Capítulo 28
Richmond, Virginia
D espués de despacharle dos kilos de patatas y media docena de cebollas a su última clienta del día, Lena colgó el delantal de un gancho en la parte de atrás del puesto de verduras del mercado situado en la calle Sexta, se alisó el vestido y salió de detrás del mostrador principal.
Lo normal habría sido que se hubiese pasado parte del día haciendo repartos, pues esa había sido su rutina durante los últimos años; sin embargo, ese fin de semana se celebraría en la ciudad el primer Festival Anual del Tabaco, un acontecimiento que incluía un desfile, un concurso de talento, un certamen de belleza y numerosos artistas callejeros, de modo que el mercado había estado abarrotado todo el día y se habían pospuesto los repartos al lunes por la mañana.
—Hasta mañana, Teensy —se despidió.
Teensy cerró la caja registradora y la miró con el ceño fruncido.
—¿Mañana? ¿No vas a ir al gran baile de esta noche?
Lena le rehuyó la mirada y fingió ordenar un expositor.
—No creo que vaya —dijo al fin.
—¿Qué es eso de que no crees que vayas? —repitió Teensy—. Claro que vas a ir. El Festival del Tabaco es el acontecimiento más grande que le ha pasado a este lugar en décadas y todo el mundo irá al baile. ¿No quieres ver cómo Frank Sinatra corona a la nueva Reina del Tabaco?
Lena suspiró. Aun después de todos esos años, todavía odiaba decepcionar a Teensy.
Y a Judd también, claro. Cuando no tuvo un lugar donde vivir después de que el estado quemara la granja de Wolfe Hollow y Silas se quitara la vida, ellos la habían acogido sin condiciones, a pesar de que también perdieron su hogar unas semanas más tarde, al igual que otros cientos de familias de las montañas que fueron desalojadas para ganar espacio para el Parque Nacional Shenandoah.
Empezar de nuevo había supuesto una serie de desafíos descorazonadores, como que las casas para reubicarlos no se construyeran a tiempo, que Judd y Teensy no reuniesen los requisitos para pedir una hipoteca y que nadie pudiese encontrar trabajo debido a la creencia insidiosa de que la gente de la montaña era ignorante y retrasada.
No obstante, a pesar de todas las dificultades, Teensy y Judd habían continuado tratando a Lena como a una más de la familia.
Insistieron en que se quedara con ellos y con sus cuatro hijas, que en aquella época tenían seis, ocho, nueve y diez años respectivamente, en un apartamento de un dormitorio cerca de Lynchburg.
Los primeros años habían sido duros, cuando menos, y empeoraron después de la caída de la Bolsa, pero, con el tiempo, Judd encontró trabajo en una fábrica de cereales.
Teensy, Lena y las niñas remendaban ropa a cambio de dinero y, de algún modo, salieron adelante.
Todo mejoró durante la guerra, cuando se mudaron a Richmond, donde Teensy encontró un puesto de telefonista, Judd entró a trabajar como soldador de cabezas de bombas y a Lena la contrataron como fabricante de moldes en una fundición.
Y cuando por fin fue capaz de mantenerse por sí misma, alquiló una habitación en la pensión de la señora Tucker, muy cerca de su lugar de trabajo.
Una a una, las muchachas McDaniel se casaron y se fueron de casa, y, después de pasarse años ahorrando y economizando, Teensy y Judd compraron una granja en las afueras de la ciudad, donde regresaron a sus raíces y pudieron ganarse la vida trabajando la tierra.
Cuando la guerra terminó y Lena se quedó sin trabajo en la fundición, Teensy y Judd volvieron a acudir al rescate y le ofrecieron trabajo en su puesto de verduras, Frutas y Verduras McDaniel, que pronto se convirtió en uno de los lugares más concurridos del mercado de la calle Sexta.
Para Lena, vender productos agrícolas en un mercado al aire libre era sin duda mejor que trabajar con palas y llanas en una fundición calurosa y sucia, donde le dolían la espalda y los brazos, y donde siempre tenía un sabor metálico en la boca.
Por no mencionar que en el mercado estaba obligada a ser simpática y a hablar con las clientas, lo cual le dejaba menos tiempo para pensar.
El único inconveniente era que, a veces, creía que perdería la cabeza de tanto examinar a cada joven desconocida que pasaba por el puesto o se paraba a comprar algo.
En general, no perder la esperanza de que volvería a ver a Ella la hacía sentirse bien, pero en otras ocasiones le resultaba una obsesión malsana.
Ojalá hubiese podido silenciar la necesidad desesperada de saber dónde estaba su hija, si se encontraba bien de salud y si era feliz.
Pero resultaba imposible. Demasiadas veces se descubría mirando fijamente a alguna joven rubia de ojos azules, segura de que se trataba de Ella, solo para conseguir que esa certeza se convirtiera en duda y la duda en tristeza.
También pensó que había visto a Miriam Sizer una vez, en la acera, fuera del mercado, caminando con el bolso, que se balanceaba como un péndulo, colgado del brazo.
Corrió tras ella y la sujetó de un hombro solo para descubrir a una extraña robusta y con los ojos muy abiertos, asustada y confundida por la intromisión repentina.
Durante años intentó vivir una suerte de vida sin Ella mientras esperaba contra todo pronóstico que pudiera encontrarla de algún modo, algún día.
Pero su hija perdida siempre rondaba su vida, le aparecía en el pensamiento y le nublaba la conciencia con una pena tan honda que a veces se tambaleaba en los márgenes mismos de la locura.
Cada pista del paradero de Ella que había obtenido había llevado a un callejón sin salida.
Además de escribir a orfanatos e instituciones toda una ristra de cartas sin respuesta en las que explicaba su situación y suplicaba para que alguien le dijera algo o se apiadase de su apuro, Lena y Teensy habían hablado con otras personas desplazadas desde las montañas cuyos hijos también les habían sido arrebatados para ver si habían tenido suerte en su búsqueda.
Nadie los había encontrado. Algunos habían perdido a familiares ancianos más o menos por la misma época, pero tampoco habían podido seguirles la pista.
Al pensar en todas las mujeres y muchachas que había visto en la Colonia, Lena no podía evitar preguntarse cuántas otras personas, no solo de la cordillera Azul, sino de toda Virginia, estarían buscando también a sus parientes desaparecidos.
Al final supo que también retenían a niños y hombres en la Colonia, y eso hizo que se preguntara si la institución no habría sido más grande de lo que ella había pensado.
Su mayor miedo era que hubieran enviado a Ella, Bonnie y Jack Henry a otro estado o incluso al otro lado del país.
A lo largo de los años había mantenido el contacto con Enzo, le había escrito cada vez que se mudaba para notificarle su nueva dirección y le había explicado, sin entrar en muchos detalles, lo que les había pasado a ella y a su hijita, y le había asegurado que estaba haciendo todo lo que estaba en su mano para encontrarla.
Incluso después de que Enzo se casara con Suzanne, la nieta de Frau Müller, Lena seguía teniendo la esperanza de que fuese a los Estados Unidos algún día.
Le envió unos dólares cuando nacieron sus dos hijos y una tarjeta de condolencia cuando Frau Müller murió, e intercambiaban felicitaciones por los cumpleaños y por Navidad, pero los recuerdos de su hermano y de Alemania le parecían un sueño, algo que había sucedido en otra vida.
Había estado muy preocupada por Enzo durante la guerra, en especial cuando su esposa le escribió para decirle que lo habían reclutado como soldado de infantería en la Wehrmacht.
Suzanne volvió a escribir cuando Enzo regresó a casa con un permiso, demacrado, sucio y agotado, pero, tras esa carta, Lena no recibió nada más: ni cartas, ni notas, ni tarjetas.
Se convenció de que todos habían muerto y pasó por un periodo de duelo.
Pero entonces, para gran alivio suyo, a finales de 1945 Enzo escribió para decirle que lo habían capturado los británicos, quienes lo habían retenido en un campo de prisioneros hasta unos meses después del fin de la guerra.
Sus hijos y su esposa habían huido a Berlín, donde los encontró viviendo en la granja de unos parientes de Suzanne.
Tras esos sucesos, él le escribía varias veces al año para contarle que estaban criando cerdos y cultivando productos agrícolas, y que les iba todo lo bien que se podía esperar.
Mientras tanto, en cualquier lugar al que Lena fuese, los mercados al aire libre y los tranvías, los callejones y las calles abarrotadas, seguía buscando a Ella.
Cualquier cosa hacía que pensara en su hija: una muñeca de trapo, una pera fresca, una mariquita, las gallinas de la granja de Teensy y Judd.
Pero, de igual modo que Bonnie y Jack Henry, parecía que Ella había desaparecido de la faz de la tierra.
Lena terminaba cada día triste y frustrada.
Incluso ahora seguía imaginándose a su hija dormida entre sus brazos, con las piernecitas encogidas hacia el vientre, la carita suave, las pestañas largas como plumón sobre las mejillas.
Casi podía sentir su manita, el calor de la palma, la piel suave y satinada.
Si lo hubiera sabido, nunca habría salido de Alemania.
La culpa de perder a Ella y su fracaso al averiguar lo que le había pasado eran como una herida sangrante dentro del corazón; una herida en carne viva que se desgarraba constantemente, ante el mínimo recordatorio de todo lo que había perdido y todo lo que había sufrido.
Y ese día había sido de esos.