Capítulo 17 #2
—Oh, vamos —dijo Pollock—. Ambos sabemos quién está contando la verdad.
Y no sé tú, pero yo duermo como un bendito por las noches porque sé que soy un hombre honesto.
En cualquier caso, haberte conocido el otro día es la razón por la que he subido a hablar con el señor Wolfe.
—Centró su atención de nuevo en Silas—. No estoy seguro de si lo sabe, pero el estado está permitiendo a ciertos montañeses el uso perpetuo de sus hogares después de que se constituya el parque, en particular a las personas cuya familia ha vivido aquí durante generaciones.
La mayoría poseía documentos que demostraban la posesión legal de sus tierras, por lo que el estado planea pagarles por dichas tierras.
Pero, si tenemos en cuenta que usted está ocupando de forma ilegal las hectáreas sobre las que se asienta su morada, el estado no va a pagarle ni un centavo.
Lo que vengo a decirle es que tengo contactos entre los hombres que están al mando y creo que he ideado una forma de que usted y sus hijos puedan seguir viviendo en su casa.
—Nadie va a quitarme mis tierras ni mi casa —rugió Silas—. De modo que pierde el tiempo llamando a mi puerta.
—Oh, puedo asegurarle que el Gobierno le va a quitar sus propiedades. Alegarán el derecho de expropiación, condenarán su propiedad y la usarán como crean conveniente. Es demasiado tarde para cambiarlo, así que bien podría irse acostumbrando a la idea.
—Primero tendrán que matarme —dijo Silas con furia—. Y esta conversación ya ha acabado. Váyase.
—Escuche, puedo asegurarme de que se le permita quedarse en su casa.
Con ciertas condiciones, claro. Pero, si insiste en su terquedad, el Gobierno puede quemar su casa y apropiarse de sus tierras, y usted tendrá que mudarse fuera de la montaña, a una de las casas que dicen que van a construir para reubicarlos.
Eso si reúne las condiciones necesarias para una hipoteca, claro.
Silas tenía las facciones retorcidas de rabia. Levantó el rifle y apuntó a Pollock.
—No, escuche usted, hijo de perra bueno para nada, ¡mi bisabuelo construyó esta casa! Nadie va a quemarla ni a quitarme mis tierras.
Pollock dio un paso atrás con las manos en alto.
—Tranquilo, no soy yo quien sujeta las cerillas. Solo he venido a contarle la verdad sobre lo que va a pasar, tanto si le gusta como si no, y a ofrecerle una oportunidad de salvar su hogar.
Silas sujetó el rifle con más fuerza. Pasaba los ojos sin parar de Pollock a Lena y de vuelta al hombre. Ella empezó a recular hacia la puerta, confusa. ¿Cómo y por qué estaba implicada en todo eso? Se dio la vuelta y asió el pomo de la puerta con la esperanza de entrar y así escapar de él.
—Espera un momento, jovencita —la llamó Pollock—. Todavía no he llegado a la parte que te concierne.
Lena soltó el picaporte y se dio la vuelta para mirarlo con la espalda apoyada contra la puerta.
—Diga lo que tenga que decir y luego lárguese de mi montaña —bramó Silas.
—Baje el rifle primero. Me niego a hablar con esa cosa apuntándome a la cara.
Silas soltó un suspiro de exasperación y bajó el rifle, pero no del todo.
Pollock bajó las manos y el alivio le destensó los hombros.
—Eso está mejor. Actuar como un paleto sin civilizar no va a llevarle a ninguna parte.
—Se ajustó el abrigo y se aclaró la garganta para calmar los nervios—.
Veamos. Como le estaba diciendo, si usted acepta este trato que se me ha ocurrido, puedo ofrecerles a usted y a su familia el uso perpetuo de su hogar tras la constitución del parque.
Incluso podría convencer al estado para que le permitieran conservar un par de acres, suficientes para un huerto y algunas gallinas.
—A pesar de lo amistoso de sus palabras, tenía la voz preñada todavía de cierta velada amenaza.
—Siga hablando —dijo Silas.
—Lo que le propongo es un trueque. El hogar de sus ancestros a cambio de su sirvienta. —Hizo un gesto hacia Lena—. Mi esposa ha tenido problemas de salud en los últimos tiempos y nos vendría bien la ayuda extra.
Lena se puso rígida. No podía decirlo en serio. Era imposible que lo dijera en serio. ¿Había perdido la cabeza? Miró boquiabierta a Silas. Su respiración se redujo a jadeos cortos. No podía aceptar ese trueque. No. Se llevaría a Ella y huirían antes de que la enviaran a casa de Pollock.
—Todo el mundo sabe que las mujeres que mantienen relaciones sexuales fuera del matrimonio son más propensas a ser deficientes mentales y unas degeneradas —continuó Pollock—.
De modo que primero la internaríamos en la Colonia.
Una llamada telefónica rápida a los médicos de ese lugar hará que nos aseguremos de que no vuelve a concebir hijos ilegítimos.
Lena sintió que el terror se le apoderaba del corazón. No tenía ni idea de qué era «la Colonia», pero sabía qué significaba «deficientes mentales», «médicos» y «no más hijos». Se apoyó en el marco de la puerta, pues sentía que iba a desmayarse.
—No iré —declaró—. No soy deficiente mental. Y no necesito un médico.
Silas la fulminó con la mirada.
—Cierra la boca —le ordenó.
—La esterilización es un procedimiento perfectamente seguro y legal —detalló Pollock—. De hecho, varias de nuestras amistades tienen a su servicio mujeres que han sido esterilizadas. Así también es más fácil evitar escándalos, ya me entiende. —Le guiñó un ojo a Silas.
Lena comenzó a temblar. Todo se había vuelto del revés y se había convertido en algo que no alcanzaba a comprender.
Había ido a los Estados Unidos para escapar del hambre y de la indefensión, y ahora se encontraba más atrapada que nunca.
Si Silas aceptaba ese trato, huiría. Pero entonces se le ocurrió otro pensamiento y se le heló la sangre.
¿Y si Silas permitía que Pollock se la llevara en ese momento, antes de que tuviese la oportunidad de escaparse? ¿Y qué pasaría con Ella?
—No —dijo ella—. No puede hacerme esto. No.
—He dicho que te calles —escupió Silas antes de volver a centrarse en Pollock—. ¿Y qué se supone que haré yo si mi sirvienta está en su casa?
—He oído decir que sus hijos se han ocupado de todo desde que su esposa murió —dijo Pollock—. Me parece que ya tiene toda la ayuda que necesita. —Lanzó una mirada de desprecio hacia la puerta—. No es que haga falta mucho esfuerzo.
Silas volvió a levantar el rifle y a apuntar a Pollock.
—Ya he oído todo lo que venía a decir, pedazo de mierda cobarde, pero no voy a aguantar sus insultos. Ahora lárguese de mi porche.
Pollock levantó las manos y dio otro paso atrás.
—Vamos, le estoy haciendo una oferta muy generosa.
—¿De verdad? ¿Cómo demonios supone que voy a fiarme de un tipo que está empeñado en ayudar al estado a quitarles sus tierras a personas que no le han hecho ningún mal?
—Que se fíe o no de mí es asunto suyo. Pero sin mí se queda solo.
Silas lo fulminó con la mirada durante lo que pareció una eternidad, como si estuviera decidiendo si debía creerle o dispararle. Lena pensó que se pondría a gritar si él no decía algo pronto.
—Supongo que sabe que tiene una hija —dijo Silas.
El porche pareció desaparecer bajo los pies de Lena. Estaba planteándose entregarla a Pollock. Y a Ella también.
—No iré con él —dijo—. No puede obligarme.
Silas la miró furibundo.
—Os he alojado y alimentado a ti y a tu hija durante mucho tiempo. Tengo que pensar en mi familia.
—¿La niña tiene edad suficiente para trabajar? —inquirió Pollock.
Frenética, Lena negó con la cabeza:
—No. Solo es un bebé. Y no está bien. Llora y rezonga y apenas duerme.
Silas la miró con rabia.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que cierres la boca?
—Una pequeña no será problema —dijo Pollock—. Mi Addie siempre quiso un bebé para cuidarlo. La niña recibirá una crianza adecuada.
Lena sintió que la bilis le subía por la garganta. «Esto no puede estar pasando. No puede ser». Quería aferrar a Silas por el cuello y sacudirlo. ¿De verdad era tan desalmado?
Pollock miró a Silas por un segundo. Esperaba una respuesta con impaciencia.
—Le diré lo que haremos. Tómese un tiempo para pensarlo y volveré dentro de un par de días. Ya llego tarde a cenar. —Entonces se dirigió a Lena—. Me lo agradecerás más tarde, querida, ya lo verás, sobre todo cuando vivas en una casa de verdad y no en este cuchitril.
Al oír tal cosa, Silas dio un paso hacia él sin dejar de encañonarlo con el rifle.
—Creía que ya se iba —insinuó con los dientes apretados.
Pollock se llevó la mano al sombrero a modo de despedida.
—Ha sido un placer, como siempre —dijo antes de dar media vuelta y bajar los peldaños del porche.
Silas esperó a que Pollock montara en su caballo y emprendiera camino hacia la carretera antes de bajar el rifle y enfilar hacia la casa. Lena permaneció con la espalda pegada a la puerta; se sentía mareada, con náuseas. ¿Cómo había conseguido mantenerse en pie? Miró a Silas con mirada suplicante.
—No puede dejar que se nos lleve.
Silas gruñó y alargó la mano hacia el picaporte. Ella le bloqueó el paso.
—Por favor, no puede hacer eso.
La apartó de su camino con una mano y abrió la puerta de un empellón.
Ella trastabilló y casi cayó al suelo. Entonces recuperó el equilibrio y lo siguió dentro.
La sangre le rugía cada vez más fuerte en los oídos.
Él apoyó el rifle contra la pared, se sentó a la mesa y retomó su cena.
Bonnie vio a Lena caminar hacia ellos con el rostro desfigurado de preocupación.
—¿Qué quería Pollock? —preguntó Jack Henry.
—Nada de lo que tengas que preocuparte —dijo Silas—. Termínate la cena.
Temblando de miedo y de rabia, Lena sacó a Ella de su trona y se dirigió a las escaleras. La casa parecía encogerse conforme crecía su sensación de pánico.
—¿A dónde vas? —le preguntó Bonnie.
—He dicho que te termines la cena —dijo Silas.
—Pero Lena está llorando —observó Bonnie—. ¿Qué ha pasado ahí fuera?
—No te importa. No te concierne.
A medio camino hacia las escaleras, Lena se dio la vuelta para mirarlos, incapaz de contenerse por más tiempo.