Capítulo 24
T odo lo que se veía por la ventana enrejada del pabellón del tercer piso de la Colonia del Estado de Virginia para Epilépticos y Deficientes Mentales parecía frío y húmedo: los árboles y las aceras, la hierba y la calle.
El suelo estaba cubierto de hojas. Nubes bajas y ominosas pintaban de gris la mañana y ocultaban las montañas lejanas.
Si los cálculos de Lena eran correctos, llevaba más de dos meses prisionera en la Colonia y había sido testigo de cómo los días templados de septiembre daban paso a los grises de finales de octubre y principios de noviembre.
Wolfe Hollow parecía estar a un millón de kilómetros de distancia, al igual que todo y todos los asociados con el lugar: Silas, Bonnie, Jack Henry.
Ella.
«La querida y dulce Ella».
Nunca olvidaría los últimos segundos que había podido abrazar a Ella, el pánico en los ojos de su hijita, su llanto aterrorizado cuando Miriam se la llevó consigo.
Se preguntaba cómo podría sobrevivir sin ella.
Tras perder a su padre, verse separada de su familia y saber que Mutti había muerto, Lena pensaba que ya conocía la pena.
Pero nada podría haberla preparado para la tortura insuperable de perder a su hija.
Era verdad que Ella estaba viva, pero la esperanza de volver a verla disminuía con cada día que pasaba.
Susurraba el nombre de Ella y se imaginaba su carita dulce mil veces cada hora.
Los grilletes negros de la pena le apretaban el pecho con tanta fuerza que sentía que el corazón se le rompería en pedazos.
El futuro se le presentaba vacío. Estaba destinada a perder a todas las personas que le importaban; estaba destinada a verse separada de todas las personas a las que más quería; y, si alguna vez conseguía salir de ese lugar, estaba destinada a pasar el resto de sus días buscando a su hija.
Intentaba ocultarlo, pero le daban llantinas tres o cuatro veces al día.
La sensación de estar atrapada dentro de una pesadilla continuaba hasta el infinito.
Caminaba, hablaba, se ocupaba de las tareas que le habían asignado…
, pero siempre se sentía desconectada, como si todo estuviera sucediendo en la distancia.
Solo colocaba un pie delante del otro para mantenerse viva por si acaso volvía a ver a su hija alguna vez.
Todos los días pedía ver al doctor Bell.
Todos los días las enfermeras le decían que no.
Estaba empezando a preguntarse si no la habrían engañado para que aceptase la operación.
Pero ¿para qué operarla si no iban a permitirle salir nunca?
Y si la liberasen, ¿qué se encontraría al volver a Wolfe Hollow?
¿Estarían Bonnie y Jack Henry allí, habría obrado Silas el milagro de rescatarlos?
¿Habría encontrado a Ella también? ¿O acaso Silas se habría ido y se encontraría la casa y el establo vacíos?
¿Y qué pasaba con Teensy, Judd y sus hijas?
¿Y Betty Lee Blanchard y Sandy Craig y Nellie McCauley?
Si los hubieran expulsado a todos de su hogar y de sus tierras, ¿dónde podría ir ella?
¿Cómo encontraría a su hija si no tenía donde vivir ni nadie que la ayudara?
Sentada en el borde de su colchón sucio, se estremeció y se abrazó para entrar en calor.
Como siempre, el radiador no era más que un bloque de hierro frío situado bajo el alféizar que se caía a pedazos.
Según la enfermera Irene, era demasiado pronto para encender la calefacción, aun cuando la sala, con aquel techo tan alto, se quedaba helada de noche y algunas de las mujeres habían recurrido a compartir la cama y abrazarse para darse calor.
A pesar del ambiente otoñal, parecía que fuera hacía menos frío que dentro del edificio.
Se levantó y se acercó a la ventana enrejada; ansiaba poder abrirla y dejar que entrase aire fresco.
Quería, necesitaba, que el aroma intenso de la tierra y de la hierba mojada le llenara los pulmones para expulsar los olores repugnantes a moho y a desinfectante, a orina y a sudor, a infección y a enfermedad.
Apoyó las manos sobre el cristal helado, cerró los ojos e intentó recordar el calor del sol.
Cuando oyó que la puerta del pabellón se abría, abrió a su vez los ojos y se dio la vuelta.
La enfermera Irene entró en la sala y cerró la puerta con llave tras ella.
Una paciente se acercó corriendo y le dijo algo mientras gesticulaba furiosa; la enfermera Irene negó con la cabeza y la ahuyentó antes de seguir avanzando.
Otra mujer se apresuró a acercarse, le tiró de la manga y le mostró unas señales que tenía en un brazo.
—Es solo un arañazo —dijo la enfermera Irene—. Te pondrás bien.
Entonces se dirigió hacia Lena.
El recelo le recorrió la piel con una sensación fría como el hielo. Reticente e incapaz de esperar a ver qué iba a decirle la enfermera, se alejó de la ventana y le salió al encuentro.
—Es la hora —dijo la enfermera Irene.
—¿La hora de qué?
—De que le den el alta.
Se le aceleró la respiración. ¡Por fin el doctor Bell iba a permitirle marcharse!
—Van a concederle la libertad condicional —dijo la enfermera Irene.
La recorrió una descarga de pánico.
—¿Eso qué significa? Pensaba que iban a dejar que me fuese.
—Así es, señorita Conti. Pero la estaremos controlando. George Pollock hizo pesquisas para ver si usted podía trabajar para él, pero…
—¡No! —la interrumpió Lena—. No pueden enviarme a trabajar para él. ¡No iré allí!
La enfermera Irene frunció el ceño.
—Déjeme terminar, señorita Conti.
Lena negó con la cabeza.
—¡No trabajaré para George Pollock!
Irritada, la enfermera Irene soltó un suspiro largo y audible.
—¿Le doy algo para que se calme o va a dejarme hablar?
Lena intentó encontrar las palabras. Apenas podía juntar dos pensamientos coherentes.
—Yo…, adelante.
—Como estaba intentando decirle —prosiguió la enfermera Irene—, el doctor Bell cree que el señor Pollock ya tiene suficiente servicio, con todo eso de su complejo residencial Skyland, de modo que no vamos a enviarla a trabajar para él.
Por ahora, se le permite regresar a la residencia de Silas Wolfe.
Abrumada por el alivio, casi perdió el equilibrio por lo mucho que le temblaban las rodillas.
Se aferró al cabecero de la cama más cercana para evitar caerse.
Iban a enviarla de vuelta a Wolfe Hollow.
Silas habría ido en busca de sus hijos, quizá los hubiera encontrado ya.
Y sin duda la ayudaría a buscar a Ella. Tenía que creer que todo eso era cierto.
—Pero, en primer lugar, usted ha de acceder a todas las condiciones para su liberación —continuó la enfermera Irene—.
Si descubrimos que ha sido promiscua o que se mete en un lío de cualquier clase, la readmitiremos en la Colonia, con toda probabilidad para el resto de su vida.
Y no se le permite intentar localizar a su hija de ninguna forma, ni acudiendo a la policía ni por otros medios. ¿Lo entiende?
Lena apretó la mandíbula. No tenían derecho a controlar lo que hacía después de que la liberasen, porque, para empezar, no habían tenido derecho a ingresarla allí.
Y sin duda no tenían derecho a evitar que buscara a su hija.
Pero decir todo eso no la ayudaría. Demasiado sobrecogida para hablar, solo asintió.
Si significaba que la dejaban libre, aceptaría cualquier cosa.
—Bien —dijo la enfermera Irene—. Cuando firme los documentos necesarios, llamaremos a un taxi para que la lleve.