Capítulo 20
L ena recuperó el conocimiento poco a poco.
Le dolía la cabeza, que además golpeteaba contra algo duro mientras rebotaba como una muñeca de trapo dentro del vehículo.
Por un momento pensó que seguía en el barco de camino a los Estados Unidos, pero las tormentas marinas no sacudían las hamacas de tercera clase arriba y abajo, más bien las mecían de lado a lado.
Entonces recordó: habían desembarcado en la isla de Ellis; ya habían viajado hacia la cordillera Azul para mudarse con Silas, Bonnie y Jack Henry.
¿Estaba en el camión de Silas? ¿Se había quedado dormida? Si era así, ¿a dónde se dirigían?
Mareada y desorientada, abrió los ojos y se incorporó, segura de que Bonnie estaría sentada a su lado con Ella sobre el regazo.
Pero, para mayor asombro y horror, Miriam Sizer se encontraba al otro lado del asiento con el ceño fruncido, sujetaba fuerte con las manos rechonchas una cartera sobre las piernas.
Pollock y el hombre del traje ocupaban los asientos delanteros, el primero iba al volante.
La recorrió entera una sacudida de terror.
—¿Dónde me llevan? —gritó—. ¿Dónde está Ella? ¿Y dónde están Bonnie y Jack Henry?
Miriam continuó mirando al frente.
—Vamos de camino a la Colonia para Epilépticos y Deficientes Mentales del Estado de Virginia —dijo con voz calmada y prosaica, como si estuviera informando de la previsión del tiempo.
A Lena se le revolvió el estómago. Pollock había amenazado con enviarla a un lugar llamado «la Colonia» donde los médicos se encargarían de que no pudiese tener más hijos.
«No. Esto no puede ser real. ¡No puede ser!
». Se clavó las uñas en la palma de las manos con la esperanza de que el dolor la despertase.
Pero no se trataba de una pesadilla. Lo que más había temido estaba sucediendo.
Se habían llevado a su hija, a Bonnie y a Jack Henry.
Y a ella misma la conducían a un hospital para deficientes mentales.
—No hace falta que me lleven allí. No me pasa nada malo.
—Eso ya lo veremos —respondió Miriam— después de su evaluación.
Lena sentía que iba a empezar a hiperventilar, de modo que se reclinó en el asiento para evitar desmayarse.
—¿Qué pasa con los niños? ¿También los llevarán allí?
Miriam abrió la boca para contestar, pero se detuvo, como si estuviera replanteándose la respuesta. Y entonces, con tono seguro, afirmó que sí.
Lena se la quedó mirando, mareada y confusa, mientras intentaba discernir si le estaba diciendo la verdad.
Pero Miriam se había puesto una máscara de tranquilidad y había adoptado una mirada inescrutable.
Lena miró por la ventanilla para ver dónde estaban y si el sheriff también iba con ellos.
Se acercaban a las estribaciones de las montañas.
Pero ningún otro vehículo parecía circular delante o detrás de ellos.
Ningún furgón policial lleno de niños aterrorizados.
—No pueden hacer esto.
—Le aseguro que sí que podemos. Y, si quiere volver a ver a su hija, cooperará.
Lena deseó darle un puñetazo a Miriam en esa cara engreída o rodearle con las manos el cuello a Pollock y estrangularlo hasta que detuviera el vehículo.
Pero con eso no conseguiría nada. Aun cuando pudiese reducir a Miriam o a Pollock, el hombre del traje no la ayudaría a encontrar a Ella.
No la llevaría de vuelta a casa a esperar el regreso de Silas para que emprendieran juntos la búsqueda de los niños.
Se sentía indefensa y atrapada. Se apoyó contra la puerta y cerró los ojos, anegados de lágrimas.
El corazón le pesaba como una losa en el pecho.
Entre el olor polvoriento a perfume viejo y el olor a sudor rancio que surgía de Miriam Sizer, pensó que acabaría vomitando.
Se tapó la boca con las manos con la esperanza de que se le pasaran las náuseas, pero la angustia le oprimía la garganta.
El olor de Ella le persistía en la piel de las manos: el aroma familiar y dulce a aliento de bebé, leche caliente y jabón casero de lavanda.
Incluso podía oler la manzana jugosa que Ella había tenido en las manos.
Se esforzó por recuperar la compostura y se sentó más erguida.
Si quería volver a ver a su hija, a Bonnie y a Jack Henry, tenía que mantenerse alerta.
Era necesario que demostrase que no era retrasada, que era una madre fuerte y capaz.
Tras varias horas de viaje en casi completo silencio, llegaron a una ciudad en expansión anidada en un valle amplio.
En las calles se alineaban casas con gabletes y árboles altos.
Cerca de lo que parecía ser el centro de la ciudad, pasaron por delante de una hilera de tiendas, un parque y una iglesia construida en piedra antes de proseguir la marcha bajando por una leve pendiente hacia una carretera principal y girar a la izquierda en dirección a un complejo de edificios de piedra y ladrillos.
Detrás de estos había otros de piedra, establos de madera y almacenes que salpicaban el paisaje; también se veían caballos en un prado cercado y personas que trabajaban en un campo.
Conforme se acercaban a los edificios de ladrillo, cada estructura le parecía más grande y siniestra que la anterior, como una fortaleza sin vía de escape.
Cuando Pollock aparcó delante de lo que parecía ser el edificio principal, enorme, de dos plantas, con columnas blancas y alas amplias a cada lado, Lena sintió crecer el miedo y la pena, tanto que casi rompió a llorar. Miró a Miriam con ojos desesperados.
—¿Mi Ella está ahí dentro? —preguntó con la voz quebrada.
Miriam hizo caso omiso de la pregunta, se subió las gafas y se eliminó unas pelusas invisibles de la parte delantera del vestido. Lena quería estrangularla para obligarla a decirle qué habían hecho con su hija. Pero eso solo empeoraría las cosas.
Detrás de las columnas blancas del edificio principal, una puerta azul oscuro se abrió y una enfermera con un uniforme de un blanco fantasmal salió al umbral de piedra.
Pollock apagó el motor y se bajó del automóvil.
El hombre del traje bajó también, le abrió la puerta trasera a Miriam Sizer y luego fue al otro lado para abrirle a Lena. Miriam apareció junto a él.
—Vamos. Es hora de entrar.
Lena necesitó unos instantes para reunir valor antes de bajarse del automóvil con piernas temblorosas y quedarse allí, en el camino de losas resquebrajadas.
Levantó la vista hacia la estructura enorme, tenía el tejado bajo y negro, y filas de ventanas oscuras como dientes ennegrecidos dispuestos a comérsela entera.
Se le secó la boca. El hombre del traje la sujetó por el brazo y la condujo por el camino mientras Pollock permanecía junto al vehículo.
Miriam la siguió, sus zapatos repiqueteaban en el pavimento.
La enfermera, severa y rígida, los recibió arriba de la escalinata y miró de la cabeza a los pies a Lena.
Esta intentó imaginar cómo la vería: una joven con un vestido muy usado, despeinada, descalza y con el delantal de trabajo manchado de la tierra del huerto.
Prueba viviente de los empobrecidos moradores de las montañas que aparecían en las fotografías de Arthur Rothstein.
La enfermera se dirigió a Miriam.
—¿Otra más? ¿Tan pronto?
—Me temo que esto es solo el principio. Se llama Magdalena Conti. Inculta, promiscua, con mal talante y madre soltera de una bastarda. Posiblemente retrasada, como el resto.
—Ya veo —dijo la enfermera. Le dedicó a Lena una falsa sonrisa compasiva que demostraba que no sentía ninguna inclinación ni deseo de entenderla. Había creído sin más lo que Miriam le había dicho—. Soy la enfermera Irene. Bienvenida a la Colonia.
Hablaba más despacio y más alto de lo necesario, como si Lena fuera dura de oído o le costara entender el idioma.
Lena clavó los ojos en la enfermera e intentó sonar segura e inteligente, aunque estaba temblando por dentro.
—¿Dónde está Ella? ¿La ha traído aquí el sheriff Dixon?
—¿Quién? —preguntó la enfermera.
—Ella. Mi hija.
—Lo siento —dijo la enfermera con el mismo tono de voz más alto de lo necesario—. Pero no tengo ni idea de a quién se refiere. Ahora vamos a entrar, ¿le parece?
—No iré a ninguna parte hasta que vea a mi hija —declaró Lena. Se dirigió a Miriam—. Usted me dijo que estaría aquí. Necesito verla, y también a Bonnie y a Jack Henry.
—Lo entiendo. Pero creo que primero tiene que hablar con el doctor Bell. ¿No es así, enfermera Irene?
—Así es —confirmó—. Debemos seguir el protocolo.
—No me hace falta un médico —repitió—. No soy retrasada ni deficiente mental. Soy una madre que necesita a su hija.
La enfermera Irene soltó un suspiro de frustración.
—Si no entra por las buenas —le advirtió—, haré que alguien la lleve por la fuerza a donde tiene que ir. Así que, ¿cómo quiere que lo hagamos, señorita Conti? ¿Va a cooperar o no?
Lena tragó saliva y sintió en la garganta el sabor agrio del miedo. Sintió que le brotaban en la frente gotas de sudor. Las palabras del inspector de la isla de Ellis le resonaban en los oídos: «Si ingresan a su hermano allí, nunca saldrá. No se puede ayudar a la gente como él».
Quizá debería huir. Seguro que corría más rápido que Miriam y que la enfermera, pero el hombre del traje parecía joven y fuerte, y además estaba bloqueando la salida.
Aun cuando pudiera esquivarlo, Pollock se encontraba junto al automóvil y podría capturarla.
Pero lo más importante era, ¿y si Ella estaba allí dentro?
Como si le leyera la mente, la enfermera Irene le dijo que estaba segura de que el doctor Bell sabría dónde estaban los niños.
Lena se sentía al borde del desmayo. Un millón de pensamientos y temores se entremezclaban y chocaban entre sí.
¿Cómo iba a confiar en esas mujeres? En especial, sabía que no podía confiar en Miriam, la persona que había mentido sobre sus motivos para llevar un fotógrafo a las montañas y la mujer que le había arrebatado a Ella de los brazos.