Capítulo 26 #3
—Supongo que necesitará esas pertenencias en su nueva casa —dijo el hombre.
—No tenemos una nueva casa.
—Lo siento, señora. Pero, si no le importa que le pregunte, ¿a dónde nos llevamos entonces todos estos muebles?
—No lo sé —admitió, con ojos que se iban humedeciendo poco a poco.
Lena lo siguió hacia la casa. Tal vez no tuviera otro sitio al que ir, pero se negaba a permitir que eliminasen todo rastro de la familia Wolfe.
Y dondequiera que acabasen, si es que acababan en algún sitio, necesitarían todo lo que pudieran salvar.
Esquivó a dos hombres que sacaban una cómoda grande, subió corriendo al porche y entró en la casa.
Empezó por el piso superior. Sacó las mantas de un armario, guardó en el zurrón la ropa de Ella y la suya propia que quedaba porque no estuviese en las cómodas que ya habían sacado; descolgó las fotografías enmarcadas de las paredes; recogió la ropa de todos los demás, los abrigos y gorros de invierno; tiró de las cortinas de las ventanas y recogió las alfombras del suelo, y lo apiló todo en el piso de abajo.
Después dio varios viajes para guardar todos los objetos en el camión de Silas.
Jadeante y sin aliento, se acercó a él. Había dejado de forcejear con las cuerdas y solo estaba apoyado contra el árbol, derrotado y atado como un perro, con los ojos fijos en la casa.
—No puedo hacer esto sola —le dijo—. Si los convenzo para que lo desaten, ¿me ayudará?
No hubo respuesta.
—Silas, por favor. Necesito ayuda para sacarlo todo de la casa.
Nada.
—Si encontramos a Bonnie y a Jack Henry y a Ella, ¿cómo vamos a cuidar de ellos si no nos queda nada?
—Ya no nos queda nada —musitó.
Ella señaló hacia los camiones.
—Sí que nos queda algo. ¿Dónde quiere que lleven los muebles?
—Me da lo mismo.
Lena luchó contra las ganas de soltarle un bofetón para que recuperara la cordura e intentó mantener un tono neutro.
—No puede rendirse sin más. Tiene que pensar en sus hijos. Usted es su padre.
Cerró los ojos y dejó caer la cabeza. Se negó a contestar.
Lena soltó un bufido y corrió de vuelta a la casa.
En la cocina, apiló las ollas, las sartenes y otros utensilios de cocina en la bañera de madera y le pidió a uno de los hombres que la sacara al camión de Silas.
En el agujero de las patatas, reunió todos los tarros de comida que pudo en cuatro cajas de madera, las subió por las escaleras una a una y las sacó.
Los tarros de cristal chocaban entre sí a cada paso apresurado que daba.
Una vez hubo llenado tres cestos de mimbre con tantas provisiones de la despensa como le fue posible, envolvió los platos floreados del catálogo de Sears y Roebuck entre paños y los guardó con cuidado en una caja resistente.
Luego recuperó la leche, la mantequilla y otros artículos de la fresquera, y lo colocó todo en el asiento delantero del camión de Silas.
Cuando pensó que ya lo tenía todo por fin, se derrumbó en el suelo cerca de Silas. Estaba sudorosa y sin aliento.
Mientras tanto, el sheriff Dixon y su ayudante hablaban con Pollock y con el señor Clancy.
De vez en cuando miraban a Silas. Tras varios minutos, se encaminaron a los camiones.
Lena se puso de pie y se dirigió hacia ellos.
Si Silas se negaba a decirles dónde quería que llevaran los muebles y el resto de sus pertenencias, ella lo haría por él; el único lugar que se le ocurría era la granja de Teensy y Judd.
Y, si el señor Clancy insistía en llevárselo todo montaña abajo, ya no tendría nada que decir.
Cuando casi había llegado a los camiones, quedó paralizada. Los hombres de la mudanza llevaron garrafas de queroseno a la casa y empezaron a verter el combustible por todo el porche, las paredes y los alféizares de las ventanas. Corrió hacia ellos.
—¡No! —gritó—. ¡Por favor! ¡No hagan eso!
El ayudante del sheriff corrió hacia ella, la sujetó por los brazos y la contuvo.
Furiosa, se liberó de un tirón y se volvió para mirar a Silas.
Le corrían lágrimas por el rostro manchado de tierra.
Por un segundo se le ocurrió desatarlo, dejarlo libre para que hiciera su voluntad.
Pero el sheriff Dixon le dispararía. Quizá le disparara a ella también.
Volvió a mirar hacia la casa. Le costaba respirar.
Los hombres lanzaron antorchas al porche y la madera empapada en queroseno ardió al instante.
Las llamas crepitaban y chisporroteaban y crecían como un ser vivo que respirase.
Lena se echó a llorar y cayó de rodillas, asombrada, indefensa y asqueada.
En menos de un minuto, toda la casa fue pasto de las llamas.
Un humo negro y denso ocultó el cielo, las ventanas estallaron y las cortinas ardieron.
Con las ráfagas de calor, el carillón hecho con cucharas se meció y se retorció para caer al suelo, seguido de inmediato por el porche delantero en llamas.
Y luego toda la casa comenzó a derrumbarse.
La madera, el metal y el cristal gemían como una bestia torturada.