Las mentiras que nos contaron Capítulo 27
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Capítulo 27

A lertados por la nube de humo, Teensy y Judd subieron por el camino en su carreta tirada por una mula, seguidos, unos minutos más tarde, por los Blanchard y los McCauley.

Todos se quedaron mirando la casa en llamas y los restos humeantes del establo boquiabiertos, con los ojos de par en par por el asombro, el rostro marcado por la tristeza y por la certeza de que serían los siguientes.

Mantuvieron las distancias con los hombres y sus camiones.

Aparcaron las carretas, se apearon y corrieron hacia Silas y Lena.

El hombre no mostró ninguna señal de reconocimiento; tenía los ojos hundidos por la pena y la mirada perdida.

Lena ya había visto antes esa mirada vacía: cuando, durante la guerra, bombardearon hogares y negocios; como si también se hubiese dañado la mente de sus propietarios.

Y, por desgracia, a veces no se curaban.

Teensy, Betty Lee y Nellie se reunieron alrededor de Lena.

—Has vuelto —observó Betty Lee.

—Silas no está bien —comentó Teensy.

—Supongo que ha sufrido una gran conmoción —dijo Betty Lee.

—¿Dónde está Ella? —preguntó Nellie.

Lena cerró los ojos. La barbilla le temblaba mientras trataba de encontrar la voz. Respiró hondo antes de hablar.

—No sé dónde está. Se la llevaron el mismo día que a Bonnie y a Jack Henry.

Las mujeres soltaron una exclamación de espanto.

—¡Por todos los santos! —se espantó Teensy—. Teníamos la esperanza de que las dos estuvierais a salvo en alguna parte. —Atrajo a Lena y la abrazó con fuerza—. Pobrecita mía. Lo siento muchísimo.

Lena se sintió de pronto vencida y débil. Se apoyó en Teensy, pensaba que iba a caerse al suelo. La mujer la sostuvo contra ella y Betty Lee y Nellie le dieron palmaditas reconfortantes en la espalda.

—Yo también lo siento mucho —añadió Nellie—. Es horrible.

—Desde luego —se sumó Betty Lee—. No sé qué demonios está pasando con el mundo.

Al cabo de un rato, Teensy se retiró y le enjugó las lágrimas de las mejillas a Lena.

—¿Dónde has estado todo este tiempo? —preguntó—. ¿Buscando a tu niña?

Lena sacudió la cabeza.

—Miriam Sizer me llevó a la Colonia del Estado de Virginia para Epilépticos y Deficientes Mentales.

Nellie miró a las otras mujeres con asombro.

—¿No es ahí donde enviaron a Jeanie Lambert hace unos años? Pero nunca salió de allí.

Betty Lee asintió.

—Sí, ahí era.

—¿Cómo conseguiste salir? —preguntó Teensy.

Lena volvió a sacudir la cabeza. Las lágrimas le nublaban la vista. ¿Cómo podía contarles lo que se había visto obligada a hacer para conseguir la libertad?

—Ya no importa.

Teensy miró la casa envuelta en llamas.

—Supongo que no. Ahora tenéis otros problemas.

Con unos crujidos torturados, las vigas ennegrecidas de la casa y los postes retorcidos de madera se derrumbaron sobre los cimientos de piedra y lanzaron chispas y ceniza al aire. Las mujeres dieron un paso atrás. Las llamas se les reflejaban en los ojos.

Teensy se volvió hacia Lena.

—¿Te ha contado Silas todo lo que hizo para intentar averiguar el paradero de Bonnie y Jack Henry?

—No. Se ha rendido.

—Bueno, pero no es que no lo haya intentado.

Ese hombre ha recorrido cielo, tierra y parte del infierno buscando a sus hijos.

Fue al orfanato de Staunton, a uno de Charlottesville y a todos los lugares que se le iban ocurriendo.

En todos sitios le decían que dejara de buscar, porque nunca iba a recuperarlos.

El sheriff Dixon le dijo que nunca los encontraría y que, si no dejaba de acosar a todo el mundo, lo meterían en un manicomio.

Así que Silas acudió al gobernador e incluso habló con las autoridades federales.

Pero a nadie le importaba. Por fin le dijeron que los había adoptado una familia «más adecuada», lo cual no tiene ningún sentido para mí.

Lena apenas podía creer lo que estaba oyendo.

Todo ese tiempo Silas había sabido que les habían entregado a sus hijos a otras personas.

Todo ese tiempo había buscado a Bonnie y a Jack Henry sin ningún éxito.

¿Por qué no se lo había contado? ¿Había intentado no causarle más dolor?

Y ahora que sabía la verdad, ahora que sabía que él lo había intentado todo, pero no había llegado a ninguna parte, ¿cómo podría ella seguir adelante?

Empezaron a fallarle las piernas. Se aferró al brazo de Teensy y fue cayendo hasta llegar al suelo.

Teensy se arrodilló junto a ella.

—¿Estás bien, querida?

Lena solo pudo sacudir la cabeza.

—Supongo que ella también está conmocionada —dijo Betty Lee—. Voy a buscar una jarra de aguardiente. —Y se marchó hacia su carreta.

—No —la detuvo Lena—. Me encuentro bien.

Betty Lee se detuvo.

—¿Estás segura? Un buen par de tragos te calmarán.

—Estoy segura. —Ojalá pudiera beber tanto que se le olvidara la tristeza. Pero no había escapatoria de esa pena desdichada, de ese dolor espantoso y pesado en el pecho. Y mantenerse alerta ya le resultaba lo bastante difícil sin que el aguardiente le nublara la conciencia.

Betty Lee regresó con ellas.

—Bueno, pero que no te dé vergüenza si cambias de opinión.

—¿A dónde iréis Silas y tú ahora? —preguntó Nellie.

Lena se encogió de hombros y miró hacia Silas. Ya se había derrumbado del todo y solo lo sostenían las vueltas apretadas de la cuerda alrededor del torso. Judd y el resto de los hombres estaban tratando de hacerlo hablar, pero parecía desprovisto de vida.

—Lleva bebiendo todo el día. Y creo que necesita un médico.

—Iré a buscar a la abuela Creed —dijo Betty Lee. Volvió a dirigirse hacia su carreta mientras le gritaba a su marido—: ¡Voy a por la abuela Creed allá arriba en Slaughter Pen Branch, voy a traerla aquí!

El hombre levantó una mano para hacerle saber que la había oído.

—No vayas a enfermar de preocupación ahora —dijo Teensy—. No sé cuánto queda hasta que nos quiten nuestra casa también, pero podemos haceros hueco a ti y a Silas durante todo el tiempo que necesitéis.

Lena le tomó la mano y le dio las gracias.

Casi se desmayó de alivio. Al menos tendrían algún lugar donde quedarse hasta que pensaran qué hacer a continuación.

Y si alguien de la Colonia la encontraba, Teensy podría decir que estaba trabajando para su familia hasta que Silas saliera de la cárcel.

O quizá cuando vieran las ruinas de la casa de Silas pensarían que Lena había muerto. Ojalá fuese así.

Teensy se levantó y ayudó a Lena a ponerse en pie mientras le retiraba mechones de pelo de la cara cubierta de lágrimas y le sacudía el polvo del vestido.

Nellie clavó una mirada preocupada en Teensy.

—¿Judd y tú habéis encontrado ya una casa montaña abajo?

—Judd no quiere hablar del asunto. Pero puede que después de ver esto cambie de idea.

El sheriff Dixon se acercó a ellas.

—Tienen que marcharse. Ya no hay nada que ver aquí.

—¿Hay alguna ley que prohíba ayudar a nuestros vecinos? —le gritó Judd McDaniel.

—¿Por qué no desatan a Silas? —inquirió el señor Blanchard—. ¡Ya ha sufrido bastante!

—El señor Wolfe está bajo arresto por interferir en una orden estatal y por apuntar con un arma a un agente de la ley —dijo el sheriff —. Y, a menos que se vayan a su casa, los arrestaré a ustedes también.

Los hombres sacudieron la cabeza, consternados y furiosos. Judd sacudió otra vez a Silas por los hombros para intentar despertarlo, pero no obtuvo respuesta. Le hizo gestos a Teensy para que fuera con él y emprendió la marcha hacia su carreta.

—Mójate el delantal en el arroyuelo y reúnete conmigo junto a Silas —instruyó Teensy a Nellie.

Nellie hizo lo que se le pedía mientras Teensy y Lena se acercaban a Silas. Teensy lo tomó por la barbilla y le levantó la cabeza. Tenía los ojos abiertos pero desenfocados. Cuando Nellie trajo el delantal empapado, Teensy le limpió el sudor y las cenizas de la cara.

—Sé que ahora mismo no lo parece —dijo Teensy—, pero todo se irá aclarando. En cuanto ese sheriff inútil te deje libre, te vienes conmigo y con Judd, y juntos pensaremos qué hacer.

Silas no dijo nada.

—¿Me oyes? —insistió Teensy. Le dio una palmadita en la mejilla—. Vamos, Silas, sé que estás ahí.

No hubo respuesta. La mujer arrugó la frente, preocupada.

—Supongo que la abuela Creed es la única que puede ayudarlo ahora —dijo.

Se dirigió a Lena—. Le diré a Judd que les mande a esos hombres que lleven vuestros muebles a nuestra casa y nos iremos nosotros también.

Tengo una bañera preparada para llenarla de agua caliente y una olla de viandas en la hornilla. Aquí ya no podemos hacer nada.

Lena sacudió la cabeza.

—No puedo marcharme ahora.

—¿Estás segura? Judd puede bajar a la cárcel y echarle un vistazo a Silas por la mañana. No hace falta que tú te quedes aquí más tiempo del imprescindible. ¿Verdad que sí, Nellie?

La aludida asintió.

Lena no estaba nada segura. Quería marcharse con Teensy, pues ansiaba alejarse de esa escena espantosa y trágica, pero tenía que quedarse con Silas hasta que la abuela Creed llegara o el sheriff Dixon se lo llevase. Porque era lo correcto. Y porque era lo que Bonnie y Jack Henry hubieran querido.

—Gracias. Pero esperaré para ver qué pasa con Silas.

—Como quieras. Pero ten en cuenta que pasará un buen rato hasta que llegue la abuela Creed. Slaughter Pen Branch está bastante lejos, muy arriba.

—No pasa nada.

—Supongo que Betty Lee puede acercarte hasta nuestra casa cuando lleve a la abuela Creed de vuelta a la suya.

Lena asintió, agradecida por que Teensy no la obligara a hacer algo que no quería.