Capítulo 22 #2
Seis días después del examen médico, la enfermera Irene llevó por fin a Lena a ver al doctor Bell.
Cuando llamó a la puerta de su despacho, contuvo el aliento.
Después de hablar con Ethel apenas había dormido, pues tenía la certeza de que la encerrarían de por vida como a Silvia y a Jerilyn.
Si nunca volvía a ver a su hija, se moriría.
¿Y si a Ella, Bonnie y Jack Henry los criaban familias que los trataban como a esclavos?
¿Y si abusaban de ellos física o sexualmente?
Pero no. Su historia no terminaría así. Silas los encontraría, o bien ella quedaría libre para emprender la búsqueda.
Tal vez ocurriría un milagro y el doctor Bell estuviese a punto de disculparse y de decirle que había cometido un error.
Quizá fuera a decirle dónde encontrar a los niños.
Oyó voces amortiguadas al otro lado de la puerta y un rayo de esperanza le brotó en el pecho. Podía ser Ella, Bonnie y Jack Henry estuvieran esperándola en el despacho. O que Silas hubiese ido a rescatarla.
Entonces la enfermera Irene abrió la puerta y Lena se quedó paralizada.
Penélope Rodgers, de la Universidad Sweet Briar, con un abrigo impoluto y una camisa blanca almidonada, estaba sentada junto al doctor Bell al otro lado del escritorio.
Los acompañaban dos hombres con traje oscuro y rostro desprovisto de emoción.
Uno de los hombres tenía el cabello negro como el carbón y complexión débil; el otro lucía una barba pelirroja y rala que apenas le ocultaba el semblante macilento.
El doctor Bell, que se encontraba escribiendo en una carpeta, levantó la vista y sonrió.
—Ah, ahí está —dijo—. Señores, señorita, esta es la paciente número 1969 de la Colonia, Magdalena Sofía Conti. —Hizo un gesto hacia las sillas frente a su escritorio—. Tome asiento, señorita Conti.
Lena parecía clavada al suelo. Fulminaba a Penélope con la mirada.
La enfermera Irene le dio un empujón.
—Si yo fuera usted, haría lo que me dicen.
De mala gana, Lena se acercó a las sillas y se sentó. Sentía que le ardía el pecho.
—Supongo que recuerda a la señorita Penélope Rodgers, de la Universidad Sweet Briar —dijo el doctor Bell, como si Lena y la otra mujer fueran viejas amigas.
—Sí, me acuerdo de ella. Sorprendió a Jack Henry en el establo de Silas Wolfe y asustó a los niños.
—¿Se refiere a los niños que me persiguieron con una horca? —preguntó Penélope con sarcasmo.
—Le pedimos que se fuera. Usted no se iba y nos dijo cosas espantosas.
—No es así como yo lo recuerdo.
—¿Les parece que continuemos? —interrumpió el doctor Bell. Se volvió hacia los otros dos hombres—. Antes de que empecemos, la señorita Rodgers me ha pedido dirigirse a esta comisión.
—Gracias, doctor Bell —dijo Penélope. Se levantó y se situó en un extremo del escritorio para mirar a los hombres y leer el documento que llevaba en la mano—.
A lo largo del año pasado tuve la oportunidad de visitar una sección montañosa de nuestra querida Virginia, donde encontré una familia con un total estimado de dieciséis hijos, doce de los cuales poseían una mentalidad que pude evaluar, a simple vista, como deficiente.
La familia vivía en la pobreza más extrema, sin ningún decoro ni comodidades básicas.
También he visitado a otras cincuenta familias que vivían en el mismo condado, en el mismo entorno y con el mismo grado de mentalidad.
Esto significa que Virginia está permitiendo que se acumulen dentro de sus fronteras hordas de estos clanes que no tienen derecho a haber nacido, que están empeorando la inteligencia de su ciudadanía, que están llenando sus tribunales de delitos y crímenes, y que suponen una carga incalculable para nuestras arcas.
Si se permitiera que tan solo una de estas familias se reprodujera, sus generaciones futuras añadirían millones de dólares en subsidios y una retahíla interminable de problemas sociales dondequiera que se asentasen.
Por eso mis compañeros y yo nos negamos a sentarnos y permitir que ese tipo de cosas suceda.
Y por eso también me siento honrada de, una vez más, ayudar a la comisión evaluadora de la Colonia en su evaluación.
—Gracias por su compromiso con la causa —respondió el doctor Bell—. Me aseguraré de que los profesores Iván McDougle y Arthur Eastbrook, de la Oficina de Registro de Eugenesia, sean conscientes de su dedicación.
Los otros dos hombres asintieron para mostrar su gratitud y reconocimiento. Penélope volvió a su asiento con expresión de sumo contento.
—¿Es cierto que la gente de la montaña vive en cabañas de madera cubiertas de fango y que no tienen un gobierno comunitario ni una religión organizada, y poca organización social más allá del ámbito de la familia y del clan, y que solo poseen trazas leves de una industria organizada? —le preguntó uno de los hombres.
Penélope asintió.
—No viven en el siglo XX .
Una vez devolvió el documento a su bolso y se sentó, el doctor Bell miró a Lena.
—Como le prometí, elevé mis hallazgos resultantes de su evaluación a la comisión evaluadora, que, además de a mí, incluye al doctor Fischer —hizo un gesto hacia el hombre del cabello negro como el carbón— y al doctor Crampton.
—Señaló al hombre de la barba—. Ambos excelentes señores son miembros respetables de la Sociedad Estadounidense de Eugenesia.
También trabajan para el estado de Virginia.
Con el corazón latiéndole tan fuerte que le iba a explotar, Lena se obligó a asentir en dirección a ambos hombres, para reconocer su presencia y para indicar que había entendido lo que el doctor Bell había dicho. De otro modo podrían pensar que era deficiente mental o algo peor.
—Ahora que ya hemos acabado con las presentaciones —dijo el doctor Bell—, permítame decirle, señorita Conti, que la he hecho llamar a mi despacho para compartir con usted los resultados de la comisión evaluadora.
Lena sintió que se le iba la cabeza. Algo oscuro y pesado amenazaba con derribarla. Apoyó las manos y los codos en los reposabrazos para mantenerse erguida. Los doctores tenían que dejar que se fuera. Tenía que ser así.
—Hemos revisado los hallazgos del doctor Bell —intervino el doctor Crampton— y ahora procederemos a la lectura de nuestras recomendaciones y opiniones profesionales.
—Magdalena Sofía Conti —dijo el doctor Fischer—, la Comisión Evaluadora de la Colonia del Estado de Virginia la ha declarado deficiente mental y, según las leyes hereditarias, usted es la posible madre en potencia de descendientes inadecuados a nivel social, descendientes que se verán afligidos por el mismo mal.
Como tal, usted será sexualmente esterilizada.
La práctica de la esterilización quirúrgica a las personas que creemos incompetentes por su deficiencia mental, su locura, su alcoholismo, su epilepsia o cualquier otro rasgo considerado un defecto que se suponga hereditario en origen, y, por lo tanto, prevenible mediante la esterilización, es legal en el estado de Virginia.
Lena contuvo el aliento mientras se esforzaba en comprender lo que el hombre decía. En lo más profundo de su corazón sabía la horrible verdad, pero no podía ser cierto. No, no podía ser cierto. Abrió la boca para hablar, pero sentía que la lengua se le había petrificado.
—¿Tiene alguna pregunta? —inquirió el doctor Bell.
—¿Está…, me está diciendo que me van a operar? ¿Para evitar que tenga más hijos?
—Correcto —asintió el doctor Fischer—. Se ha demostrado que las mujeres esterilizadas son trabajadoras más competentes y productivas.
Otras mujeres que han sido esterilizadas aquí en la Colonia han salido al mundo a ganarse la vida y se comportan de un modo excelente. En su caso, eso dependerá de usted.
—¡Pero yo no soy deficiente mental ni ninguna de las otras cosas que ha dicho! —protestó—. ¡Soy normal y estoy sana!
—Entendemos que pueden ser noticias devastadoras —dijo el doctor Crampton—, pero su bienestar y el de la sociedad mejorarán tras su esterilización.
Usted procede de una clase de personas de raza blanca ignorantes, perezosas y antisociales.
Y, como queda demostrado por su deficiencia mental, usted tiene una edad cronológica de diecinueve años y una edad mental de nueve, según la Revisión Stanford de la Escala de Binet-Simon.
Es inadecuada desde un punto de vista social y económico.
Nunca se ha mantenido por sí misma y tiene una hija de veintinueve meses de edad que, con toda probabilidad, también sufre de retraso mental.
Lena sacudió la cabeza con fuerza.
—¡A Ella no le pasa nada malo!
—Para la persona no entrenada para eso, puede resultar difícil distinguir si una persona es deficiente mental —explicó el doctor Bell—.
Algunas personas, incluso niños, no poseen ninguno de los estigmas de la deficiencia mental en grado leve y es difícil reconocerlos.
Por eso es importante que los profesionales como nosotros nos mantengamos alerta para proteger a los demás de su contaminación invisible.
—Según mis observaciones —añadió Penélope Rodgers—, la niña mostraba signos de un desarrollo cognitivo lento. Tenía una forma de mirar que no era normal. No sabría explicarles qué tipo de mirada era, pero no era normal.
Lena se levantó de un salto.
—¡Eso es mentira! —gritó—. Usted no la conoce.
¡Ni siquiera habló con ella! Mi hija es muy inteligente.
Está aprendiendo inglés antes de cumplir los tres años.
Mi hermano también es inteligente, pero este país quería encerrarlo si no se iba.
¿Qué les pasa a todos ustedes? ¿Por qué se creen con el derecho de hacer tales cosas?
—Cálmese, señorita Conti —le advirtió el doctor Bell—, o tendremos que someterla.