Capítulo 28 #2
Esa mañana, bien temprano, en el puesto de frutas y verduras, cuando una madre joven con una niñita rubia y de ojos azules se detuvo a admirar el despliegue de manzanas perfectas, Lena se tambaleó y dejó caer el cambio de otra clienta.
La niña podría haber sido la gemela de Ella y la madre parecía una versión adulta de de ambas.
Lena tuvo que agarrarse al mostrador para recomponerse antes de poder recoger las monedas.
Había vuelto sin remedio al día en el que Miriam Sizer le había arrancado a su hijita de los brazos.
Mientras seguía mirando fijamente a la mujer y a su pequeña, le entregó el cambio a la clienta sin pensar.
—Perdone —dijo la clienta—, ¿puede darme mis remolachas?
Lena la miró confusa.
—No me ha dado mis remolachas —repitió la mujer al tiempo que señalaba la caja registradora detrás de Lena.
Se dio la vuelta para mirar. La bolsa de remolachas seguía sobre el mostrador. Fue a buscarla y se la tendió a la clienta. Rezó para que la joven siguiera mirando las manzanas.
—Lo siento —dijo con una sonrisa forzada.
La clienta tomó sus remolachas y se perdió entre la multitud. La joven también comenzó a alejarse.
—Espere —dijo Lena en un tono de voz más alto del esperado.
La joven se detuvo y se dio la vuelta con el ceño fruncido.
—¿Es a mí?
Lena asintió.
—Sí. —Sin aliento y bastante abrumada, se tragó el nudo que tenía en la garganta—. Lo siento. No pretendía asustarla. —Tomó una manzana y se la tendió—. Me preguntaba si no le gustaría a su niña probar una manzana. Las hemos recogido del árbol esta misma mañana.
Para alivio de Lena, la mujer sonrió y volvió al puesto.
—Son maravillosas —apreció—. ¿Está segura de que no le importa?
Lena asintió.
—Claro que no. —Se esforzó por sonar tranquila—. Yo invito.
La joven, que parecía tener unos veinte años, la edad que Ella tendría ahora, era una mezcla perfecta de Lena y Enzo. Lena se devanó los sesos en busca de una pregunta que sonase casual, algún modo de descubrir quién era sin sonar como una entrometida.
—Qué amable por su parte —dijo la joven—. Gracias. —Le dio la manzana a la niñita, quien la rodeó con sus deditos regordetes y le sonrió a Lena. Entonces la joven se dio la vuelta para marcharse.
Lena la llamó de nuevo y tuvo que luchar contra las ansias de salir de detrás del mostrador y sujetarla por el brazo antes de que desapareciera.
—Perdone. No pretendo ser maleducada, pero usted me recuerda a alguien a quien conocí una vez. ¿Es posible que se llame Ella?
La mujer negó con la cabeza.
—Lo siento, no. Me llamo Camille.
—Le ruego que me disculpe —consiguió decir Lena—, pero tenía que preguntarlo.
—No pasa nada.
Lena pensaba a toda velocidad. No podía dejar que se marchara. Podrían haberle cambiado el nombre.
—Tiene una hija muy hermosa.
—Gracias, pero no es hija mía. Esta es mi hermana Olivia.
—Vaya, se parecen mucho.
—Eso es lo que nos dice todo el mundo —asintió Camille—. Pero la verdad es que se parece más a nuestra madre.
Lena se obligó a seguir sonriendo. La probabilidad de que Ella se pareciera a su madre adoptiva era poca o ninguna. Pero no estaba preparada para descartarlo por completo.
—Qué bien. ¿Su madre ha venido al mercado con ustedes?
—No, está en el hotel, pero se reunirá con nosotras pronto. Solo estábamos dando un paseo para concederle unos minutos de tranquilidad.
—Supongo que han venido por el festival.
—Sí —confirmó Camille—. Y, aunque me encantaría comprar algunos de sus magníficos productos, me temo que no volveremos a casa hasta dentro de una semana y no querría que se echaran a perder. Pero gracias de nuevo por la manzana.
—No hay de qué. Si no le importa que le pregunte, ¿dónde viven? Este fin de semana recibimos a mucha gente de fuera de la ciudad. Es interesante saber de dónde proceden las personas que acuden al festival.
—En South Boston —dijo Camille—. ¿Sabe que el Festival del Tabaco se originó allí?
Lena negó con la cabeza.
—No lo sabía —dijo—. ¿Han venido desde Massachusetts para el festival?
«Puede que enviaran a los niños fuera del estado».
La joven se echó a reír.
—Cielo santo, no. Me refiero al pueblo de South Boston, Virginia, que se encuentra a solo medio día de viaje desde aquí.
Lena sintió que le ardían las mejillas, en parte por el bochorno y en parte por ver sus esperanzas renovadas. South Boston estaba aún más cerca de Lynchburg, donde estaba la Colonia, que de Richmond.
—Ah, claro. Qué tonta. No lo había pensado. Apuesto a que no cultivan tabaco en Boston, Massachusetts.
Camille volvió a reír.
—Estoy segura de que no.
—¿Tienen mucha familia en South Boston?
—Sí —dijo Camille—. Mis padres nacieron allí, igual que casi un centenar de tías y tíos y primos.
—¿Usted también nació allí?
Tan pronto como hubo hecho la pregunta, Lena se percató de que había sonado rara.
Camille hizo un gesto de extrañeza. Antes de que pudiera responder, una mujer mayor salió de entre el gentío y la tomó del brazo.
—Aquí estáis. Os he buscado por todas partes.
—Lo siento. Me detuve para admirar estas manzanas tan hermosas y esta encantadora mujer… —Camille miró a Lena—. Lo siento, no sé su nombre.
—Magdalena Conti. Todos me llaman Lena.
—Lena le dio a Olivia una manzana para que la probase —refirió Camille.
—Es muy amable por su parte —dijo la mujer—. Pero tenemos que ponernos en marcha. Tienes que volver al hotel y arreglarte para esta noche. —Tomó a la niña de la manita—. Ven con mamá, cielo.
Camille tenía razón; Olivia era clavada a su madre. Y al verlas a las tres juntas, Lena reparó en las diferencias entre la madre y Camille. Todavía había una posibilidad de que se tratase de Ella.
Camille le sonrió.
—Muchas gracias de nuevo. —Y se marchó.
Cuando se hubo ido, Lena se dejó caer con pesadez sobre la banqueta que había detrás del mostrador.
Las rodillas le temblaban y el corazón le latía con fuerza.
Cientos de mujeres jóvenes visitaban el puesto de verduras cada semana y algunas podrían haber pasado por su hija, pero ninguna le había recordado tanto a Ella.
Y Lena la había dejado marchar. Pero ¿qué otra cosa podría haber hecho?
No tenía forma de hacer que se quedara más tiempo.
Y, de todos modos, ¿cómo podría haber averiguado la verdad si Ella no tenía ni idea de quién era en realidad?
* * *
Durante el resto del día, Lena no dejó de pensar en Camille. Se le rompía el corazón una y otra vez. Y por la noche Teensy quiso que fuera al gran baile, pero eso era lo último que le apetecía hacer.
—No tengo nada que ponerme.
—Tonterías. Puedes ponerte el vestido verde de cóctel de mi hija Janie Sue. Te sienta como un guante y te garantizo que Howard Branscum se quedará deslumbrado. —Le guiñó un ojo.
Lena puso los ojos en blanco.
—No tengo ningún interés en el señor Howard Branscum y lo sabes.
—Sí, lo sé. Pero eso no significa que lo entienda. Tiene un trabajo bastante bueno en el colegio y una casa muy bonita en la calle Simmons. Y Judd dice que le preguntó por ti el otro día.
Lena soltó un bufido. Lo último que necesitaba era verse obligada a explicarse ante un hombre.
Otros pretendientes se habían interesado por ella a lo largo de los años, pero los había rechazado a todos por una serie de razones.
Para empezar, seguía sin confiar del todo en los hombres después de que el padre de Ella la hubiera convencido con promesas de matrimonio de que se acostara con él para luego abandonarla sin siquiera despedirse.
Por aquel entonces, al saber que estaba embarazada, se sentía encantada ante la idea de convertirse en madre hasta que se acordaba de que la habían abandonado y de que le resultaría difícil criar a un bebé sola y sin apenas recursos.
No quería volver a sentirse herida cuando un posible marido la abandonase porque no podía darle hijos, aun cuando eso significase pasar el resto de su vida en soledad.
Teensy y Judd eran su familia, y, cuando iban de visita, sus hijas y sus nietos también.
Y, una vez cada dos años, Teensy y ella hacían un viaje a Lynchburg para visitar a Betty Lee, a Nellie y al resto de las mujeres a las que habían expulsado de Old Rag.
—Bueno, incluso si no te interesa Howard Branscum —dijo Teensy—, allí habrá muchos otros hombres que busquen pareja de baile. Y un poco de diversión te vendrá bien.
—No bailo desde que era pequeña y no voy a empezar de nuevo ahora. Además, no me sé ninguno de los pasos modernos.
—Vamos —se quejó Teensy—. Todo el mundo va a estar allí. Hay gente que ha recorrido muchos kilómetros para venir, ¿y tú vas a quedarte sola en casa?
Lena abrió la boca para soltar otra excusa cuando de súbito recordó que la madre de Camille y Olivia había dicho que tenía que arreglarse para esa noche. Quizá Camille iría al gran baile también y podría volver a hablar con ella.
—De acuerdo. Iré. Pero no voy a bailar con nadie.