Las mentiras que nos contaron Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Mientras Bonnie recorría el sendero hacia el porche trasero, Lena volvió a mirar para asegurarse de que no se hubieran dejado ninguna patata escondida en la tierra.

Con suerte, a Jack Henry le gustarían las Kartoffelpuffers y, si hubiera un tarro de salsa de manzana en el agujero de las patatas, disfrutarían de una de las comidas favoritas de Mutti cuando era niña.

Bonnie también podía comer salsa de manzana, pero las tortitas serían demasiado crujientes para ella.

Las haría otra vez cuando se le curase la mejilla.

Recogió el cubo, miró camino arriba y frunció el ceño. Bonnie se había detenido en una esquina de la casa. Desde allí miraba, boquiabierta, hacia la carretera.

Cuando Lena miró en esa dirección para ver qué había llamado su atención, se quedó sin aliento.

Un hombre con traje y corbata iba subiendo por el camino de hierba. Las botas negras que llevaba brillaban bajo el sol. Pero no había ningún vehículo a motor en el camino. Ni tampoco ningún carromato tirado por caballos, ni tractor, ni nada.

—¡Entra en la casa! —le gritó Lena a Bonnie—. ¡Corre!

Bonnie se la quedó mirando, no muy segura de qué hacer.

—¡Corre! —insistió Lena.

Bonnie volvió a mirar al hombre antes de, por fin, correr hacia la parte trasera de la casa y subir los escalones de dos en dos.

Lena soltó el cubo de las patatas, se limpió las manos en el delantal y se dirigió hacia el extraño con el corazón dándole botes dentro del pecho.

Si el hombre iba de la Universidad Sweet Briar y lo había enviado Penélope Rodgers, tenía que librarse de él.

No le permitiría que se llevase a Ella ni a ningún otro niño para que lo evaluasen.

Intentó aparentar seguridad y bajó por el patio para reunirse con él.

Caminaba balanceando los brazos y con la frente arrugada por la determinación.

El hombre era bajo y fornido, con el cabello engominado y facciones serias ruborizadas por el exceso de whisky. Se quitó el sombrero y le dedicó una sonrisa.

—¿Señora Wolfe?

Ella negó con la cabeza y se cruzó de brazos.

—Entonces debe de ser la hija del señor Wolfe.

Ella volvió a negar con la cabeza.

—¿Quién es usted y qué quiere?

Sonrió más, divertido.

—Para empezar, me gustaría saber su nombre.

Ella le clavó la mirada, segura la veía temblar.

—Yo he preguntado el suyo primero.

Sorprendido por su osadía, el hombre parpadeó para acto seguido reír por lo bajo.

—Todavía no le hace falta saberlo.

—Entonces a usted tampoco le hace falta el el mío.

—Bien, resulta que sé que esta es la residencia de Silas Wolfe. Y tengo la certeza de que no le gustará encontrar a alguien allanando su propiedad.

—No estoy allanando ninguna propiedad —negó ella.

—¿Y eso cómo lo sé yo?

Lena se irguió en toda su altura para controlar su miedo. No podía permitirle que la derrotara.

—Es usted quien está allanando una propiedad privada. ¿Le envía Penélope Rodgers?

El hombre volvió a ponerse el sombrero y escudriñó el horizonte con una expresión que ya no era amistosa.

—No conozco a ninguna Penélope Rodgers. Y no recuerdo que el señor Wolfe ni ningún miembro de su familia hable con acento extranjero, de modo que queda claro que la forastera en este caso es usted, no yo. Y ahora déjese de jueguecitos y vaya a buscarlo.

—Lo siento, pero no pienso hacer tal cosa.

La miró con desprecio. Se le estaba agotando la paciencia.

—¿Y eso por qué?

—Porque el señor Wolfe está ocupado y dijo que no le molestásemos. Y ahora, si no le importa, tengo trabajo que hacer. —Empezó a darse la vuelta para marcharse, pero el hombre la agarró del brazo y tiró de ella para que lo mirase a la cara.

—Un momento, chica. No he terminado de hablar contigo.

Ella se libró de su agarre de un tirón.

—Pero yo sí he terminado de hablar con usted.

Él volvió a dedicarle una sonrisa, una sonrisa taimada y condescendiente que la retaba a plantarle cara.

—Vaya, vaya, así que eres peleona. —Lanzó una mirada hacia la casa—.

Resulta que sé que Silas no está aquí ahora mismo, porque no veo su vehículo.

Pero un pajarito me contó que había alguien nuevo para cuidar de sus hijos, de modo que he querido venir a saludar.

—Se acercó más y un olor agrio olor a sudor y a tabaco inundó el espacio entre los dos—.

Estoy seguro de que Silas se ha sentido muy solo desde que murió su esposa.

Puedo entender por qué le gusta tener a una cosita preciosa como tú por aquí. —Alargó la mano para tocarle el pelo.

Ella dio un paso atrás y resistió el deseo de apartarle la mano de un manotazo.

—Por favor, váyase.

—¿Por qué no entramos a esperar a que Silas regrese? Puedes hacerme una taza de café y contarme cómo has llegado aquí.

Lena sentía tal rabia que le ardía la piel.

Ojalá hubiera llevado el cubo de metal consigo en lugar de haberlo dejado en el camino.

Podría haber tirado las patatas y haberle golpeado en la cabeza con el cubo.

O, si hubiese tenido a mano uno de los rifles de Silas, podría haberlo usado para ahuyentar al hombre. Y entonces se le ocurrió una idea.

—Si yo fuera usted, me marcharía ahora mismo.

Él volvió a soltar una risita.

—¿Y eso por qué?

—Porque alguien está apuntándole con un rifle ahora mismo y, si le hago una señal, disparará.

—Eso es mentira.

—¿Quiere que comprobemos si estoy diciendo la verdad? —Empezó a levantar una mano.

Él dio un paso atrás y miró nervioso alrededor, hacia la casa, el establo y los cobertizos.

—De acuerdo, me voy. Pero volveré. Y puedes estar segura de que hablaré de ti con Silas. —Por fin, el hombre dio media vuelta y se encaminó hacia la carretera.

Lena volvió a la casa tan rápido como pudo sin correr.

Miró por encima del hombro para asegurarse de que el hombre de verdad se iba antes de subir los escalones del porche y entrar.

Temblorosa y jadeante, se apresuró a llegar a la ventana delantera y apartó la cortina.

El hombre ya estaba en la carretera. Se dirigía hacia un caballo que estaba atado a un árbol justo al otro lado de la ladera, oculto a la vista.

No era de extrañar que no lo hubieran oído acercarse.

Esperó hasta que montó en el caballo y se marchó antes de dejar caer la cortina, correr hacia la parte trasera y abrir de golpe la trampilla.

—Se ha ido —dijo a la oscuridad del hueco.

Bonnie apareció al pie de la escalera con Ella en brazos. Cuando la bebé vio a Lena, alargó los bracitos y abrió las manos como florecitas pálidas. Bonnie la llevó escaleras arriba y Lena cerró la trampilla tras ellas.

Aunque seguía temblando, Lena abrazó a Ella y la besó en la frente, decidida a actuar con normalidad por el bien de su hija.

—Buenas tardes, mein kleine ratoncita —le dijo—. ¿Has tenido una buena siesta?

Ella parpadeó bajo la luz con sus frescas mejillas ruborizadas.

Lena centró su atención en Bonnie.

—¿Estás bien?

La niña asintió, pero sus ojos ansiosos contaban una historia diferente.

—Tuve que despertarla. Y no le hizo mucha gracia tener que meterse en el agujero de las patatas.

Lena rodeó a Bonnie con un brazo y la atrajo hacia sí.

—Gracias por mantenerla a salvo. —Miró pasillo abajo hacia la ventana delantera—. Me pregunto si ese sería el hombre que Penélope dijo que vendría.

Bonnie negó con la cabeza.

—No, lo he visto por aquí antes. Estuvo ahí fuera hace unos meses y discutió con mi padre.

—¿De qué discutían?

—No tengo ni idea.

—¿Es el sheriff ?

—No, el sheriff Dixon lleva uniforme y conduce un furgón policial. Es imposible que no lo reconozcas. Tampoco puedes confundir a su ayudante con otra persona porque es más canijo que un gato despellejado. Creo que ese hombre que ha venido podría ser ese George Pollock del que todo el mundo habla.

—Dijo que alguien le había contado que yo estaba aquí. ¿Quién haría algo así? ¿Y por qué querría hablar conmigo?

—No tengo ni idea —dijo Bonnie.

—¿Cómo dices que se llama el vehículo que conduce el sheriff ?

—Furgón policial. Es un camión con una caja detrás para llevar a la gente a la cárcel.

«O para llevarse a los niños para que los evalúen».

Por un instante, Lena pensó en contarle a Bonnie que había conseguido que el hombre se marchara al decirle que había un rifle apuntándole, pero decidió no contárselo porque conocía bien a Bonnie y a Jack Henry, que habrían pensado que era una buena idea.

Y, aunque estaba de acuerdo con Silas en que dispararle a alguien solo causaría más problemas —además de que ella nunca querría que ninguno de los niños le disparase a nadie, sin importar lo dispuestos que se mostrasen—, usar un rifle para ahuyentar a los extraños siempre sería mejor que esconderse en el agujero del suelo, atrapados e indefensos en el caso de que alguien los encontrara.

Además, para ser sincera, estaba empezando a pensar que sería capaz de disparar un arma para proteger a Ella, a Bonnie y a Jack Henry.

Una bala en una pierna o en un brazo funcionaría.

De todas formas, ninguna persona en sus cabales se pasaría de la raya si la apuntaran a la cabeza.

Aunque también era cierto que el sheriff y su ayudante tenían pistolas, por su parte, y apuntar con un rifle a la policía sería una buena forma de que la matasen.

—Vamos —le dijo a Bonnie—, tenemos que pelar las patatas.