Capítulo 17
T al y como la abuela Creed había predicho, a Bonnie le sanó la mejilla con bastante rapidez.
Cuando Silas le quitó los puntos, dos semanas después del accidente, la herida ya no estaba inflamada ni irritada.
De hecho, había comenzado a aparecer piel nueva.
Como siempre, Bonnie se quedó sentada frente a la mesa de la cocina como una estatua mientras Silas cortaba y tiraba de los puntos.
Se le saltaron las lágrimas y le apretó la mano a Lena con mucha fuerza, pero ni siquiera pestañeó.
Cuando Silas soltó las tijeras, relajó la mano que sujetaba la de Lena, pero solo un poco.
—Ese era el último —declaró Silas.
Bonnie se tocó la mejilla con delicadeza y lo miró.
—Gracias, papá.
—No sirve de nada que me des las gracias. Solo ten más cuidado de ahora en adelante.
—Sí, señor.
—¿Te sigue doliendo? —preguntó Lena.
Bonnie abrió la boca y accionó la mandíbula para poner a prueba la piel y los músculos.
—Algunas partes las noto raras y otras están como dormidas.
—Supongo que te quedará una cicatriz muy fea —dijo Silas.
Lena sintió ganas de darle una patada.
—No, apenas será visible —afirmó.
Bonnie se encogió de hombros y bajó la mirada.
Lena le lanzó a Silas una mirada severa antes de darle a Bonnie una palmadita en el brazo.
—No te preocupes —le dijo—. ¿Ves la marca que tengo encima del ojo? —Se tocó la piel del párpado derecho.
Bonnie le miró la frente con ojos entrecerrados y negó con la cabeza.
—Había una cicatriz ahí cuando tenía ocho años —dijo Lena—.
Me caí sobre una piedra y acabé con la cara cubierta de sangre, pero ahora apenas se ve el corte.
Eso es porque los niños sanan mejor que los adultos.
A ti te pasará lo mismo. Y ahora háblame de esa receta que querías enseñarme. No me acuerdo de cómo se llamaba.
La niña esbozó una sonrisa débil.
—¿Caldo de hueso de jamón con dumplings ?
— Ja, eso era. ¿Quieres que lo preparemos para la cena?
—¿Y pastel apilado de melaza?
Lena asintió.
—También podemos hacer un guiso de calabaza de verano.
Una hora más tarde, en la cocina, Lena se alegró de ver a Bonnie volver a comportarse como antes del accidente, removiendo la masa para los dumplings con energía, añadiendo especias a la olla con habilidad y comprobando la cocción del pastel apilado que aromatizaba la casa con el aroma dulce de la melaza caliente.
No tenía ni idea de si la cicatriz desaparecería por completo, y tal vez hubiese estado mal que le hubiera dicho que sí, pero Bonnie ya tenía suficientes cosas de las que preocuparse a su corta edad.
No quería que desperdiciase la infancia preocupándose por algo que no podría cambiar.
Y además, aun cuando tuviera una cicatriz en la mejilla, cada día resultaba más evidente que al crecer se convertiría en una joven muy hermosa.
Pero esa noche, reunidos alrededor de la mesa para cenar, Bonnie estuvo muy silenciosa.
—No voy a volver al colegio así —declaró de pronto.
—Yo tampoco —se sumó Jack Henry.
Bonnie lo miró con rabia.
—¿Qué diablos estás diciendo? Tú no tienes un agujero en tu estúpida cara. Los demás niños no van a burlarse de ti.
—La cicatriz no está tan mal —la animó Lena—. Creo que se parece a una margarita.
—No —dijo Jack Henry—. Parece un agujero de bala.
—¿Lo ves? —exclamó Bonnie—. Hasta mi hermano se burla de mí. —Se cruzó de brazos y se reclinó contra el respaldo de la silla.
Encorvado sobre su plato, Silas dejó de comer y le lanzó una mirada furibunda a Jack Henry.
—Di que lo sientes —le ordenó.
—Lo siento. —Jack Henry miró a Bonnie con expresión avergonzada.
—De todos modos, no vais a volver al colegio ahora mismo —anunció Silas. Se metió medio bollito impregnado de salsa en la boca y comenzó a masticar con gesto duro—. No hasta que hayamos puesto punto final a este maldito conflicto sobre nuestras tierras.
—Pero, papá —repuso Bonnie—, quiero ir cuando se me cure la cara. Echo de menos aprender.
—Yo no —dijo Jack Henry.
Silas clavó una mirada severa en su hija.
—Está demasiado lejos para que dos críos vagabundeen solos ahora mismo.
—Lena puede llevarnos —propuso Bonnie—. Podemos ensillar al Viejo Sal y que ella nos siga con Botoncito. Y luego puede recogernos cuando hayamos terminado.
—Lena tiene trabajo que hacer aquí —le recordó Silas. Cortó un bollito en dos con más fuerza de la necesaria y lo apuñaló con el tenedor—. Y una hija de la que cuidar. —Volvió a mirar a Bonnie—. No vas a ir. Y punto.
Bonnie abrió la boca para replicar, pero tres golpes insistentes en la puerta principal silenciaron sus protestas. Silas miró hacia donde había sonado el ruido. Frunció el ceño, alarmado.
—¡Abra la puerta, Wolfe! —exigió una voz masculina amortiguada.
Al oírlo, Silas se levantó raudo, corrió hacia la chimenea y bajó un rifle que estaba colgado sobre la repisa.
—¡Salga de mi propiedad, Pollock! —gritó—. ¡No tengo nada que hablar con usted!
Lena sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Reconoció la voz. Era la del hombre que las había sorprendido a Bonnie y a ella. La niña había estado en lo cierto: se trataba de George Pollock.
Silas amartilló el rifle y se dirigió a la puerta.
—Si se trata de mis tierras, puede irse al diablo.
—Vaya, esa no es forma de tratar a un hombre que quiere ofrecerle un trato —dijo Pollock—. Pero si no le interesa conservar su casa, puedo dejarlo en paz.
Silas soltó un juramento en tono quedo.
—¿Qué está diciendo? ¿Qué tipo de trato?
—Salga para que hablemos cara a cara.
Silas dejó caer la cabeza con frustración evidente mientras intentaba decidir qué hacer. Entonces miró hacia Lena y los niños, que seguían sentados a la mesa.
—Quedaos ahí. Ahora mismo vuelvo. —Y antes de que nadie pudiera oponerse, abrió un poco la puerta y se deslizó fuera por un resquicio.
Bonnie y Jack Henry se quedaron quietos y en silencio. Clavaron los ojos, nerviosos, en la puerta. Las voces amortiguadas de los hombres llegaban desde fuera fuertes, rápidas, furiosas. No se distinguían las palabras.
Lena tuvo que admitir que había sentido alivio al ver que Silas recurría al rifle para proteger a su familia; no solo porque hacía que se sintiera más segura, sino porque así a ella le resultaría más fácil ahuyentar a alguien con el rifle si llegaba a darse el caso de que lo necesitara.
Aunque también lo haría más fácil para Jack Henry, lo cual no era tan bueno.
—Ese es el hombre que vino cuando recogíamos patatas —susurró Lena.
Bonnie asintió.
—¿Hablaste con Pollock? —preguntó Jack Henry con ojos desorbitados.
—Sí —dijo Lena.
—No porque quisiera hacerlo —dijo Bonnie—. Estábamos en el huerto y no le oímos llegar.
—¿Le contaste a papá que estuvo aquí? —preguntó Jack Henry.
—No, tonto —siseó Bonnie—. No le contamos que estuvo aquí, como tampoco le contamos que una mujer te sorprendió en el establo.
—Callad —pidió Lena—. Por favor, no os peleéis. Solo terminaos la cena antes de que se enfríe.
Bonnie y Jack Henry se dedicaron a remover la comida con el tenedor por todo el plato. Después de cortar más trozos diminutos de jamón para Ella, Lena le dio una cucharada de calabaza de verano. Cuando miró su propio plato, descubrió que su apetito también se había desvanecido.
Justo entonces Silas volvió a entrar con el rifle en la mano y la miró.
—Tienes que salir —le dijo.
Lena se sentó más erguida y el corazón comenzó a latirle más fuerte.
—¿Yo?
Silas asintió.
Lena miró boquiabierta a Jack Henry y a Bonnie, como si ellos supieran por qué quería su padre que saliera al porche. Pero estaban tan sorprendidos y asustados como ella. Le dio a Bonnie la cuchara de Ella.
—¿Puedes darle de comer, por favor?
Bonnie tomó la cuchara, se acercó más a la trona de Ella y le dio más calabaza. Lena se levantó con piernas temblorosas y salió con Silas. Cuando vio a George Pollock en el porche, dio un paso atrás.
Él la saludó llevándose la mano al sombrero.
—Señora.
Lena unió las manos para evitar que temblasen y esperó mientras trataba de imaginar por qué la quería Silas allí fuera. Él la examinó un instante antes de hablar con ojos en los que habitaba la suspicacia.
—Pollock dice que os hizo una visita hace poco.
Ella tragó saliva.
—Nosotras… Yo estaba en el huerto. No le vi venir.
—Tal y como lo cuenta él, parece que le ofreciste una bienvenida excelente —dijo Silas—. Asegura que incluso lo invitaste a entrar en mi casa.
Lena sacudió vigorosamente la cabeza.
— Nein. Digo, no. Eso no es cierto. Le dije que se fuera. Él me pidió que lo dejara entrar para tomar café, pero le dije que no.
Pollock sonrió con una sonrisa aviesa y repulsiva.
—Vaya, no contemos cuentos, jovencita. Tú sabes que no fue así como sucedió. Te rechacé en consideración al señor Wolfe, que no se encontraba en casa. No habría sido adecuado por mi parte aceptar tu invitación, sin importar lo tentadora que hicieras que sonara.
A Lena se le formó un nudo en la garganta. ¿Qué se proponía? ¿Por qué se inventaba esas mentiras? Miró a Silas y rezó para que la creyese.
—Eso no es lo que pasó. Él pidió entrar en la casa. Ni siquiera le dije cómo me llamaba.
—Tonterías —dijo Pollock—. Te llamas Lena.
—Entonces se inclinó hacia ella y le habló con tono bajo y conspiratorio—.
Mira, todos somos adultos aquí. Y entiendo que podría ser un poco embarazoso admitir que te gusté.
Nos acabábamos de conocer, después de todo.
Pero no hay de qué avergonzarse. Todos sabemos lo que es sentirse solo.
—Le guiñó un ojo y miró a Silas con fingida preocupación—.
Me contó que había perdido al padre de su hija antes de que este pudiera formalizar su unión.
También me habló de que había venido a ayudar con la casa y con los niños.
—¡Eso es mentira! ¡Ha estado hablando con alguien de mí!