Capítulo 19 #2
—¡Quita tus sucias manos de mi hermana! —chilló Jack Henry. Cayó de rodillas mientras luchaba por soltarse, pero el ayudante lo levantó de un tirón y lo empujó hacia el furgón policial. El sheriff los siguió con Bonnie.
—¡Ayuda! —bramaba Bonnie—. ¡Que alguien nos ayude!
Lena corrió tras ellos. La pequeña Ella chillaba.
—¡No! —gritó—. ¡No pueden llevárselos!
Bonnie se retorcía y se revolvía como un animal salvaje, desesperada por liberarse.
—¡Ya veréis cuando mi padre se entere de esto! —gritaba—. ¡Cuando acabe con todos vosotros os vais a sentir como si un lobo os hubiera tragado y escupido por el borde de un precipicio!
—Eso ya lo veremos —dijo el sheriff Dixon. Abrió la puerta del furgón policial y la metió dentro de un empujón.
Cuando el ayudante del sheriff empezó a obligar a Jack Henry a que entrara junto a Bonnie, Lena se abrió paso a empellones entre el sheriff y su ayudante, metió la mano libre en el furgón y se aferró a los brazos y a la ropa de Bonnie y Jack Henry para intentar sacarlos de allí.
El ayudante la apartó a empujones antes de cerrar la puerta con llave.
—Paren —sollozaba Lena—. Por favor. ¡No pueden hacer esto! ¡No está bien! No han hecho nada malo. ¡Silas no ha hecho nada malo!
Su hijita lloraba cada vez más fuerte.
Dentro del furgón policial, Bonnie y Jack Henry aporreaban las paredes y gritaban para que los dejaran salir. Sus voces asustadas retumbaban tras los barrotes de las ventanillas.
—Lo siento —sollozó Lena—. Siento no haber podido evitarlo.
—Empujó al ayudante del sheriff para apartarlo y sacudió las manijas de la puerta.
No se movieron ni un ápice. Intentó mirar por los barrotes de la ventanilla, pero estaba demasiado alta—.
No os preocupéis, vuestro padre y yo os encontraremos.
—Dile a papá que lo siento —dijo Jack Henry.
—Yo también —gimoteó Bonnie.
—No —se lamentó Lena—. Es culpa mía. —Se dirigió al sheriff Dixon.
Lágrimas de rabia le caían por el rostro.
Quería quitarle la pistola del cinto, apuntarle a la cabeza y obligarlo a que soltara a los niños.
Pero su ayudante podría dispararle o meterla a ella también en el furgón policial.
Intentó pensar algún plan, cualquier cosa que impidiera que se llevaran a los niños o, al menos, ralentizar su marcha—.
No llevan zapatos. Por favor, dejen que vaya a por sus zapatos.
Quiz, si los entretenía lo suficiente, Silas llegaría a casa y pondría fin a todo eso.
El sheriff Dixon negó con la cabeza.
—En el lugar al que van les darán zapatos sin agujeros.
El ayudante se dirigió hacia la parte delantera del furgón, dejó el rifle de Silas dentro y volvió a donde estaban.
—¿Y comida? —probó Lena—. ¿Puedo, por favor, darles leche y pan de maíz?
—También recibirán comida en abundancia —declaró el sheriff .
Lena se llevó una mano al corazón con la certeza de que se le estaba rompiendo.
—Entonces, por favor…, por favor, dígame a dónde se los llevan.
El sheriff se enganchó los pulgares en las trabillas del cinturón.
—No puedo decírselo.
—¿Lena Conti? —preguntó alguien a su espalda.
Se dio la vuelta. George Pollock, Miriam Sizer y el hombre del traje la miraban con rostro solemne. Y Pollock sonrió.
Lena dio un paso hacia él y tuvo que reprimir las ganas de borrarle la sonrisa de un bofetón. Por suerte para él, seguía sosteniendo a Ella.
—¿Qué ha hecho? ¿Qué mentiras le ha contado al sheriff sobre Silas?
—Mira —dijo Pollock—, no he tenido nada que ver con esto. Solo he venido porque el sheriff Dixon y la señorita Sizer me pidieron que los acompañara por si el asunto se descontrolaba.
—Es un mentiroso —siseó Lena.
—Le sugiero que se calme, señorita —intervino Miriam Sizer—.
Hemos venido en misión oficial. No estoy segura de si es consciente de esto, pero varios trabajadores sociales han llevado a cabo una investigación para determinar las condiciones de la gente de la montaña.
Creo que usted habló con la señorita Penélope Rodgers no hace mucho, ¿cierto?
—Le dijimos que se fuera —dijo Lena—. ¡Y ahora liberen a Bonnie y a Jack Henry!
—Sí —continuó Miriam—. La señorita Rodgers dijo que la echaron persiguiéndola con una horca.
—Chasqueó la lengua para mostrar su desaprobación—.
Un comportamiento tan poco civilizado… Pero eso no viene al caso.
Lo que importa es que nos han pasado información sobre Silas Wolfe concerniente al hecho de que está viviendo en pecado con una joven que es de su familia. Supongo que esa es usted.
Lena se esforzó por controlar su rabia.
—Eso no es cierto. Yo solo trabajo para el señor Wolfe. —Miró a Pollock con furia—. Él les está contando estas mentiras para que vaya a trabajar para él.
—Puedes creer lo que quieras —dijo Pollock—, pero mi oferta fue un acto de amabilidad.
—¿Es amabilidad encerrar a una mujer y asegurarse de que no tenga más hijos? —dijo Lena con voz que rezumaba odio.
—Si la situación lo requiere, sí —repuso Pollock.
Miriam sacudió la cabeza con repentino nerviosismo.
—Por favor, deje que termine lo que tengo que decir.
Lo que haya pasado entre ustedes es irrelevante.
Nuestra fuente de información es la señorita Rodgers.
Y, como le estaba intentando explicar, estamos aquí porque es importante evitar que las personas ignorantes e inmorales de las montañas sigan reproduciéndose de modo endógamo.
—Señaló a Ella con un dedo grueso—. La señorita Rodgers nos ha informado de que esta niña es el resultado de sus relaciones con Silas Wolfe.
Lena sintió que una oleada ardiente de pánico se le extendía por la nuca.
—¡Eso es otra mentira! El padre de Ella está muerto.
Miriam descartó sus palabras con un movimiento despectivo de la mano.
—La señorita Rodgers me advirtió de que usted diría eso y de que intentaría ocultar más cosas. —Y entonces se dirigió al hombre del traje—. Nos la llevaremos ahora.
El hombre del traje tomó a Lena del brazo.
—¿Qué hace? —gritó Lena—. ¡Suélteme! ¡Estoy diciendo la verdad!
Miriam hizo ademán de acercarse a su hijita.
—Deme a la niña.
Lena retiró a Ella del alcance de la mujer.
—¡No! ¡No puede llevársela!
Respiraba con jadeos cortos y superficiales, tenía el estómago revuelto. Se soltó del agarre del hombre e intentó huir. Él y Pollock la atraparon antes de que pudiera escapar.
—Deme la niña antes de que se le caiga —dijo Miriam.
—¡Suéltenme! —gritaba Lena—. ¡No permitiré que se la lleven!
Bonnie y Jack Henry lloraban y gritaban dentro del furgón policial.
—¡Dejadlas en paz!
Miriam volvió a intentar arrebatarle a Ella.
Con manos rudas se la arrancaba de los brazos a Lena, quien intentó empujarla, pero los hombres le sujetaban los brazos.
La bebé lloró más fuerte, tenía el rostro amoratado y congestionado.
Miriam volvió a intentar tomarla en brazos.
Lena se ladeó y le dio una patada a Pollock.
Este gruñó y la sujetó con más fuerza, clavando los dedos en los músculos de Lena.
El hombre del traje hizo lo mismo. Miriam rodeó a Ella con las manos, a la fuerza, clavando los nudillos en los pechos de Lena.
Esta luchó y se retorció para liberarse, pero los hombres eran demasiado fuertes.
—¡No! —gritó—. ¡No pueden llevarse a mi hija!
—Podemos y lo haremos —dijo Miriam. Su rostro era una máscara de determinación cruel. Arrancó a Ella de los brazos de su madre.
Con cada gramo de fuerza que le quedaba, Lena liberó un brazo y le clavó las uñas en la mejilla a Miriam, que trastabilló hacia atrás antes de tocarse la cara y verse la sangre en los dedos. Pollock le sujetó los brazos a Lena detrás de la espalda y la alejó de Miriam.
—Esto es lo mejor para todos —dictaminó Miriam—. Algún día lo entenderá. —Y, con una sonrisa sardónica, comenzó a alejarse con Ella.
—¡Mamá! —gritaba Ella mientras alargaba sus bracitos hacia Lena—. ¡Mamaaaaá!
—¡No! —sollozaba Lena—. ¡No se la lleve! ¡Por favor! ¡Haré lo que sea! —Le suplicaba a Pollock—. Haré lo que quiera, lo prometo. Por favor, devuélvanme a mi hija.
—Ya te lo he dicho —dijo Pollock—. Yo no he tenido nada que ver con esto.
Lena gritó y luchó con todas sus fuerzas mientras Pollock y el hombre del traje comenzaban a arrastrarla hacia el automóvil.
Miriam le entregó a Ella al ayudante del sheriff antes de dirigirse al vehículo y esperar allí.
El hombre se subió al asiento delantero del furgón policial y cerró la portezuela, con lo que se amortiguaron los llantos de Ella.
Asomaba la cabecita por la ventanilla, tenía el cabello rubio muy despeinado.
El sheriff Dixon subió y arrancó el motor.
—¡Noooo! —aulló Lena—. ¡Por favor, no se la lleven!
Cuando el furgón policial comenzó a dar marcha atrás por el patio, volvió a gritar hasta que notó un sabor a sangre.
Luego se dejó caer de rodillas. Le dolían cada músculo y cada hueso del cuerpo por la agonía y la pena.
Pollock y el hombre del traje la incorporaron a tirones, pero el mundo a su alrededor comenzó a verse envuelto en oscuridad, como si alguien hubiera corrido una cortina.
Lo último que vio fue que el suelo se acercaba a ella antes de golpear la tierra con una fuerza demoledora y que todo se volviera negro.