Las mentiras que nos contaron Capítulo 26
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Capítulo 26

T ras una noche inquieta plagada de pesadillas y sudores fríos, Lena se envolvió en una manta, bajó las escaleras y encendió el fuego de la hornilla.

No veía a Silas por ninguna parte y su camión tampoco estaba, lo que significaba que tendría tiempo de quemar sus prendas andrajosas y calentar ollas de agua para el baño.

Mientras esperaba a que el agua hirviera, volvió a subir para ponerse un vestido muy raído, arrastró la bañera de madera hasta la cocina, amontonó los platos sucios sobre la encimera, recogió los tarros de conservas vacíos y tiró la comida podrida.

Cuando el agua estuvo lista, se frotó el cabello y el cuerpo hasta casi arrancarse la piel, y luego se puso un vestido limpio.

Después de lavar una sartén y un cuenco, hizo tortitas de alforfón y se las comió en el porche.

No era que tuviese hambre, pues cómo podría disfrutar de la comida cuando su niñita estaba desaparecida, pero necesitaba recuperar las fuerzas si esperaba encontrarla alguna vez.

Cuando se terminó las tortitas y una taza de café bien cargado, disfrutó del aire fresco unos instantes y luego, a pesar de que estaba más cansada de lo que había estado en su vida, se puso a trabajar: limpió la cocina, lavó los platos, fregó el suelo, ordenó la despensa y frotó la mesa y la encimera hasta que quedaron relucientes.

Abrió las ventanas, lavó una pila de ropa de Silas y la tendió para que se secara, cocinó unas manzanas que estaban a punto de echarse a perder e hizo una olla de sopa de patatas.

Agradecida por el trabajo mecánico que no la dejaba pensar, hizo todo lo posible por dejar de lado la debilidad del cuerpo y los derroteros oscuros de la mente.

Aun así, a veces los pensamientos siniestros casi la hacían caer de rodillas; su pena era tan apabullante que se preguntaba cómo iba a sobrevivir.

Ya entrada la tarde, Silas entró en la casa trastabillando y se derrumbó sobre el sofá. Volvía a estar borracho. Consiguió que se comiera un tazón de sopa, pero se negó a hablar.

Durante los días siguientes, repitieron los mismos patrones: Silas desaparecía durante horas y volvía a casa hediendo a aguardiente y a desesperación; Lena lloraba hasta quedarse dormida todas las noches para luego trabajar desde que amanecía hasta que se ponía el sol.

Además de intentar pensar cómo tendrían que empezar la búsqueda y de devolver la casa a su estado anterior, hizo inventario de la despensa y la fresquera: diez kilos de harina, dos kilos de harina de maíz; medio kilo de beicon, un tarro de manteca de cerdo; dos docenas de huevos; gran cantidad de leche y mantequilla; y, en el agujero de las patatas situado debajo de la casa, los muchos tarros de provisiones que Bonnie y ella habían colocado allí unos meses antes.

En el huerto, la calabaza de invierno parecía estar a punto para la cosecha y las últimas patatas seguían bajo tierra.

Además de tener la casa limpia, tenía que asegurarse de que hubiese mucha comida para los niños.

De otro modo, ¿qué sentido tenía proseguir?

Cada noche convencía a Silas para que comiera algo y, mientras él dormía, le sustituía parte del aguardiente por agua y angostura de cerezas salvajes.

En una ocasión incluso lo convenció para que se diera un baño.

Cuando llegara el momento más oportuno, le contaría su plan; le contaría cómo, juntos, conducirían montaña abajo hasta la ciudad más cercana para denunciar ante las autoridades que les habían robado a sus hijos.

Si nadie los ayudaba, pasarían a la siguiente ciudad, y a la siguiente, y así hasta que encontrasen a alguien que quisiera ayudarlos.

Pero primero tenía que conseguir que Silas dejara de beber tanto.

Y, si él se negaba a llevarla consigo, se las apañaría para conducir el camión e irse sola.

Una semana después de su salida de la Colonia, mientras acarreaba una cesta con las calabazas recién recogidas para almacenarlas en el agujero de las patatas, le llegó el rugido de un motor que se aproximaba a la parte delantera de la casa.

Al principio pensó que sería Silas, que llegaba temprano por una vez; tal vez al fin hubiera atendido sus súplicas y estuviese preparado para buscar a los niños.

Pero entonces se dio cuenta de que el motor sonaba demasiado fuerte para ser el de su camión.

Y parecía como si hubiese más de un vehículo.

Dejó las calabazas, corrió hacia la ventana delantera y apartó la cortina para mirar fuera.

Un enorme camión con remolque subía por el camino, seguido de otros cuatro camiones y el furgón policial del sheriff Dixon.

Soltó la cortina y se pegó a la pared con el corazón latiendo a lo loco.

El rifle seguía colgado sobre la chimenea, pero, si empuñaba un arma contra el sheriff , volverían a enviarla a la Colonia.

Fuera, los camiones se detuvieron con un rechinar de frenos. Portezuelas pesadas se abrieron y se cerraron. Sonaron pasos en los peldaños del porche. Alguien llamaba a la puerta principal.

—Señor Wolfe —gritó un hombre—. Soy el señor Doug Clancy. Hemos venido a desalojarlo.

Lena se tapó la boca con la mano y se tragó un gemido.

Silas había dicho que ese día llegaría. Pero no podían marcharse.

Cuando encontraran a Ella, a Bonnie y a Jack Henry, si los encontraban, tenían que llevarlos de vuelta allí, donde tendrían todo lo que necesitaban.

Y, si soltaban a los niños o si estos se escapaban de su nueva familia, ¿cómo iban a encontrarlos a ella y a Silas?

Recorrió con la mirada toda la cabaña, aterrorizada, mientras intentaba pensar qué hacer.

¿Sería mejor huir por la puerta de atrás y esconderse, o decirle al hombre que Silas no estaba en casa?

—¿Señor Wolfe? —volvió a gritar el señor Clancy—. ¡Abra! —El picaporte traqueteó—. Me temo que no puede hacer nada para evitar que suceda esto. Esta propiedad pertenece ahora al Gobierno y tengo permiso para derribar la puerta si hiciera falta. De verdad que no queremos que la situación empeore.

Lena se acercó a la puerta con piernas temblorosas. Si iban a derribarla, bien podía dejarlos entrar. Abrió la puerta a medias y se asomó.

—El señor Wolfe no está aquí —dijo.

El señor Clancy, que vestía un traje abrigado y un sombrero negro, la examinó con una mano en la cintura.

—¿Y quién es usted?

Detrás de él, junto a los vehículos, había una docena de hombres acompañados del sheriff Dixon y de George Pollock.

Lena maldijo entre dientes. Hubiese sido mejor huir por la puerta trasera. Tendría que haberse escondido en el agujero de las patatas…, cualquier cosa con tal de evitar a George Pollock.

—Yo… yo soy Lena Conti. Trabajo aquí. Y vivo aquí.

—Lo siento, señorita —dijo el señor Clancy—. Pero me temo que ya no vive aquí. Por favor, recoja sus pertenencias y salga de la casa.

Salió al porche y cerró la puerta tras ella.

—Por favor, espere a que regrese el señor Wolfe. Volverá pronto.

El señor Clancy negó con la cabeza.

—Me temo que tenemos que empezar ya. Si es verdad que al señor Wolfe se le espera pronto, todavía estaremos aquí. Y ahora, si hace el favor, recoja todo lo que sea importante para usted mientras tiene la oportunidad.

Horrorizada, observó cómo varios hombres, dos de ellos con garrafas de queroseno, corrían hacia el establo y entraban en él. Tres más se dirigieron hacia los cobertizos.

Sacudió la cabeza. Sentía un nudo enorme en la garganta.

—No pueden hacer esto. No está bien. Este es el hogar de Silas. Es el hogar de sus hijos. Ha pertenecido a su familia durante años. No pueden llegar y quitárselo.

Los hombres abrieron la puerta del establo y sacaron un carromato. Sacaron también bridas y monturas, horcas y cubos, y lo lanzaron todo dentro del carromato. Uno de ellos guio a la vaca que quedaba y al Viejo Sal lejos del establo y los ató a un árbol.

—¿Qué están haciendo? —gritó Lena—. ¡No pueden llevárselo todo!

Antes de que el señor Clancy pudiera responder, Silas llegó en el camión a toda velocidad.

Las ruedas traseras dejaban una estela de polvo y gravilla.

Se detuvo bruscamente junto al camión con remolque y se bajó como pudo del vehículo con los ojos inyectados en sangre y el cabello alborotado.

Metió la mano en el camión y sacó un rifle.

A continuación, se dirigió tambaleante hacia George Pollock.

El sheriff Dixon desenfundó su revólver, apuntó a Silas y se dirigió hacia él.

—¡Silas, no! —gritó Lena.

Un parpadeo rojo le llamó la atención y miró hacia el establo.

El fuego reptaba por un lateral de la puerta principal y lamía una ventana; los troncos resecos habían estallado en llamas.

Los hombres salieron corriendo al patio y comenzaron a empujar el carromato hacia los camiones.

Silas levantó el rifle y apuntó a los hombres que tenía más cerca.

—¡Lárguense de mis tierras o les dispararé a todos y cada uno de ustedes! —gritó. Arrastraba las palabras.

—¡No, no lo harás, Silas! —gritó el sheriff Dixon—. Estás borracho como una cuba. ¡Ahora baja el arma antes de que hagas algo que puedas lamentar!

Silas apuntó al sheriff con su rifle.

—¿Se piensan que me pueden quitar a mis hijos y mi casa? ¡Los mataré antes de dejar que eso suceda!

Lena bajó corriendo los escalones y corrió hacia ellos. Se detuvo a una distancia prudente.

—¡Silas, deténgase! —gritó—. ¿Recuerda lo que le dijo a Jack Henry sobre las armas?

Él no le hizo caso.

El fuego del establo crujía y chisporroteaba, y llenaba el aire con el olor a madera quemada y heno chamuscado. Junto a los cobertizos, los hombres estaban sacando herramientas y palas y cubos y maquinaria, y lo cargaban todo en la parte de atrás de los camiones más pequeños.

—¡Devuélvanme mis cosas, ladrones inútiles! —gritó Silas.

—No estamos aquí para robar sus pertenencias, señor Wolfe —replicó el señor Clancy—. El estado nos envía para ayudarle a usted a recogerlas. No queremos problemas.