Capítulo 27 #2
Y entonces, uno a uno, los McDaniel y los McCauley, junto con el marido de Betty Lee, subieron a las carretas, hicieron girar mulas y caballos hacia su propio hogar, y abandonaron la granja Wolfe Hollow por última vez.
La estructura de la casa ya había desaparecido, se había desplomado y formaba una pila negra de vigas ardientes y tablones llameantes de madera.
Todos los recuerdos, los tristes y los felices, que había creado la familia Wolfe entre sus muros habían quedado reducidos a una pila que escombros.
Lo único que quedaba en pie era la enorme chimenea, donde las llamas chamuscaron las piedras grises y devoraron el resto de la repisa.
Satisfecho por que los McDaniel y los McCauley se marchasen, el sheriff Dixon se acercó a los restos humeantes del establo, donde su ayudante y Pollock observaban cómo los hombres que habían vaciado la casa se afanaban con palas y picos para romper los trozos más grandes.
Lena sacó un cubo del camión de Silas, lo llenó con agua fría del arroyuelo y se lo llevó al hombre, que seguía desplomado hacia delante con la cabeza caída y los ojos cerrados.
Se mojó el borde del delantal, le empujó la cabeza hacia atrás, volvió a limpiarle el rostro y luego intentó darle de beber usando el hueco de la mano como vaso improvisado.
Era inútil. El agua se le derramó por la boca la y camisa.
Parecía muerto. Era posible que su corazón roto se hubiera rendido.
—Silas —lo llamó—. Despierte. —Le dio unos cachetes, suaves al principio, un poco más fuerte después.
Oyó pasos que se acercaban. Eran el sheriff Dixon y su ayudante, Pollock los seguía un poco más atrás. Lena le soltó despacio la cabeza a Silas y le retiró la mano de la frente.
—¿Está despierto? —le preguntó el sheriff Dixon.
Negó con la cabeza.
El sheriff le dio una patada a Silas en un pie, que se le movió hacia un lado.
Le asió un mechón de pelo con brusquedad y le levantó la cabeza.
A Silas se le abrió la boca, pero seguía con los ojos cerrados y los rasgos inexpresivos.
El sheriff Dixon le soltó el pelo y dejó que la cabeza volviera a caer hacia delante.
—Vamos a desatarte ahora, Silas —le dijo. Sacó la pistola y le apuntó—. No intentes ninguna estupidez.
Pero seguía inerte como una piedra.
El ayudante comenzó a desatar la cuerda.
—No está bien —dijo Lena—. Necesita ayuda.
—Ya volverá en sí.
—La abuela Creed viene de camino. Llegará pronto.
—No hay tiempo para tu bruja curandera —se mofó el sheriff —. Nos lo llevamos al calabozo.
—Pero ¿por qué? —exclamó—. Solo estaba protegiendo su hogar. ¿No habrían hecho ustedes lo mismo?
—Si quieres que te lleve a la Colonia, tengo sitio en el furgón policial para ti también.
Lena se enfureció, le palpitaban las sienes, pero no dijo nada.
—Eso pensaba —dijo el sheriff .
Con cada vuelta de cuerda que retiraba el ayudante, Silas caía más y más hacia delante. Una vez estuvo desatado del todo, cayó y se dio un golpe contra el suelo en la cabeza.
—¿Está muerto? —preguntó Pollock.
El ayudante puso los brazos en jarras y miró a Silas con la cuerda colgando de una mano.
—Que me aspen si lo sé.
Lena se arrodilló junto a Silas y lo sacudió por los hombros.
—¿Silas? ¡Despierte!
Lo sacudió por los hombros, meciendo su cuerpo inerte. Con gran esfuerzo, lo empujó hasta colocarlo de espaldas para pegarle la oreja al pecho. Todavía respiraba.
El sheriff Dixon se acercó más a Silas, seguía apuntándolo con la pistola. Le dio una patada en las costillas. A Silas se le fue el cuerpo hacia un lado, pero no se despertó. El sheriff bajó el arma.
—Muchachos, parece que vais a tener que cargarlo hasta el camión —dijo—. Vais a necesitar que os ayuden algunos de los hombres.
Cuando el sheriff Dixon empezó a enfundar el arma, Silas abrió los ojos de repente y se puso de pie de un salto.
Al hacerlo empujó a Lena hacia un lado. Aferró la pistola del sheriff y le apuntó con ella, sujetándola con ambas manos.
El sheriff y su ayudante recularon. Se habían quedado pálidos.
Levantaban los brazos como si se prepararan para defenderse de un animal salvaje.
Pollock se dio la vuelta y echó a correr.
—No lo hagas, Silas —suplicó el sheriff .
—Anda que no —rugió Silas.
—Silas, por favor —suplicaba Lena—. No le dispare a nadie.
—Podemos solucionarlo —arguyó el sheriff —. Podemos ayudarte a encontrar otro sitio donde vivir y…
—¡No quiero otro lugar donde vivir! —gritó Silas enfurecido. Le salía disparada saliva de entre los labios—. ¡Quiero que me devuelvan mis tierras! ¡Quiero que me devuelvan a mis pequeños!—. Sacudía la pistola entre el sheriff Dixon y su ayudante. Tenía el rostro bañado de lágrimas ardientes.
—Déjame ver qué puedo averiguar sobre tus hijos. Descubriré dónde están.
—¡Es mentira! —gritó Silas—. ¡Lo he intentado todo! ¡He hablado con todo el mundo! ¡Nadie me dice nada! Me repiten que mis hijos están mejor en otro lugar. ¡Me repiten que ya no están!
—Lo sé, pero quizá yo pueda… —comenzó a decir el sheriff .
—No podéis hacer nada —dijo Silas. Dio un paso hacia el sheriff Dixon con la pistola apuntándole a la cabeza.
El sheriff levantó las manos.
—Sí…, sí que puedo. Haré algunas llamadas y…
—¡Mentiroso! Espero que os pudráis en el infierno, malditos bastardos.
Y entonces Silas se apoyó la pistola contra la barbilla y apretó el gatillo.
El disparo resonó por las colinas y espantó a una bandada de pájaros de un árbol cercano.
Lena sintió que el sonido del disparo le rebotaba dentro de la cabeza y le hacía imposible oír nada más.
Le pareció que todo sucedía muy despacio: a Silas le brotó de la cabeza una flor de color rojo vivo que lanzó un chorro de sangre y sesos mientras su cuerpo se desplomaba de espaldas en el suelo con una sacudida.
Lena chilló y cayó de rodillas con las manos sobre la cara.
Los sollozos le robaban el aire de los pulmones.