Las Naranjas Van en el Segundo Cajón Capítulo 2
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Capítulo 2

D urante unos segundos, Liam esperó que alguien corrigiera la frase.

Nico permaneció junto a la puerta. Maya tampoco reaccionó como alguien que acabara de oír un disparate. El monitor al lado de la cama seguía registrando sus latidos, cada vez más rápidos, mientras Liam buscaba en los rostros de ambos alguna señal de que había entendido mal.

—Mi prometido —repitió despacio.

—Sí —respondió Nico.

Liam miró a Maya.

—¿Es verdad?

Su hermana tardó apenas un instante.

—Sí.

—¿Voy a casarme con él?

Maya se pasó la lengua por los labios antes de responder.

—Estabais preparando la boda.

Liam volvió a mirar a Nico. Era un hombre guapo, se dio cuenta con una irritación casi absurda, porque aquello parecía el tipo de información más inútil que su cerebro podía proporcionarle en ese momento.

Cabello oscuro, barba corta, ojos cansados.

Podía observar cada detalle de su rostro y ninguno de ellos provocaba reconocimiento.

—No te conozco.

Nico bajó la mirada un momento.

—Lo sé.

—No, sabes que no te recuerdo. Es diferente. —Liam sintió crecer su propia irritación e intentó contenerla—. Te miro y no hay nada. Ni siquiera la impresión de haber visto tu cara alguna vez.

Maya se acercó a la cama.

—Liam, quizá sea mejor que no intentéis resolverlo todo ahora.

—No estoy intentando resolverlo. Estoy intentando entender qué me ha pasado.

Nico asintió antes de que Maya respondiera.

—Y tienes derecho a entenderlo. Solo creo que no necesitas hacerlo conmigo aquí plantado si mi presencia está empeorando las cosas.

La respuesta sorprendió a Liam. Esperaba que se defendiera, quizá que insistiera en que eran prometidos, algún intento de provocar un recuerdo. En lugar de eso, Nico miró a Maya.

—Voy a salir un rato.

—Nico... —empezó ella.

—Está bien. —Lanzó una última mirada a Liam—. Si quieres preguntarme algo después, seguiré aquí.

Liam no respondió. Nico salió y cerró la puerta. En cuanto se quedaron solos, Liam se volvió hacia su hermana.

—Explícamelo.

Maya volvió a acercar la silla.

—¿Qué quieres saber primero?

—Todo.

—Eso no es una pregunta.

—Entonces empieza por el hecho de que, al parecer, tengo un prometido al que nunca he visto en mi vida.

Maya apoyó los antebrazos sobre las piernas y respiró hondo.

—Conoces a Nico desde hace bastante tiempo. Empezasteis a salir durante el período que no recuerdas. Lleváis juntos desde entonces y decidisteis casaros.

—¿«Decidisteis» cómo?

—Como cualquier pareja decide casarse.

—Maya.

—No intentaba ser evasiva.

—Llevas siendo evasiva desde que entraste aquí.

Ella aceptó la acusación sin discutir.

—Porque no sé cuánto debería contarte de una sola vez.

—He perdido veinte meses de mi vida. No existe una cantidad cómoda de información para esto.

—Y echarte veinte meses encima en media hora tampoco va a hacer que los recuerdes.

Liam cerró los ojos unos segundos. El dolor de cabeza había aumentado.

—¿Cuánto de la relación está dentro de esos veinte meses?

Maya vaciló.

—Prácticamente toda.

Él abrió los ojos.

—¿Ni siquiera conocía a Nico?

—No.

Aquello consiguió empeorar todavía más la situación.

Durante unos minutos, Liam había imaginado que quizá Nico fuera alguien periférico en sus recuerdos. Un antiguo conocido que se había vuelto importante más tarde. Un rostro que debería estar guardado en alguna parte, aunque la conexión entre ellos hubiera desaparecido.

No lo estaba.

—Entonces, desde mi punto de vista, ayer estaba soltero y hoy estoy prometido.

Maya hizo una pequeña mueca.

—Simplificándolo mucho, sí.

—¿A ti te parece simplificado?

—No. Me parece horrible.

Liam dejó descansar la cabeza sobre la almohada.

—¿Tenéis alguna prueba?

Maya frunció el ceño.

—¿Prueba de qué?

—De que esto es real.

—Liam, nadie se inventó un prometido mientras estabas inconsciente.

—Sé que suena ridículo. Para mí, lo ridículo es que todo el mundo actúe como si tuviera que aceptar que un desconocido entró en esta habitación y dijo que va a casarse conmigo.

—No tienes que aceptar emocionalmente nada ahora. Pero el hecho de que estéis juntos es real.

—¿Y vosotros lo sabíais?

—Claro.

La respuesta salió con suficiente naturalidad para que Liam se diera cuenta de que había otra pregunta más importante escondida allí.

Se quedó inmóvil. Maya lo entendió antes de que tuviera que decir nada.

—Sí —dijo ella con cuidado.

—¿Sí qué?

—Creo que sé qué vas a preguntar.

—Entonces responde.

—Nuestros padres lo saben.

El dolor de cabeza dejó de ser su principal preocupación.

—¿Saben qué? —preguntó Liam, alarmado.

Maya sostuvo su mirada.

—Que eres gay.

Liam no consiguió responder de inmediato.

De todas las cosas que alguien podía contarle sobre los veinte meses borrados, aquella pertenecía a una categoría diferente. Nico era una persona desconocida. La boda era un acontecimiento desconocido. Pero el miedo a que Gabriel lo descubriera no era desconocido.

Liam conocía aquel miedo perfectamente.

—¿Los dos?

—Sí.

—¿Mi madre y mi padre saben que soy gay? ¿Y saben lo de él?

—¿Lo de Nico? Sí.

Liam se pasó una mano por la cara y se detuvo cuando los dedos llegaron cerca del vendaje de la frente.

—Me estás diciendo que, durante esos veinte meses, se lo conté, empecé una relación y me prometí.

—Sí.

—¿Y te parece que no debería querer saberlo todo de una vez?

—Me parece completamente comprensible que quieras saberlo. También creo que acabas de despertar después de un accidente y estás intentando procesar casi dos años en unas pocas horas.

Antes de que Liam respondiera, sonó un golpe discreto en la puerta. Eva entró. Miró primero a Liam y después a Maya.

—¿Cómo estamos?

—He descubierto que tengo un prometido y que mis padres saben que soy gay —respondió Liam—. Así que puedes elegir qué parte de la pregunta quieres evaluar clínicamente.

Maya soltó una breve respiración por la nariz.

Eva no pareció ofenderse.

—¿Tu hermana está haciendo exactamente lo que le pedí que evitáramos?

—No se lo he contado todo —respondió Maya.

—Está siendo irritantemente cuidadosa —añadió Liam.

Eva se acercó a la cama y revisó la información del monitor antes de volver a hablar.

—Ser cuidadosos no significa ocultarte información. Significa evitar la idea de que necesitamos enseñarte veinte meses de fotografías, personas y acontecimientos hasta que algo se desbloquee. Porque puede que no se desbloquee.

Eva guardó silencio un momento.

—Puede haber recuperación. Puede ser gradual e incompleta. Algunos recuerdos pueden volver y otros no. También existe la posibilidad de que la laguna permanezca de manera significativa.

Liam ya lo había entendido en la conversación anterior, pero oírlo de nuevo, después de descubrir a Nico, hizo que la posibilidad pareciera más concreta.

—Entonces puede que nunca lo recuerde.

Eva no miró a Maya al responder.

—No puedo garantizarte que recuerdes a una persona o acontecimiento específico.

—¿Y si todo el mundo empieza a contarme cosas?

—La información no es lo mismo que la memoria.

Puedes aprender que algo sucedió sin recuperar la experiencia autobiográfica de ese acontecimiento.

—Eva acercó un poco más la silla—. Tampoco recomiendo que las personas que te rodean intenten presionarte constantemente con fotografías, historias, lugares o preguntas esperando una reacción.

Eso puede aumentar la ansiedad y la confusión.

Liam pensó en la forma en que Nico había salido de la habitación sin intentar enseñarle nada.

—Entonces, ¿qué hago?

—¿Ahora? Te recuperas del accidente. Recibes información cuando la necesitas. Haces preguntas cuando quieras. E intentas no convertir cada persona u objeto en una prueba para saber si tu memoria está volviendo.

Liam miró a Maya.

—Eso iba por ti.

—Ni siquiera he hecho nada.

—Todavía.

Eva se levantó después de hacerle algunas preguntas sobre el dolor y las molestias. Antes de salir, repitió que debía avisar si el dolor de cabeza aumentaba o aparecía cualquier cambio. Liam esperó a que la puerta se cerrara.

—Entonces ellos lo saben... —dijo de nuevo.

Maya asintió.

—Estoy intentando meter esa información en mi cabeza.

Antes de que Maya pudiera responder, se oyeron voces en el pasillo.

Ella miró hacia la puerta. Liam se dio cuenta.

—¿Son ellos?

—Probablemente.

La tensión apareció incluso antes de que la puerta se abriera.

Helena entró primero.

Liam reconoció de inmediato a su madre y solo tuvo tiempo de notar algunos cambios en su rostro y su cabello antes de que ella llegara junto a la cama. Helena se detuvo a su lado, llevándose una mano a la boca.

—Hijo mío.

Tocó con cuidado un lado del rostro de Liam, evitando las heridas.

—Hola, mamá.

La voz de ella se quebró al responder.

—Hola.

Gabriel entró justo detrás.

Liam lo reconoció sin dificultad. Su padre parecía algo más canoso de lo que recordaba, pero seguía teniendo la misma postura rígida y la misma forma de observar una situación entera antes de decir nada.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó Gabriel, acercándose.

—He tenido días mejores.

—Me lo imagino.

Gabriel apoyó una mano sobre su brazo sano durante un instante. Era un gesto sencillo, familiar, y Liam sintió cierto alivio al encontrar al menos una relación que seguía siendo reconocible.

Hasta que Nico volvió a aparecer en la puerta.

Helena fue la primera en verlo.

—Nico, entra —dijo, haciendo un pequeño gesto con la mano.

Nico vaciló al mirar a Liam.

—Puedo esperar fuera.

—No hace falta —respondió Helena.

El detalle no pasó desapercibido. Tampoco el tono.

La madre de Liam hablaba con Nico sin ninguna extrañeza. Nico entró, pero se quedó cerca de la puerta.

Gabriel lo miró.

—¿Has conseguido dormir un poco?

Nico se pasó una mano por la nuca.

—Un poco.

—¿Y has comido algo?

—Maya prácticamente me obligó.

—Bien.

Eso fue todo. Una pregunta normal. Dos, en realidad. Aun así, Liam sintió que se le encogía el estómago.

Su padre no preguntaba quién era Nico. No mostraba incomodidad por su presencia. No había aquella rigidez que Liam había pasado años imaginando que aparecería en el momento en que Gabriel descubriera su sexualidad.