Las mentiras que nos contaron Capítulo 19
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Capítulo 19

A finales de septiembre, Lena se atrevió a pensar que los peligros inminentes que la habían acosado desde su llegada a los Estados Unidos habían disminuido.

O incluso que, por algún milagro, hasta habían desaparecido.

Era probable que no fuese más que una ilusión, pero George Pollock no había vuelto a la casa, Penélope Rodgers no había enviado a nadie desde la Universidad Sweet Briar y el sheriff Dixon no había aparecido por la granja Wolfe Hollow.

Y, lo que era más importante, Silas ya no hablaba de que el estado fuera a quitarle sus tierras, al menos no con ella.

Al mismo tiempo, la rabia y la frustración seguían brotando de él como una niebla invisible, de modo que su silencio hacía que Lena se preguntara si no se estaría gestando una tormenta en la distancia, un grupo silencioso de nubarrones negros que se les abrirían sobre la cabeza cuando fuera demasiado tarde para buscar refugio.

Aun así, a pesar de que los indicios apuntasen a que podían estar a salvo, decidió no dejar nada al azar.

Le pidió a Jack Henry que le enseñara a cargar, amartillar y disparar uno de los rifles de Silas, y lo escondía debajo de los escalones de atrás cada vez que Silas no estaba en casa y ella trabajaba en el huerto con los niños.

Como era de esperar, le llevó un tiempo convencer a Bonnie y a Jack Henry de que, aunque ambos tenían más experiencia con las armas, solo ella podría ahuyentar a los extraños con el rifle.

Y después de explicarles que había visto a personas tirotear durante la guerra y que era algo que nunca podría hacer, les prometió que no tenía ninguna intención de dispararle a nadie y que no quería que ellos tuvieran que hacerlo jamás.

El rifle solo estaría allí para su protección, por si volvían a pillarlos desprevenidos.

A Lena le preocupaba que uno de los niños lo usara si Pollock o el sheriff aparecían por allí; no obstante, era un riesgo que tenía que asumir.

El último día del mes, el correo le llevó una carta de Enzo.

Le contaba que trabajaba como albañil cinco días a la semana y que vivía con el hijo de Frau Müller y con su esposa en Berlín.

Y, aunque decía que echaba muchísimo de menos a Lena y a Ella, sonaba contento y orgulloso de tener un trabajo bien remunerado.

También mencionaba a la nieta de Frau Müller, quien le había enseñado la ciudad y le estaba ayudando a mejorar su inglés.

Lena se alegró de que hubiera encontrado una amiga y de que le fuera bien, sobre todo porque así le resultaba más fácil admitir en su carta de respuesta que no podía enviarle dinero porque no percibía un salario.

También le explicó que, como los moradores de la cordillera Azul sabían vivir de lo que cultivaban, el dinero no era tan importante como había pensado.

Silas Wolfe y sus hijos tenían más comida y comodidades en su hogar que muchas de las personas que conocían en Beckingen.

Le contó que estaba cumpliendo la promesa que le hizo a Mutti al mantenerse fuerte y ser feliz, aun cuando eso solo era una verdad a medias, y que esperaba que él estuviera haciendo lo mismo.

También le habló de Ella, lo sana que se encontraba y lo mucho que había crecido.

Una semana más tarde, un día despejado de otoño, Lena apoyó una estrecha escalera de mano contra un manzano para que Bonnie pudiera subir y llegar a las ramas más altas. Subido en otro árbol, Jack Henry añadía más manzanas a la bolsa ya rebosante que llevaba colgada del hombro.

—¡He recogido más manzanas que tú!

—¡Me importa un pimiento! —le gritó Bonnie.

—Por favor, tened cuidado —les advirtió Lena—. No hace falta que os caigáis y os rompáis el cuello.

Sobre una manta, allí cerca, Ella levantó una manzana y gorjeó de contento.

—Manzana, mamá —dijo—. Mí tiene manzana.

Lena sonrió. Su hija aprendía palabras nuevas cada día.

—Sí, Kleine. Tienes una manzana.

—Estoy pensando en hacer buñuelos y salsa de manzana cuando acabemos aquí —dijo Bonnie.

—¿Y mantequilla de manzana? —dijo Jack Henry.

—Haremos mantequilla de manzana mañana. A papá le gustan más los buñuelos.

Jack Henry resbaló sobre una rama y consiguió recuperar el equilibrio antes de caerse.

—Vaya. Casi me parto la crisma esta vez.

—Por favor, espera a usar la escalera —le pidió Lena—. Casi hemos terminado con ella.

—Las escaleras son para los debiluchos —dijo Jack Henry.

—¿A quién llamas debilucha? —le espetó Bonnie. Para no ser menos que su hermano, pasó de la escalera a una rama del árbol.

—Bonnie, por favor —intervino Lena—. Vuelve a la escalera.

Bonnie no le hizo caso, se estiró para alcanzar la manzana más alta.

— Ach, Gott . Entre los dos vais a conseguir que me entre un ataque.

Bonnie se echó a reír.

—Se dice «dar un ataque», no «entrar un ataque».

Metió varias manzanas en su bolsa y volvió a la escalera, mientras que Jack Henry continuaba recogiendo manzanas desde su peligrosa posición sobre una rama.

Justo entonces oyeron un motor a lo lejos. Bonnie miró por encima del hombro en dirección a la carretera.

—Me pregunto por qué habrá vuelto papá tan temprano otra vez.

—Puede que el sheriff haya estado merodeando de nuevo —dijo Jack Henry.

Lena miró hacia la carretera. Desde donde estaba no veía por encima de los árboles.

—¿Estás segura de que se trata de tu padre?

—Sí. Es su camión.

Lena maldijo por lo bajo. ¿Cómo iba a poner el rifle en su sitio antes de que Silas llegara a la casa? Quizá podría pedirle que sujetara la escalera mientras ella llevaba parte de las manzanas a la cocina. Así podría recuperarlo antes de que entrara.

—Tu padre podría enfadarse si te ve tan arriba, Jack Henry —le advirtió.

—Maldición —soltó Jack Henry—. Me faltaba poco para llegar arriba del todo.

Bajó trepando hasta la mitad del árbol y entonces saltó al suelo.

Aterrizó de rodillas y cayó de bruces. Las manzanas se desparramaron desde la bolsa y rodaron por la hierba en todas direcciones.

Se apresuró a recogerlas y entonces se quedó paralizado, con la mirada clavada en la carretera.

Lena se dio la vuelta para ver qué estaba mirando.

Un camión cubierto de polvo y un automóvil se desviaron de la carretera y subieron por el camino con gran estruendo. El camión era idéntico al de Silas, pero no era el suyo. Otro camión con una caja negra detrás lo seguía de cerca. A Lena le dio un vuelco el corazón. Era la polizei.

—¡Baja del árbol, Bonnie! —gritó. Pasó la mirada de la casa al cobertizo varias veces. La casa estaba más cerca—. ¡Deja las manzanas y llévate a Ella a casa!

Bonnie miró por encima de su hombro.

—Mierda —dijo—. Es el sheriff Dixon.

—¿No vamos al cobertizo? —preguntó Jack Henry.

—No nos da tiempo —respondió Lena.

Bonnie bajó por la escalerilla, se deshizo de la bolsa de manzanas que llevaba colgada al hombro, levantó a Ella de la manta y se dirigió hacia la casa.

Jack Henry dejó caer su bolsa y la siguió.

A medio camino, Bonnie se detuvo para ver si Lena los seguía.

Jack Henry pasó corriendo junto a ella y tomó la delantera.

Lena se quedó paralizada un segundo. Había entrado en pánico y no estaba segura de nada.

Se había representado la escena en la mente una y otra vez: sacar el rifle de debajo de los escalones traseros, amartillar y levantar, apuntar el cañón con el dedo justo debajo del gatillo.

Pero que aparecieran varias personas a la vez nunca había formado parte de ese escenario, y mucho menos que vinieran con el furgón negro que usaban para llevarse a la gente a la cárcel.

Emprendió el camino hacia la casa. Ya era demasiado tarde para cambiar de planes.

—¡Seguid! —le gritó a Bonnie.

Los vehículos se aproximaban por el camino a gran velocidad, llegaron al patio y se detuvieron entre Lena y la casa.

Se abrieron las portezuelas. Pollock bajó del camión cubierto de polvo.

Un hombre trajeado se apeó del vehículo, seguido de la profesora que había llevado al fotógrafo al molino, Miriam Sizer.

El sheriff Dixon y su ayudante salieron del furgón policial y corrieron hacia Bonnie y Jack Henry.

Y Lena observó horrorizada cómo Jack Henry sacaba el rifle de su escondite y echaba a correr hacia los hombres. Bonnie iba detrás. Lloraba y le gritaba que parase.

Lena rodeó los vehículos y echó a correr hacia los niños.

—¡No! —gritó—. ¡Volved a la casa!

Jack Henry se detuvo y amartilló el rifle.

Lena sintió un nudo en el estómago.

—¡Jack Henry, no!

Antes de que el niño pudiera levantar el rifle para apuntar, el ayudante del sheriff se lo arrebató y lo atrapó de un brazo. Jack Henry gritó y pataleó y se esforzó por soltarse, pero fue en vano. El ayudante del sheriff lo sujetaba con fuerza y mantenía el rifle fuera de su alcance.

Cuando Bonnie los alcanzó, soltó a Ella y embistió al hombre que retenía a su hermano.

—¡Deje en paz a mi hermano! —gritó—. ¡No lo toque!

El sheriff Dixon la sujetó por los hombros y tiró de ella hacia atrás. La niña intentó librarse, pero el hombre era demasiado fuerte. Aterrorizada, Ella empezó a chillar. Cuando Lena llegó hasta ellos, la alzó con brazos temblorosos e intentó suplicarle al sheriff .

—¿Qué está haciendo? —gritó—. ¡Por favor! ¡Deje que se vayan!

—Lo siento, pero se vienen con nosotros —dijo el sheriff Dixon—. El estado ha decretado que Silas Wolfe es incompetente como padre. Es un padre inadecuado que carece de los medios necesarios para cuidar de su familia.

—Eso no es cierto —exclamó Lena—. ¡Sus hijos tienen todo lo que necesitan!

—¡Suéltame, hijo de perra! —exclamó Bonnie. Le dio una patada al sheriff en la espinilla con el talón antes de volver la cabeza y morderle los dedos.

—¡Maldita sea! —vociferó el sheriff al tiempo que sacaba de un tirón la mano de la boca de la niña.

Bonnie casi consiguió escapar, pero él volvió a sujetarla. Le asió un brazo y se lo inmovilizó doblado a la espalda.

—¡Pare! —gritó Lena—. ¡Le está haciendo daño!