Las mentiras que nos contaron Capítulo 17 #3
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Capítulo 17 #3

—Yo os diré lo que ha pasado. Vuestro padre quiere enviarnos a Ella y a mí a vivir con Pollock. Pero no iremos. Nos marcharemos antes de que vuelva.

Jack Henry se quedó boquiabierto y Bonnie parecía perpleja.

—¿Cómo? —reaccionó Bonnie. Había hablado alto a causa del asombro—. ¿Por qué harías tal cosa, papá?

—Tengo mis motivos.

—No —exclamó Bonnie—. No puedes hacer eso. —Se levantó de un salto y corrió hacia Lena—. No vas a hacer que se marchen. —Rodeó a Lena y a Ella con sus brazos. Le temblaban los labios.

—Esta es mi casa y haré lo que me dé la real gana. Y ahora volved aquí y sentaos. —Le lanzó a Lena una mirada fulminante—. Todas.

—Ya no tengo que hacer lo que me mande —se rebeló Lena.

—¿Esas tenemos? Pues no vas a irte a ninguna parte, ni siquiera al piso de arriba, hasta que yo lo diga.

Bonnie lloraba sin poder contenerse.

—Si Lena y Ella se marchan, yo me voy con ellas.

—¡He dicho que vengáis y que os sentéis! —gritó Silas.

Bonnie negó con la cabeza. Lena le pasó un brazo por los hombros. Estaba temblando.

—No hagas que vaya a por la vara, niña.

—Ve a buscarla —lo desafió Bonnie—. Me da igual.

Silas se puso de pie con tanto ímpetu que su silla cayó al suelo con un golpetazo.

—¡Escúchame, maldita sea! ¡O ellas o esta casa! ¡Y estaremos metidos en la mierda si nos echan de nuestras tierras y de nuestra casa sin un centavo en el bolsillo!

—¡He dicho que me da igual! —gritó Bonnie—. No voy a perder a más miembros de esta familia, y mucho menos a dos. ¡Ya he perdido bastante!

Con rostro triste, Jack Henry se levantó de su silla y miró a su padre.

—Yo tampoco quiero que Lena y Ella se vayan, papá. Me gusta tenerlas aquí. Y dijiste que Pollock era un hijo de perra que no sirve para nada. ¿Por qué querrías enviar a Lena y a Ella a vivir con él si no es bueno para nada? Yo creía que teníamos que proteger a las personas que nos importan.

—Por favor, papá —rogó Bonnie—. No las obligues a irse.

Lena mantuvo la mirada clavada en Silas; respiraba deprisa, jadeante.

¿Iba él a decir algo más? ¿Levantaría la silla y se sentaría de nuevo?

¿Tomaría el rifle, la obligaría a subir al camión y la llevaría con Pollock?

¿La encerraría en el agujero de las patatas hasta que Pollock fuese a buscarla?

Pero solo se quedó allí, rabioso, mirándolos.

De súbito, abandonó la mesa y volvió a tomar el rifle.

Lena se abrazó a Ella con más fuerza, preparada para huir por el pasillo trasero.

Si corría lo bastante rápido, quizá pudiese llegar al bosque, donde podría ocultarse, durante un tiempo al menos.

Entonces, para su sorpresa, Silas se puso el sombrero y salió dando un portazo por la puerta principal.

Sus pasos resonaron por el porche y se perdieron en la noche.

Bonnie miró atónita a Lena. Estaba muerta de miedo, se le notaba en la mirada.

—¿Qué supones que va a hacer?

Lena se encogió de hombros y apoyó una mano protectora sobre la espalda de Ella.

Pero seguía temblando. ¿Tendría que recoger sus pertenencias y huir antes de que Silas regresase, o quedarse y rezar para que escuchara a sus hijos?

¿Permitiría que Bonnie y Jack Henry perdieran el único hogar que habían conocido o sacrificaría a una mujer y una niña a las que acababa de conocer?

La respuesta a ese dilema parecía evidente.

Bonnie se acercó a mirar por la ventana delantera.

—¿Creéis que tiene planeado ir tras Pollock? Si lo meten en la cárcel, nos veremos en la mierda.

Jack Henry negó con la cabeza.

—Papá dijo que, después de la guerra, no iba a matar a nadie más. Y que dispararle a alguien no trae más que problemas.

—Papá dijo un montón de cosas que ya no cumple —dijo Bonnie.

Con suerte, Jack Henry tendría razón, pero Lena opinaba que Bonnie poseía una visión más clara de las cosas, en especial desde que sabían que no había forma de estar seguros de lo que Silas podía llegar a hacer con tal de proteger su hogar.

Sin duda sería un alivio no tener que preocuparse por Pollock nunca más, pero, si Silas iba a la cárcel y el estado se quedaba con sus tierras y su casa, ¿qué pasaría con ella y con los niños?

Ella comenzó a removerse en brazos de Lena con la intención de llegar a la comida sobre la mesa.

—«Teno» hambre —dijo.

Lena volvió a sentarla en la trona para que pudiera terminarse su cena.

Había un dumpling a medio comer sobre la bandeja, junto con trocitos de jamón y una taza de leche dulce.

Ella tomó el dumpling con sus manitas regordetas, dio un bocado al trozo de masa hervida y le dedicó una sonrisa inocente a su madre mientras masticaba.

Lena notaba que la desesperación le corroía las entrañas.

Si recogía sus cosas y se marchaba, ¿cómo alimentaría a su hijita?

¿Estaría dispuesta a permitir que volviera a pasar hambre para evitar vivir con un hombre que, a todas luces, quería algo más que una sirvienta para la casa?

¿Estaba dispuesta a permitir que una extraña criara a su hija mientras ella se encontraba a merced de Pollock?

Pero primero Pollock planeaba separarlas y enviar a Lena a un lugar para deficientes mentales donde unos médicos se encargarían de que ya no pudiera tener más hijos.

No iba permitir que sucediese ninguna de esas cosas.