Capítulo 29
S ola, de pie junto a la pared trasera del recinto donde se celebraba el baile mientras Teensy y Judd bailaban al ritmo de Texarkana Baby, Lena se mordía el labio y examinaba a la multitud por enésima vez en busca de Camille.
Recorrer el recinto abarrotado y moverse entre los bailarines habría sido más eficaz, pero ya se había topado con Howard Branscum dos veces.
Prefería no rechazar por tercera vez su invitación de acompañarlo a la pista de baile.
Sobre el escenario, Eddy Arnold y sus Chicos del Arado de Tennessee tenían al público comiendo de su mano. Cuando la canción terminó, Teensy y Judd se acercaron a ella riendo sin aliento.
Judd se enjugó la frente y miró a Lena.
—Estoy decidido a conseguirnos unas cervezas. ¿Quieres una?
—No, gracias.
—Date prisa, Judd. Estoy molida y me muero de sed. —Teensy se pasó los dedos por el pelo y se echó a reír—. ¡Cielo santo! No había bailado así desde…, ¡ni me acuerdo desde cuándo! ¿Por qué no estás ahí divirtiéndote un poco? He visto que Howard te invitaba a bailar.
—Te dije que no iba a bailar, y en especial que no iba a bailar con él.
—Tonterías. Un poco de diversión te sentará bien. Y que bailes con un hombre no quiere decir que tengas que casarte con él.
Lena le dedicó una sonrisita. No había admitido que la auténtica razón por la que había acudido al baile era buscar a Ella, pues se había llevado demasiadas decepciones a lo largo de los años y no sentía deseos de fastidiarle la fiesta a Teensy.
Sin embargo, ya llevaba allí más de dos horas y no había ni rastro de Camille.
Tal vez estuviese perdiendo el tiempo. Las posibilidades de encontrar en esa muchedumbre a una mujer con la que solo había hablado unos momentos eran escasas, y había menos posibilidades todavía de que Camille fuese Ella.
Entre el largo día en el puesto y el hecho de volver a sentirse esperanzada solo para ver esas esperanzas hechas pedazos, se sentía agotada y solo quería volver a su habitación en la casa de la señora Tucker.
—Creo que voy a irme.
Teensy hizo un mohín.
—Quédate un poco más —suplicó—. Van a nombrar a la nueva reina pronto.
En el escenario, Eddy Arnold terminó un solo de guitarra y se acercó al micrófono.
—Damas y caballeros —dijo—, muchísimas gracias por su maravillosa hospitalidad esta noche.
Vamos a tocar un par más de canciones y después el señor Frank Sinatra coronará a la nueva Reina del Tabaco.
Pero primero echémosles otro vistazo a las preciosas candidatas.
¿Qué les parece? —Miró hacia su derecha y extendió un brazo para dar la bienvenida a las jóvenes participantes.
Entre sonrisas y saludos con el brazo, las candidatas subieron al escenario cubiertas con hojas de tabaco dispuestas a modo de traje de noche.
Todo el mundo rompió a aplaudir—. ¿A que son encantadoras?
Y ahora démosle un gran aplauso a la Reina del Tabaco actual…
Desde South Boston, ¡la señorita Camille Baker!
A Lena se le puso la piel de gallina. Con razón no había visto a Camille en la pista de baile…
, se había estado preparando entre bastidores.
Se puso de puntillas para mirar al escenario por encima de cabezas y hombros.
Camille apareció con una tiara y un vestido de fiesta de gasa.
Parecía la princesa de un cuento de hadas.
Lena comenzó a avanzar hacia ella, abriéndose camino entre la multitud que aplaudía y silbaba.
No tenía ni idea de lo que diría o haría una vez llegara al escenario, solo sabía que tenía que volver a hablar con Camille.
Oyó que Teensy la llamaba.
—¿A dónde demonios vas, Lena?
Lena no le hizo caso y siguió avanzando mientras zigzagueaba entre el gentío exaltado.
Las candidatas al concurso de belleza ya estaban empezando a abandonar el escenario por la izquierda, seguidas de Camille.
Lena estiró el cuello para ver a dónde iban.
Rezó para poder encontrar el modo de llegar hasta ella.
—Como digo —estaba diciendo Eddy Arnold—, no falta mucho antes de que descubramos cuál de estas bellezas será la nueva Reina del Tabaco.
Mientras tanto, me gustaría que le ofrecieran una bienvenida entusiasta a una joven que actuó antes de nuestro concierto en la Feria Estatal de Virginia el verano pasado.
Es una voz nueva en el panorama de la música country.
Mis Chicos del Arado y yo mismo la acompañaremos esta noche mientras nos canta un par de sus canciones favoritas.
Por favor, dedíquenle un gran aplauso a… ¡Bobby Jo Gately!
Lena se iba disculpando conforme avanzaba empujando al público, que se apretaba a su alrededor, para encaminarse al lado izquierdo del escenario con la esperanza de ver hacia dónde se dirigían las candidatas.
Un hombre de rostro severo estaba situado delante de una puerta al nivel del suelo y a unos metros de distancia con los brazos cruzados y con los ojos vigilantes clavados en la muchedumbre.
Cuando vio que Lena se acercaba, le cortó el paso.
Jadeante, se obligó a sonreírle para parecer inofensiva.
—¿Es esta la puerta que lleva a la zona entre bambalinas? —Tuvo que gritar para hacerse oír con todos los aplausos.
—No tiene permiso para entrar ahí —gritó él a su vez.
—Por favor. Necesito hablar con Camille Baker. Es amiga mía.
Él negó con la cabeza.
—Lo siento.
—Pero es una emergencia. ¡Tengo que hablar con ella!
A su espalda, el gentío dejó de aplaudir y quedó en silencio. Una voz femenina hablaba por el micrófono.
—Muchas gracias a todos. Quiero que sepan que le debo mi amor a la música a mi difunta madre, y me gustaría empezar con una canción muy antigua que era su favorita. La he cambiado un poco, pero espero que les guste de todos modos.
Entonces la voz de la cantante surgió de los altavoces, llenó el recinto y Lena se quedó paralizada.
Le pregunté si me amaba,
ella dijo que me amaba un poco.
La rodeé con mis brazos,
como una parra abraza a un árbol.
Como a cámara lenta, Lena se dio la vuelta para mirar a la cantante, segura de que sus oídos o la acústica del recinto le estaban jugando una mala pasada.
La melodía de la canción era ligeramente más baja y el acompañamiento musical se había modernizado, pero el estribillo era inconfundible.
De igual modo que la voz, dulce y pura, con un toque perceptible del acento de la cordillera Azul.
Cindy en verano,
Cindy en otoño.
Si no consigo a Cindy,
nunca me casaré.
Abrumada por el recuerdo de un día caluroso de verano en las montañas, Lena se quedó asombrada, mirando fijamente, mientras la voz de la mujer le resonaba dentro del corazón y de la mente, y le provocaba escalofríos.
Veía con toda claridad a Bonnie cantándole alegre a Ella antes de que el rostro se le ensombreciera cuando Silas le gritó que dejase de cantar.
Una mano sobre un brazo la sacó del trance.
—¿Se encuentra bien, señorita? —le preguntó el hombre que vigilaba la puerta.
Lena dio un paso atrás. Por un instante no estuvo segura de dónde estaba ni de cómo había llegado allí.
Asintió y volvió a clavar la mirada en la cantante, segura de que su mente desesperada le estaba jugando una mala pasada.
Empujó con el hombro a un par de parejas felices que sonreían a la banda y se situó hacia el centro del escenario.
Se detuvo justo enfrente de la cantante y rezó para que la persona a la que pensaba que estaba viendo estuviese de verdad allí.
El foso de la orquesta separaba la pista de baile del borde del escenario al menos varios metros, pero Lena estaba lo bastante cerca como para echar un buen vistazo.
Las coletas rubias como el lino y los rasgos infantiles habían desaparecido; los habían sustituidos unos rizos dorados, un cuello largo y elegante y unas mejillas afiladas por la madurez.
Pero Lena conocía ese rostro. Y cuando la cantante se volvió para mirar hacia el público del otro lado, estuvo segura.
Nadie más se habría fijado en el leve contorno de una cicatriz con forma de margarita debajo del colorete rosado de una mejilla de la cantante, pero ella sí se fijó.
Era Bonnie.
Lena empezó a temblar sin control mientras trataba de entender lo que estaba sucediendo.
Además de buscar a Ella todos esos largos años, estar pendiente por si veía a Bonnie o a Jack Henry se convirtió en un hábito.
Pero nunca habría esperado encontrar a uno de ellos así…
, sobre un escenario delante de cientos de personas. Tal vez estuviera soñando.
Gracias a Dios que había visto a Camille en el puesto.
Gracias a Dios que había ido al baile para buscarla.
Solo que…
¿Y si Bonnie se había olvidado de ella? ¿Y si no tenía recuerdos de su auténtica identidad?
¿Y si era un espejismo que habían creado sus ilusiones?
Por un momento sintió que el suelo se le movía bajo los pies y que las paredes se balanceaban.
Se sujetó a la barandilla de la orquesta con ambas manos para anclarse al lugar.
Cuando la canción llegó a su fin, el público aplaudió y Bonnie sonrió y saludó mientras decía «gracias» por el micrófono. Esa sonrisa era inconfundible. Tenía que ser ella.
Bonnie levantó una mano para acallar a la multitud y volvió a hablar:
—La siguiente canción es una obra mía. Espero que les guste.
Lena levantó una mano para llamarle la atención.
—¡Bonnie! —gritó—. ¡Aquí! ¡Soy yo, Lena!
Pero la banda había comenzado a tocar y Bonnie cerró los ojos mientras esperaba que la introducción acabase.
Lena mantuvo la mano en el aire con toda su atención concentrada en Bonnie, como si pudiera comunicarse con ella usando la mente.
Cuando empezó a cantar, volvió a abrir los ojos, pero fue como si estuviera en otro lugar, perdida en las palabras de la canción.
Aunque los recuerdos dicen mi nombre,
el futuro me hace señas
mientras mi corazón llora por lo familiar
y el lugar al que antaño pertenecí.
Pues hay algo en el consuelo
del lugar en el que te criaste,
y de la gente que mejor te conocía,
incluso en tus más oscuros días.
Cómo extraño nuestro hogar en la montaña,
donde el aire era fresco y puro,
donde los ríos y arroyuelos corrían libres.
Cómo deseo poder volver allí.
Pero no puede ser,
porque todo lo que queda
son los rostros y los nombres
de los traicionados niños perdidos de Shenandoah.
La pena que había en la voz de Bonnie hizo que a Lena se le llenaran los ojos de lágrimas.
Era evidente que recordaba quién era y de dónde venía.
Pero ¿qué más recordaba? ¿Se acordaría de ella y de su hijita?
Después de todo, solo habían pasado unos meses juntas.
Y era imposible saber por lo que habría pasado desde entonces.
Empezar de nuevo a los diez años con una familia nueva tuvo que ser increíblemente difícil, cuando menos.
Cualquiera sabía cómo la habrían tratado y si habría vuelto a ver a su hermano.
Cuando Bonnie llegó al estribillo por segunda vez, Lena pensó en sacudir el brazo de nuevo con la esperanza de que Bonnie se fijara en ella, pero tenía que dejarla terminar la canción sin distracciones.
Bonnie se merecía cada segundo de ese momento; cada segundo del público en silencio asombrado, conmovido por la emoción cruda de su voz.
Por fin, al final de la última estrofa, Bonnie la miró directamente, como si se hubiera visto impelida a hacerlo por una fuerza invisible. Lena buscó algún tipo de reconocimiento en su rostro, una señal de que sabía quién era Lena, pero no había nada de eso.
De repente, sintió en la cabeza el palpitar enloquecido de su corazón aterrado.
Tenía que hablar con ella, pero ¿cómo? ¿Y si Bonnie abandonaba el recinto antes de que Lena pudiera alcanzarla?
Miró al guardia de seguridad que bloqueaba la entrada a la izquierda del escenario.
Aun cuando pudiese distraerlo, era probable que la puerta estuviera cerrada con llave.
Otro hombre vigilaba el escenario a la derecha del foso de la orquesta.
Cuando Bonnie terminó de cantar, el público prorrumpió en aplausos, gritos y silbidos. Bonnie les dio las gracias, saludó y comenzó a marcharse del escenario. Eddy Arnold avanzó y se colocó de nuevo frente al micrófono.
Lena respiró hondo.
Era ahora o nunca.
Pasó por encima de la barandilla y saltó dentro del foso de la orquesta, derribó una silla y casi cayó de boca cuando aterrizó.
Al ver lo que había hecho, uno de los hombres que vigilaban las puertas saltó la barandilla y la sujetó antes de que pudiera llegar al escenario.
Ella se esforzó por liberarse de su agarre, pero él la sujetaba con fuerza.
—¡Bonnie! —gritó.
Eddy Arnold se percató de la conmoción y rio nervioso.
—Vaya, Bobbi Jo —dijo—. Parece que tienes una admiradora bastante entusiasta.
Bonnie redujo el paso y miró por encima del hombro con una sonrisa. Al principio parecía divertida, pero luego frunció el ceño con preocupación.
—¡Bonnie Wolfe! —gritó—. ¡Soy yo, Lena!
El hombre de seguridad tiró de ella por un hombro para intentar alejarla de allí.
Bonnie se detuvo un instante, insegura, antes de correr hacia el borde del escenario con una mirada extraña de curiosidad y confusión.
Eddy Arnold apartó el micrófono para dirigirse a ella.
—¿Qué estás haciendo? —dijo en tono quedo—. Deja que el servicio de seguridad se encargue de ella.
Bonnie no le hizo ningún caso, se arrodilló y habló con el hombre de seguridad.
—No pasa nada. Puede soltarla.
—¿Está segura, señorita Gately?
—Sí. No hace falta que se la maltrate.
Eddy Arnold rio cuando volvió al micrófono.
—Bueno, parece que nos retrasamos un poco. Pero por eso queremos a Bobbi Jo. Es una auténtica princesa del country. ¿Verdad que sí, gente?
El público rio y aplaudió y silbó.
De mala gana, el hombre le soltó el brazo a Lena.
Bonnie la miró con ojos afligidos.
—¿Está bien, cielo? Agradezco su entusiasmo, claro, pero no puede ir por ahí causando este tipo de problemas. ¿Qué le parece si le firmo un autógrafo después del espectáculo?
Lena sintió que se le encogía el corazón.
Incluso cara a cara, Bonnie no tenía ni idea de quién era.
Pero, claro, eso no tendría que ser ninguna sorpresa.
Veinte años de pena y de preocupaciones habían conseguido que Lena se arrugara y encaneciera antes de tiempo. A veces ni ella misma se reconocía.
—Bonnie —dijo con voz preñada de emoción—, ¿no te acuerdas de mí?
Bonnie frunció el ceño y se acercó más para estudiarle el rostro durante lo que le pareció una eternidad.
—Me resulta familiar. Pero que me aspen si soy capaz de ubicar dónde la he visto antes. —Antes de que Lena pudiera responder, Bonnie se dirigió al hombre encargado de la seguridad—. Llévela a mi camerino.