Capítulo 30 #2
Lena sintió que le corría hielo por las venas. «No». Bonnie solo era una niña cuando se la llevaron. No podían haberla esterilizado.
—¿Qué operación?
—Me quitaron el apéndice.
—¿Por qué? ¿Estabas enferma?
Bonnie se encogió de hombros.
—No, me sentía bien. Aparte de echar de menos mi casa, claro. Pero el doctor Bell dijo que el apéndice me iba a explotar si me lo dejaban dentro. Muchísimas niñas de mi pabellón tenían el mismo problema. Pensábamos que sería por la comida asquerosa con la que nos alimentaban.
A Lena se le revolvió el estómago y sintió náuseas.
No podía ser cierto. Era imposible. ¿Cómo podían esterilizar a niñas de diez años?
Intentó mantener la calma, aunque por dentro hervía de rabia y asco.
Una docena de recuerdos le pasaron por la mente: Bonnie jugando con Ella en la hierba y colocándole con cariño una corona de margaritas sobre la cabecita; Bonnie con Ella apoyada sobre la cadera, aupándola para que pudiera tocar las flores de los manzanos; Bonnie cantándole a Ella en el jardín y de camino al molino, sonriéndole y riendo como si fuera su hermana pequeña.
Lena nunca había conocido a una niña con un instinto maternal tan fuerte como el de Bonnie.
Ahora era una mujer adulta y merecía saber la verdad.
Pero ¿cómo le dices a alguien, en especial a alguien que ama a los niños tanto como Bonnie, que nunca podrá tener hijos propios?
Lena había tenido mucha suerte de tener a Ella, de haber experimentado el gozo de dar a luz, de haber conocido ese amor poderoso e inmediato que una madre siente por su recién nacido, pero también conocía el dolor y el vacío de perder a una hija y de saber que no tendría ninguna más.
Le rompería el corazón infligirle ese dolor a otra persona, sobre todo a Bonnie.
—¿Qué sucede? —Bonnie la sacó de sus pensamientos—. ¿Qué pasa?
—Nada.
—¿Estás segura? Parecía que estabas a miles de kilómetros de distancia.
Lena se mordió una mejilla mientras pensaba. Si había una posibilidad de que Bonnie hubiera sido esterilizada, tenía derecho a saberlo. Pero no tenía pruebas. Y antes de poder decir una palabra sobre tal posibilidad, necesitaba estar más segura de sus sospechas.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo—. ¿Por qué te presentó Eddy Arnold como Bobbi Jo Gately?
—Bobbi Jo es mi nombre artístico.
—¿Y Gately?
—Era mi apellido de casada. Quiero volvérmelo a cambiar, pero todavía no he tenido tiempo.
—¿Volver a cambiarlo?
—Dale y yo nos divorciamos hace ya casi cinco años. Él quería una familia y yo no podía dársela, de modo que se buscó a alguien que sí pudiera.
Lena sintió un peso en el corazón.
—¿Intentaste tener hijos?
Bonnie suspiró.
—Sí. Durante años. Y él demostró que era culpa mía al dejar preñada a la hija de dieciocho años de nuestros vecinos. Ahora tienen tres criaturas: dos niñas y un niño.
—Lo siento.
Bonnie soltó una risa sarcástica.
—No pasa nada. A él tampoco le gustaba la idea de que yo fuera cantante, así que todo salió bien.
—Entonces, ¿eres feliz?
—Lo soy —dijo Bonnie—. Y ya he conocido a otro hombre. Uno al que le importan mis sueños.
—¿Y él quiere tener hijos? —Lena se arrepintió de esas palabras tan pronto como las hubo pronunciado. Estaba presionando demasiado.
Bonnie se echó hacia atrás con el ceño fruncido.
—¿Por qué haces tantas preguntas sobre niños?
—Lo siento —dijo Lena—. No pretendo fisgonear. Es solo que… Tengo que contarte algo. A mí también me internaron en la Colonia. Estuve allí al mismo tiempo que tú.
Bonnie la miró con ojos desorbitados.
—¿Qué? ¿Por qué? No lo entiendo.
—Puede que ya lo sepas, pero se llama Colonia del Estado de Virginia para Epilépticos y Deficientes Mentales.
Por eso me sorprendí cuando me dijiste que tenían un orfanato allí.
El doctor Bell y los demás médicos declararon que yo era deficiente mental y que no debería tener más hijos porque no querían que trajera más niños mentalmente defectuosos a este mundo, aun cuando a Ella y a mí no nos pasaba nada malo.
De modo que me dieron a elegir: o aceptaba que me esterilizaran o me encerraban allí para el resto de mi vida.
Bonnie se quedó boquiabierta.
—Eso es horrible —dijo con voz que apenas era un susurro—. ¿Cómo pudieron hacer algo tan extremadamente cruel?
—De verdad que no lo sé. Dijeron que era legal, pero creo que todos ellos deberían estar entre rejas. Y odio tener que decirte esto, pero creo que te mintieron con lo del apéndice. Creo que te esterilizaron.
Bonnie se puso rígida, perpleja más allá de las palabras. El único sonido era la música amortiguada que llegaba desde el escenario al final del pasillo. Al cabo de un momento se levantó de un salto y comenzó a pasearse por la habitación con una mano en la frente.
—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Malditos hijos de perra! Cómo se atreven. ¡Cómo se atreven!
Lena le dedicó una mirada pesarosa.
—No quería decírtelo, pero…
—Todo este tiempo —la interrumpió Bonnie—, todo este tiempo me he estado imaginando que me pasaba algo malo. Pensaba que estaba siendo castigada o alguna otra mierda de esas.
Recorrió la habitación un par de veces más. Se detuvo de repente y miró a Lena. Casi hiperventilaba. Entonces se llevó las manos al rostro y rompió en sollozos.
Lena se acercó a ella.
—Lo siento mucho —dijo. Le apoyó una mano en un brazo—. Sé lo devastador que es recibir esa noticia. Hay una ligera posibilidad de que esté equivocada, pero, para ser sincera, no creo que me equivoque.
Bonnie se apoyó en ella, todavía tapándose la cara con las manos, y lloró desconsolada. Lena volvió a abrazarla mientras se esforzaba por contenerse ella también.
—Después de todas las cosas horribles que te he contado —dijo Lena—, es probable que desees no haber vuelto a verme.
Bonnie se retiró y sacudió la cabeza.
—No. Nada de esto es culpa tuya. Nada. Quiero saber la verdad. La verdad sobre todo el asunto. —Le dio a Lena otro abrazo y volvió a sentarse al tiempo que se secaba las lágrimas de las mejillas enrojecidas—. Siento mucho haberme derrumbado así. No es típico de mí.
—Sé que no es típico de ti. Siempre has sido una de las niñas más fuertes que he conocido. Pero eran demasiadas cosas que afrontar al mismo tiempo.
—Bueno, todo esto seguro que cambia algunas de las cosas que creía —dijo Bonnie con una leve risita entre las lágrimas—. Y eso incluye lo que siento por las personas que me criaron.
—¿Teníais una relación estrecha?
Bonnie se encogió de hombros.
—Me dieron lo que necesitaba: un techo sobre la cabeza, comida abundante, ropa limpia y un buen colegio, pero no eran muy cariñosos, a decir verdad. Había más reglas que abrazos. Y ahora que sé que mintieron sobre mi padre, y seguro que sobre otras cosas también, no estoy segura de qué pensar.
—No puedo ni imaginármelo. A mí también me enfurece. Pero parte de mí se pregunta si no estarían solo repitiendo lo que la gente de la Colonia les había contado.
—Puede. Y espero que tengas razón, pero ya no puedo preguntárselo.
—¿Por qué no?
—Porque sufrieron un accidente de automóvil espantoso en la interestatal hace unos tres años. El forense dijo que murieron al instante.
—Cielos, qué horror.
—Sí. He estado intentando reconciliarme con lo del accidente, pero ahora… no sé. Ahora quiero respuestas que nunca voy a recibir. Sobre un montón de asuntos.
—Lo entiendo. Y sé que tienes mucho en lo que pensar, pero… si no te importa, necesito hacerte algunas preguntas más.
Bonnie asintió.
—Claro.
—Has dicho que te adoptaron. ¿Qué pasó con Jack Henry y con Ella? ¿Sabes qué les pasó a ellos?
Bonnie volvió a asentir con ojos llorosos. Lena pensó que se pondría a gritar antes de que le respondiera.
—Los médicos de la Colonia dijeron que Jack Henry era deficiente mental, de modo que lo enviaron a trabajar a una granja de cacahuetes.
Dijeron que era un inadaptado social y lo desecharon como si fuera basura.
Nos escribimos durante años e incluso nos reunimos varias veces; para eso tuve que montar un buen berrinche hasta que mis padres accedieron a averiguar dónde estaba mi hermano, pero luego lo reclutaron y lo enviaron a la guerra.
Supongo que para eso no les pareció poco inteligente.
—Oh, no.
—Sí. Fue tan condenadamente inútil que, de algún modo, consiguió que le concedieran la Estrella de Bronce y un Corazón Púrpura.
—Bonnie se pasó una mano por debajo de la nariz—.
Supongo que deberíamos alegrarnos de que, después de todo, pensaran que era digno de algo así.
Solo que para entonces ya era demasiado tarde.
No quedó de su persona nada que pudiéramos enterrar.
Lena sintió a la vez las lágrimas ardientes que se le agolpaban en los ojos y el familiar pellizco de dolor que le apretaba el pecho.
—Lo siento muchísimo. —Le pareció que lo había dicho un millón de veces ya—. Has sufrido demasiadas pérdidas para alguien de tu edad.
Bonnie soltó una risa débil y temblorosa.
—Bueno, dicen que lo que no te mata te hace más fuerte, ¿no?
Y tengo un buen montón de buenos recuerdos de Jack Henry a los que puedo recurrir, pero la pobre Ella…
Las dos nos quedamos muy tristes cuando lo enviaron a la guerra, pero ella se lo tomó muy mal, aun cuando era tan joven que apenas lo conocía. Supongo que no es tan fuerte como yo.
De repente, Lena sintió que el corazón se le sacudía en la caja torácica con latidos tan fuertes que pensó que iba a desmayarse. Después de todo ese tiempo, ¿era posible que su suerte estuviese a punto de cambiar?
—¿Te… te refieres a mi Ella?
Bonnie asintió.
—Sí. Nos adoptó la misma pareja, Georgia y Matthew Ryan.
Lena apenas podía respirar.
—¿Sabes dónde está ahora?
—Claro que lo sé.
Bonnie sonreía a pesar de las lágrimas.