Capítulo 3 #3
Cuando por fin se sentó a comer, ya estaba irritado con su propia casa.
Luego quiso tomar un analgésico y se dio cuenta de que no sabía dónde solía guardar los medicamentos. Tenía los que Maya había dejado separados, pero la pregunta empezó a molestarlo.
¿Dónde estaban las cosas?
No solo en el sentido físico.
¿Quién había decidido aquella organización? ¿Liam? ¿Nico? ¿Los dos? Intentó averiguarlo por su cuenta durante unos minutos más hasta que se dio cuenta de lo absurdo que era. Existía una persona que probablemente sabía responder a todo.
Cogió el móvil. El contacto de Nico estaba entre los primeros. Liam se quedó mirando el nombre durante unos segundos antes de tocar para llamar.
Nico respondió al segundo tono.
—¿Liam?
La rapidez casi hizo que colgara.
—Hola.
—¿Ha pasado algo?
—No. Quiero decir, nada importante. Estoy en el apartamento.
Hubo una pequeña pausa.
—Maya comentó que querías ir hoy.
—¿Ya te lo ha contado?
—Me mandó un mensaje diciendo que habías decidido quedarte allí y me pidió que no apareciera sin que tú me llamaras.
Liam cerró los ojos.
—Claro que lo hizo.
—Puedo fingir que no me mandó nada, si ayuda.
—No ayuda.
Nico soltó una respiración que quizá fuera una risa contenida.
Liam apoyó una mano en la encimera.
—Tengo una pregunta ridícula.
—Vale.
—¿Dónde están los paños de cocina limpios?
La pausa siguiente fue más breve.
—En el armario estrecho junto a la nevera, en el estante de arriba.
Liam miró. Abrió. Estaban allí.
—Vale. ¿Y los recipientes con tapa?
—En el armario debajo de la encimera, el segundo empezando por la izquierda.
Liam comprobó. También estaban allí.
—¿Lo estás diciendo de memoria?
—Sí.
—Eso es irritante.
—¿Quieres que empiece a equivocarme a propósito?
—No.
—Entonces continúa.
Liam casi sonrió.
—¿Medicamentos aparte de los que dejó mi hermana?
—En el armario del baño del pasillo. Arriba, dentro de una caja blanca. Pero no deberías mezclar nada con lo que estás tomando ahora sin preguntárselo a la doctora.
—Lo sé.
Nico guardó silencio durante un segundo.
—Y el café está en...
Se detuvo.
Liam lo notó.
—¿Dónde está el café?
—Perdona. No has preguntado por el café.
—No, pero parece que ibas a decírmelo.
—Sí. —Nico respiró hondo—. Está en el armario encima de la cafetera.
Liam miró hacia la cocina.
—Ibas a decir otra cosa.
—No era importante.
—Eso se está convirtiendo en una respuesta frecuente.
—Estoy intentando no convertir cada cosa que preguntas en una historia sobre cómo hacías las cosas antes.
Liam lo entendió.
Probablemente Nico había estado a punto de decirle cómo tomaba el café. O cuándo solía beberlo. Alguna cosa banal que, para una pareja que vivía junta, debía de ser automática.
—No necesitas vigilar cada frase que dices.
—Un poco sí.
—Debe de ser agotador.
La pregunta se le escapó antes de que Liam decidiera si quería hacerla.
Nico tardó en responder.
—Es extraño.
No dijo que fuera agotador. Tampoco fingió que fuera fácil.
Liam apoyó la cadera contra la encimera.
—Para mí también.
—Me lo imagino.
El silencio que llegó después no parecía exigir que la llamada terminara de inmediato.
Liam miró el salón, la estantería con fotografías, la puerta del pasillo.
Había una pregunta que le rondaba la cabeza desde que había entrado allí.
Podía hacerla sin más. ¿En qué lado de la cama dormía él?
Era una pregunta inútil. Demasiado pequeña para explicar nada y lo bastante íntima como para volverlo todo incómodo.
Liam no preguntó.
—Eso era todo —dijo.
—Vale.
Ninguno de los dos colgó. Liam fue el primero en darse cuenta.
—Sigues ahí.
—Tú también.
—Yo he llamado.
—Entonces pensé que debía esperar a que colgaras tú.
—Eso tiene cierto sentido extraño.
—Gracias.
Liam volvió a mirar hacia el dormitorio al final del pasillo.
—Nico...
—¿Sí?
La pregunta estuvo a punto de salir. ¿Cómo era vivir conmigo?
La contuvo.
—Nada. Olvídalo.
Nico no insistió.
—Está bien.
—Gracias por la información.
—Si necesitas cualquier otra cosa, puedes llamar.
Liam miró el armario abierto y los paños que por fin había encontrado.
—¿Aunque sea para preguntar dónde habéis escondido algo en mi propia casa?
—Sobre todo en esos casos. Tú siempre...
Nico volvió a detenerse.
Esta vez Liam no preguntó cómo terminaba la frase.
—Buenas noches, Nico.
—Buenas noches, Liam.
La llamada terminó.
Liam dejó el móvil sobre la encimera y permaneció unos segundos quieto en la cocina silenciosa.
Nico sabía dónde estaban los paños de cocina, los recipientes, los medicamentos y el café. Sabía las respuestas sin necesidad de pensarlas porque aquel apartamento también era su casa y porque, durante meses, había compartido allí una rutina con Liam.
Era una intimidad tan corriente que ninguna fotografía conseguía mostrarla del todo.
Liam apagó las luces de la cocina y se fue al dormitorio.
A la mañana siguiente, ya sabía lo que tenía que hacer. No podía seguir descubriendo los veinte meses perdidos a través de preguntas aleatorias sobre personas, direcciones y objetos.
Necesitaba poner aquella vida en orden.