Las mentiras que nos contaron Capítulo 32
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Capítulo 32

E ra un día hermoso y soleado, y las montañas vibraban con los colores del otoño.

Las hojas de los árboles cubrían las cordilleras y los valles como alfombras en tonos rojizos y anaranjados.

Judd pisó el acelerador para conseguir que el Ford sedán cruzara el cauce seco de un río antes de enfilar una carretera estrecha y sin asfaltar hacia un campo en pendiente al otro lado de un precipicio.

Junto a él, en el asiento del pasajero, Teensy miraba por el parabrisas en silencio, abrumada sin duda por una gran cantidad de recuerdos, tanto tristes como felices, de su vida en Old Rag.

En el asiento trasero, Lena miraba en ocasiones a Bonnie y se preguntaba cuánto recordaría del hogar de su infancia.

Sentada entre Bonnie y Lena iba Ella, que miraba en silencio por la ventanilla.

Los gemelos se habían quedado en casa con Charlie y, aunque ese viaje era importante, Lena sabía que apenas podía contener la impaciencia por volver a su hogar de la floristería y abrazarlos.

Hogar.

Había pasado una eternidad desde la última vez que se sintió de verdad en casa en algún lugar.

Claro que Teensy y Judd ya eran como de su familia, y se sentía más que agradecida por todo lo que habían hecho por ella.

Y, sí, había tenido su propia habitación en la pensión cuando se mudó a la ciudad.

Pero esas casas y habitaciones solo habían sido lugares en los que vivir, no un hogar en el auténtico sentido de la palabra.

Ahora por fin tenía un hogar de verdad con Ella, su marido y los hijos de ambos…

, sus nietos. Lena dormía en una habitación libre del apartamento sobre la floristería y cenaba con ellos cada noche cuando volvía del trabajo.

Ayudaba a cuidar de los gemelos tanto como se lo pedían y, lo mejor de todo, a veces tenía a los preciosos bebés para ella sola cuando Ella y Charles salían.

Y atesoraba cada dulce segundo que pasaba con ellos.

En ese momento, mientras Judd conducía el automóvil junto a barrancos empinados y rocosos, por carreteras escarpadas y por bosques tan espesos que la luz dentro era verde, se preguntaba si él y Teensy se habrían sentido alguna vez en casa desde que los obligaron a bajar de la montaña todos esos años atrás.

Esperaba que lo hubiesen conseguido. También esperaba que supieran lo agradecida que les estaba por haber accedido a llevar a Bonnie a la granja Wolfe Hollow.

Con suerte, ese viaje no sería demasiado difícil para ellos.

Cada pocos kilómetros pasaban por los restos descuidados de establos y cobertizos quemados, y por las ruinas de paredes de piedra que marcaron los patios de las granjas o separaron campos. Más arriba pasaron junto a dos chimeneas de piedra idénticas y lo que quedaba de unos cimientos.

—Ese era el hogar de los Cray —dijo Judd—.

Siete generaciones vivieron en esa casa desde que compraron más de mil acres ahí arriba en el siglo  XVIII .

Sus tierras ocupaban la mayor parte de la cordillera occidental, hasta los bosques de la zona que llamábamos la Jungla.

Por aquel entonces no había nada más que una senda para caballos que subía por el valle hasta la ladera de Big Cat Knob.

La familia Cray poseía novecientos acres de tierras de pastoreo junto al tramo Conway en la siguiente montaña y otros mil acres en Dark Hollow.

Los bisabuelos de Silas conocieron a miembros de la familia Cray en la comunidad germana de Heborn.

Así fue como tu familia acabó viviendo en estas montañas, Bonnie.

—¿A dónde fueron los Cray cuando los desahuciaron? —preguntó Lena.

—El viejo Cray murió un año después de darse su último paseo por el sendero por el que había caminado durante setenta años —dijo Teensy—.

Oí que su mujer murió allá por 1934, o eso creo.

Sin dinero. El estado les pagó una miseria por sus tierras.

No he sabido nada de qué le pasó al resto de la familia.

Nadie habló durante la siguiente media hora, cada uno perdido en sus pensamientos.

Por fin se desviaron hacia una carretera cubierta de vegetación que pasaba entre hileras de píceas.

Los árboles empezaron a escasear a los lados hasta que revelaron una vista panorámica de las cordilleras que se extendían a lo largo de kilómetros en todas direcciones.

En las colinas y valles de abajo, donde tejados y chimeneas de piedra una vez salpicaron el paisaje, arremolinados por doquier entre los árboles y los sinuosos senderos, había automóviles que recorrían la carretera pavimentada y turistas que se detenían para hacer fotografías.

Cuando llegaron al antiguo emplazamiento de la granja Wolfe Hollow, encontraron el camino y el patio cubiertos de zarzales, arbustos y árboles jóvenes.

Judd aparcó el automóvil lo más cerca que pudo y todos bajaron.

Donde había estado la casa, en la pendiente, aún se erguía la chimenea de piedra a un lado de los cimientos, que estaban cubiertos de enredaderas de Virginia, musgo y arbustos espinosos.

El arroyuelo seguía fluyendo por la colina, pero los únicos restos de la fresquera eran dos filas torcidas de piedras revestidas de musgo.

El laurel de montaña, los abedules, los pinos y los nogales que antaño delimitaban la parte de atrás de la propiedad habían invadido el patio desde todos los flancos, y los manzanos se agachaban y se retorcían como criaturas antiguas escondidas debajo de la vegetación crecida.

Era imposible ver dónde habían estado el gallinero y los cobertizos, y todo lo que quedaba del establo eran piedras planas y maderos podridos y ennegrecidos.

A pesar de la destrucción, Lena todavía podía ver a las gallinas en el patio, picoteando en busca de bichos y paseándose por debajo del emparrado.

Todavía podía ver a Jack Henry, trayendo a las vacas montaña abajo con los cencerros resonando.

Todavía podía ver a Bonnie en el huerto y en el porche, cantando, trabajando y jugando con Ella.

Y ahora, de pie allí entre Bonnie y Ella, todas contemplando las ruinas de la casa, le pasó un brazo sobre los hombros a Bonnie.

—¿Te acuerdas de algo?

Bonnie asintió. Se le habían llenado los ojos de lágrimas.

—Lo recuerdo todo.

—Si esto es demasiado duro para ti —dijo Teensy—, podemos volver a bajar de la montaña. Solo tienes que decirlo.

—No —negó Bonnie—. Quiero quedarme. —Emprendió el camino por la pendiente mientras pisoteaba la hierba crecida y esquivaba las zarzas y los arbustos llenos de espinas.

Lena no se sorprendió por la respuesta de Bonnie. Fue tras ella. Todos las siguieron.

Cuando llegaron a las ruinas de la casa, Bonnie se arrodilló donde una vez estuvieron los peldaños del porche. Al principio Lena no sabía qué estaba mirando, pero enseguida se fijó en los pétalos amarillos que asomaban entre las malas hierbas.

Bonnie levantó la vista hacia ella.

—Las flores favoritas de mi madre, los ojos de poeta, siguen floreciendo.

—Arrancó algunas malas hierbas e hizo un ramito con aquellas flores coloridas.

Luego se enderezó, pasó por encima de las rocas cubiertas de musgo de los cimientos ruinosos y se abrió camino hacia la chimenea, que seguía en pie.

—Ten cuidado —le advirtió Teensy.

Bonnie pasó las manos por las piedras de la chimenea antes de darse la vuelta y contemplar el esqueleto calcinado de lo que había sido el hogar de su infancia.

—No puedo creer que hicieran esto. ¿Cómo pudieron quemar nuestra casa y destruir a nuestra familia?

Teensy sacudió la cabeza y se enjugó una lágrima. Judd le pasó un brazo reconfortante por los hombros.

Ella empezó a cruzar los cimientos, pero se detuvo y miró al suelo. Alargó la mano, sacó algo de debajo de una mata y lo sostuvo en alto.

—Creo que me acuerdo de esto —dijo con expresión maravillada.

El carrillón de fabricación casera estaba verde y deslucido, con tierra negra incrustada en las cucharillas que una vez fueron plateadas, pero seguía tintineando con suavidad cuando se movía. Bonnie se acercó a Ella y pasó los dedos por el carrillón con una sonrisa:

—Lo hizo mi madre. A ti te encantaba. —Miró a Lena, Teensy y Judd—. Gracias por traerme aquí. Siempre me pregunté dónde estaría nuestro hogar en las montañas.

—¿Quieres ver la última morada de tu padre? —le ofreció Teensy.

—¿Sabes dónde está? —se maravilló Bonnie.

—Claro que sí. —Teensy señaló hacia el fondo—. Está más allá del bosque.

Después de que Bonnie dejara el carrillón y el ramito de flores en el automóvil, Judd las guio colina arriba y se adentró en el bosque por lo que parecía una vereda estrecha que serpenteaba entre árboles ancestrales y árboles jóvenes larguiruchos.

Mientras retiraba ramas y pisoteaba la maleza y los arbustos, Teensy se mantuvo detrás de Judd para indicarle el camino, seguida de Bonnie, Ella y Lena.

Árboles perennes de copa alta susurraban sobre su cabeza y algunos rayos de sol se abrían paso hasta marcar zonas iluminadas en el terreno cubierto de musgo del bosque.

Lena recordaba cómo había caminado detrás del ataúd de Silas por ese mismo sendero, antes de que se lo tragara el bosque, mientras deseaba estar muerta ella también; lo había deseado más veces de las que le gustaba admitir.

Ahora le agradecía a Dios que no hubiera atendido su súplicas.

Cerca de lo que parecía ser el final del sendero, Judd apartó las ramas de un roble alto y las sujetó hasta que todas hubieron pasado por la abertura.

Al otro lado del árbol, arbustos de espino y enebro rodeaban un claro irregular lleno de hierba frondosa, hojas secas y troncos podridos.

En mitad del claro, una cerca de piedra basta rodeaba un grupo de lápidas cubiertas de líquenes, algunas inclinadas hacia un lado o hacia atrás, como si una fuerza subterránea tirase de ellas hacia el suelo.

Judd retiró a patadas hojas y ramas caídas antes de guiarlas por una abertura en la cerca.

La inscripción cincelada en una lápida de la primera fila decía:

Silas Alexander Wolfe

1888-1928

Esposo querido de Celia

Padre amantísimo

Junto a la lápida de Silas había cuatro más pequeñas: tres de ellas con los nombres de sus hijos muertos grabados y una sin marcar. Y al final de la fila, en otra lápida grande se leía lo siguiente:

Celia Iris Wolfe

1891-1926

Esposa querida

Madre amantísima

Bonnie tuvo que parpadear para contener las lágrimas. Se acercó más a la tumba de Silas y se arrodilló a su lado.

—Tu papá habría renunciado gustoso a cada metro cuadrado de tierra que poseía con tal de volver a estar contigo y con Jack Henry —le dijo Teensy—. Pero el Gobierno mintió y le arrebató todo lo que tenía, incluida su familia. Y eso fue lo que lo mató.