Las mentiras que nos contaron Capítulo 33 #3
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Capítulo 33 #3

—¡Venga, venga! Ya sabéis que no me gusta interrumpir una alegre reunión, pero volvamos a la comida antes de que se quede helada. Chicos, supongo que más vale que vayáis a buscar otra mesa y más sillas.

En un santiamén, los hombres dispusieron más asientos y Teensy y Lena se aseguraron de que Enzo y su familia se llenaran el plato.

Lena tomó el suyo y se sentó junto a su hermano.

Mientras todos charlaban y disfrutaban de la deliciosa comida, Lena y Enzo hablaron sobre su vida en Alemania, su granja en el campo y un millón de cosas más.

— Mutti estaría muy orgullosa de ti y de tu familia —dijo Lena.

—Lo sé —asintió Enzo con los ojos vidriosos—. Ojalá pudiera haber conocido a mis hijos.

—Los ve —le aseguró Lena—. Sé que los ve. Y nunca le he contado esto a nadie, pero creo que, de algún modo, me llevó de vuelta a Ella. —Miró hacia su hija y sus nietos—. Le doy las gracias cada día. De no haber sido por eso… —Hizo una pausa. Se le hizo en la garganta un nudo que le impedía hablar.

Enzo cubrió la mano de su hermana con la suya.

—No puedo ni imaginarme todo lo que has sufrido.

Contuvo una nueva oleada de lágrimas, parpadeando para no llorar. Era un día para celebrar, no para remover el pasado. Ya tendrían tiempo de hablar más tarde.

—Por cierto, tu inglés es muy bueno —dijo para aliviar la tensión del momento.

—Bueno, te prometí que yo aprender más inglés. Solo siento no haber podido visitar ti y Ella antes.

Lena le apoyó una mano sobre un hombro.

—No pasa nada. Ojalá yo también pudiera haberte visitado. Pero algunas cosas no tienen remedio. Lo que importa es que estamos juntos ahora. Y que vamos a disfrutar de cada segundo.

—Sí, desde luego, tienes razón.

Cuando todos terminaron de comer, las hijas de Teensy recogieron la mesa mientras los niños mayores se levantaban para ir a jugar y Teensy repartía porciones de tarta de calabaza y pastel de frutas.

Otto comenzó a quedarse dormido en la mesa, pues seguía exhausto tras el viaje.

Mientras Teensy les ofrecía a Enzo y a Suzanne un sofá cercano para que su hijo se tumbara, Ella se acercó con su trozo de tarta y se sentó junto a Lena.

—¿Qué tal todo?

—Es como si nunca nos hubiéramos separado. Muchas gracias de nuevo por haberlos traído. Aparte de cuando os encontré a ti y a los gemelos, este es el día más feliz de mi vida.

—No tienes que agradecerme nada. Pero tengo otra sorpresa para ti.

Lena se la quedó mirando perpleja.

—¿Qué quieres decir? Ya has hecho suficiente, más de lo que nunca habría podido soñar. No necesito nada más.

—De acuerdo —dijo Ella con tono socarrón—. Entonces no te lo contaré. —Con una sonrisa burlona, devolvió toda su atención a su tarta de calabaza.

—¿Contarme qué?

—Nada. Puede esperar. —Se metió un trozo de tarta en la boca.

—Bueno, ahora sí que tienes que contármelo.

Con una sonrisa de satisfacción, Ella se llevó una mano a los labios hasta que tragó.

—De acuerdo, si insistes.

Se metió una mano en el bolsillo de la falda y dejó un par de patucos blancos sobre la mesa.

Lena se quedó mirando los patucos con expresión confusa. Luego soltó un gritito y casi se cayó de la silla.

—¡Cielo santo! ¿En serio?

Ella asintió con una sonrisa de oreja a oreja.

—Dentro de unos cinco meses los gemelos tendrán un hermanito o una hermanita.

Lena recogió los patucos y se los estrechó contra el pecho.

—Todavía me embarga la emoción de que Enzo esté aquí y ahora me dices que vas a tener otro bebé. Ni siquiera se me ocurre qué decir, aparte de que estoy más contenta que… que… —Llamó a Bonnie, que estaba al otro lado de la mesa—. ¿Cómo se dice cuando estás realmente contenta?

—¡Más feliz que una perdiz! —dijo Bonnie.

—¡Como unas castañuelas! —apuntó Teensy.

—¡Más contento que un perro con dos colas! —añadió Judd.

—¡Sí! —asintió Lena—. ¡Me siento como todo eso!

Todos rieron.

Lena se volvió hacia Ella de nuevo y le preguntó en voz baja:

—¿Quién más lo sabe?

—Pues ahora… todo el mundo —dijo Ella con una sonrisa mientras recorría la sala con la mirada.

Solo entonces se percató Lena de que todos habían visto los patucos sobre la mesa y la miraban divertidos.

—¡Voy a ser abuela otra vez! —gritó.

—¡Enhorabuena! —gritaron antes de empezar a levantarse para abrazar a Ella y a Charlie.

Con el corazón a punto de explotar de felicidad, Lena miró a los seres queridos que la rodeaban: a Ella, Charlie y los gemelos; a Enzo y su familia; a Bonnie y Miles; a Teensy y Judd, y a todos los miembros de su unido clan.

Después de tantos años de pensar que nunca volvería a ver a su hermano menor, estaba sentada junto a él, un hombre hecho y derecho con unos hijos maravillosos.

Lo que le resultaba aún más increíble era que, después de haber pensado durante tanto tiempo que nunca acunaría a otro bebé, el privilegio y el gozo de amar a varios le parecía un milagro.

¡Habría otro bebé al que querer! No importaba lo que otros creyeron sobre su valía ni cuánto se esforzaron por evitar que tuviera una vida normal: el amor y el legado de su familia siempre perdurarían.