Las mentiras que nos contaron Capítulo 18
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Capítulo 18

A medianoche del día de la desagradable visita de Pollock, Lena se encontraba sentada en el porche delantero.

Estaba muy inquieta. Esperaba el regreso de Silas mientras una brisa perfumada de pino le retiraba el pelo del rostro.

La estrella polar relucía sobre la silueta de la enorme pícea del final del camino y una miríada de puntos de luz salpicaba la oscuridad sobre las montañas.

Ya entendía por qué Bonnie decía que el valle de noche estaba tan oscuro como la boca de un lobo.

Antes, incluso después de haberles prometido cientos de veces que no se marcharía sin decírselo y que los despertaría tan pronto como su padre volviera, había sido difícil conseguir que Bonnie y Jack Henry se fuesen a la cama.

Dijeron que no podrían dormir hasta que supieran que su padre no estaba en la cárcel por haberle descerrajado un tiro a Pollock y hasta que tuvieran la certeza de que no enviaría a Lena y a Ella lejos de la casa.

Les suplicó que al menos se acostaran y, a pesar de verse acosada por los mismos miedos, les aseguró que su padre solo necesitaba tiempo para pensar.

Lo que fuera que hiciese sería lo mejor para su familia.

Claro estaba que lo mejor para su familia podía ser espantoso para ella y para su hijita, pero no tenía sentido que les dijera tal cosa.

Ellos ya lo sabían. Para cuando consiguió que se calmaran, ya estaba demasiado oscuro para marcharse de todos modos.

Así que solo esperaba. Porque, si Silas tenía la intención de obligarla a marcharse, tenía que saberlo lo antes posible, no mañana ni pasado mañana ni la semana siguiente.

Sus nervios no soportarían mucha más demora.

Rezaba para que Virgilio y Teensy tuvieran razón al decir que Silas era un hombre honesto de buen corazón que se encontraba abrumado por la tragedia, y también rezaba para que el héroe de guerra que había salvado vidas se diera cuenta de que entregarla a Pollock estaba mal.

Si no fuese así, si él volvía a casa y le decía que tenía que marcharse, se escabulliría cuando él se retirase a dormir, sin importarle que la noche fuera oscura y a pesar de sus promesas a Bonnie y a Jack Henry de despedirse de ellos.

Y si Silas no volvía esa noche, no tenía ni idea de lo que iba hacer.

Pollock había dicho que le concedía dos días para que tomara una decisión, pero ¿y si era una trampa?

¿Y si volvía antes de lo esperado? Se sentiría fatal por abandonar a Bonnie y a Jack Henry sin despedirse, claro, pero, si esperaba demasiado, podría ser demasiado tarde para ella.

Y si Silas matase a Pollock habría una serie de problemas completamente diferentes.

Se ajustó el jersey debajo de la barbilla y escudriñó la noche mientras aguzaba el oído para distinguir el sonido del camión de Silas subiendo por la carretera.

Una lechuza ululó a lo lejos. Algo que sonaba como un lobo lanzó un aullido solitario y escalofriante.

En mitad del silencio casi completo y con la fragancia de los árboles perennes, si cerraba los ojos casi podía imaginar que estaba de vuelta en Alemania, paseando por las colinas que rodeaban su pueblo natal.

La nostalgia hacía que le fuera más fácil entender por qué Silas se negaba a abandonar ese hermoso lugar y por qué haría casi cualquier cosa por permanecer allí con sus hijos.

Estaba arraigado a esa tierra, pertenecía a esas montañas que le pertenecían a él tanto como era posible que le pertenecieran a alguien los arroyos cantarines y los osos.

Con ese pensamiento, el pánico y el miedo volvieron a crecerle en las entrañas.

Silas pertenecía a ese lugar. Igual que sus hijos.

Y haría lo que fuera por quedarse allí, incluso si eso significaba enviar a Lena y a Ella lejos.

Quizá debería marcharse ahora que se le presentaba la oportunidad.

Quizá lo mejor sería que subiera a hacer el equipaje mientras Silas no estaba y los niños se hallaban en sus dormitorios.

Pero ¿a dónde iría? ¿Montaña abajo?, ¿y si se perdía en la oscuridad?

¿Al molino del señor Early? ¿A la granja de Teensy?

No tenía ni idea de si se acordaría del camino para llegar hasta allí.

¿Y si le eran leales a Silas? ¿Y si le contaban que ellas se ocultaban allí?

Quizá pudiera decirle a Teensy que Enzo había ido a los Estados Unidos y estaba esperando a que fuera a buscarlo a la estación del ferrocarril.

Que Silas estaba haciendo una entrega de madera y que ella necesitaba que alguien la llevase.

Que tenía que darse prisa antes de que algún delincuente engañase a su hermano para que se alojara en algún lugar poco seguro.

Y cuando estuviera montaña abajo podría entrar en la estación y desaparecer.

Podía volver a la isla de Ellis y buscar a la monja que le dijo que acudiese a su iglesia.

Seguro que una monja estaría dispuesta a ayudarla, al menos hasta que Lena pensara qué hacer a continuación.

Se levantó de un salto y entró en la casa.

Era ahora o nunca. No permitiría que otra persona dictara su destino.

Si se llevaba un farol y permanecía en los caminos, seguro que estarían bien.

Después de tomar un farol y subir a su alcoba, donde Ella dormía en paz en su cuna, se quitó el delantal de la difunta esposa de Silas, se puso un suéter y escribió una nota para Bonnie y Jack Henry.

Les decía que lo sentía mucho y que volvería algún día a visitarlos.

Después guardó sus pertenencias y las de Ella en su estropeado zurrón, se ató el chal alrededor de los hombros y de la cintura y finalmente sacó a Ella de la cuna con sumo cuidado.

La niña se removió un instante, pero, por suerte, volvió a quedarse dormida tan pronto como Lena la arropó, bien calentita, dentro del chal. Entonces Lena salió de la habitación.

Cada sonido reverberaba en la casa silenciosa: el chirrido de las bisagras y el chasquido del picaporte al cerrar la puerta, el crujido del suelo de madera al escabullirse por el pasillo.

Cuando pasó por delante de las alcobas de Bonnie y Jack Henry, los ojos se le llenaron de lágrimas.

Odiaba tener que abandonarlos, sobre todo después de que ambos le hubiesen plantado cara a su padre y le hubieran dicho que querían que se quedase con ellos.

Por no mencionar que los quería y que estaba empezando a pensar que ellos también la querían.

Lo último que deseaba hacer era añadir más pena a la montaña de pesar que ya acumulaban.

Pero tenía que marcharse antes de cambiar de opinión.

De lo contrario, se arriesgaba a que la separasen de su hija.

Bajó las escaleras de puntillas con Ella acurrucada contra el pecho.

Se detuvo ante la puerta principal. Tenía que llevarse comida; si no para ella, al menos para su hija.

La idea de robar hacía que se le revolviera el estómago y no quería que Silas la acusara de ladrona, pero permitir que su hija muriese de hambre quedaba descartado.

Y seguro que Silas no querría que ella y su hija murieran de hambre, ¿no?

Fue a la cocina, dejó el farol sobre la mesa, tomó una hogaza de pan y dos manzanas de la encimera, y lo colocó todo junto al farol.

De la despensa sacó un tarro de mermelada de fresa, un tarro de maíz agridulce y un trozo de queso curado envuelto en un paño limpio, y lo dejó todo sobre la mesa junto al pan.

Miró por toda la cocina en busca de algo para transportar las provisiones, como un saco de los de la harina o un cubo viejo.

También tenía que recoger una jarra de leche de la fresquera.

Y entonces lo oyó.

El crujido de neumáticos que subían por el camino.

Lena quedó paralizada e intentó no dejarse llevar por el pánico.

Podía escapar por la puerta de atrás, pero no sin la comida.

O podía esperar a que Silas se metiera en la cama y entonces entrar a recuperarla.

Pero si Ella se despertara llorando, él podría oírla.

Quizá debería volver a su habitación e intentarlo de nuevo más tarde.

Contuvo el aliento. El camión de Silas se detuvo delante de la casa.

Recogió el pan y las manzanas con la intención de devolverlo todo a la encimera, pero cambió de idea y lo dejó sobre la mesa.

Corrió hacia las escaleras con el farol en la mano.

A mitad de las escaleras, Ella se despertó y empezó a llorar.

A su espalda, la puerta se abrió y volvió a cerrarse.

—¿Qué haces levantada tan tarde? —preguntó Silas.

Se detuvo en los escalones y lo encaró. Se esforzó por respirar con normalidad.

—Ella estaba llorando y no quería que despertase a Bonnie y a Jack Henry. Creo que le duele el vientre.

En ese preciso instante, Ella lanzó otro lamento. Lena le daba palmaditas en la espalda para calmarla. La pequeña parpadeó y se acurrucó contra el pecho de su madre antes de volver a caer en un sueño inquieto.

Silas frunció el ceño y dejó el rifle contra la pared.

—Me parece que estabas planeando irte a alguna parte.

Negó con la cabeza, segura de que él podía oír los fuertes latidos de su corazón.

—Ahora que está más tranquila, nos volvemos a la cama.

—¿Vas a huir?

Lena intentó sostenerle la mirada a Silas, pero, en cuestión de segundos, bajó la vista.

Ojalá se le diera mejor mentir. Pero el zurrón a su espalda y Ella atada a su pecho revelaban sus intenciones, por no mencionar el hecho de que llevaba puesto un vestido y zapatos en lugar del camisón de dormir.

—Más te vale que te quites esa idea de la cabeza. Te perderás en estas montañas. Y la única forma que tendremos de encontrarte será que los buitres empiecen a sobrevolar tu cadáver.

Entonces volvió a mirarlo con determinación.

—No me iré con Pollock. Me niego a permitirle que me envíe a vivir con él.

Silas se quitó el sombrero y lo colgó de un gancho junto a la puerta. Su rostro era el de un hombre atormentado.

—Resulta que ya no tienes que seguir preocupándote por eso.

Lena tragó saliva.

—¿Por qué? ¿Acaso… lo ha matado?

Él soltó un bufido desdeñoso.

—Pensé en hacerlo. Ese pedazo de mierda rastrero y bueno para nada se merece un buen escopetazo o algo peor, pero no, no le he disparado. Aún.

Una extraña mezcla de alivio y confusión la embargó.

—No lo entiendo. ¿Por qué ya no tengo que preocuparme por eso?

—Porque nunca he confiado en ese bastardo.

Es más deshonesto que el peor de los canallas.

Aun cuando aceptase que te llevara a su casa, el Gobierno no iba a permitirnos quedarnos aquí de ninguna de las maneras.

Pollock no tiene esa clase de poder aunque él piense que sí.

E incluso si no estuviese mintiendo, esos canallas del estado encontrarían alguna otra razón para echarnos.

Abrumada, casi le fallaron las piernas. Se aferró al pasamanos y se sentó en los escalones con tanta fuerza que le castañetearon los dientes.

Gracias a Dios. Silas había recuperado la cordura.

Gracias a Dios ella y su hijita podían quedarse.

Al mismo tiempo, era descorazonador oír a Silas expresar con certeza que perdería su casa.

Pero ahora que su pánico había disminuido, notó que el hombre tenía los ojos inyectados en sangre y que farfullaba más que hablaba, como si hubiera estado bebiendo.

Y ella ya había cometido antes el error de ser demasiado confiada.

—¿Cómo sé que me está contando la verdad?

—Porque si os obligo a ti y a tu pequeña a marcharos, esos dos nunca me lo perdonarán. —Señaló arriba de las escaleras.

Lena se dio la vuelta para mirar hacia arriba. En el descansillo en penumbra, Bonnie y Jack Henry los miraban fijamente, como fantasmas asustados con sus camisones blancos.

—Si el Gobierno se lleva todo lo que poseemos —continuó Silas—, al menos la culpa de tu partida no recaerá en mí. Ya cargo con demasiados remordimientos sobre la conciencia.

—¡Gracias, papá! —exclamó Bonnie.

Bajó corriendo las escaleras, seguida de Jack Henry. Lena pensó que iban a abrazar a Silas, pero se sentaron junto a ella y abrazaron a la madre y a la hija. Les devolvió el abrazo y comenzó a llorar.