Las mentiras que nos contaron Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

La enfermera Irene dio un paso atrás, apoyó una mano en la puerta y le dedicó una sonrisa afable pero desdeñosa.

—¿Está preparada, señorita Conti?

Lena se la quedó mirando. No había estado tan desesperada nunca en su vida. No tenía elección. Si Ella se hallaba en la Colonia, tenía que entrar. Intentó sacar fuerzas de flaqueza y, mientras intentaba no derrumbarse, siguió a la enfermera Irene dentro del edificio.

Miriam las siguió a ambas y se dio la vuelta al cruzar el umbral.

—Gracias por su ayuda —le dijo al hombre del traje—. Por favor, comuníquele al señor Pollock que saldré en breve. —Y le dio con la puerta en las narices.

Dentro del vestíbulo en penumbra, otra enfermera levantó la vista un momento de su escritorio, los rasgos pálidos se perdían entre las sombras que creaban los candeleros dorados de gas.

Pronto devolvió la atención a los documentos que tenía delante.

El resto de la sala aparecía vacío, a excepción de un sofá de terciopelo, al que le faltaban unos botones, apoyado contra la pared opuesta; tenía las patas labradas deslucidas y arañadas.

El aire olía a moho, a polvo, a telarañas, y al eco agrio y visceral de la lejía.

Los techos altos estaban recubiertos de tablones largos de una madera tan oscura que parecía negra y grasienta.

El papel floreado de las paredes, que se aferraba con fuerza a los muros, mostraba arrugas por doquier, como las venas de la mano de una anciana.

Lena apretaba la mandíbula mientras seguía a la enfermera Irene.

Un dolor creciente le palpitaba dentro del cráneo.

Con cada paso que la introducía cada vez más en las fauces de la Colonia, la intuición le gritaba más fuerte que huyera.

Pero ¿a dónde podía ir? ¿Y cómo podría marcharse sin Ella?

Una imagen dolorosa le pasó por la mente: su pequeña, sola, en algún lugar de aquel edificio enorme, llorando de miedo mientras se preguntaba por qué la habían separado de su madre para dejarla en ese lugar aterrador y desconocido.

Era casi más de lo que podía soportar. Lena rezaba para que, al menos, Bonnie y Jack Henry estuvieran con ella.

Cuando la enfermera Irene se detuvo un instante para hablar con la enfermera de la recepción en voz baja y rápida, Lena se esforzó por oír qué decían, pero no consiguió entender sus palabras.

La enfermera de la recepción miró a Lena, asintió, se levantó de detrás del escritorio y desapareció por una arcada en dirección a lo que parecía un pasillo alicatado.

La enfermera Irene prosiguió su camino y las llevó hacia un pasillo flanqueado por estanterías y alacenas vacías.

Al final del pasillo abrió una puerta doble que llevaba a otra ala del edificio, dejó pasar a Lena y a Miriam, y volvió a cerrar las puertas con llave.

Baldosas rajadas, papel sucio en las paredes y puertas cerradas que parecían extenderse sin transición al siguiente pasillo, donde el hedor penetrante a orina y desechos humanos invadía el ambiente.

Llantos y gritos amortiguados se filtraban por las paredes como si llegaran de las profundidades del mar.

Lena se tapó la nariz con una mano y casi vomitó.

¿Qué era ese lugar espantoso? ¿Y cómo podía nadie pensar que enviar gente a un edificio repugnante y decrépito lograría hacer que se sintiera mejor?

Cuando al fin llegaron al final del pasillo, la enfermera se desvió a la derecha, abrió otra puerta con sus llaves y las hizo pasar a un vestíbulo estrecho con sillas de madera alineadas.

Llamó con suavidad a una puerta con un letrero de latón donde podía leerse: «Dr. John Bell, superintendente».

—Pase —dijo una voz masculina desde dentro.

La enfermera Irene abrió la puerta, esperó a que Lena y Miriam pasasen primero y luego las siguió al despacho de paredes revestidas de madera.

Títulos médicos enmarcados colgaban en la pared trasera sobre una fila de archivadores, junto con retratos en blanco y negro de hombres con chistera y mujeres con vestidos largos con polisón reunidos delante del edificio principal.

Dos retratos más colgaban debajo de los otros: el de una mujer de rostro severo con un gorro de encaje y el de un hombre adusto de grandes patillas.

Dos sillas con respaldo de caña miraban hacia un escritorio cubierto de papeles donde estaba sentado un hombre de nariz prominente y cejas gruesas. Le sonrió a Miriam con cortesía.

—Buenas tardes, señorita Sizer. ¿A quién tenemos aquí? —Miró a Lena de la cabeza a los pies, en los que detuvo un momento la mirada al ver que iba descalza.

—Buenas tardes, doctor Bell —saludó Miriam—.

Gracias por recibirnos tras avisarlo con tan poca antelación.

—Sacó un sobre voluminoso del bolso—. Tenía la intención de enviarle esto por correo para que lo recibiera aquí, en la Colonia, pero la situación empeoró más rápido de lo esperado.

Esta es Magdalena Conti. —Sacó una hoja de papel del sobre y se la entregó al médico—.

Y esta es la información que hemos recopilado sobre ella.

No está casada, no tiene empleo, vive con un pariente varón y tiene una hija ilegítima.

—Una vez dicho eso, se reclinó en un asiento y se quedó a la espera.

Era evidente que se sentía orgullosa de sí misma.

Lena la miró con el ceño fruncido:

—Usted no sabe nada de mí.

Miriam siguió concentrada en el doctor Bell. Lo estudiaba mientras leía el documento. Lena no tenía ni idea de qué mentiras acerca de su persona estaría leyendo, pero sintió deseos de gritar antes de que acabase. Al fin levantó la vista del papel.

—Tiene suerte, señorita Sizer. Dispongo de tiempo para realizar una evaluación rápida antes de mi próxima reunión. —Se dirigió a Lena en un tono todavía más alto que el que había empleado la enfermera Irene—. Por favor, tome asiento, señorita Conti.

Lena negó con la cabeza.

—Quiero ver a mi hija.

—De acuerdo —dijo el doctor Bell—. Pero primero tiene que sentarse. —Señaló con amabilidad las sillas con respaldo de caña que había frente a su mesa, como si le estuviera ofreciendo una taza de té o fuera a darle buenas noticias.

Lena se lo pensó un momento y se sentó de mala gana con la espalda recta y las manos cruzadas sobre el regazo, como haría una persona razonable y civilizada. Por dentro se sentía como un animal salvaje, preparada para hacer cualquier cosa para proteger a su cría.

—Eso está mucho mejor —alabó el doctor Bell—. Gracias. Ahora podemos mantener una agradable conversación.

—No hace falta que hable tan fuerte —le indicó Lena—. No soy sorda.

El hombre enarcó las cejas con gesto ligeramente divertido.

—De acuerdo. Es bueno saberlo. Gracias por decírmelo. Y bien, ¿cómo se siente hoy, señorita Conti?

Era una pregunta ridícula.

—¿Cómo cree que me siento? —dijo—. Me han robado a mi hija, junto con los dos niños a los que me pidieron que protegiera.

Me han traído a este lugar en contra de mi voluntad y esta mujer le está contando mentiras sobre mí.

—Intentó mantener la calma, pero se le quebró la voz y la barbilla comenzó a temblarle.

El doctor Bell volvió a sonreír. Era la misma sonrisa artificial que le había dedicado antes la enfermera Irene, pero cargada con mucha más condescendencia.

—Entiendo. Es muy normal sentirse confundida por todo eso.

Se le encogió el estómago. Ya no hablaba en tono demasiado alto. Ahora le estaba hablando como si fuera retrasada. Se lo notaba en la voz, en el tono arrogante y en la falsa empatía. Aun así, contuvo su rabia y se concentró en sonar inteligente y tranquila en lugar de incoherente y muerta de miedo.

—Pero no entiendo por qué estoy aquí. No soy ni retrasada ni idiota.

—Puede que no —dijo el doctor Bell al tiempo que apoyaba las manos cruzadas sobre la mesa—.

Pero intentaré explicarle el asunto. La han traído aquí por recomendación de una trabajadora social de la Universidad Sweet Briar, así como de otras personas, entre ellas la señorita Sizer, George Pollock y el sheriff Dixon.

—Eso es… —La voz le sonó estridente, casi histérica. Hizo una pausa y se aclaró la garganta. Necesitaba hacerlo mejor, sonar más inteligente, más calmada—. No he hablado con esas personas. No saben nada de mí.

El doctor Bell levantó el papel.

—Este documento dice otra cosa. Confirma con toda claridad que a usted la entrevistó la señorita Penélope Rodgers.

Y es obvio que ha hablado con la señorita Sizer.

—La miró con sorna, como si la hubiera pillado en una mentira—.

Aquí también dice que tiene una hija nacida fuera del matrimonio y que está viviendo con un hombre que resulta ser su primo.

Ella negó con la cabeza.

—Trabajo para Silas Wolfe. Cuido de su casa y de sus hijos. Por eso vivo en su casa. Y el padre de mi hija está muerto. Murió antes de que pudiéramos casarnos.

El doctor Bell le lanzó otra sonrisa desdeñosa. Luego habló despacio, como si ella fuera la deficiente mental que Miriam afirmaba que era.

—Su fallecimiento no cambia el hecho de que mantuvo relaciones sexuales con él antes de que fueran legalmente marido y mujer.

—Eso lo sé —dijo ella. Sus palabras sonaron duras y forzadas. Apenas podía controlar su rabia—. Cometí un error. ¿Usted nunca comete errores?

—Sin duda —asintió el doctor Bell—. Todos cometemos errores.

Lo que me preocupa es que, como la mayoría de la gente de la montaña que he evaluado, usted no parece entender la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal, y no le importa vivir sin seguir las reglas de la sociedad civilizada.

La señorita Sizer y los demás piensan igual que yo.

Entre otras cosas, creen que es usted una madre incompetente.

Lena se encogió como si la hubieran abofeteado.