Capítulo 33 #2
Un hombre de pelo oscuro entró en el salón con paso incierto, inseguro, seguido de dos niños y una mujer muy bonita.
El hombre era alto y fuerte, y se le veía la sombra de una barba recia, mientras que la mujer era menuda, con pelo rubio ondulado y rasgos delicados.
Los niños parecían llevarse poco tiempo y tendrían unos unos once o doce años, idéntico pelo rubio y ojos azules.
Cuando el hombre vio a Lena, una sonrisa amplia le iluminó el rostro y tuvo que esforzarse por contener la aparición repentina de las lágrimas.
—¡Sorpresa! —gritó Ella.
Lena apretó los ojos con fuerza y los volvió a abrir, incapaz de creer lo que estaba viendo.
Él le había enviado algunas fotografías suyas y de su joven esposa a lo largo de los años, así como de los niños cuando eran bebés, pero todos eran mayores ahora y habían cambiado.
Nunca se había atrevido a soñar que algún día los vería en persona.
Con ojos arrasados por las lágrimas, se levantó de la mesa y cruzó el salón con los brazos extendidos y las manos temblorosas.
Enzo cubrió la mitad de la distancia entre ambos y se abrazaron mientras reían y lloraban al mismo tiempo. Detrás de ellos, todos los comensales soltaron exclamaciones y empezaron a aplaudir.
—¿Qué estás haciendo aquí? —exclamó Lena. Su alemán volvió a ella con facilidad—. ¿Cómo es posible? ¿Cómo has llegado hasta aquí?
—Tu hija nos pidió que viniéramos —respondió Enzo—. Y Bonnie nos pagó los pasajes.
Abrumada y casi sin aliento, Lena se echó hacia atrás.
—¿Os quedáis para siempre?
Enzo sacudió la cabeza.
—No. Solo hemos venido de visita.
Lena volvió a abrazar a su hermano. La cabeza le daba vueltas. Le tocó los hombros y los brazos para asegurarse de que de verdad estaba allí. Era impresionante lo mucho que se parecía a Vater .
—¡Estás aquí de verdad! ¡Eres tú de verdad!
Enzo se echó a reír.
—Sí, soy yo de verdad.
—¡Pensaba que nunca volvería a verte!
—Yo pensaba lo mismo —dijo Enzo—. Y por eso me alegré tanto de recibir la invitación de Ella.
—¿Cuánto tiempo puedes quedarte?
—Dos semanas. Luego debo regresar a la granja. —Alargó un brazo hacia su familia y los atrajo hacia sí con orgullo—. Esta es mi esposa, Suzanne, y mis hijos, Gisele y Otto.
Lena abrazó a Suzanne y a los niños con efusividad antes de presentarse ante Gisele y Otto como su tía Lena.
—Estoy encantada de haberos conocido al fin.
—Nosotros estar felices de conocer a ti también —dijo Suzanne en un inglés imperfecto.
Lena miró con cariño a Ella y a Bonnie.
—No me puedo creer que hayáis hecho esto.
Ambas le sonrieron con ojos llorosos.
—Feliz Navidad —dijeron a la vez.
Lena le hizo un gesto a Ella para que se acercara.
—Ven a conocer a tu tío y a su familia.
Ella se unió a ellos y les tendió la mano con timidez. Enzo se la estrechó antes de tirar de ella para darle un abrazo rápido.
—Eres tan preciosa como recuerdo —dijo en inglés—. Y me hace muy feliz verte de nuevo.
Ella rio.
—Yo también estoy feliz de veros a todos.
—Decir adiós ti y tu madre fue difícil —dijo Enzo.
Lena le rodeó la cintura a su hija con un brazo.
—Sí que lo fue. Sobre todo para tu Oma. Te quería más que a nadie en este mundo.
—Cierto es —confirmó Enzo—. Creo que quería ti más que a mí o madre tuya. —Sonrió para demostrar que bromeaba.
Lena y Ella rieron con él.
Después de presentarles a Ella a su tía y a sus primos, Lena le hizo un gesto a Bonnie para que se les uniera, hizo las presentaciones y luego condujo a Enzo, a su esposa y a sus hijos hacia la mesa.
—Atención. Me gustaría presentaros a mi hermano, Enzo, y a su hermosa familia.
Todos se levantaron para estrecharle la mano a Enzo o para palmearle la espalda, y para darles la bienvenida a su esposa y a sus hijos.
Enzo y Suzanne sonreían y asentían, decían hola y contestaban a toda suerte de preguntas sobre su viaje mientras que Gisele y Otto miraban boquiabiertos el salón lleno de extraños sonrientes y ruidosos.
Lena apenas podía apartar la vista de su hermano, maravillada por el adulto en el que se había convertido.
Ya no era el adolescente ansioso y desgarbado que recordaba; ahora era un hombre guapo con los ojos maduros de un marido y de un padre, de un soldado que había visto lo peor de la guerra.
Lo mejor de todo era que parecía feliz y satisfecho, como si hubiese hallado su lugar en el mundo, lo cual le infundía a Lena mucha paz.
Bonnie y Ella se le acercaron.
—¿Te encuentras bien? —se interesó Bonnie.
Lena asintió y las abrazó a las dos.
—¿Cómo podré agradeceros todo esto algún día?
—No tienes que darnos las gracias —dijo Bonnie—. Verte esa sonrisa en la cara es más que suficiente.
—¿Cómo demonios habéis conseguido traerlos aquí? —le preguntó Lena a Ella—. ¿Por eso has llegado tarde?
Su hija sacudió la cabeza al tiempo que reía.
—No, es verdad que la nieve nos ha hecho ir más despacio.
Enzo y su familia llegaron antes de ayer, pero los padres de Charlie fueron tan amables de alojarlos en su casa hasta que pudiéramos sorprenderte.
Al principio temí que nos quedásemos allí aislados por culpa de la tormenta, y luego me dio miedo que vieras el taxi en la entrada de la casa cuando llegáramos aquí, así que casi le estoy agradecida a la tormenta por cómo se ha resuelto todo.
Bonnie estuvo de acuerdo con ella.
—Yo estaba más nerviosa que un gato dentro de una habitación llena de mecedoras. ¡Creía que no llegarías nunca! ¡Y tu madre no hacía más que mirar por la ventana!
En ese preciso instante, Teensy comenzó a recorrer el salón y a mandar con buen humor a todo el mundo de vuelta a la mesa.