Capítulo 26 #2
Silas rio como un demente.
—Si no quieren problemas, han venido al lugar equivocado.
Frenética, Lena paseaba la mirada entre el sheriff Dixon y Silas. ¿Se interponía entre ambos?, ¿intentaba quitarle el rifle a Silas?
Justo entonces, hubo un crujido fuerte y el techo del establo se vino abajo en un extremo.
Y enseguida, muy despacio, todo el edificio se derrumbó sección por sección, lanzando al aire chispas y llamas, brasas que se rompían y caían al suelo como hojas ardientes.
Por suerte, el Viejo Sal y la vaca estaban a distancia suficiente para encontrarse a salvo, pero el Viejo Sal rebuznaba y caracoleaba, tirando de la cuerda que lo mantenía sujeto al árbol, aterrorizado e intentando soltarse, y la vaca movía la cabeza hacia atrás y tiraba de la cuerda con ojos desorbitados por el miedo.
—¡Son todos unos hijos de perra! —aulló Silas—. ¿Quién demonios se creen que son?
—Se ha establecido un alojamiento temporal montaña abajo hasta que se construyan las casas donde vamos a reubicarlos —dijo el señor Clancy—. Estamos aquí para llevar sus pertenencias, es gratis.
—¡No voy a ir a ninguna parte! ¡Tendrán que dispararme primero!
Junto al furgón policial, el ayudante del sheriff sacó un rifle del asiento delantero, se agachó junto a otro camión y se acercó a Silas desde atrás.
Lena pensó en gritarle una advertencia, pero, si Silas se daba la vuelta y disparaba al ayudante, lo matarían o lo encerrarían en prisión para el resto de sus días.
Y quizá también la arrestaran a ella. O la enviarían a la Colonia.
Todo lo que podía hacer era mirar y rezar.
—Te lo advierto por última vez, Silas —dijo el sheriff Dixon—. Tira el arma. Esto va a pasar tanto si te gusta como si no. El Gobierno dice que tienes que desalojar tu casa y no puedes hacer nada. No hace falta que nadie resulte herido.
El señor Clancy hizo un gesto para que los hombres se dirigieran a la casa.
—Empiecen a cargar.
Los hombres subieron los escalones del porche y entraron.
—¡Salgan de mi maldita casa o disparo! —Silas amartilló el rifle y siguió apuntando al sheriff con el rostro desfigurado de rabia.
—¡Silas, por favor! —gritó Lena—. ¡Haga lo que le dicen!
—No sigas con esto, Silas —le aconsejó el sheriff —. Cálmate o acabarás en la cárcel o algo peor.
—Valdrá la pena si os veo morir a ti y a ese pedazo de mierda —dijo Silas, que señaló a Pollock con un movimiento del rifle.
Pollock echó a correr hacia el furgón policial y se escondió tras él.
Cuando dos hombres salieron de la casa cargando con la mesa de la cocina, Silas los apuntó con su rifle—. ¡Déjenla donde estaba!
Dos hombres más aparecieron con sillas y Silas disparó al aire. Todos se agacharon. El ayudante salió corriendo desde detrás de un camión y presionó la boca de su rifle contra la espalda de Silas. El sheriff avanzó con su pistola apuntándole a la cabeza.
—¡Baja el arma! —le ordenó.
Silas fulminó al sheriff con una mirada de rabia, pero se enderezó y bajó el rifle.
El ayudante se lo arrancó de la mano, lo lanzó hacia un lado y sujetó al hombre por un brazo.
El sheriff Dixon se movió con rapidez, enfundó la pistola y le sujetó el otro brazo.
Juntos intentaron llevárselos a la espalda, pero les costó un buen esfuerzo.
Silas se retorcía con el rostro contraído de furia.
—¡Soltadme! —gritaba.
—¡Estás detenido! —le gritó el sheriff a su vez.
El ayudante y él mismo intentaron tirar al suelo a Silas, pero era como intentar demoler una montaña.
Dos de los hombres de la mudanza bajaron del porche de un salto y corrieron a ayudar.
Los cuatro forcejearon hasta dejar a Silas de rodillas, pero se revolvió e intentó incorporarse. Tenía el rostro empapado de sudor.
—¡Déjenlo en paz! —gritaba Lena—. ¡Ha hecho lo que le pedían! ¡Ha soltado el arma!
—Manténgase fuera de esto —le advirtió el sheriff Dixon— o la llevaré de vuelta a la Colonia.
Lena dio un paso atrás cuando el terror la golpeó de lleno.
Como a Silas lo detenían y lo desahuciaban de su hogar, ella no tenía ningún sitio donde vivir, lo cual quería decir que el sheriff bien podía volver a encerrarla allí.
Daba igual lo difícil que resultara no hacer nada, no podía intervenir.
Un tercer hombre de la mudanza se acercó para ayudar con Silas y entre los cinco lo tiraron al suelo; para eso tuvieron que subírsele a la espalda y derribarlo.
Silas se retorcía y gruñía debajo de ellos, pero consiguieron sujetarlo.
Cuando el sheriff Dixon y su ayudante le hubieron colocado las esposas en las muñecas, Pollock salió de su escondite para mirar.
El ayudante se dirigió deprisa al furgón policial, abrió la puerta trasera y sacó un rollo de cuerda.
Los otros hombres pusieron a Silas de pie a tirones y lo arrastraron hacia un pino grande.
Tenía el rostro abotargado y seguía gruñendo con fiereza.
Lena los siguió, desesperada; rezaba para ser capaz de convencer a Silas de que cooperase.
Los hombres lo sentaron contra el árbol, lo ataron al tronco enrollándole la cuerda alrededor del pecho jadeante varias veces y aseguraron bien el nudo.
Cuando por fin Silas estuvo inmovilizado, los hombres se retiraron.
Todos jadeaban y se enjugaban el rostro, sudorosos.
Pollock se acercó más a Silas con una mueca en el rostro.
—Parece que tendría que haber aceptado mi oferta.
Silas se retorcía y se revolvía contra la cuerda mientras lo miraba con ojos asesinos e inyectados en sangre.
—¡Te voy a matar, malnacido! —bramó.
—Eso será muy difícil, teniendo en cuenta el lugar al que te diriges —intervino el sheriff Dixon.
Pollock y él volvieron a la casa para hablar con el señor Clancy. De vez en cuando miraban por encima del hombro para asegurarse de que Silas seguía atado. Los demás hombres los siguieron.
Lena se arrodilló junto a Silas.
—Lo siento. Pero, por favor, haga lo que le dicen para que no lo metan en la cárcel.
—¡Voy a matarlos a todos!
—Entonces nunca volverá a ver a Bonnie ni a Jack Henry.
Él le dedicó una mirada torturada, oscurecida por la dureza del sarcasmo y la lástima.
—Eso ya no importa. Ninguno de los dos vamos a volver a ver a nuestros niños.
Lena sacudió la cabeza.
—No diga eso. No puedo rendirme. Encontraremos a alguien que nos ayude. Pero no puedo hacerlo sola.
Miró hacia la casa para ocultar sus lágrimas de frustración.
No permitiría que Silas le arrebatara la poca esperanza que le quedaba.
Al mismo tiempo, una corriente helada de miedo le recorrió el pecho.
En lo más profundo del alma sabía que, con toda probabilidad, él tenía razón, pero oírselo decir le daba ganas de vomitar.
Mientras el establo continuaba ardiendo y un humo negro oscurecía el cielo, lo que parecía ser un ejército de hombres entraba y salía del hogar de los Wolfe.
Sacaron el sofá y el aparador de la cocina, las cómodas y las camas, las sillas y las mesitas, la máquina de coser y la lavadora…
Todo lo cargaron en los camiones y en el remolque.
Silas observaba con agonía, aullando y esforzándose por soltarse.
Asombrada e indefensa, Lena quería gritarles a los hombres, exigirles que lo pusieran todo en su sitio y que dejasen la casa en paz.
Ansiaba decirles que Silas y ella tenían que quedarse por si los niños volvían.
Pero sería inútil. Solo obedecían órdenes.
Cuando dos hombres bajaron la cuna de Ella por los escalones del porche, se acercó corriendo y los detuvo el tiempo suficiente para recoger a Poppy y la mantita suave.
Se las apretó contra una mejilla y siguió a los hombres hasta el camión.
—Por favor, no se la lleven —suplicó—. Mi hija necesita su camita.
Los hombres no le hicieron ningún caso e izaron la cuna al camión, donde la dejaron en equilibrio precario sobre los brazos de una mecedora, antes de volver a dirigirse a la casa. A medio camino, uno de ellos se detuvo y se dirigió a ella.
—Perdone, señora. Sé que está muy disgustada, pero, si quiere algo más de la casa, más le vale que lo recoja ahora. Ya casi hemos terminado de sacar los muebles.
Lena se lo quedó mirando. De pronto se había quedado con la mente en blanco. Todo estaba sucediendo demasiado rápido.
—¡Señora! —insistió el hombre—. ¿Me ha oído? No nos vamos a llevar los cuadros ni las jarras ni esas cosas, de modo que si quiere esos objetos tiene que recogerlos ahora. Podría ser buena idea que se lleve ollas y sartenes también.
Lena parpadeó como si estuviera saliendo de un trance y entonces asintió.