Capítulo 22
L os días que precedieron a las evaluaciones físicas del doctor Bell fueron los más largos de la vida de Lena.
Casi cada noche, la lluvia golpeteaba contra las ventanas enrejadas del pabellón, los truenos estremecían el edificio y los rayos iluminaban el cielo oscuro.
Parecía que se avecinaba el fin del mundo.
Cada segundo de cada hora de cada día pensaba en Ella, en lo asustada y confundida que estaría mientras se preguntaba dónde estaba su madre y por qué no la había rescatado aún.
¿Tendría frío o hambre?, ¿lloraría? ¿Estarían Bonnie y Jack Henry con ella o ya los habrían separado?
Y ellos, ¿se encontrarían bien? Las preguntas sin respuesta la estaban llevando al borde de la locura.
Pero tenía que creer que seguían juntos.
Tenía que imaginárselos juntos en una habitación alegre y caldeada donde Bonnie le cantaría a Ella y Jack Henry las haría reír. Era lo único que la mantenía cuerda.
Estuvo encerrada en la sala mugrienta durante un lapso que le pareció interminable, como el resto de las pacientes de la Colonia.
Vestían la misma ropa, respiraban el mismo aire fétido y se preguntaban lo que les depararía el minuto siguiente, el día siguiente, la semana siguiente.
A menos que alguna se viera envuelta en una refriega, se lastimara o hiriera a otra persona, sufriera un ataque violento o provocara una conmoción de cualquier tipo, la monotonía se rompía solo dos veces al día, cuando se les permitía acudir al comedor para recibir su ración de gachas de avena aguadas, sopa insípida y pan duro.
Lena apenas podía pensar en comer; tenía el estómago revuelto por los nervios y la pena.
Sin embargo, se obligaba a tragar. Tenía que conservar las fuerzas para cuando la liberaran y así poder emprender la búsqueda de Ella.
Cada día preguntaba a las enfermeras y a las auxiliares cuándo la volvería a ver el doctor Bell, pero no le hacían caso o le decían que no lo sabían.
El resto del tiempo se sentaba apoyada contra el cabecero de su cama, con la mirada baja y las rodillas flexionadas contra el pecho, con la esperanza de que la dejaran en paz para imaginar las mejillas rosadas y los ojos dulces de Ella, o para recordar la letra de las canciones favoritas de Bonnie…
, cualquier cosa con tal de dejar de prestar atención al caos y la tragedia que la rodeaban.
No quería ver a las mujeres atadas a la camas ni a las que gateaban por el suelo.
No quería ver a las adolescentes que lloraban en un rincón con la cabeza gacha ni a las que vagaban por el pabellón como si estuvieran perdidas.
Quizá fuese ridículo o cruel, pero hablar con las otras pacientes habría significado admitir que era una de ellas.
Y nunca sería como las demás. Se negaba a permitir que eso ocurriese.
De algún modo, saldría de allí y encontraría a su hija.
A los cuatro días de su llegada, cuando la mujer robusta de las piernas hinchadas que la había avisado sobre la habitación ciega se levantó y se acercó a su cama con mucho esfuerzo, Lena se estiró sobre el colchón y le dio la espalda.
No quería oír la historia de nadie y no quería saber nada de la congoja que las había llevado hasta allí.
Porque ¿y si sus historias fueran similares?
¿Y si se enteraba de que, sin importar lo que hiciera, terminaría igual que las demás?
—¿Te importa que me siente un rato? —le preguntó la mujer—. Estas piernas viejas ya no me sostienen tan bien como antes.
Lena quería decirle que se fuera, pero la otra había intentado ayudarla y parecía bastante normal. De mala gana, se incorporó y retiró los pies para hacerle sitio.
—Gracias de todo corazón. —Se sentó con pesadez a los pies de la cama y el somier metálico rechinó a modo de protesta.
Se acomodó sobre el colchón hasta que dejó de tocar el suelo con los pies—.
Vaya —dijo—, envejecer no es para pusilánimes, te lo digo de verdad. Soy Ethel Buck. Encantada de conocerte.
Lena se abrazó las rodillas.
—Lena.
—He supuesto que te vendría bien una amiga —dijo Ethel—. Y, si necesitas saber cualquier cosa, llevo aquí bastante tiempo. Creo que ya hace cinco años.
Lena se encogió por dentro. «¿Cinco años?».
Ethel debió de verle el miedo en la cara.
—Sí, es mucho, pero yo no soy la única que se ha pasado aquí demasiado tiempo.
—Señaló a una anciana que se movía pegada a la pared, encorvada y cabizbaja—.
Esa de ahí es Silvia. Lleva veintitrés años aquí dentro.
—Luego apuntó con la barbilla hacia una muchacha que parecía rondar la edad de Lena—.
Jerilyn ha vivido aquí desde que cumplió trece.
Una fría espiral de temor se abrió paso dentro de Lena y amenazó con tragársela entera.
El inspector de la isla de Ellis había dicho que si encerraban a Enzo nunca saldría.
Pero no tenía ni idea de que pudieran obligar a las pacientes de la Colonia a quedarse tanto tiempo.
¿Y si el doctor Bell llegaba a la conclusión de que a ella también había que encerrarla para siempre?
¿Y cómo conservaban la cordura las mujeres encerradas en ese lugar detestable? , si es que se mantenían cuerdas…
—Silvia ya no habla mucho —continuó Ethel—.
Pero hace algunos años nos contó que la policía aprovechó que su marido estaba trabajando fuera para llevárselas a ella y a sus cuatro hijas.
Entregaron a las dos hijas menores a otra familia y encerraron a las otras dos aquí con ella.
Las acusaron de regentar una casa de mala reputación o alguna sandez por el estilo.
Pero se trataba de una pensión, y eso es tan cierto como que el cielo es azul.
Lena echó un vistazo por el pabellón.
—¿Sus hijas siguen en la Colonia?
—Bueno, una sí y la otra no. Resultó que a la mayor se le daba tan bien cuidar niños que se la quedaron para que ayudase.
Silvia intentó durante años averiguar en qué pabellón se encontraba, pero nunca lo supo.
Eso fue antes de que empezase a írsele la cabeza, claro.
Liberaron a su otra hija y la enviaron a trabajar con una familia pretenciosa para ver si sabía comportarse bajo lo que los doctores llaman «el cuidado de personas adecuadas».
En cuanto a Jerilyn, un malnacido inútil forzó a la pobre muchacha y luego huyó del pueblo cuando descubrió que estaba embarazada.
Cuando nació el niño, los trabajadores de la Cruz Roja se lo llevaron y encerraron a Jerilyn aquí con la acusación de no ser capaz de controlar sus deseos carnales.
Tenía el estómago revuelto de rabia y de pánico. En cierto modo, la historia de Silvia y la de Jerilyn se parecían a la suya. ¿Y si la encerraban por los mismos motivos? Tragó saliva para intentar recuperar la voz.
—¿Averiguó Silvia alguna vez lo que había pasado con las hijas que entregaron a otra familia?
Ethel sacudió la cabeza con tristeza.
—Preguntó por sus niñas durante años, pero nadie sabía darle razón.
Intenté conseguir que se sintiera mejor diciéndole que, a lo mejor, mi Carrie las había adoptado.
Pensar en eso también me hacía feliz, porque mi Carrie siempre quiso tener criaturas.
Pero ella también estuvo en la Colonia durante un tiempo y no la dejaron marchar hasta que se aseguraron de que ya no podría tener más bebés.
A Lena no se le ocurría qué decir más allá de «lo siento». Y lo sentía, pero también había rabia y asco. A la vez, le ayudaba saber de alguien a quien habían liberado.
—No hace falta que digas que lo sientes —dijo Ethel—.
No a mí, al menos. En mi caso, fue todo culpa mía por no dejar el alcohol y las drogas, y por no proporcionarle a Carrie un hogar adecuado.
Me la arrebataron y se la entregaron a otra familia, igual que hicieron con las hijas de Silvia.
El problema es que la familia que acogió a Carrie solo quería una sirvienta gratis.
Y uno de los sobrinos la dejó embarazada.
Él lo negó, claro, pero los Dobbs, la familia para la que trabajaba Carrie, la enviaron a la Colonia para guardar las apariencias.
Y se quedaron con la bebé. —Hizo una breve pausa y se quedó mirando al vacío, como si se imaginara a la nieta que nunca había visto—.
No lo sé con seguridad, pero oí decir que la niña de Carrie era muy lista, que incluso sacaba buenas notas en el colegio.
Pero supongo que estaba condenada desde el principio, igual que yo y que su mamá.
Solo tenía ocho años cuando enfermó y murió.
Lena sacudió la cabeza con los ojos anegados de lágrimas.
No tendría que haberle permitido a Ethel que se sentara en su cama.
No tendría que haber hablado con ella. No quería oír más historias desgarradoras.
No quería saber nada de hijas arrebatadas a su madre ni de niñitas que se morían. Era demasiado y no podía soportarlo.
—¿Qué hay de ti, cariño? —preguntó Ethel—. ¿Cómo acabaste en este nido de serpientes?
—Lo siento, pero no me encuentro bien. Necesito descansar un rato. —Aflojó las rodillas y empezó a estirar las piernas sobre el colchón.
—Claro que sí, querida. Supongo que este lugar ya está empezando a agotarte.
—Se deslizó hacia delante hasta que sus pies hinchados tocaron el suelo—.
Solo házmelo saber si necesitas un hombro en el que llorar, ¿de acuerdo?
—Y, con gran esfuerzo, reajustó la posición de las piernas y se puso en pie.
Segura de que no podría hablar sin romperse en sollozos, Lena se dio la vuelta para quedar tumbada de lado e intentar controlar la oleada negra de miedo que le crecía dentro.
Ethel le dio una palmadita en la pierna con una mano amistosa y, sin decir palabra, la dejó sola.
* * *