Las mentiras que nos contaron Capítulo 31
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Capítulo 31

L a mañana después del gran baile, Lena se encontraba junto a Bonnie delante de un edificio de ladrillo de tres plantas en un pueblecito a las afueras de Richmond.

Las rodillas le temblaban y el pulso le latía como loco dentro de la cabeza.

Un letrero pintado a mano sobre la puerta de color verde menta decía con letra cursiva: «Floristería Charlie’s».

Y a cada lado de la puerta, los escaparates de la tienda lucían llenos de claveles rosas, fresias amarillas, lirios blancos, margaritas naranjas y rosas rojas.

Las jardineras de las ventanas del segundo y el tercer piso rebosaban de petunias rojas y hiedra verde, y un gato blanco sentado como una estatua egipcia entre cortinas de encaje los miraba con ojos soñolientos.

Tras una larga vacilación, Lena enderezó los hombros y miró a Bonnie.

—De acuerdo. Estoy preparada.

—¿Estás segura?

Lena asintió. No estaba segura, ni muchísimo menos. Pero ya no había vuelta atrás.

Bonnie se dirigió hacia la puerta.

—Espera. ¿Y si no quiere verme?

—Te prometo que sí que quiere.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque, cuando llegamos a cierta edad, le conté que teníamos madres diferentes, pero que siempre seríamos hermanas.

Después de decirle eso, de vez en cuando ella mencionaba cómo sería encontrarte.

Le conté lo que recordaba sobre la época en la que habías vivido con nosotros, pero no me acordaba de mucho, solo de algunos retazos aquí y allá.

—¿No se acuerda de mí?

Con expresión apenada, Bonnie negó con la cabeza.

Entonces a Lena se le pasó por la mente otra idea que le cortó la respiración. Si a Bonnie le habían dicho que Silas se había librado de ella y de Jack Henry, tal vez a Ella le hubieran contado lo mismo.

—¿Cree que la entregué de buen grado?

Bonnie le tocó el brazo en un gesto reconfortante.

—Todo irá bien. Espera y verás.

Antes de que Lena pudiera decir nada más, Bonnie abrió la puerta y entró. Lena la siguió con el corazón en un puño.

Una campanilla tintineó para anunciar su llegada.

El perfume fragante de las flores y las plantas aromatizaba el ambiente fresco de la tienda, un alivio agradable al día inusualmente caluroso que hacía fuera.

Jarrones decorativos y macetas de cerámica llenaban las estanterías de madera, y había mesas abarrotadas de lirios y crisantemos, margaritas y estragón, gladiolos y paniculata.

Por doquier, gnomos de jardín, campanillas, pajareras y soportes para flores hechos de hierro blanco aparecían expuestos con muy buen gusto y transformaban la tienda en un oasis, casi en un jardín secreto.

Detrás del mostrador, un hombre de pelo oscuro hacía un arreglo de rosas amarillas en un jarrón de cristal.

Levantó la vista cuando Bonnie y Lena entraron.

—Buenos días, Bonnie —saludó con una sonrisa y sin detenerse—. ¿Qué te trae por aquí tan temprano? —Recogió una rosa, le cortó las hojas y la añadió al jarrón.

—Buenos días, Charlie —respondió Bonnie—. Vengo con una persona a la que le gustaría ver a Ella.

—¿De verdad? —Le dedicó a Lena una mirada somera sin parar de trabajar—. Bajará en cualquier momento.

—¿Te parece bien que subamos? —preguntó Bonnie.

—Claro. Dile que se tome su tiempo y que disfrute de la visita. Lo tengo todo bajo control aquí abajo.

—Muy bien. Muchas gracias. —Bonnie comenzó a rodear el mostrador en dirección a la puerta situada al fondo de la tienda y le hizo un gesto a Lena para que la siguiera.

—Oye —dijo Charlie—, quiero decirte una vez más lo mucho que sentimos no haber podido acompañarte anoche. Es que todavía no estamos preparados para salir de parranda.

Bonnie se detuvo y se dio la vuelta para mirarlo.

—No te preocupes por eso —dijo al tiempo que sacudía la mano para quitarle importancia—. Lo entiendo.

—¿Qué tal fue? —preguntó Charlie.

—Fue estupendo. De hecho, Eddy Arnold quiere que actúe en su concierto de la feria estatal de Maryland el mes que viene.

—¡Eso es maravilloso! ¡Enhorabuena!

Justo entonces, la puerta del fondo de la tienda se abrió y una joven con un sencillo vestido blanco de cuello alto con volantes en los hombros entró en la tienda desde el piso de arriba.

Cuando terminó de dejar la puerta entreabierta sirviéndose de la estatua de un gato de hierro forjado, miró hacia el mostrador y le sonrió a Charlie.

Tenía el cabello rubio recogido en un moño flojo sobre la cabeza y la piel tan pálida como la porcelana.

Parecía etérea, como un ángel o una postal victoriana.

Lena sintió un vahído. Fue lo bastante discreto para que nadie se percatara, pero suficiente para enviarle una oleada de alarma por todo el cuerpo.

No podía desmayarse. Ahí no, en ese momento no.

Buscó alrededor algo a lo que sujetarse, pero no había marcos de puertas ni sillas a los que aferrarse, nada que pudiera evitar que se cayera al suelo.

La presión del silencio le inundó los oídos.

Se llevó la mano al corazón para asegurarse de que seguía latiendo.

Habría reconocido a esa joven en cualquier parte.

«Ella».

—¿Estás tranquila? —le preguntó Bonnie en tono quedo. La voz le llegó amortiguada, como desde dentro de una caja.

De algún modo, consiguió asentir.

Tan pronto como Ella vio a Bonnie, se acercó corriendo a abrazarla.

—¡Aquí está mi hermana mayor famosa! —exclamó.

Bonnie rio.

—Supongo que hace falta algo más que cantar en ferias estatales y en festivales de tabaco para ser famosa.

—Tonterías —dijo Ella antes de soltar a Bonnie—. Cuando te des cuenta estarás grabando tus propios discos. Y ya eres mucho más famosa de lo que yo seré jamás.

Se unió a las risas de Bonnie. Lena podría haber jurado que oía ecos de su risita de niña.

—No estoy tan segura de eso. Por lo que he oído, Charlie y tú sois los floristas estrella de este pueblo.

Ella sonrió y le lanzó una mirada a Charlie por encima del hombro. Se le enternecieron los ojos azules.

—Formamos un buen equipo. —Entonces saludó a Lena y su sonrisa se volvió de súbito tímida e incierta—. ¿La conozco? —preguntó—. Siento como si la hubiera visto antes.

Lena luchó contra el nudo que le oprimía la garganta y asintió, segura de que, si intentaba hablar, solo produciría sollozos.

Más que nada en el mundo, quería abrazar a su hija y besarla y abrazarla más y no soltarla nunca.

También ansiaba decirle lo mucho que lo sentía, pero tendría que ir despacio o Ella podría pensar que estaba mal de la cabeza.

—¿Podemos subir a hablar un rato? —intervino Bonnie.

Ella pasó la mirada de Bonnie a Lena y arrugó la frente con preocupación.

—Sí, claro. Pero ¿va todo bien?

—Todo va magníficamente bien —dijo Bonnie.

—Sube, cariño —la instó Charlie—. No creo que vaya a haber mucho trajín de momento.

Ella lo miró, algo perpleja, como si él supiera lo que estaba pasando. Entonces devolvió su atención a Bonnie y a Lena.

—De acuerdo. ¿Puedo ofreceros una taza de café o de té?

—Me apetece té, si no es mucho pedir —dijo Bonnie.

—Perfecto. Subamos. —Se dio la vuelta para dirigirse a la puerta al fondo de la tienda. Antes de subir las escaleras, se detuvo y dijo en voz baja—: Pero tenemos que ir en silencio hasta que lleguemos a la cocina. —Y subió las escaleras de puntillas.

Con piernas que parecían de gelatina, Lena siguió a Bonnie y a Ella por las escaleras.

Se aferraba a la barandilla con mano temblorosa para evitar caerse de espaldas.

Era consciente de todas las mentiras que le habían contado a Bonnie y el temor a que Ella pensase que la había abandonado le impedía respirar con normalidad.

¿Por eso quería Bonnie hablar en el piso de arriba? ¿Acaso sabía que Ella se disgustaría?

Arriba del todo, otro pasamanos pintado y varias puertas se alineaban en el pasillo de suelos de madera.

Ella cruzó en silencio el descansillo, se detuvo delante de una puerta y se dio la vuelta para mirar el pasillo.

Alargó el cuello para mirar más allá de Bonnie y Lena.

Entonces les sonrió y se llevó un dedo a los labios.

Cuando Lena miró hacia atrás para ver qué contemplaba Ella, se quedó sin aliento.

Había dos cunas gemelas apoyadas contra una pared, a lo largo entre dos puertas. Dentro de cada cunita, un bebé de pelito suave dormía tranquilamente sobre sábanas blancas como la nieve con la cabeza vuelta hacia un lado y los brazos en alto con puñitos diminutos.

Lena se quedó mirando a Bonnie, quien sonrió a sabiendas de lo que significaba esa mirada y le tomó la mano con suavidad para guiarla hacia delante y que pasara detrás de Ella.

Lena sintió un aturdimiento vertiginoso y durante un segundo sintió que el suelo se ladeaba.

Esa sensación pasó y solo notaba la sangre latiéndole dentro de la cabeza.

Quería correr hacia las cunas para mirarlos más de cerca.

Quería levantar a los bebés y abrazarlos contra el pecho, besarles la dulce cabecita.

Cuando entraron en la cocina, que era muy acogedora, Ella cerró la puerta con cuidado tras ellas y les ofreció un asiento a su mesa. Lena la veía mover la boca, pero no la oía emitir ningún sonido. Cuando recuperó el oído oyó las últimas palabras:

—… acabo de conseguir que se queden dormidos. Los dejamos en el pasillo mientras trabajamos para oírlos desde la tienda si lloran. —Sacó una silla y se la ofreció a Lena, quien la aceptó sin vacilación—. Y ahora, ¿qué era? ¿Café o té?

—Té, por favor —dijo Bonnie—. Con un poco de miel, si tienes.

—Ahora mismo. —Ella miró a Lena—. ¿Le apetece tomar lo mismo?

Por un instante, Lena no pudo hablar. Tenía la mirada clavada en los ojos azules, tan familiares, de Ella.

—¿Son tuyos? —consiguió decir al fin—. ¿Los bebés?

Ella sonrió con orgullo.

—Sí. Son gemelos. Rory y Rosie.

Lena sintió henchido el corazón, tanto que podría explotar. Su pequeña era madre. Madre. Había escapado a los horrores de la Colonia y del doctor Bell, y había conseguido tener dos hermosos bebés. Gemelos, nada más y nada menos.

—Qué maravilla —dijo, intentando mantener un tono de voz firme—. Felicidades.

—Gracias. Charlie y yo somos muy afortunados. Y ahora, ¿qué fue lo que me dijo que quería, té o café?

Lena estaba demasiado nerviosa como para que le importasen ni el té ni el café ni nada aparte de Ella y los bebés, pero de todos modos dijo que le apetecía té.

Mientras Ella se afanaba con la tetera, sacando las tazas y los platillos de la alacena, dejando la miel y la leche sobre la mesa, Lena no podía quitarle los ojos de encima.

—¿Te sientes bien? —le susurró Bonnie.

Asintió mientras intentaba contener las lágrimas.

—Ojalá se despierten los gemelos para poder acunarlos en brazos —dijo Bonnie—. Supongo que han cambiado mucho desde la última vez que los vi hace dos semanas.

—Desde luego que han cambiado. Rory ya sonríe y Rosie está empezando a engordar. —Se sentó en una silla frente a Bonnie con las manos, pálidas y delicadas, cruzadas sobre la mesa—. ¿De qué va todo esto? Me da la impresión de que quieres contarme algo.

Bonnie vaciló antes de hablar.

—Bueno, para empezar, acabo de descubrir que a Jack Henry y a mí nos contaron un montón de mentiras cuando éramos niños.

Ella enarcó las cejas.

—¿Un montón de mentiras? ¿Sobre qué?

—Sobre mi padre. Él nunca se libró de nosotros. Se nos llevaron a la fuerza.

—¿Quién hizo tal cosa?

—El sheriff y su ayudante. Dijeron que papá ya no estaba en condiciones de cuidar de nosotros, de modo que nos secuestraron mientras que él no estaba en casa. Y entonces el estado se quedó con sus tierras y quemó nuestra casa.

Ella abrió mucho los ojos.

—Supongo que recuerdas que las enfermeras del orfanato pensaban que eras nuestra hermana.

—Me lo contaste más tarde, sí.

—Eso también era mentira. Me refiero a que ellas sabían que no eras nuestra hermana, pero eso no les importó.

Alguien se inventó una sarta de mentiras sobre tu madre para poder secuestrarte a ti también.

Dijeron que ella tampoco era idónea para criarte, la declararon deficiente mental y la encerraron.

Puso expresión de dolor:

—¿Por qué harían una cosa así? ¿Y cómo sabes todo eso?

Bonnie sonrió y se tocó la mejilla.

—Sabes cómo me hice esta cicatriz, ¿verdad?

—Claro que sí. Cuando era pequeña me volvías loca, siempre diciéndome que vigilara por dónde pisaba cuando subía a un árbol o me colgaba demasiado alto de los columpios. Pero ¿qué tiene eso que ver con todo lo demás?

—¿Te acuerdas que te conté quién me cantaba canciones cuando tenía miedo?

Y así, algo se encendió en los ojos de Ella, un destello de comprensión repentino y profundo, el entendimiento rápido de lo que Bonnie estaba a punto de decir. Fijó la mirada, llorosa, en Lena.

—¿Usted…, es usted mi madre?

Lena apretó los labios para evitar echarse a llorar. La habitación se había convertido en un borrón a causa de sus ojos anegados.

—Sí. —Apenas fue un susurro—. Soy tu madre. Y te he estado buscando desde el día en el que te arrancaron de mis brazos.

La joven Ella se tapó con las manos con el rostro contraído. De inmediato se levantó y se dirigió con los brazos extendidos hacia Lena, que se levantó como un resorte y la abrazó con fuerza. Ambas reían y lloraban al mismo tiempo.

—Supe que eras mi Ella desde el momento en el que te vi.

—El corazón me decía que usted también era alguien especial. Pero intenté no hacerme demasiadas ilusiones.

Al cabo de un momento, Ella se retiró y se enjugó las lágrimas.

—Tengo miles de preguntas —dijo—. Pero primero, ¿le gustaría conocer a sus nietos?

Lena asintió. Le temblaba la barbilla. ¿Cómo era posible que tuviese el corazón tan lleno de gozo después de tantos años de tristeza?

—Me gustaría más que nada en el mundo —dijo con una sonrisa a pesar de las lágrimas.