Las mentiras que nos contaron Capítulo 33
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Capítulo 33

L ena miraba por la ventana del comedor de Teensy y Judd, examinaba la carretera que llevaba hasta su granja.

Llevaba puesto su vestido rojo favorito y zapatos de tacón alto.

Había nevado muchísimo todo el día y no podía evitar preocuparse por Ella, Charlie y los gemelos, que tenían que conducir durante casi una hora desde la casa de los padres de Charlie hasta la granja de los McDaniel.

Servirían la cena pronto y no era normal que llegarsen tarde.

A su espalda, sentados en dos mesas que habían unido para la ocasión, estaban Bonnie y su nuevo esposo, Miles, que estaban en un descanso de sus giras musicales, junto con el resto de la familia de Teensy y Judd: sus cuatro hijas, el marido de cada una de ellas y sus diez nietos.

Las risas y las conversaciones animaban el salón.

—Si te quedas mirando la olla, el agua nunca hierve —le dijo Teensy a Lena—. Ven a sentarte. El tráfico será lento ahí fuera con la tormenta y eso. Llegarán en cualquier momento.

Lena dejó caer la cortina y se dio la vuelta para mirar el comedor.

Había estado ocupada todo el día en la cocina con Teensy y Bonnie pelando patatas; cociendo calabaza; haciendo tartas, panecillos y relleno; riendo y esperando con alegría a que Ella y su familia llegaran.

Ahora le resultaba difícil ocultar su preocupación.

Fue hasta la mesa y ocupó su lugar junto a Bonnie.

Intentó no pensar en los asientos y las tronas vacías que había a su lado.

Teensy y Judd colocaron los dos pavos perfectamente dorados, uno en cada extremo de la mesa extralarga; los dejaron en medio del menaje desparejado que incluía los queridos platos de Sears y Roebuck de la madre de Bonnie.

Mientras Judd y el mayor de sus yernos se afanaban en trinchar los pavos, Lena se obligó a sonreír y a disfrutar del momento.

Teensy tenía razón. Ella y su familia llegarían pronto y, por tercer año consecutivo, pasarían otras Navidades perfectas juntas.

Desde que llevaran a Bonnie a Wolfe Hollow y a la tumba de su padre, Teensy, Judd, Lena y Bonnie habían vuelto un par de veces al año para despejar el sendero y limpiar el cementerio, donde reposaban los padres de Silas, sus abuelos, sus bisabuelos y miembros de la familia de Teensy.

Pusieron en el muro de piedra una placa que rezaba «cementerio de la familia Wolfe» y una lápida para Jack Henry, lo cual le recordó tristemente a Lena que nunca vería la tumba de su madre.

Pero volver a tener a Ella en su vida, por no hablar de sus nietos adorados, ayudaba a aliviar esa herida tan dolorosa.

Y, desde luego, toda la familia McDaniel la ayudaba a sentir el corazón pleno.

Cuando Judd terminó de cortar el pavo y Teensy sacó otra cesta de panecillos calientes, Judd tomó asiento en un extremo de la mesa y Teensy se sentó en el extremo opuesto.

Sus hijas y yernos les ordenaron a los nietos que se quedaran quietos y, poco a poco, se hizo el silencio en el salón mientras todos se preparaban para la tradición anual del discurso navideño de Judd, durante el cual les decía a todos ellos lo agradecido que se sentía por su buena fortuna.

Lena examinó los rostros felices que había en ese salón con el corazón henchido de amor y gratitud por todos y cada uno de ellos.

Pero hasta que Ella y su familia estuvieran sentados a la mesa junto a ella, las personas más importantes de su mundo faltarían en esa preciosa reunión.

En el preciso instante en el que Judd se levantaba y empezaba a golpear su copa con un cuchillo, se oyó que alguien llamaba a la puerta principal.

Lena se levantó de la silla de un salto y corrió a la entrada con Teensy pisándole los talones.

Cuando abrió la puerta de un tirón, una ráfaga de aire frío y nieve se coló en el vestíbulo.

Para alivio de Lena, Ella y Charlie estaban en el umbral con Rory y Rosie en brazos.

Tenían el abrigo y el gorro cubiertos de copos de nieve.

A sus dos años, Rosie tenía una melena de rizos rubios, mientras que Rory había heredado el cabello liso y cobrizo de su padre.

Ambos tenían mejillas redondas, piernas regordetas y una sonrisa húmeda que mostraba sus dientecitos de bebé, y era los niños más hermosos que Lena hubiese visto jamás.

—Siento que hayamos llegado tarde —dijo Ella mientras intentaba recuperar el aliento—. Las carreteras eran una pesadilla.

—No pasa nada. Nos alegramos de que estéis sanos y salvos. —Lena le tomó a Rosie de los brazos y se retiró para dejarlos entrar.

Teensy tomó a Rory para ayudar a Charlie.

—Pasad y calentaos —los invitó—. Llegáis justo a tiempo para la cena.

—Antes tengo que sacar los regalos del automóvil—dijo Charlie—. Ahora mismo vuelvo. —Dio la vuelta y bajó los escalones, donde se perdió tras una cortina de nieve.

Su esposa cerró la puerta tras él, se desabrochó el abrigo y dio zapatazos con las botas sobre la alfombra.

—Los mellizos han dormido todo el camino hasta aquí, gracias a Dios.

Lena le besó las mejillas sonrosadas a Rosie.

—¿Cómo están los cariños pequeñitos de la abuela? ¿Tenéis hambre? —Depositó a la niña en el suelo para quitarle el abrigo y las botas.

Teensy hizo lo mismo con Rory antes de tomarlo de la manita y dirigirse al comedor:

—Todos se van a alegrar mucho de veros.

Ella y Lena fueron tras ellos. Rosie se aferraba con fuerza a la mano de su abuela mientras caminaba tambaleante por el pasillo.

Cuando entraron en el salón, todos saludaron y los recibieron con grandes sonrisas.

Lena y Teensy levantaron a los gemelos para sentarlos en las tronas, y Ella se sentó entre Rosie y Lena con un suspiro de alivio.

Pero, en lugar de relajarse, comenzó a retirarse el pelo húmedo de la cara enrojecida con movimientos nerviosos y a juguetear con los cubiertos.

—¿Estás bien? —preguntó Lena.

—Sí, claro. El viaje en automóvil hasta aquí ha sido un poco estresante, eso es todo.

Lena le puso una mano en la espalda con suavidad.

—¿Estás segura?

Ella sonrió.

—Sí, estoy bien, lo prometo.

Satisfecha, Lena le dio un achuchón rápido antes de volverse hacia la mesa.

—Menos mal que tenemos abundancia de viandas —dijo Judd entre risas—, porque supongo que esta tormenta va a conseguir que os quedéis todos aquí esta noche.

—¡Bien! —gritaron los nietos más mayorcitos.

Los adultos también rieron y comenzaron a hablar todos a la vez, reclamando las habitaciones en las que querían dormir y preguntándole a Teensy si tenía suficientes mantas y a Judd si había aguardiente de sobra.

Lena se dirigió de nuevo a Ella.

—¿Te lo has pasado bien en casa de los padres de Charlie?

Ella asintió.

—Sí, ha sido estupendo. Pero ya sabes que estar aquí con todos vosotros siempre será mi parte favorita de la Navidad.

Lena sonrió con el corazón henchido de gozo.

—Siempre será mi parte favorita también.

Una repentina ráfaga de aire helado se coló en el comedor y, tras lo que pareció una eternidad, la puerta de la casa se cerró. En el vestíbulo, Charlie se sacudía las botas sobre el felpudo. Uno de los yernos se levantó y salió a verle.

—¿Necesitas ayuda con algo?

—No —dijo Charlie—. ¡Ahora mismo entro!

Teensy le pasó una fuente de puré de patatas a una de sus hijas.

—¿Qué os parece si empezamos a repartir la comida antes de que se enfríe?

—¿Y qué pasa con mi discurso? —se quejó Judd.

Con una sonrisa burlona, Teensy puso los ojos en blanco.

—Podemos escucharlo y servir la comida al mismo tiempo.

Pero Judd decidió esperar a que Charlie se reuniera con ellos.

Mientras el salón se llenaba con los sonidos de los cubiertos, de las fuentes que pasaban de unos a otros y de las conversaciones sobre la comida al llenarse el plato, Charlie entró en el comedor. Se soplaba las manos para calentárselas.

—Siento la tardanza —se disculpó.

—No pasa nada —dijo Judd—. Pasa y siéntate. La comida aún está caliente. —Entonces se levantó y miró a Teensy—. ¿Puedo empezar ya con mi discurso?

—Espera —dijo Ella en voz alta—. Primero tengo algo que decir.

Sorprendida, Lena se disponía a preguntarle qué pasaba, pero Ella se levantó, rodeó la mesa y se situó junto a Judd, quien se hizo a un lado con expresión divertida. Los adultos guardaron silencio y acallaron a los niños.

Lena miraba fijamente a su hija y se preguntaba qué demonios estaría a punto de decir.

Entonces recordó lo que había dicho sobre la Navidad, lo de que estar allí con ellos siempre sería su parte favorita.

Se le dispararon sirenas de alarma en la cabeza.

¿Y si Ella y Charlie se mudaban a algún lugar lejano?

¿Y si se llevaban a los gemelos a algún sitio más cerca de los padres de Charlie o abandonaban el estado de Virginia?

¿Era por eso por lo que estaba tan nerviosa?

Entonces Lena se relajó cuando se le ocurrió otra cosa.

No importaba dónde se marchasen, porque se iría con ellos. Si se lo permitían.

En la cabecera de la mesa, Ella recorrió con la mirada todos los rostros que la miraban expectantes.

—Me sentía impaciente por que llegara el día de hoy, no solo porque me encanta pasar la Navidad con todos vosotros, sino porque ha sido muy complicado evitar que mi madre se enterara de este secreto. Y estoy muy contenta de que todos los que estáis aquí podáis ver su reacción.

Le dedicó una mirada llena de cariño.

Lena contuvo el aliento. ¿Qué secreto? ¿De qué estaba hablando Ella? Miró a Bonnie, que sonreía con picardía. Fuera lo que fuese lo que sucedía, Bonnie estaba metida en el asunto.

Entonces Ella le hizo a Charlie un gesto con la cabeza, como para decirle que hiciera algo.

Él se levantó de su asiento y salió al vestíbulo.

Todos se miraban entre sí con expresiones curiosas y se susurraban preguntas.

Nadie sabía qué ocurría. Cuando Charlie volvió al comedor, se hizo a un lado para cederle el paso a otra persona.