Las Naranjas Van en el Segundo Cajón Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—Yo también. Voy contigo. Si preguntas algo, te respondo. Si no preguntas, me quedo callada.

Eso bastaba.

Poco más de una hora después, Liam estaba frente a un edificio que nunca había visto. Observó la fachada mientras Maya aparcaba. Ninguna familiaridad. Ninguna sensación vaga. Nada.

—¿Es aquí?

—Sí.

Comprobó el número por reflejo.

—Parece caro.

—Eso fue casi exactamente lo primero que dijiste cuando viniste a verlo.

Liam volvió el rostro.

Maya levantó las dos manos.

—Perdón. Información no solicitada.

—Puedes contarme algunas cosas. Solo no quiero que conviertas cada paso en «tú hacías esto» o «tú decías aquello».

—Entendido.

Entraron. El portero saludó a Liam por su nombre y le preguntó si se encontraba mejor. Liam respondió que sí antes de darse cuenta de que no conocía a aquel hombre.

El ascensor subió.

—Me conoce —comentó.

—Vives aquí.

—Lo sé. Sigue siendo extraño.

Cuando la puerta se abrió en la planta, Maya esperó a que Liam saliera primero.

Él miró los números de los apartamentos. La llave que Nico le había dado estaba en su mano. Liam se detuvo frente a la puerta correcta y pasó unos segundos mirándola.

—¿Quieres que abra yo? —preguntó Maya.

—No.

La llave entró en la cerradura sin dificultad. Liam abrió.

La primera impresión fue de una ausencia absoluta de reconocimiento.

El salón era luminoso, ordenado sin resultar impersonal. Había un sofá grande, una estantería, una televisión fijada a la pared y algunas plantas cerca de la ventana. Liam entró lentamente y dejó la puerta abierta para Maya.

—¿Nada? —preguntó ella.

—Nada.

Ella cerró la puerta detrás de ambos.

Liam caminó por el salón. Reconoció algunos libros de inmediato. Dos eran antiguos y le pertenecían desde la universidad. Otro tenía una marca en una esquina de la cubierta que recordaba haber causado al derramar café años atrás.

Cogió el volumen.

—Este es mío.

También había libros que no reconocía. Algunos probablemente eran de Nico. Otros podían ser suyos y haber sido comprados durante el período borrado.

En la estantería había fotografías. Liam se detuvo frente a la primera.

Él y Nico estaban uno al lado del otro frente a algún lugar que Liam no reconocía. No era una pose especialmente íntima. Los dos sonreían a la cámara, con los hombros rozándose.

En la siguiente fotografía estaban sentados a una mesa con Maya y otras personas.

En otra, Nico tenía un brazo alrededor de la cintura de Liam.

Liam cogió el marco. Era extraño observar su propio rostro mostrando una familiaridad que él no sentía.

No parecía incómodo. No parecía estar posando para cumplir con ninguna expectativa.

La mano de Liam descansaba sobre el pecho de Nico de manera distraída, natural.

—¿Dónde fue esto?

Maya se acercó solo lo suficiente para mirar.

—No lo sé. Esta no la había visto nunca.

Liam volvió a dejar el marco. No preguntó más. Podría pasar horas analizando fotografías en busca de pruebas. El problema era que ya sabía que la relación había existido. Las imágenes no podían proporcionarle la parte que faltaba.

Siguió por el apartamento. Reconoció algunos objetos personales sobre una mesa auxiliar. Un antiguo portadocumentos. Un cargador que recordaba haber comprado. Un bolígrafo metálico que Maya le había regalado años antes. Junto a ellos había cosas completamente desconocidas.

—Es extraño —comentó.

—¿Qué?

—Saber que algunas cosas son mías y no reconocerlas. —Liam cogió unos auriculares—. ¿Esto es mío o de Nico?

Maya se encogió de hombros.

—Ni idea.

—Genial. Por fin algo que tú tampoco sabes.

—Me alegra muchísimo poder contribuir.

La cocina no provocó una sensación diferente. Liam abrió algunos armarios, más para comprobar lo que había dentro que por necesidad. Vajilla, ollas, vasos. Algunos utensilios le resultaban familiares. Otros no.

Había dos tazas junto a la cafetera. Liam se quedó mirándolas.

—Ni empieces —advirtió Maya.

Él volvió el rostro.

—Ni siquiera he dicho nada.

—Pero has pensado en preguntar cuál es la tuya.

—Lo he pensado.

—No lo sé.

—Otra victoria.

Maya sonrió.

Liam cerró el armario.

El pasillo llevaba a los dormitorios. Había una habitación utilizada como despacho, otra más pequeña y, al final, el dormitorio principal. Liam se detuvo en la entrada.

La cama era grande y estaba hecha. Dos mesitas de noche ocupaban ambos lados. Había libros en uno, un cargador en el otro, ropa en el armario parcialmente abierto. Todo indicaba la presencia de dos personas sin necesidad de ninguna fotografía.

Aquella fue la primera parte del apartamento que realmente lo incomodó.

No por el sexo ni por ninguna imagen concreta que intentara formar. Era la rutina implícita.

Dos personas dormían allí.

Se despertaban allí.

Dejaban objetos al alcance de la mano. Compartían espacio en el armario. Probablemente discutían por la temperatura, la sábana, el despertador, la luz encendida.

Liam entró.

Reconoció dos camisas colgadas en el armario. Una chaqueta. Un par de zapatos. Otras prendas eran nuevas para él, aunque encajaban con el gusto que sabía que tenía.

—¿Estas son mías?

Maya miró.

—Creo que sí.

Liam sacó una camisa oscura.

—Yo compraría esto.

—Entonces tenemos un avance importante.

—No abuses.

Devolvió la camisa. En el lado opuesto había ropa que evidentemente no le serviría.

Nico.

Liam cerró el armario despacio.

—Ha dejado casi todo.

—Por lo que sé, solo cogió lo necesario.

Eso confirmaba lo que Nico había dicho.

Liam volvió a observar el dormitorio. Si Nico hubiera retirado todos sus objetos, quizá el espacio habría resultado menos extraño. Pero también habría parecido una casa abandonada por la mitad de sus habitantes.

—¿Quieres irte? —preguntó Maya.

Liam tardó en responder.

—No. Quiero quedarme aquí.

Maya frunció el ceño.

—Ayer dijiste que te quedarías conmigo.

—Y me quedé.

—Una noche.

—Tú especificaste que podía ser una noche.

Ella cruzó los brazos.

—Liam, no tienes que demostrar que puedes hacer esto solo.

—No estoy demostrando nada.

—¿Seguro?

Él volvió al salón antes de responder.

—No quiero despertarme mañana en tu casa y seguir pensando en este lugar como algo que pertenece a otra persona.

Mis cosas están aquí. Mi ordenador está aquí.

Esta es mi dirección, aunque no recuerde haberla elegido.

—Liam dejó que una mano se deslizara por el lateral de la estantería—.

Si sigo evitándolo, no va a volverse más conocido.

Maya todavía parecía poco convencida.

—¿Y si te encuentras mal?

—Te llamo.

—A mí. Y te tomas los medicamentos a sus horas.

—Sí.

—Y nada de intentar reorganizar toda la casa hoy.

Liam arqueó una ceja.

—¿Siempre has sido tan controladora?

—No has perdido suficiente memoria como para olvidar la respuesta.

Él sonrió.

Maya solo lo ayudó con lo necesario antes de marcharse al final de la tarde. Dejó comida, comprobó dos veces que el teléfono estuviera cargado y solo salió después de que Liam amenazara con cerrar la puerta dejándola fuera.

Cuando por fin se quedó solo, el silencio del apartamento cambió de cualidad. Liam caminó por el salón sin ningún objetivo inmediato. Era su casa. Tuvo que repetírselo mentalmente. Su casa.

Seguía sin funcionar.

Se tomó el medicamento, intentó ver algo y se rindió en menos de veinte minutos. Fue al despacho a buscar el cargador del portátil y tardó casi diez minutos en encontrarlo. El ordenador reconoció su contraseña, al menos.

Pequeñas victorias.

Más tarde sintió hambre. Abrió la nevera. Había poca cosa porque, al parecer, Nico llevaba días sin quedarse allí. Encontró lo que Maya había dejado y decidió calentarlo.

El primer problema fue descubrir dónde estaban los recipientes adecuados. Abrió un armario. Nada. Otro. Platos. Un cajón. Cubiertos. Otro. Utensilios diversos.

Liam se quedó parado frente a la cocina.

—Excelente.

Probó otro armario.

Los encontró.

Después se dio cuenta de que no sabía dónde estaban los paños de cocina limpios. Tardó varios minutos más.