Las mentiras que nos contaron Capítulo 23
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Capítulo 23

L os rayos de luz del sol se colaban entre los barrotes de las largas ventanas y rompían la penumbra de la sala de baldosas verdes para iluminar el suelo oscurecido por el moho.

Un grupo de mujeres se arracimaba cerca de una pared, estaban desnudas y llorosas, y no hacían más que gemir y mecerse mientras esperaban su turno para meterse dentro de una de las bañeras con patas de garras.

Tres mujeres se retorcían y gritaban en las bañeras; otras pacientes las sujetaban mientras las enfermeras les frotaban el cabello y el cuerpo.

Del agua de las bañeras no surgía vapor.

No había una humedad tibia en el ambiente.

El agua, la sala, el suelo…, todo estaba helado.

Lena, que temblaba de frío, estaba junto a una de las bañeras e intentaba prestar atención a lo que la enfermera Irene le estaba explicando.

—Cada paciente se baña una vez al mes.

Lena asintió para hacerle saber que había entendido.

Antes, cuando la enfermera Irene la había sacado del pabellón, Lena pensó que al fin iba a ser liberada. Pero en vez de dirigirse hacia el despacho del doctor Bell, se encaminaron en dirección opuesta, hacia otra parte del edificio.

—¿A dónde me lleva? —preguntó—. Han pasado diez días desde mi operación. El doctor Bell dijo que permitiría que me marchase.

—La llevo a que se lave —aclaró la enfermera Irene.

Un rayo de esperanza hizo que Lena aligerara el paso. Seguro que querían que se lavara antes de enviarla a casa. Se sentía impaciente por eliminarse toda la suciedad y la porquería de la piel.

—¿Y luego me dejarán irme?

—No, aún estoy esperando alguna comunicación del doctor Bell. Mientras tanto, necesitamos ayuda para bañar a las pacientes inferiores.

El estómago le dio un vuelco.

—Pero, si van a liberarme pronto, ¿por qué me asignan un trabajo?

La enfermera Irene se detuvo y la fulminó con la mirada.

—Si necesita tiempo para pensar si va o no va a hacer lo que se le ordena, puedo conducirla a la habitación ciega en vez de llevarla conmigo.

Lena negó con la cabeza.

—No, no necesito tiempo para pensarlo. Ayudaré.

En ese momento, en la bañera contigua, una enfermera usaba un cepillo de cerdas muy estropeado para restregarle el pecho y los brazos a una paciente a la que sujetaba una mujer fornida en camisón de dormir.

La mujer de la bañera, anciana y esquelética, tosía e intentaba respirar; se aferraba con manos como garras, cruzadas por venas azules, a un lateral de la bañera mientras intentaba mantenerse sentada.

Un lado de la cara se le desfiguró como si tuviera una comisura de la boca caída y puso los ojos en blanco. Parecía aterrorizada.

—¿Me oye? —preguntó la enfermera Irene.

Lena apartó la mirada de la anciana y asintió.

—Cada paciente se baña una vez al mes —repitió la enfermera—.

Cuando no hay jabón, nos las apañamos. Y nunca tenemos tiempo suficiente para hacer un trabajo concienzudo, de modo que es imprescindible meterlas y sacarlas de la bañera lo más rápido que podamos.

—Hizo ademán de dirigirse al otro lado de la sala—. Quédese aquí. Vuelvo enseguida.

Tras sacar a una mujer desnuda del grupo de pacientes, la arrastró hacia donde se encontraba Lena.

Otra enfermera, musculosa y de rostro antipático, levantó a la mujer y la metió en la bañera.

La mujer chilló e intentó salir, pero las manos se le resbalaron en la porcelana húmeda.

Se hundió en el agua y salió tosiendo y escupiendo.

—¡Sujétela! —le gritó la enfermera Irene a Lena.

Lena hizo lo que se le decía. Empujó a la mujer por los hombros, los tenía húmedos y resbaladizos. La sujetó por los brazos mientras intentaba hacer caso omiso de los tirones y las punzadas de la cicatriz reciente del vientre.

—Lo siento —le decía Lena a la mujer mientras la sujetaba—. Lo siento.

La enfermera forzuda le frotó el cabello y el rostro a la mujer con jabón de sosa. Trabajaba con rapidez. A continuación le lavó el cuello y el torso, apartando con brusquedad los pechos voluminosos de la mujer, antes de pasar a lavarle las axilas.

—¡Ábrele las piernas! —le gritó a Lena la enfermera fornida.

Lena aferró las rodillas de la mujer y las separó.

La enfermera metió la mano en el agua y le frotó entre las piernas.

Cuando hubo terminado, le vació cubos de agua helada sobre la cabeza y la puso en pie de un tirón.

Empapada, Lena se enjugó el rostro y tomó a la mujer del brazo para ayudarla a salir de la bañera.

—Lo siento —volvió a decir—. ¿Te encuentras bien?

La mujer temblaba muy fuerte y casi hiperventilaba. Le temblaba la cabeza sobre el cuello delgado. Miró a Lena y dijo con voz temblorosa y rasposa:

—Nadie me había hecho esa pregunta jamás. Me encuentro bien. Gracias.

Antes de que Lena pudiera responder, una enfermera se llevó a la mujer, la restregó de forma somera con una toalla húmeda y le dejó su ropa en las manos temblorosas. La enfermera Irene llevó a otra paciente y la enfermera forzuda la metió en la bañera.

—¡Sujétala! —le gritó a Lena.

Hizo lo que le decían.

Tras lo que le parecieron unos cien baños helados, cuando la última paciente ya estaba vestida, la enfermera se las llevó a todas de vuelta a sus pabellones.

Empapada y temblorosa, con el pelo mojado cayéndole sobre la cara y el cuello, Lena se apoyó en una pared para recuperar el aliento.

La enfermera Irene se cruzó de brazos y se la quedó mirando.

—Le toca —dijo. Señaló con la barbilla hacia las bañeras llenas de agua fría asquerosa.

Lena deseaba bañarse más que nada en el mundo, pero no se sentía con ganas de meterse en la bañera después de tantas otras, algunas de las cuales habían estado cubiertas de vómito y desechos humanos.

—¿Tendré que ayudar mañana también? ¿O va a soltarme el doctor Bell?

—Estará aquí mañana también.

—Entonces me bañaré la primera.

Se encaminó hacia la puerta y esperó a que la dejaran salir.