Capítulo 25
D esde el asiento trasero del taxi, que avanzaba renqueante, Lena inundaba el vehículo del hedor de la Colonia que le despedían la ropa y el pelo.
Había abierto la ventanilla para que entrarse aire fresco, pero el viento era frío y el conductor le gritó que la cerrara.
Iba sentada muy erguida para distinguir por el parabrisas la casa de Silas.
Rezaba para ver a Jack Henry metiendo las vacas en el establo o a Bonnie tendiendo la colada.
El camión de Silas estaba aparcado en el camino de entrada, pero no había ninguna niña rubia y delgada trabajando en el huerto o en el patio.
No había ningún niño alto y desgarbado metiendo a un trío de vacas en el establo.
Ninguna gallina buscaba gusanos entre la hierba ni picoteaba el terreno debajo de los manzanos. El lugar parecía desierto.
Intentó controlar el pánico. Se dijo que estarían dentro de la casa, cenando o haciendo tareas domésticas. Pero sabía que se engañaba. El sheriff se había llevado a Bonnie y a Jack Henry el mismo día nefasto en el que se llevó a Ella. Y los habían «redistribuido» con familias más «adecuadas».
Entonces otro pensamiento le pasó por la mente y un temor repentino la dominó con tanta fuerza que la dejó sin aliento.
Silas podría culparla por lo que había pasado.
Podría negarse a acogerla en su casa. Podría decirle al taxista que la llevara de vuelta a la Colonia.
No, no permitiría que sucediera eso. Conseguiría que le prestase atención y la entendiera.
Y, de todos modos, él no tenía ni idea de dónde había estado ella.
Al menos, esperaba que fuese así. Porque ¿y si hubiera averiguado que ella estaba en la Colonia y la hubiese dejado allí para castigarla por dejar que el sheriff se llevara a sus hijos?
El taxi se detuvo junto al camión de Silas.
Lena se tragó el sabor amargo que sentía en la garganta, se deslizó por el asiento y salió del vehículo.
Cerró la portezuela y emprendió el camino hacia la casa por la hierba escarchada.
El corazón le latía fuerte. Cuando el taxista arrancó el motor y se alejó, Silas salió de la casa, descalzo y con un mono de trabajo asqueroso, con el rifle en la mano.
Llevaba el pelo y la barba sin lavar, estaba muy desaliñado y tenía los ojos inyectados en sangre.
Parecía llevar semanas sin bañarse. Se tambaleó hasta el borde del porche, levantó el rifle y apuntó a Lena.
—¿Quién va? —gritó.
Ella se detuvo.
—¡Soy yo! ¡Soy Lena! —gritó.
—¿Quién?
—Lena Conti. Trabajaba para usted, ¿no se acuerda?
—¿Dónde están mis pequeños? —Chapurreaba las palabras.
Volvió a darle un vuelco el estómago. No había encontrado a Bonnie ni a Jack Henry. Y era evidente que había estado bebiendo.
—Yo… yo no sé dónde están. Esperaba que estuvieran aquí con usted.
—¿Qué quieres? —bramó.
—No quiero nada. Dijeron que podía volver a trabajar para usted.
—¿Quiénes lo dijeron?
—Los médicos de la Colonia de Virginia. Es ahí donde he estado. No me dejaban salir.
Silas bajó el rifle con una chispa de esperanza ansiosa en sus ojos siempre severos.
—¿Fue ahí donde se llevaron a mi Bonnie y a mi Jack Henry?
Ella negó con la cabeza.
—No. No sé a dónde se los llevaron.
Silas volvió a ensombrecer el gesto. Se tambaleaba de un lado al otro como si lo hubieran golpeado. Por un instante, Lena pensó que iba a dejar caer el arma o a desplomarse.
—He estado buscándolos —contó con voz llorosa—. Pero no consigo encontrarlos. Dijeron que no era un buen padre. Pero cuidaba de mis hijos lo mejor que sabía.
Lena sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Verlo tan roto le encogía el corazón todavía más. Si él había perdido toda esperanza, ¿cómo iba ella a mantener la suya?
—Yo tampoco sé dónde está mi hija. —Consideró hablarle de Miriam Sizer y Penélope Rodgers, de cómo entregaban a los niños a otras familias, pero decidió esperar hasta que estuviera sobrio.
Se enjugó las mejillas y se acercó a las escaleras del porche—.
Por favor, perdóneme, Silas. Intenté evitar que Pollock y el sheriff se llevaran a los niños, pero no pude hacer nada.
Bajó a trompicones los escalones y la asió del brazo.
—¿A dónde se llevaron a Bonnie y a Jack Henry esos malnacidos? ¿Te dijeron lo que iban a hacer con ellos?
Lena sintió en el rostro el olor agrio a whisky y sudor. Negó con la cabeza con gesto compungido.
—No, no me dijeron nada.
Silas le soltó el brazo y se dejó caer en los escalones. Se sentía derrotado.
—Fui a ese complejo pretencioso que pertenece a Pollock.
Lo puse contra la pared y traté de obligarlo a decirme lo que habían hecho con mis niños.
Me metieron en la cárcel durante tres semanas.
Cuando volví a casa, el ganado había muerto y el gallinero estaba vacío.
Virgilio y Judd vinieron y consiguieron salvar a una de las vacas y al Viejo Sal , pero fue demasiado tarde para el resto.
«Oh, cielos. Los animales también».
—Lo siento. Es culpa mía.
—Supongo que ya no importa. Ya no tengo bocas que alimentar. —Se levantó, se tambaleó, encontró el equilibrio y volvió a subir a trompicones los peldaños—. Y tampoco tengo trabajo para ti —dijo por encima del hombro.
—Pero no tengo ningún otro lugar al que ir.
Se volvió a mirarla desde el porche.
—Me da igual que te quedes o te vayas. Están decididos a quitármelo todo, sea como fuere.
—Pero hay que seguir buscando a los niños.
Él soltó una risa despectiva y se dirigió hacia la puerta.
—Nadie ha encontrado todavía a sus hijos.
Esas palabras le provocaron un escalofrío.
Respiró hondo y cerró los ojos un momento para aferrarse, desesperada, al poco optimismo que le quedaba.
Quería gritarle; quería decirle que no podía rendirse con tanta facilidad, que no importaba lo que les hubiera pasado a otras personas.
Bonnie, Jack Henry y Ella estaban en alguna parte esperando volver a casa.
Pero estaba borracho. Regañarlo no sería buena idea.
Al mismo tiempo, una parte de su ser, por pequeña que fuese y por asqueada que se sintiera, sabía que tenía razón.
No tenían a nadie de su lado. Y a ella le habían prohibido que buscara a su hija y la habían amenazado con devolverla a la Colonia.
Pero no se iba a permitir rendirse, sobre todo cuando había regresado a Wolfe Hollow.
Decidida a no dejar que Silas la desanimara, subió los escalones y lo siguió dentro de la casa.
Al menos tendría un techo familiar sobre la cabeza y comida en abundancia mientras decidía qué hacer a continuación.
En ese momento necesitaba un baño caliente, comida sana y una buena noche de descanso.
Quizá cuando ya no estuviera borracho Silas la escucharía y, juntos, se les ocurriría algún plan.
Al cruzar la puerta se detuvo, asombrada por lo que vio.
Platos sucios, tazas manchadas y cubiertos usados llenaban el fregadero y la mesa.
Ollas con restos de sopa y sartenes grasientas se acumulaban sobre la hornilla.
Tarros de conservas vacíos abarrotaban la encimera y el suelo.
Las cenizas se derramaban desde la chimenea.
Volvió a sentir el ardor de las lágrimas.
Silas se había rendido por completo. Y ella entendía por qué.
Pero los niños no podían vivir entre tanta suciedad.
Había que tener la casa lista para su regreso.
Mientras permanecía asombrada en el umbral, él se dejó caer sobre el sofá con el rifle sobre el regazo, alargó el brazo hacia una jarra de aguardiente y le dio un trago largo.
De repente, Lena sintió que el cuerpo le pesaba una tonelada.
Ansiaba dormir como una persona perdida en el desierto ansía beber agua.
Ahora que estaba a salvo, anhelaba el escape que le proporcionaría el sueño, al menos el tiempo suficiente para concederles a su vapuleado corazón y a su mente un breve respiro.
Incluso la idea de calentar el agua para el baño le parecía insuperable. Y ya lidiaría con la casa después.
Se dirigió hacia las escaleras, desesperada por encontrar una cama caliente y mullida, segura de que se movía a con una lentitud antinatural.
Entonces un destello amarillo debajo de la mesa de la cocina le llamó la atención y se detuvo.
Era Poppy, la muñeca de trapo que Bonnie le había regalado a Ella.
La pena cruel volvió a sobrecogerla. ¿Cómo iba a seguir adelante sin su hijita?
Pasó a la cocina sosteniéndose sobre unas piernas que sentía como piedras, se puso de rodillas y sacó la muñeca de trapo de debajo de la mesa.
Poppy tenía enredado el cabello de lana amarilla y un rastro de suciedad en la frente.
Lena le limpió la la cara y le desenredó el pelo.
Con gran esfuerzo, se puso de pie con la muñeca apretada contra el pecho y subió las escaleras.
Cuando abrió la puerta de su alcoba y vio la cuna vacía de Ella, se sujetó al marco de la puerta para no derrumbarse.
Al cabo de un instante, una vez pudo volver a confiar en sus piernas, dejó a Poppy en la cuna y se quedó mirando la mantita suave que Ella se sujetaba contra la mejilla mientras se quedaba dormida.
Era demasiado. Se cubrió el rostro con manos como garras.
Su boca era una mueca de agonía. «No puede haber desaparecido.
¡No puede ser! ¡Mi niña no!». Cayó de rodillas, derrotada, y se rindió al llanto.
Tendría que haberse llevado un rifle al establo el día que Penélope Rodgers apareció.
Tendría que haberles hecho caso a Bonnie y a Jack Henry, y haberla ahuyentado sin responder a ninguna de sus preguntas.
Tendría que haber abandonado Wolfe Hollow después de que George Pollock apareciera para pedirle que trabajara para él.
O quizá tendría que haber aceptado mudarse con él; o haber agarrado sus cosas y a Ella, y haberse marchado con él en ese preciso instante.
Aun cuando hubiese mentido acerca de su necesidad de una ama de llaves, al menos seguiría teniendo a Ella.
Al menos seguirían juntas. Cualquier cosa, incluso recibir a Pollock en su cama, habría sido mejor que perder a su hija.
Ningún dolor que él pudiese haberle infligido habría sido peor que vivir sin su pequeña, aun cuando la hubiera enviado a la Colonia primero para que la esterilizasen.
Era culpa suya. Por su culpa se habían llevado a Ella.
Por su culpa podría ser que no volviera a verla nunca más.
Por su culpa también se habían llevado a Bonnie y a Jack Henry.
Tras unos minutos de sollozos angustiados, se levantó, se quitó la ropa sucia y la tiró al suelo.
La fortaleza que la había ayudado a superar los últimos meses en la Colonia la había convertido en un cascarón vacío.
¿Cómo conseguía su corazón seguir latiendo?
¿Cómo era que sus pulmones seguían respirando aire?
Se acurrucó en la cama y rezó para que se le acallara la mente y pudiera abandonarse al sueño.
Ya averiguaría qué hacer al día siguiente.