Las mentiras que nos contaron Capítulo 22 #3
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Capítulo 22 #3

La enfermera Irene la sujetó, la empujó de vuelta a la silla y la retuvo allí.

La mente de Lena clamaba por levantarse y marcharse, por apartar a la enfermera Irene de un empujón y escapar del edificio.

Pero no tenía las llaves para abrir las puertas cerradas, ni tampoco sabía qué camino tomar ni dónde esconderse.

La atraparían antes de que llegara al final del pasillo.

Y entonces volverían a drogarla, o algo peor.

Mientras intentaba no hiperventilar ni vomitar, buscó algo que decir para hacerles entender que estaba bien, que su único delito era una comprensión imperfecta del idioma inglés durante el interrogatorio, además de su negativa a mudarse con George Pollock.

Era necesario que entendieran que la estaban castigando por intentar proteger a su hija y a ella misma.

—Entiendo que se siente consternada —insistió el doctor Bell—, pero es todo por su bien.

—¿Por qué estamos perdiendo el tiempo en intentar razonar con una mujer tosca y de nula inteligencia?

—escupió el doctor Fischer—. Es imposible convencerla del valor de la operación de esterilización para su propia protección y la de la sociedad.

Es retrasada. Su coeficiente intelectual no llega a ochenta.

Es nuestro trabajo proteger a los demás de la amenaza de los deficientes mentales, que son antisociales de un modo permanente, con el consiguiente perjuicio para la sociedad, a la que todo eso le sale caro.

—Porque es el procedimiento —afirmó el doctor Bell.

—Si no hay otra opción —dijo el doctor Crampton—, podemos confinarla por no ser capaz de controlar sus nervios.

—¿Acepta la cirugía, señorita Conti? —preguntó el doctor Bell.

Lena sacudió la cabeza con tanto ímpetu que se hizo daño.

—No, no la acepto. No pueden hacerme esto. ¡No está bien!

—Si se niega —le advirtió el doctor Bell—, no tendremos más remedio que confinarla en la Colonia durante el resto de su vida.

Lena sintió que las entrañas se le disolvían.

Después de todo lo que había sufrido (la guerra, el hambre, la pobreza, la pérdida de su padre primero y de su madre después, la pérdida de su hija…), después de todo, ¿a eso se reducían las cosas?

¿A la posibilidad de quedar encerrada en ese lugar espantoso hasta el fin de sus días?

De pronto sintió que la sala daba vueltas y que las paredes se le cerraban alrededor.

La impresión, la agonía y la pena tiraban de ella hacia el abismo.

Tuvo que recurrir a todas sus fuerzas para no caerse de la silla y derrumbarse desmadejada en el suelo.

Cerró los ojos un instante para recuperar el equilibrio.

Cuando los volvió a abrir, Penélope y los médicos la miraban fijamente; esperaban con calma su respuesta.

Una respuesta que, a la larga, no significaría nada para ninguno de ellos.

—¿Cuál es su decisión, señorita Conti? —preguntó el doctor Bell—. Puedo practicarle la cirugía mañana mismo.

Lena se llevó las manos a la boca con la certeza de que acabaría vomitando.

No tenía otra opción. Que la liberasen de la Colonia era el único modo de poder encontrar a Ella.

Y si podía volver a abrazar a su hija, nada más importaba: ni una operación ni que la obligaran a abandonar toda esperanza de tener más hijos.

Bajó las manos, miró a los médicos y asintió con la vista nublada por las lágrimas.

—Estoy de acuerdo con la operación —dijo con voz estridente.

Por un momento se preguntó si no estaría perdiendo la cordura.

* * *

Lena se despertaba, dormitaba y volvía a despertarse.

Una y otra y otra vez. Era imposible distinguir la diferencia entre las pesadillas y la realidad.

Sentía el cuerpo amoratado y maltratado, los miembros pesados e inertes.

Estaba tumbada sobre un colchón duro y tenía una almohada fina bajo la cabeza.

Pero no tenía ni idea de dónde se encontraba.

Imágenes borrosas le pasaban por la mente: afilados instrumentos plateados, personas inclinadas sobre ella, alguien que le enjugaba la frente con un paño frío.

Parpadeó y se obligó a abrir los ojos. La luz la cegó.

Movió la cabeza. Una jarra de agua y un vaso sobre una mesita junto a ella.

Palabras musitadas y gemidos quedos llenaban el aire.

En algún lugar, una mujer lloraba. Una silueta oscura se cernía por allí cerca, una figura borrosa.

—¿Bonnie? —preguntó Lena.

Nadie respondió.

Y entonces se acordó.

Estaba en la Colonia.

La habían esterilizado.

Y no sabía dónde estaba Ella.

Se esforzó por incorporarse, se encogió de dolor y volvió a tumbarse. Sentía como si le hubieran clavado un puñal en el bajo vientre.

—Quédese quieta —le indicó una voz masculina—. Necesita descansar.

Poco a poco, la figura oscura se solidificó y pudo verla con claridad. Era el doctor Bell con una bata blanca y las manos a la espalda. La miraba desde toda su altura.

—El procedimiento fue como habíamos planeado —explicó—.

Hemos cortado una pulgada de cada una de sus trompas de Falopio.

Luego hemos ligado cada trompa y hemos cauterizado los extremos con ácido carboxílico seguido de alcohol.

Siempre y cuando siga las indicaciones que se le dan, su recuperación no debería plantear ningún problema.

Lena intentó hablar.

—Y después… —dijo con voz débil y rasposa—, ¿después me dejarán ir?

—Vamos a ver cómo evoluciona en los próximos días y ya veremos qué tal le va. ¿De acuerdo?

Lena empezó a preguntar cuánto tiempo había estado durmiendo, pues cada día que pasaba significaba que Ella se alejaba más, pero el doctor Bell dio media vuelta y salió de la habitación.