Las mentiras que nos contaron Capítulo 21
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Capítulo 21

L ena sentía el cuello rígido y la cabeza ladeada en un ángulo extraño e incómodo, y tenía las piernas dobladas de cualquier manera debajo del cuerpo.

Sentía como si hubiera estado peleando, le dolían todos los músculos.

Y le pitaban los oídos. ¿Se había caído por las escaleras?

¿Había acarreado demasiadas bolsas de manzanas hasta la casa?

No, esta sensación pesada y aletargada no era resultado del trabajo duro.

Era más bien como cuando te recuperas de una enfermedad grave o de un accidente.

Abrió los ojos y movió la cabeza. Parpadeó para enfocar la vista.

La luz amarilla del amanecer se filtraba por una ventana lejana y dibujaba barrotes sobre un suelo de baldosas blancas.

Al principio pensó que se encontraba en su dormitorio, en Wolfe Hollow.

Pero no veía juguetes desperdigados por una alfombra tejida.

No veía una cuna en la pared opuesta. Bajó la vista hacia sí.

Llevaba puesta una bata. Seguía descalza.

De repente, el pitido de los oídos cesó y se vio reemplazado por gemidos, llantos, toses, canturreos y murmullos.

Entonces le llegó el hedor rancio a sudor humano, orina y heces.

¿Estaba de nuevo en la bodega de tercera clase?

, ¿en las entrañas de un barco de camino a Alemania?

Hizo un esfuerzo por sentarse para mirar a su alrededor.

Mujeres de todas las edades abarrotaban la sala fría de paredes grises.

Algunas vagaban sin rumbo, otras dormitaban o se sentaban sobre camas metálicas con sábanas y almohadas mugrientas.

La mayoría vestía ropa andrajosa o camisones de dormir, mientras que unas pocas mostraban diversos grados de desnudez.

Una mujer llevaba una extraña prenda blanca con tiras de cuero que le sujetaban los brazos alrededor de la cintura.

Otra se paseaba cantando una nana mientras acunaba entre los brazos a una muñeca desmembrada.

Todas estaban pálidas y delgadas, y tenían la expresión torturada y los ojos hundidos.

Notó que el terror se le apoderaba de la mente y le cerraba la garganta con ánimo de asfixiarla.

Estaba en la Colonia. Y el sheriff se había llevado a Ella.

Sacó los pies de la cama y se puso de pie, tenía las piernas débiles y temblorosas.

Tenía que salir de allí. Tenía que encontrar a Ella.

Y a Bonnie y a Jack Henry. Mareada, se internó entre la multitud tambaleándose: esquivó a una joven que estaba sentada en el suelo con las piernas cruzadas, pasó deprisa junto a una mujer de cabello desgreñado que miraba fijamente al techo con los brazos levantados, rodeó a una anciana arrugada que bailaba mientras recuerdos de días más felices le asomaban a los ojos.

Varias otras mujeres la miraron con expresión cómplice para verla correr frenética en su huida.

Una de ellas saltó desde una cama, hizo ademán de sujetarla y se echó a reír.

Lena encogió los hombros y corrió para que no la alcanzase.

Cuando al fin llegó a la puerta, sudorosa y sin aliento, sacudió el picaporte. Estaba cerrada con llave.

—Yo no me empeñaría en hacer eso si fuera tú —dijo una voz a su espalda.

Lena se dio la vuelta para ver quién había hablado.

Una mujer robusta, sentada en el borde de un colchón sucio, la miraba con ojos tristes. Parecía rondar los setenta años. Tenía las piernas hinchadas y una papada colgante.

—Si intentas escaparte, te meterán en la habitación ciega. Pero primero te darán duchas vaginales para limpiarte por si acaso has estado con un hombre. Luego te dejarán encerrada dos o tres semanas sin nada más que comer que pan duro y agua sucia.

—¡Yo no tendría que estar aquí! —exclamó Lena.

La mujer señaló la cama contigua, donde una joven yacía inmóvil sobre el colchón con las manos atadas al cabecero de hierro y una sábana anudada sobre la boca.

—Ninguna de nosotras tendría que estar aquí, cariño.

Lena se volvió y aporreó la puerta.

—¡Déjenme salir, por favor! ¡Tengo que encontrar a mi niña!

—Te lo estoy diciendo —repitió la mujer—. Eso es mala idea.

Justo entonces unas llaves resonaron en la cerradura.

Lena dio un paso atrás, preparada para huir o luchar.

El picaporte se movió y la puerta se abrió para dar paso a la enfermera Irene.

Lena intentó pasar junto a ella, pero la enfermera le dio un empujón, sacó las llaves de la cerradura y cerró la puerta tras ella.

Era más fuerte y rápida de lo que parecía.

—Por favor, deje que me vaya —lloriqueó Lena—. No me pasa nada malo.

La enfermera Irene le lanzó una mirada ceñuda.

—Eso lo decidirá el doctor Bell. ¿Va a venir conmigo ahora de buen grado para el resto de la evaluación o tengo que pedir refuerzos?

Lena apretó los puños y contuvo las ganas de gritar. Intentar razonar con la enfermera era inútil. De algún modo, tenía que demostrarle al doctor Bell que era inteligente, fuerte y capaz.

—Iré con usted.

—Eso está mejor —dijo la enfermera Irene.

Abrió la puerta, la sacó de la sala, guardó las llaves en el bolsillo de su uniforme y guio a Lena por un pasillo mal iluminado.

Llantos y gemidos se filtraban por las filas de puertas cerradas, junto con gritos agudos o chillidos de dolor ocasionales.

Lena respiraba hondo, prestando atención a las inhalaciones y exhalaciones para luchar contra las garras del pánico.

El doctor Bell no podía mantenerla en ese lugar desdichado. Eso no podía ser.

A mitad del pasillo, una puerta se abrió para dar paso a una mujer de pelo gris con un bebé envuelto en una manta.

Tenía el rostro retorcido de miedo. Dos enfermeras corrieron tras ella.

Una la sujetó por la cintura mientras la otra le arrebataba al bebé para después lanzarlo al suelo.

Lena gritó y corrió hacia la criatura, segura de que estaría herida o algo peor.

La enfermera Irene la aferró del brazo y la sacudió.

—¿Qué se supone que hace?

—¡Ayudar al bebé! —gritó Lena.

—¿Qué bebé?

Lena volvió a mirar. La manta revuelta yacía en el suelo del pasillo, pero no contenía ningún bebé, ningún niño lloroso ni un recién nacido que gimoteara.

Volvió a mirar a la mujer canosa de cara pálida y ojos negros.

Le habían cortado el cabello, antes largo y enredado, pero no cabía duda de que se trataba de la viuda Spinney, la pobre mujer que rondaba el puente cerca de Wolfe Hollow.

Cuando las enfermeras se la llevaron a rastras de vuelta a la habitación, la mujer se aferró al marco de la puerta con ambas manos y luchó por liberarse.

Entonces tiraron de ella hasta que se soltó y la puerta se cerró de un portazo.

Lena sentía el redoble del corazón al golpetearle el pecho con fuerza.

¿Estarían todas las personas de las montañas encerradas en la Colonia?

«No, no todas». Su hija no estaba allí. Ni tampoco Bonnie ni Jack Henry.

Y entonces oyó a la viuda Spinney chillar tras la puerta cerrada, gritos sordos como los aullidos de un animal torturado.

A diferencia de la primera vez que Lena oyó a la viuda, esta vez sintió la pena de la mujer en lo más profundo del alma, una lástima que era un eco horrible y doloroso de su propio pesar.

Ahora entendía por qué la viuda Spinney lanzaba esos gritos agónicos.

Ahora entendía por qué recorría el puente llorando por su bebé perdido.

La enfermera Irene le tiró del brazo.

—Siga andando.

Lena trastabilló por el pasillo mientras intentaba imaginar qué le estarían haciendo las enfermeras a la viuda y se preguntaba si ella misma también caería en esa locura inducida por la pena.

No. Ella encontraría a su hija. Tenía que encontrarla.

Seguro que Silas ya los estaría buscando, a ella y a sus hijos.

Seguro que la encontraría en la Colonia, y, si aún no hubiera encontrado a Bonnie, a Jack Henry y a Ella, ambos los buscarían juntos.

A menos que Silas la culpase del hecho de que les hubieran quitado a sus hijos.

A menos que también se lo hubieran llevado a él a alguna parte.

Al final del pasillo, la enfermera abrió con su llave una puerta doble que llevaba a otra ala del edificio y la volvió a cerrar una vez que hubieron pasado.

Tras varias vueltas más por aquel edificio enorme, entraron en una habitación de paredes blancas con una camilla para exámenes médicos, un mostrador con gavetas y unos armarios con puertas de cristal repletos de instrumentos afilados.

Lena empezó a temblar con unos escalofríos profundos que le sacudían las entrañas.

—Suba a la báscula —le ordenó la enfermera Irene.

Lena hizo lo que le pedía y la enfermera Irene tomó nota de su peso y altura antes de decirle que se sentara en una silla para tomarle la temperatura y la tensión. Cuando el doctor Bell entró en la habitación, colocó un taburete en un extremo de la camilla.

—Buenos días, señorita Conti —la saludó—. Espero que haya descansado. —Tomó su informe de encima del mostrador, lo examinó con brevedad y lo volvió a dejar donde estaba—. Por favor, quítese la bata y suba a la camilla.

La enfermera Irene sacó una bata de hospital de un cajón y se la tendió a Lena. Esta miró en derredor en busca de un biombo o de la puerta hacia otra habitación.

—Puede cambiarse aquí mismo —dijo el doctor Bell—. No es nada inadecuado.

—Pero yo…

—Vamos, que no tenemos todo el día —la exhortó la enfermera Irene.

Y así, Lena se vio de nuevo dentro de la planta despiojadora de la isla Hoffman, donde tuvo que desnudarse delante de extraños, temblando e intentando cubrirse apretándose contra el pecho el cuerpecito de Ella.

Solo que esta vez no llevaba a Ella en brazos.

«Ella». ¿Dónde estaba su dulce Ella? ¿Volvería a estrecharla entre sus brazos?

Con los ojos anegados de lágrimas, le dio la espalda al doctor Bell y a la enfermera Irene y, con el rostro rojo de vergüenza, se quitó la bata que llevaba.

Tras quitarse también las bragas y el sujetador, se puso la que le habían dado y se volvió de nuevo hacia ellos.

La enfermera Irene colocó su ropa sobre una silla en un rincón de la habitación.

Lena se subió a la camilla, que estaba cubierta por un papel, y cruzó los brazos sobre los pechos.

El doctor Bell tomó un estetoscopio que había colgado de un gancho en la pared, se colocó los auriculares y le pidió que bajara los brazos.

Lena obedeció. La hizo respirar hondo varias veces mientras la auscultaba con gesto de concentración.

Cuando terminó fue hacia el informe y escribió algo en él.

—No entiendo por qué hace todo esto —dijo Lena—. No soy epiléptica, ni deficiente mental, ni estoy enferma. —Le resultó difícil pronunciar «epiléptica», pero seguro que él la había entendido.

—Ajá —dijo el doctor Bell.

Lena apretó la mandíbula, frustrada; no le estaba haciendo ningún caso.

El médico comprobó sus reflejos con un martillo de goma, le examinó los oídos y la garganta, y le pasó los dedos por la columna vertebral.

—¿Siente dolor en alguna parte? —le preguntó.

—No.

Le palpó debajo de las axilas y de la mandíbula, le presionó con los dedos todo el contorno del cráneo y le midió la cabeza.

Mientras registraba todos sus hallazgos, la enfermera Irene sacó dos estribos de metal de los extremos de la camilla antes de dirigirse a uno de los armaritos, sacar una botellita y una jeringuilla de una de las gavetas y colocarlos sobre una bandeja de metal.

Lena sintió el miedo como un nudo en el estómago. Sabía para qué necesitaba los estribos el doctor Bell.

—Túmbese en la camilla, por favor —le indicó el médico—. Y apoye los pies en los estribos.

La enfermera Irene le acercó al doctor un taburete antes de colocarse junto a Lena, preparada para hacer lo que fuese necesario para mantenerla a raya.

—No hace falta que haga esto —insistió Lena—. No estoy embarazada.

—Esperemos que no. Pero también estoy buscando enfermedades venéreas y de la pelvis, así como pruebas de un estilo de vida inmoral.

—Pero ya se lo he dicho —se quejó Lena—. No tengo ninguna enfermedad.

La enfermera Irene soltó un suspiro de irritación.

—Si no coopera, tenemos formas de asegurarnos de que lo haga. —Levantó una tira de cuero de un lado de la camilla, se la enseñó a Lena y luego hizo un gesto hacia la jeringuilla de la bandeja metálica.

Lena negó con la cabeza.

—No es necesario.

—Entonces haga lo que le dice el doctor.

—Intente recordar que el objetivo de todo esto no es hacerle daño, señorita Conti —declaró el doctor Bell—. Solo queremos asegurarnos de que se encuentra sana. Y, si no lo estuviera, ayudarla a que se cure.

Por enésima vez, o eso le pareció, Lena empezó a decir que estaba sana.

Estaba bien, era fuerte y era una persona civilizada.

Pero no tenía sentido. No le hacían caso.

Se tragó el nudo que se le había formado en la garganta, se tumbó en la camilla y apoyó los pies en los estribos.

Cuando el médico le tocó con manos frías el lugar suave y vulnerable entre las piernas, ladeó la cabeza, cerró los ojos y rezó para que acabara pronto.