo, pero no empiezo a soltarte recuerdos sobre ti.

Liam pasó un dedo por el pliegue de la hoja.

—¿Lo haces porque crees que podrías influirme?

Nico tardó más esta vez.

—En parte.

—¿Y la otra parte?

Su mirada descendió durante un instante.

—Yo también estoy intentando protegerme.

La respuesta hizo que Liam se enderezara un poco.

Hasta entonces, Nico casi siempre había hablado de los límites como algo creado para Liam. Espacio para Liam. Tiempo para Liam. Decisiones de Liam. Era fácil olvidar que cada conversación también exigía que Nico abriera una parte de una relación que solo él recordaba.

—¿Protegerte de qué?

—De convertir cada pregunta tuya en una oportunidad para revivir algo que ahora ya no existe de la misma manera.

—Nico se pasó una mano por la nuca—. Si preguntas dónde nos conocimos y yo empiezo a contarte qué llevabas puesto, qué dijiste, cuándo me di cuenta de que estaba interesado, qué pasó después...

quizá consiga pasar una hora dentro de aquella noche.

Tú seguirás escuchando hablar de una noche que no recuerdas.

Liam guardó silencio.

—Entonces no es solo para no presionarme.

—No.

—Tampoco quieres quedarte atrapado en eso.

Nico soltó una respiración breve.

—Estoy intentando no hacerlo.

Liam lo observó durante unos segundos. La respuesta hacía que todo fuera menos cómodo, pero más equilibrado. Nico dejaba de parecer alguien que simplemente esperaba con paciencia a que Liam decidiera el destino de los dos. Al otro lado también se estaba perdiendo algo.

—Vale —dijo Liam—. Entonces probemos otra cosa.

—¿Qué?

—Ya sé bastante sobre lo que me pasó a mí. Quiero saber de ti.

Nico arqueó las cejas.

—¿De mí?

—Al parecer pasé casi dos años conociéndote. Estoy en desventaja.

—Esto parece una entrevista.

—¿Prefieres un cuestionario por escrito?

—Teniendo en cuenta la lista, no sé si estás bromeando.

Liam casi sonrió.

—¿A qué te dedicas?

Nico le habló de su trabajo de forma resumida. Trabajaba en desarrollo de productos digitales, en un equipo que mezclaba planificación, investigación y una cantidad de reuniones que, según él, era incompatible con cualquier idea de productividad.

—¿Te gusta?

—La mayor parte del tiempo. Me gusta el trabajo. Tengo opiniones menos generosas sobre algunas personas que hacen reuniones para decidir cuándo será la próxima reunión.

—Eso parece universal.

—Entonces quizá cognitivamente sigas bien.

Liam ignoró la provocación.

—¿Familia?

—Mi madre vive en otra ciudad. Mi padre también, pero llevan años separados. Tengo una hermana mayor.

—¿Los conozco a todos?

—A mi madre y a mi hermana, sí. A mi padre lo has visto pocas veces.

Liam sintió el impulso de preguntar qué opinaban aquellas personas de él. No lo hizo. Estaba intentando conocer a Nico, no volver a descubrir cómo lo veían los demás.

—¿Te llevas bien con ellos?

—Con mi hermana, muy bien. Con mi madre, la mayor parte del tiempo. Mi padre y yo funcionamos mejor en dosis pequeñas.

—¿Algún motivo concreto?

—Varios, pero ninguno que merezca convertir este café en una sesión de terapia familiar.

Liam asintió.

—¿Amigos?

—Daniel es el más cercano. Lo conozco desde la universidad.

—Entonces ese es el Daniel cuya casa invadiste por mi culpa.

—Técnicamente, él me invitó.

—¿Y ya se arrepintió?

—El segundo día. Tengo tendencia a ocupar demasiado espacio en la encimera del baño.

Liam bajó los ojos para ocultar la sonrisa.

La conversación continuó sin que se diera cuenta exactamente de cuándo dejó de parecer una secuencia de preguntas.

A Nico le gustaba cocinar, pero odiaba seguir las recetas hasta el final.

Le gustaban las películas malas más de lo que admitiría en público y sentía una antipatía desproporcionada por la gente que escuchaba los audios al doble de velocidad.

—Eso es muy específico —comentó Liam.

—Está mal.

—Ahorra tiempo.

—Destruye la intención artística de quien mandó el audio.

—¿La intención artística de un audio de cuatro minutos?

—¿Estás defendiendo a esa gente?

—Quizá yo sea uno de ellos.

Nico abrió la boca y se detuvo.

Liam lo notó de inmediato.

—¿Lo soy?

Nico soltó una carcajada.

—Lo eras.

—Entonces acabas de descubrir que quizá sigas prometido con un monstruo.

—Ya conocía algunos defectos.

—¿Cuáles?

—No creo que tengas suficiente tiempo hoy.

—Empieza por los tuyos.

Nico se recostó en la silla, evaluándolo.

—Eso ha sido hábil.

—Gracias.

—Soy terco. Procrastino cualquier burocracia que no tenga un plazo inmediato. Me pongo a la defensiva cuando creo que alguien intenta decidir algo por mí y tengo la pésima costumbre de pensar que puedo llegar a cualquier sitio en quince minutos.

—Incluso cuando no puedes.

—Sobre todo cuando no puedo.

—¿Llegas tarde?

—A veces.

—Eso es incompatible conmigo.

—Lo sé.

La respuesta salió automáticamente. Nico se dio cuenta. Liam también.

Durante un segundo, la conversación volvió a ese lugar extraño en el que existían informaciones que solo uno de los dos poseía.

Nico apartó la mirada.

—Perdón.

—No hace falta.

—Casi empiezo a hablar de cómo reaccionabas tú.

—Me di cuenta.

Una camarera se acercó antes de que la conversación continuara. Liam ya había terminado el café hacía un rato, mientras Nico apenas había tocado el suyo. Ella preguntó si querían algo más y empezó a mencionar las opciones del mostrador.

—Tenemos tarta de limón, tarta de chocolate y hoy también ha llegado un bizcocho de naranja con almendras.

El cambio en Nico fue mínimo.

Una vacilación.

No llegó a durar ni un segundo entero, pero Liam lo estaba mirando directamente.

—Para mí, nada —respondió Nico, recuperando la expresión normal.

Liam también rechazó y esperó a que la camarera se alejara.

—¿No te gusta la naranja?

Nico lo miró.

—Sí.

—Entonces, ¿qué ha sido eso?

—¿Qué?

—Has puesto una cara.

—¿Sí?

—Sí.

Nico cogió la taza.

—No es importante.

Liam lo observó durante un instante, pero dejó morir el tema.

—Vale.

Nico pareció brevemente aliviado y bebió el café ya frío.

Liam miró la hoja doblada sobre la mesa.

—Todavía tenemos que decidir cómo vamos a gestionar a los proveedores.

—Pensaba que los habíamos repartido.

—Repartimos los contactos. No decidimos exactamente qué decir.

Nico dejó la taza.

—Creo que lo más sencillo es cancelar lo que haya que cancelar y aplazar lo que acepte aplazamiento.

Liam asintió.

—Sin nueva fecha.

—Sin nueva fecha.

La frase salió neutral, pero Liam se dio cuenta de que Nico miró hacia la mesa después.

—¿Quieres mantener algo reservado?

Nico tardó un poco.

—No creo que esa decisión deba basarse en lo que yo quiero.

—También es tu boda.

—Era nuestra boda.

Liam prestó atención al tiempo verbal.

Nico pareció notarlo, pero no lo corrigió.

—Si mantenemos un proveedor, el lugar o cualquier otra cosa porque yo quiero conservar la posibilidad de que ocurra en la fecha prevista, eso se convierte en presión para ti —continuó—.

Prefiero cancelar y perder algo de dinero antes que dejar una boda entera esperando una decisión que no tienes ninguna obligación de tomar ahora.

—Puedo pagar mi parte de las penalizaciones.

—No hablaba del dinero.

—Lo sé.

Permanecieron unos segundos en silencio. Ninguno dijo que el compromiso hubiera terminado. Tampoco dijeron que continuara. Por ahora, parecía suficiente desmontar el evento sin intentar definir qué quedaba después.

Liam cogió el móvil y abrió la lista de proveedores.

—Yo hablo con el fotógrafo y con el lugar. Tú te quedas con el catering y los otros contratos que tienes.

—Vale.

—Si hay algo sin posibilidad de reembolso, avísame.

Resolvieron los últimos detalles rápidamente. Cuando terminaron, Liam se dio cuenta de que la conversación estaba otra vez en el punto en el que podían simplemente levantarse.

Esta vez, la posibilidad de marcharse le molestó más.

Nico estaba guardando el móvil cuando Liam preguntó:

—¿Siempre pides exactamente lo que yo quiero cuando estamos en una cafetería?

Nico levantó los ojos.

—¿Qué?

—En el hospital sabías dónde estaban mis cosas. En el apartamento sabías dónde estaba todo. Apuesto a que también sabes lo que solía pedir aquí.

Nico miró la taza vacía de Liam.

—Lo sé.

—Y no dijiste nada.

—No.

—¿Por qué?

Nico se pasó la lengua por el labio inferior, pensando.

—Porque cuando llegaste preguntaste qué tenía menos azúcar. Te respondí. Tú elegiste eso.

—Pero sabías lo que solía pedir.

—Sí.

—No tienes que fingir que no sabes las cosas.

—No estoy fingiendo.

—Te estás conteniendo todo el tiempo.

Nico permaneció en silencio un instante.

—Hay una diferencia entre saber lo que te gustaba y decidir que todavía te gusta.

Liam frunció el ceño.

—Es café.

—Hoy es café. Mañana puede ser un restaurante, una canción, una prenda, una forma de tocarte. —Nico sostuvo su mirada—. Si parto de la idea de que ya sé todas las respuestas, tú no tienes espacio para cambiar ninguna.

Aquello permaneció con Liam durante unos segundos.

Desde el accidente, casi todas las personas a su alrededor parecían poseer algún fragmento de información sobre quién se había convertido. Nico tenía más que cualquier otra. Y aun así era precisamente él quien parecía menos dispuesto a presentar esas informaciones como instrucciones.

—Piensas demasiado.

La expresión de Nico se suavizó.

—Otro defecto.

—Estoy empezando a creerme la lista.

—Podría haber elegido defectos más simpáticos.

—Los retrasos crónicos ya eliminaron esa posibilidad.

Nico rio en voz baja.

Liam se dio cuenta de que le gustaba el sonido. No porque le resultara conocido. No lo era.

Le gustaba ahora.

Aquella constatación tan sencilla hizo que mirara a Nico con más atención.

Hasta entonces, había pasado buena parte de sus encuentros intentando imaginar al hombre que le había pedido matrimonio a aquel desconocido.

Qué había visto, qué sabía, qué historia existía detrás de las fotografías de la estantería.

Quizá estaba haciendo la pregunta equivocada.

Nico estaba frente a él en aquel momento, hablando de trabajo, familia, películas malas, retrasos y una guerra personal contra los audios acelerados. Liam no necesitaba recuperar nada para decidir si quería seguir escuchando.

Nico miró la hora.

—Creo que será mejor que me vaya. Daniel me ha prestado el coche y lo necesita más tarde.

—Vale.

Liam respondió demasiado rápido.

Nico empezó a levantarse. Fue entonces cuando Liam se dio cuenta de que no quería que aquello fuera solo otro encuentro necesario para resolver las consecuencias de la amnesia.

—Nico.

Él se detuvo. Liam cerró la hoja de proveedores que ya no necesitaba estar sobre la mesa.

—¿Quieres cenar conmigo?

Nico volvió a sentarse lentamente.

—¿Cenar?

La boca de Nico casi formó una sonrisa, pero había demasiada cautela en su mirada.

—¿Me estás invitando para hablar de algo concreto?

Liam pensó antes de responder.

—No.

—¿De la boda?

—Tampoco.

Nico esperó.

Liam se dio cuenta de que tendría que decir exactamente lo que quería o Nico encontraría alguna forma de convertir la invitación en otra conversación práctica.

—No como mi prometido —dijo—. Quiero cenar contigo siendo tú.

La expresión de Nico cambió.

No de forma dramática. Simplemente perdió durante unos segundos aquella vigilancia constante que parecía acompañarlo desde el hospital.

—Vale.

Liam arqueó una ceja.

—¿«Vale» significa que sí?

Nico sonrió.

—Significa que sí.

—Entonces elige un día.

Quedaron para dos días después. Liam guardó el móvil y se levantó con cuidado, todavía sintiendo las costillas cuando hacía movimientos demasiado rápidos. Nico no se ofreció a ayudarlo automáticamente. Simplemente esperó hasta asegurarse de que Liam estaba bien.

Salieron juntos de la cafetería y se despidieron en la acera.

—Te mando el sitio —dijo Nico.

—Solo no elijas un restaurante porque me gustaba antes.

Nico asintió.

—Entendido.

Liam lo observó alejarse durante unos segundos antes de dirigirse en la dirección contraria.

Solo de camino a casa se dio cuenta de lo que acababa de hacer.

Había quedado con Nico.

Una cita de verdad.

Con un hombre que todavía figuraba en documentos, fotografías y contratos como su prometido.

Y, desde que había despertado en el hospital, la idea de volver a verlo no parecía una consecuencia de una vida que Liam había olvidado.

Parecía una decisión suya.