Capítulo 2 #2
Había familiaridad. Gabriel conocía a Nico. Más que eso: le preocupaba saber si había dormido y comido después del accidente de Liam.
Nico se dio cuenta de que lo estaban observando y volvió el rostro hacia él. Liam apartó la mirada primero.
La visita de sus padres continuó durante un rato, pero le costó seguir algunas partes de la conversación.
Helena preguntaba por los dolores y los exámenes; Gabriel quería saber qué habían dicho los médicos; Maya intervenía cuando alguien empezaba a hacer demasiadas preguntas.
Nico hablaba poco y permaneció apartado casi todo el tiempo.
Liam observaba. Cada interacción era una confirmación involuntaria.
Helena sabía dónde había pasado Nico la noche.
Maya tenía suficiente confianza con él como para obligarlo a comer.
Gabriel hablaba con él sin necesidad de ninguna presentación.
Nadie parecía estar interpretando un papel. Aquello era real.
En determinado momento, Eva pidió que limitaran las visitas. Helena discutió durante unos segundos antes de aceptar. Gabriel no discutió. Se despidió de Liam prometiendo volver más tarde. Helena le besó la frente donde no había vendaje y salió con él.
Nico también se levantó para acompañarlos. Liam esperó hasta que la puerta se cerró y miró a Maya.
—¿No me echó de casa, me desheredó ni dejó de hablarme?
Ella entendió de inmediato.
—No.
—¿No dijo que ya no era su hijo ni tuvo ninguna de esas reacciones que pasé años esperando?
Maya se acomodó en la silla.
—No voy a mentirte y decir que fue fácil, porque no lo fue.
Liam sintió que la tensión regresaba.
—¿Qué hizo?
—Ese es el tipo de cosa que no quiero resumir mal.
—Acabas de decir que no fue fácil.
—Porque no lo fue. Hubo conversaciones malas. Hubo cosas que él necesitó entender y otras que tú te negaste a aceptar. Pero no ocurrió todo en una noche, Liam. Y yo no estuve presente en cada conversación entre vosotros.
—Entonces, ¿estamos bien?
Maya vaciló.
—Formáis parte de la vida del otro. No voy a convertir veinte meses de relación con nuestro padre en «bien» o «mal» solo porque sería más fácil darte una respuesta.
Liam soltó el aire, frustrado.
—Tienes una nueva habilidad para responder preguntas sin responderlas.
—No es nueva. Solo has olvidado los últimos veinte meses de ella.
Él miró a su hermana.
Maya pareció darse cuenta de lo que había dicho e hizo una mueca.
—Perdón.
—No tienes que disculparte cada vez que hables de algo que no recuerdo.
—Lo intentaré.
—Y tampoco tienes que actuar como si cualquier información fuera a romperme.
—No estoy actuando así.
Liam arqueó una ceja.
—Un poco sí.
Maya lo aceptó con un movimiento de cabeza.
—Vale. Pero tú tampoco puedes esperar que resuma toda tu vida en respuestas de treinta segundos.
—No lo espero.
—Lo parece bastante.
Liam miró hacia la puerta.
—Quiero hablar con Nico.
Maya lo observó.
—¿Estás seguro?
—No. Pero quiero hacerlo igualmente.
Ella se levantó.
—Voy a llamarlo.
Nico regresó unos minutos después. Esta vez entró solo.
Liam se dio cuenta de que escogió la silla más alejada de la cama. No se acercó, no tocó nada y no preguntó si Liam había recordado algo desde que se había marchado.
Simplemente esperó.
—Maya dijo que querías hablar.
—Sí.
Nico asintió.
Liam intentó ordenar las preguntas antes de empezar.
—No sé qué se supone que puedo preguntar.
—Puedes preguntar cualquier cosa.
—¿Aunque sea algo malo?
—Probablemente habrá cosas malas de todas formas.
La respuesta fue más directa de lo que Liam esperaba.
—¿Cuánto tiempo llevamos juntos?
Nico respondió sin rodeos. El tiempo que mencionó cabía casi por completo dentro de la laguna de memoria.
—¿Y cuándo nos conocimos?
—Poco después del punto hasta el que recuerdas.
—¿Dónde?
Nico le contó que se habían conocido a través de personas que tenían en común, en una ocasión social, sin añadir ninguna historia romántica a la información.
Liam se dio cuenta de aquella elección.
—¿Vivimos juntos?
—Sí.
—¿Desde hace cuánto?
Nico respondió.
—¿Y dónde?
—En otro apartamento. Nos mudamos juntos.
Liam asimiló la información y continuó antes de permitir que abriera otra cadena de preguntas.
—¿Lo de la boda era real? No algo lejano que mencionáramos de vez en cuando.
—Era real. La estábamos organizando.
—¿Fecha, invitados y todo eso?
—Sí.
Liam apoyó la cabeza.
—Vale.
Nico permaneció callado. Aquella actitud empezó a incomodarlo.
—Puedes decir algo más que eso.
—Has hecho preguntas concretas.
—Y tú estás respondiendo solo lo mínimo imprescindible.
Nico se frotó los dedos de una mano con la otra.
—Creí que era lo que querías.
—No sé lo que quiero. —Liam respiró hondo y sintió cómo protestaban sus costillas—. Pero tú sabes un montón de cosas que yo no sé. Se nota cada vez que me miras.
Nico bajó la mirada.
—Lo sé.
—Eso ya lo has dicho.
—Porque no hay una versión mejor de la respuesta.
Liam lo observó durante unos segundos.
—¿Por qué no intentaste enseñarme nada?
—¿Enseñarte qué?
—Fotos. Mensajes. Cualquier prueba de que nosotros éramos... esto.
Nico tardó en responder.
—Tengo cientos de fotos nuestras. Tengo mensajes. Vídeos. Lugares a los que fuimos, cosas que compramos juntos, gente que puede contar historias sobre nosotros. —Se detuvo, apretando las manos una contra otra—. Podría pasarme horas intentando demostrarte que me querías.
La frase provocó una incomodidad inmediata.
—Pero no vas a hacerlo.
—No.
—¿Por qué?
Nico finalmente lo miró.
—Porque eso demostraría lo que sentías antes del accidente. No lo que sientes ahora.
Liam guardó silencio.
—Si quieres ver una fotografía, te la enseño.
Si quieres saber dónde estuvimos o qué ocurrió algún día, te respondo.
Si quieres preguntarme cosas personales, también te responderé.
—Nico respiró hondo antes de continuar—.
Pero no voy a preparar una presentación para convencerte de que debes seguir conmigo porque antes me querías.
Liam sintió que algo cambiaba dentro de él. No era confianza completa. Apenas conocía a aquel hombre. Pero hasta entonces había imaginado a Nico como alguien que necesariamente llegaría cargado de expectativas. Un prometido debería querer recuperar a su prometido.
Nico parecía estar esforzándose precisamente por impedir eso.
—¿Y si nunca recuerdo?
La mandíbula de Nico se tensó.
—No lo sé.
—La doctora dijo que es posible.
—La oí.
—Entonces podrías estar sentado delante de alguien que nunca va a recordarte.
Nico sostuvo su mirada.
—Podría.
—Y aun así no vas a intentar convencerme.
—No de esa manera.
—¿De qué manera?
—Haciéndote sentir culpable por algo que no elegiste.
Liam apartó la mirada.
—¿Debería estar sintiendo algo ahora?
Nico tardó unos segundos en responder.
—¿Me lo estás preguntando a mí?
—Me conoces mejor de lo que yo te conozco a ti.
—Eso no significa que sepa cómo deberías reaccionar después de perder veinte meses de tu propia vida.
La respuesta era razonable. Liam empezaba a odiar las respuestas razonables.
—Te miro y no siento nada familiar.
Esta vez Nico no consiguió ocultar completamente la reacción. Bajó los ojos y respiró hondo antes de volver a hablar.
—Lo sé.
—¿Duele?
—Sí.
La sinceridad llegó sin reproche.
Liam apretó los dedos contra la sábana.
—Lo siento.
—No te disculpes por eso.
—Acabo de decirle a mi prometido que mirarlo no me provoca nada y ¿qué quieres que haga?
—Quiero que seas sincero.
—¿Incluso cuando sea esto?
—Sobre todo cuando sea esto.
El silencio que siguió no fue cómodo, pero tampoco pareció exigir que lo llenaran.
Después de unos segundos, Nico se levantó.
—Hay una cosa que se quedó conmigo.
Liam siguió su movimiento. Nico fue hasta una pequeña bolsa que había dejado cerca de la pared. Liam no se había fijado antes.
—Cuando llegaste aquí, me entregaron tus cosas porque yo era tu contacto de emergencia —explicó Nico, acercando la bolsa sin invadir el espacio de la cama—. Tu móvil está guardado con otras cosas, pero yo me quedé con lo que te quitaron antes de algunos exámenes.
Colocó una pequeña bolsa transparente sobre la mesa móvil. Dentro había una cartera, un reloj, llaves y algunos objetos más pequeños. Liam reconoció la cartera.
Reconoció el reloj.
Las llaves, no.
Entonces vio el anillo.
Se quedó mirándolo demasiado tiempo.
Era un anillo sencillo, sin ningún detalle que pudiera hacerlo memorable. Aun así, no cabía duda de que estaba entre sus pertenencias.
Liam cogió la bolsa y la abrió. Nico no hizo ademán de ayudarlo.
Liam sacó el anillo y lo sostuvo entre el pulgar y el índice.
Ningún recuerdo.
—¿Yo llevaba esto?
—Sí.
Liam hizo girar el anillo entre los dedos.
—¿Tú también llevas uno?
Nico levantó la mano izquierda. Llevaba un anillo parecido. Liam no se había dado cuenta.
—¿Fuiste tú quien me pidió matrimonio?
Nico se quedó mirándolo durante unos segundos.
—No.
Liam frunció el ceño.
—Entonces, ¿cómo ocurrió?
La boca de Nico casi se movió antes de que renunciara a cualquier expresión.
—En casa. Solo nosotros dos. —Nico esbozó una leve sonrisa al recordar aquel momento.
Liam bajó los ojos hacia el anillo. Aquello era peor que descubrir que había aceptado una propuesta. Aceptar podría haber sido un impulso. Presión. Un momento en el que alguien le había planteado una pregunta y él había respondido.
Pero no.
Él había elegido.
Lo había planeado lo suficiente como para hacer la pregunta.
Había querido a Nico lo bastante como para pedirle que se quedara.
Liam deslizó el anillo por el dedo. Entró sin resistencia y se detuvo exactamente donde debía. Le quedaba perfecto.
Mantuvo la mano levantada durante unos segundos, observando un objeto que claramente había formado parte de su cuerpo durante suficiente tiempo como para dejar una marca discreta en la piel.
No apareció ninguna imagen.
Ninguna voz.
Ninguna emoción asociada.
Solo el conocimiento de que aquel anillo era suyo.
Y la incómoda sensación de que pertenecía a otra persona.