Capítulo 20 #3
—¡Eso no es verdad! ¡Ya le he dicho que no saben nada de mí!
Soy una buena madre. Mi Ella es feliz y está sana, y yo haría cualquier cosa por…
—Se le rompió la voz y los ojos se le llenaron de lágrimas.
Tragó el nudo que le ardía en la garganta para reprimir las ganas de sollozar—.
Haría cualquier cosa por mi hija. Por eso vine a este país, para ofrecerle una vida mejor.
Por eso permití que la señorita Sizer me trajera aquí para hablar con usted, aun cuando sé que usted intentará encerrarme.
Ella me ha dicho que mi hija y los hijos del señor Wolfe estaban aquí.
Me ha dicho que usted podría indicarme dónde están.
En ese preciso instante alguien llamó a la puerta del despacho. Cuando la enfermera Irene la abrió, la enfermera de recepción entró con una bandeja metálica sobre la que reposaba una jeringuilla.
Lena miró boquiabierta a la enfermera Irene.
—¿Qué es eso? ¿Eso es para mí?
—Solo si decide no comportarse como es debido —dijo la enfermera.
Lena miró al doctor Bell y sacudió la cabeza.
—No hace falta que me administre eso. Haré lo que me diga.
—Es solo una precaución —dijo el doctor Bell—. Nada más. Que lo usemos o no solo depende de usted.
La enfermera de recepción rodeó la mesa, depositó la bandeja sobre un archivador y se dio la vuelta para marcharse.
—Gracias, enfermera Mabel —dijo la enfermera Irene antes de cerrar la puerta tras ella.
Una vez que la enfermera de recepción se hubo marchado, el doctor Bell miró a Miriam con el ceño fruncido.
—¿Es cierto que hizo creer a la señorita Conti que yo podría indicarle dónde están los niños?
—Lo siento, doctor. Pero era la forma más fácil de conseguir que cooperase, lo cual solo demuestra su deficiencia mental. Su hija no está aquí. Ella y el resto de los niños están siendo redistribuidos como parte del esfuerzo eugenésico por criarlos en el hogar más adecuado de una familia de élite.
Lena estaba sumida en el pánico, que se le apoderó del pecho y le robó el aire de los pulmones. ¿Había oído bien a Miriam? ¿Su hija no estaba allí? Frenética, pasó la mirada de Miriam al doctor Bell una y otra vez.
—No entiendo lo que dice. ¿Dónde está mi hija?
Miriam hizo una mueca de irritación. No tenía ni tiempo ni paciencia para una persona tan retrasada.
—No sé cómo puedo decirlo más claro. Los niños serán enviados a un lugar diferente para alojarlos con un padre y una madre que posean los medios y la inteligencia necesarios para criarlos del modo adecuado.
A Lena se le partió el alma.
—¡No! —gritó—. ¡Yo soy la madre de Ella! —Se levantó de un salto y dio un paso hacia Miriam. Estaba dispuesta a estrangularla—. ¡Tiene que devolvérmela!
—Las ruedas del progreso ya se han puesto en marcha —dijo Miriam—. Usted no puede hacer nada. En cualquier caso, debería sentirse agradecida y afortunada porque su hija no acabará como usted.
Lena tenía las entrañas retorcidas de horror y furia.
Se cubrió el rostro con las manos, torció la boca en una mueca de agonía.
«¡No pueden haberle entregado a mi hija a otra persona!
¡No puede ser! ¡Es mi niña!». Incapaz de contenerse por más tiempo, gritó y se abalanzó contra Miriam con los brazos extendidos y las manos como garras.
La obligaría a decirle la verdad, daban igual las consecuencias.
Miriam retrocedió con el rostro descompuesto por el miedo y el bolso levantado a modo de escudo protector.
La enfermera Irene se interpuso entre ambas y sujetó a Lena por los brazos.
El doctor Bell se apresuró a salir de detrás de su escritorio y sujetó a Lena desde atrás.
—Si no se calma —le gritó al oído—, le daremos algo para que se tranquilice. ¡Depende de usted continuar con esta actitud o ponerle fin ahora!
—¡Quiero a mi hija! —gritaba Lena.
—Más vale que se rinda —dijo la enfermera Irene, imperturbable ante sus esfuerzos—. No va a escapar de nosotros.
Lena luchó y se retorció unos segundos más antes de permitir que el doctor Bell y la enfermera Irene la sentaran a la fuerza en su silla.
La rabia le consumía las entrañas como un fuego interno.
Tendría que haber sabido que Miriam y la enfermera Irene mentían al decirle que los niños se encontraban allí.
Y ahora estaba atrapada. Luchar por liberarse no la llevaría a ninguna parte.
Devastada, dejó el cuerpo desmadejado mientras que los hombros se le sacudían por los sollozos.
Por fin, la enfermera Irene y el doctor Bell la fueron soltando.
Miriam seguía encogida en un rincón y el médico esperó hasta asegurarse de que Lena se quedaba quieta.
La enfermera Irene tomó la jeringuilla de encima del archivador y la dejó sobre la mesa, preparada para usarla si resultaba necesario.
Entonces el doctor Bell volvió a su silla, se enderezó la corbata y se atusó el cabello despeinado.
Lena se dirigió a él. Le ardían los ojos y los sentía hinchados.
—Por favor, escúcheme. El sheriff se llevó a Bonnie y a Jack Henry porque el estado quiere las tierras de Silas Wolfe.
Y George Pollock quería que yo trabajase para él, pero me negué.
Dijo que me enviaría aquí para asegurarse de que no pudiera tener más bebés.
Miriam se llevó a mi hija y me trajo aquí.
Ella y la mujer de la universidad deben de ser…
—Solo he hecho lo que era necesario hacer —la interrumpió Miriam.
—Entiendo que esté muy disgustada —le dijo el doctor Bell a Lena—, pero ha de recuperar la compostura o esto no acabará bien para usted.
Lena cerró los ojos para evitar gritar o vomitar. Sentía que se estaba volviendo loca. Entonces miró a Miriam.
—Por favor, dígame que Ella está con Bonnie y Jack Henry. No quiero que esté sola.
Miriam no dijo nada al principio; era evidente que le daba miedo que Lena la atacara de nuevo. Entonces suspiró.
—Por ahora, sí. Pero encontrar a una familia que los acepte a los tres será difícil, de modo que es muy probable que acaben separados al final.
Lena gruñó y se dejó caer hacia delante con la cabeza entre las manos.
La agonía de la pena se le había apoderado del corazón.
La idea de que Ella no tuviera a alguien cercano para consolarla, a alguien que la quisiera, que le besara las mejillas y que le dijera que todo estaría bien, era más de lo que podía soportar.
La enfermera Irene tiró de ella para que se irguiera.
—Siéntese derecha —le ordenó—. El doctor Bell todavía no ha terminado con usted.
—Lo siento, señorita Conti —asintió este—, pero la enfermera Irene tiene razón. Debemos proseguir con esta evaluación para decidir qué pasos se seguirán a continuación.
Lena se enjugó el rostro.
—No necesito que me evalúe. No me pasa nada malo.
—No hay de qué preocuparse. Es solo parte del proceso.
Y ahora, por favor, contrólese para que podamos continuar.
—Sacó una estilográfica y una carpeta del escritorio, escribió el nombre de Lena y metió dentro el documento que le había entregado Miriam—.
Señorita Sizer, ya puede marcharse. Le haré saber lo que decidamos.
—Gracias, doctor Bell —dijo Miriam—. Estoy segura de que hará aquello que sea lo mejor para todos los implicados.
Lena quiso levantarse para abofetearla. Quería escupir a sus pies, tirarle del pelo, arrancarle los dientes.
¿Cómo podía pensar que separar a los niños de sus padres era lo mejor para nadie?
Pero, sin importar lo mucho que Lena deseara castigar a Miriam Sizer, tenía que permanecer sentada.
Si quería convencer al doctor Bell de que la dejase volver a casa, tenía que actuar como una persona educada y civilizada.
Cuando Miriam salió, el doctor Bell continuó con su perorata.
—Sé que esto puede resultar aterrador, pero intente recordar que solo queremos ayudarla. —Preparó la estilográfica para escribir—. ¿Le parece que empecemos? Por favor, diga su nombre completo, su edad y su lugar de nacimiento.
Lena intentaba pensar con claridad mientras se esforzaba por respirar con normalidad. No tenía opción. Tenía que responder a sus preguntas.
—Magdalena Sofía Conti. Diecinueve años. Nacida en Italia.
El doctor Bell escribió esa información en la parte superior del documento de su carpeta.
—¿Cuándo emigró a los Estados Unidos?
—En mayo.
—¿Vino usted sola?
—No. Vine con mi hija, mi madre y mi hermano. Pero enviaron de vuelta a mi madre y a mi hermano.
El médico enarcó una ceja.
—¿Qué motivos les dieron para su deportación?
Maldijo entre dientes. Tendría que haber mentido.
Si el doctor Bell averiguaba que habían deportado a Enzo porque lo declararon retrasado, supondría que ella padecía el mismo problema.
Pero apenas podía mantener una conversación coherente en su estado mental, y mucho menos ir un paso por delante del doctor.
—No nos dieron ninguna razón de peso. Mi hermano y mi madre estaban sanos. Pero mi madre se había mareado mucho en el barco y mi hermano se negó a responder a las preguntas que le hacían. Solo tiene catorce años.
El doctor Bell garabateó en el documento. Una sonrisa le cruzó el rostro. Lena quiso preguntarle por qué le resultaba gracioso que hubieran deportado a su familia, pero se mordió la lengua.
—¿Y cuántos años tiene su hija? —le preguntó.
Volvió a sentir un nudo en la garganta. Tragó saliva varias veces y entonces, de algún modo, pronunció el nombre de su niña.
—Mi Ella tiene dos años.
—¿Cómo se llama el padre de la niña?
—Jonathan Dankworth.
Al no haberlo mencionado en años, el nombre le supo a veneno. Si él no le hubiera mentido, ella no estaría en los Estados Unidos. No estaría en ese hospital para deficientes mentales haciendo todo lo posible para que no la encerraran. Y Ella estaría a salvo entre sus brazos.
—¿El apellido se deletrea D-A-N-K-W-O-R-T-H ? —preguntó el médico.
Ella asintió y él lo anotó.
—¿Ha mantenido relaciones sexuales fuera del matrimonio?
—Ya conoce la respuesta a esa pregunta —repuso Lena.
—Conteste al doctor —insistió la enfermera Irene.
—Sí —dijo Lena.