Capítulo 20 #4
—¿Cuál es su relación con Silas Wolfe?
—Trabajo para él. Ayudo en la casa, cocino y cuido de los niños.
—¿Y se aloja en su casa?
—Sí.
—¿Le paga por su trabajo?
Ella titubeó. Si decía que no, él podría creer las denuncias de que estaban manteniendo una relación.
—Yo pensaba que me pagaría, pero mi hija y yo no pagamos por alojarnos en su casa y comer su comida. Él dijo que no veía la necesidad de darme más dinero.
—¿Está emparentada de algún modo con el señor Wolfe?
Lena podía sentir la desaprobación de la enfermera Irene en la nuca, donde parecía que le quemaba su mirada. Pensó en mentir, pero Penélope Rodgers ya les habría contado la verdad.
—Es un primo lejano —dijo.
—¿Mantiene usted relaciones sexuales con el señor Wolfe? —preguntó el doctor Bell—. Y, por favor, responda con sinceridad. Sabemos que el miedo a la endogamia no significa nada para la gente de la montaña.
—No. Mi hija y yo dormimos en nuestra propia habitación.
El doctor Bell pareció dubitativo.
—El coito no siempre se realiza en los dormitorios. ¿Está segura de que está siendo honesta conmigo? Sus respuestas aparecerán en su informe.
Ella asintió con tanta fuerza que le dolió la cabeza. ¿Cuántas veces tendría que repetirlo?
—Sí. Estoy segura. No mantengo relaciones sexuales con Silas Wolfe.
—¿Algún miembro de su familia ha mostrado síntomas de deficiencia mental? ¿Un progenitor, un hermano…?
Comenzó a decir que no tenía familia en los Estados Unidos, pero se detuvo. Tenía a Ella, y a Bonnie y a Jack Henry. Y entonces otra profunda oleada de pena la golpeó. Ya no estaban con ella.
—No.
Él escribió su respuesta.
—¿Ha cometido un delito alguna vez?
Ella negó con la cabeza.
—¿Padece sífilis?
Lena no tenía ni idea de lo que era la sífilis, pero sonaba mal.
—No.
—¿Ha padecido alguna enfermedad venérea?
—No sé qué significa «venérea».
—Las enfermedades venéreas se transmiten con las relaciones sexuales.
—No.
—¿Alguna otra enfermedad?
—No. Estoy sana y fuerte.
El médico pasó a la siguiente página.
—¿Puede decirme si el pan lleva sal?
Lena arrugó la frente. Era otra pregunta ridícula.
—Claro que sí.
—¿Sabe atarse los cordones de los zapatos?
Ella bajó la mirada y se quedó mirando la mesa para intentar controlar su rabia y no permitir que volviera a dominarla.
—Sí.
—¿Hay un perro o una dama en el cuadro situado justo a mi espalda? —Señaló sobre su hombro al retrato de la severa mujer con el gorro de encaje.
—Sus preguntas son töricht.
Él frunció el ceño. Parecía confuso.
—¿Perdone?
—Digo que sus preguntas son töricht —dijo ella—. Significa que son estúpidas. ¿Solo habla inglés? Yo hablo dos idiomas.
El doctor Bell soltó la estilográfica, cruzó las manos sobre el escritorio y la miró con expresión ceñuda. Era evidente que había entendido lo que Lena quería decir.
—Solo responda a la pregunta, por favor. ¿Es un perro o una dama?
—Una dama.
Él recogió su pluma y anotó su respuesta.
—¿Hay algún alcohólico en su familia?, ¿alguien que beba demasiado whisky o demasiado vino?
—No.
—¿Delincuentes?
—No.
—¿Agresores sexuales?
—No sé qué es eso.
—Alguien que lastima a otra persona con actos sexuales no deseados.
—No.
—¿Mentirosos?
—No.
—¿Asistió usted al colegio?
—Sí, hasta que cumplí trece años.
—¿Sacaba buenas notas?
Asintió:
—Me fue muy bien en la escuela.
—¿Dejó de asistir porque no conseguía seguir el ritmo de las lecciones? ¿Eran las lecciones demasiado difíciles para usted?
—No. Ese no fue el motivo. Mi madre no tenía dinero para seguir pagando mis estudios.
—Hizo una pausa y entonces, antes de que pudiera hacerle otra pregunta, prosiguió—.
Sé lo que intenta hacer. Está tratando que yo parezca una insensata y una ignorante.
Está intentando que… —Vaciló y se miró las manos.
Tenía que tener cuidado. El médico podría malinterpretar o tergiversar sus palabras.
—¿Le pasa algo? —preguntó el doctor Bell.
Negó con la cabeza.
—No pueden retenerme aquí —dijo—. No he hecho nada malo. Y no soy lenta, retrasada, deficiente mental, idiota, imbécil ni ningún otro nombre con el que quiera llamar a lo mismo. Tiene que dejarme ir. Mi hija me necesita.
Él se removió en su asiento y se sentó más erguido.
—Lo siento, señorita Conti, pero me temo que usted no está cualificada para evaluar su capacidad intelectual, mientras que yo sí que lo estoy.
Puedo asegurarle que la señorita Sizer y la trabajadora social de la Universidad Sweet Briar harán todo lo posible para que a su hija la críe una familia acomodada que pueda ofrecerle todo lo que necesite.
Una persona razonable querría algo así para su hija, en especial alguien en su situación. ¿No quiere lo mejor para ella?
—Sí, claro que sí. Pero yo soy lo mejor para ella. ¡Soy su madre!
—Puede que sea su madre, pero no tiene hogar ni empleo. ¿Cómo espera mantenerla a ella o a los hijos que pueda tener en el futuro?
—Tenemos todo lo que necesitamos en el hogar de Silas Wolfe.
Tenemos nuestra propia alcoba, ropa limpia y más comida de la que jamás he visto.
Silas permitirá pronto que mi hermano venga y también habrá suficiente para él.
Por favor, tengo que volver. —Intentó contener las lágrimas, pero ya le rodaban por las mejillas—.
Se lo suplico, ayúdeme a encontrar a los niños y deje que nos vayamos a casa, a Wolfe Hollow.
El doctor Bell no parecía conmovido.
—Estoy seguro de que era una situación ideal para usted —dijo—. Pero, según el sheriff de la zona, el señor Wolfe ha sido declarado incompetente como padre y derribarán su casa en breve. Así que ya ve que, aunque aceptáramos dejarla ir, no tendría ningún sitio al que acudir.
—Eso no es cierto. Silas no quiere marcharse. Está luchando para conservar sus tierras.
—No me cabe duda de que lo intenta. No obstante, señorita Conti, cuando se le permitió la entrada a este país fue con la condición de que usted no se convirtiera en una carga para la sociedad.
Y Silas Wolfe las ha estado manteniendo a usted y a su hija con comida y alojamiento desde que llegaron.
Usted no ha hecho nada para mantenerse por sí misma.
Lena levantó las manos con impotencia. No sabía si reír o gritar, pero sentía que estaba a punto de hacer ambas cosas a la vez.
—¿Qué quiere que haga? Vine a los Estados Unidos creyendo que recibiría un salario por mi trabajo; que tendría dinero, como todo el mundo. Pero Silas Wolfe no quiere pagarme. Eso no es culpa mía.
—No importa. Lo cierto es que usted es incapaz o reacia a cambiar las cosas.
Ahora debemos lidiar con la situación real, no con lo que usted creía que sería.
—Distraído de pronto, soltó la estilográfica y se sacó un reloj del bolsillo del chaleco para comprobar la hora—.
Y me temo que nuestro tiempo ha acabado.
Tengo que asistir a una reunión importante en otro edificio.
—Volvió a meter el reloj en el bolsillo de su chaleco, guardó el informe en la carpeta y se puso de pie—.
Terminaremos la evaluación mañana. Mientras tanto, la enfermera Irene la llevará a su pabellón.
Una vez que comparta mis hallazgos con la comisión evaluadora la semana que viene, le haré saber lo que hayamos decidido.
Lena sintió la frente cubierta de un repentino sudor frío. «¿La semana que viene?». No podía quedarse tanto tiempo mientras se preguntaba por el paradero de Ella todo el rato. Se volvería loca.
—¡No! —gritó—. No pueden hacerme esto. ¡Tengo que encontrar a Ella!
—Su hija no se ha perdido, señorita Conti —dijo el médico—. Le vendrá bien recordarlo.
Furiosa, Lena se levantó de un salto y golpeó la mesa con ambas manos.
—¡Tiene razón! ¡Mi hija no se ha perdido! ¡Me la han robado y Miriam Sizer sabe dónde está!
El doctor Bell asintió levemente en dirección a la enfermera Irene antes de rodear el escritorio.
En ese momento Lena se percató de su error.
Retrocedió, pero no había huida posible.
Para su sorpresa, el doctor Bell la sujetó por los hombros y la miró con ojos compasivos.
Por un breve instante, Lena pensó que iba a decir que simpatizaba con su situación y que la ayudaría a encontrar a los niños.
Y entonces la compasión se convirtió en lástima y determinación.
El pinchazo en el brazo fue agudo e inmediato. Se volvió hacia la enfermera Irene, quien le había clavado la jeringuilla en la piel. El doctor Bell sujetó a Lena con más fuerza, la empujó hasta volver a sentarla y la retuvo así.
—Intente recordar que esto es por su propio bien —le dijo.
Lena se esforzaba por levantarse, pero él le sujetaba los brazos contra el cuerpo y la enfermera Irene le sujetaba sus hombros.
—No —dijo Lena—. Por favor, no hagan esto —les suplicó, pero de súbito se sintió mareada y débil; se le mezclaban los pensamientos y las palabras, blandos y aplastados como si fueran de barro.
Apretó los ojos y parpadeó dos veces para luchar contra la sensación creciente que parecía tirar de su cuerpo hacia el suelo.
Entonces la sala se volvió borrosa y oscura, y el doctor Bell comenzó a derretirse, sus rasgos caracoleaban en una masa blanca y grisácea.
—Relájese —dijo la enfermera Irene con voz queda y lenta.
Lena se esforzó por seguir hablando, por decirles que le permitieran irse, pero los brazos y las piernas se le quedaron inertes. Y luego la sala desapareció.