Las mentiras que nos contaron Capítulo 16
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Capítulo 16

D espués de que Bonnie resultara herida en la fiesta del maíz, Lena dormía con Ella sobre un colchón de paja junto a su cama para así poder darle tragos del aguardiente de Virgilio cuando gritaba de dolor y para limpiarle la frente y los brazos con un paño húmedo cuando se despertaba de golpe, enfebrecida y sudorosa, a causa de las pesadillas.

Durante el día estaba callada y solo respondía con movimientos afirmativos o negativos de la cabeza.

Lena se aseguraba de que bebiera té de sasafrás, de que comiese mucha sopa y de que se echara siestas por la tarde.

Aunque entendía que hablar podría resultarle doloroso durante un tiempo y le había dicho a Bonnie que no tenía por qué decir nada, a veces le preocupaba que se hubiese quedado muda y traumatizada, como una niña vecina suya en Alemania después de perder una pierna durante un ataque aéreo.

Al tercer día, Bonnie empezó a sentirse mejor e insistió, con gestos y expresiones faciales, en ayudar en la cocina, de modo que Lena hizo que se sentara a la mesa para cortar verduras y preparar la masa para los bollitos y el pan de maíz.

Al día siguiente, cuando un carromato tirado por caballos subió por el camino justo después de la comida, Lena agarró a Ella y gritó para que todos corrieran hacia el cobertizo.

—No tenemos que escondernos —dijo Bonnie, que habló abriendo la boca lo menos posible—. Papá está ahí fuera arreglando un escalón suelto del porche. —La voz le sonaba como si tuviera las mejillas llenas de algodón.

Lena relajó los hombros, aliviada. No solo se había librado del peso del pánico incapacitante que sentía al pensar que alguien pudiera arrebatarles a sus niños, sino que se sentía más que agradecida por oír a Bonnie hablar.

Por no mencionar que no sentía ningún deseo de esconderse en ese agujero debajo del cobertizo, pues le recordaba a una tumba.

La primera vez le produjo pesadillas durante una semana, pesadillas que se sumaron a las que ya sufría. Volvió a dejar a Ella en el suelo.

—Se me había olvidado que tu padre estaba en casa.

Se acercó con Bonnie a la ventana para ver quién venía. Silas ya había abandonado el porche para recibir al carromato antes de que llegara al camino de entrada.

—Son Teensy y Betty Lee —dijo Bonnie, y acto seguido corrió hacia la puerta.

—Ten cuidado —le advirtió Lena—. No vayas a caerte.

Se acercó a su hija con la intención de bajar la colina con ella y con Bonnie para saludar a las mujeres.

Y entonces se detuvo. Podría ser que a Silas no le gustase que ella actuara como si le correspondiera recibir a las visitas o como si supiera por qué estaban allí.

De hecho, apenas había cruzado palabra con ella desde el accidente de Bonnie.

Tal vez pensara que era culpa de Lena que su hija hubiera buscado consuelo en ella y no en él.

A Lena la había conmovido su compasión cuando supo de la herida de su hija y tuvo la esperanza de que fuera un punto de inflexión para él.

Pero resultó todo lo contrario. Silas estaba más insociable y malhumorado que nunca, y abroncaba a Jack Henry por las cosas más insignificantes, como que se le cayera el tenedor o que se olvidara de guardar el rastrillo.

La cara afligida del niño le rompía a Lena el corazón.

Quería creer que Silas pensaba que la herida de Bonnie era un añadido a sus preocupaciones y un recordatorio doloroso de la facilidad con la que podría perder a sus hijos.

O quizá pensase que los protegía al no mostrar sus emociones, sin darse cuenta de que solo empeoraba una situación que ya era de por sí bastante triste.

Por otro lado, cabía la posibilidad de que ella estuviese demasiado dispuesta a concederle el beneficio de la duda y que en realidad él no fuera más que un hombre cruel y abatido, destrozado por las cartas que la vida lo había hecho jugar.

Tal vez era demasiado tarde para que cambiase.

Fuera cual fuese la razón, no quería entrometerse ni contribuir más a su enfado.

Si Teensy y Betty Lee no subían a la casa para visitarlos, cuando Bonnie volviera a entrar le contaría por qué habían ido.

Y eso, por mucho que a Lena le hubiera gustado volver a ver a las dos mujeres, en especial a Teensy, tendría que ser suficiente.

Resultó que habían ido a llevarles una jarra de sidra, una bandeja de pastel de manzana, una fuente de budín de pan, dos hogazas de pan recién horneado y un tarro de mermelada de fresas silvestres, junto con los mejores deseos del resto de la comunidad de la montaña de que Bonnie tuviera una rápida recuperación.

La niña las había invitado a entrar para tomar café, pero ellas querían llegar a casa antes de que anocheciera.

Y le enviaron saludos a Lena, lo que hizo que se sintiera feliz.

Al día siguiente, por la tarde, mientras Ella dormía la siesta y Silas estaba con Jack Henry montaña abajo para comprar provisiones en el almacén de ultramarinos, Lena le cambió el vendaje de la mejilla a Bonnie por primera vez.

Cuando retiró las vendas y vio la mezcla de sangre oscura y tejido rasgado que había sido cosido y comprimido con hilo negro, casi se quedó sin aliento.

La herida era espantosa, más de lo que se había imaginado.

No obstante, hizo todo lo posible por actuar con calma mientras extendía el ungüento de trementina sobre los puntos.

Bonnie se encogió, pero no retiró la cara.

—Supongo que ahora me parezco a Frankenstein.

—No te pareces a Frankenstein. Y la abuela Creed dijo que se curaría muy rápido, ¿te acuerdas? ¿Te sigue doliendo?

—No es coser y cantar, desde luego.

A pesar de la gravedad de la situación, Lena sonrió. Solo Bonnie podría decir algo ingenioso aun cuando se encontraba dolorida.

—¿Sabías que hay un castillo en Alemania que se llama Castillo de Frankenstein?

—Me estás tomando el pelo.

—No, es totalmente cierto.

—¿Has estado en ese castillo?

Lena negó con la cabeza.

—Solo he leído sobre él.

—¿Por qué diablos le pondría nadie a un castillo el nombre de un monstruo?

—No se llama así por ningún monstruo. El castillo fue construido a principios del siglo XIII .

Los francos eran una tribu germánica y stein significa ‘piedra’ o ‘roca’.

Y el castillo está situado sobre un peñasco enorme.

El Frankenstein del libro es el nombre del doctor que fabricó al monstruo, no el nombre del monstruo.

Pero también existe una leyenda sobre un hombre que hacía experimentos con cadáveres allí.

Bonnie abrió mucho los ojos.

—¿Qué clase de experimentos? ¿De ciencias y esas cosas?

Lena asintió.

—Decían que le tenía miedo a la muerte, de modo que intentaba resucitar a los muertos.

La niña puso cara de asco.

—Supongo que eso sería suficiente para que la gente sintiera repulsión. ¿Por eso alguien escribió un libro sobre él?

—Hay quien piensa que sí. No sé si es cierto.

—Pues yo no soy la más lista del lugar, pero supongo que el monstruo era ese médico, después de todo.

Lena rio.

—Creo que tienes razón. ¿Ves lo inteligente que eres? —Le tapó la herida con un trapo limpio y volvió a anudarle la tira de tela alrededor de la cabeza—. ¿Tienes hambre? He hecho más sopa de pollo.

Bonnie gruñó.

—Estoy harta de sopa. Es lo único que como estos días. Eso y té de sasafrás.

—Ya lo sé, pero la abuela Creed dijo que debes tomar comida blanda.

—¿Y si como puré de patatas con mucha leche y mantequilla? Eso hará que esté blando y aguado. Hay patatas nuevas en el huerto.

Lena estuvo de acuerdo. Un cambio a algo que no fuera sopa sonaba bien.

Y, además del puré de patatas para Bonnie, podía hacer Kartoffelpuffer, tortitas de patata, para Silas y Jack Henry.

Y luego podrían probar los postres que habían llevado Teensy y Betty Lee.

No era que Silas se mereciese que le cocinaran algo especial, pero tenía que alimentar a todo el mundo y, cuando vivía en Alemania, a Ella le encantaban las Kartoffelpuffers cuando tenían la suerte de que hubiera patatas.

—Quédate aquí —le dijo Lena—. Yo sacaré las patatas del huerto.

—Pero llevo días sin respirar aire fresco —protestó Bonnie.

—Tu padre se enfadará si te ve cavando la tierra.

—Jack Henry y él no volverán hasta, al menos, dentro de una hora. Además, oiremos cómo se acerca el camión.

Lena levantó la vista hacia el dormitorio donde Ella estaba durmiendo, como si pudiera ver lo que había detrás del techo. Sin duda Ella dormiría otra media hora, tiempo más que suficiente para que ambas salieran a sacar algunas patatas. Y el aire fresco le sentaría bien a Bonnie.

—De acuerdo, pero tenemos que darnos prisa.

En el huerto, apoyadas sobre manos y rodillas, excavaron debajo de tres patateras que parecían preparadas para ser cosechadas.

Acabaron con los dedos marrones de tierra cuando terminaron de sacar las patatas amarillentas del terreno.

Lena se levantó para ir a buscar un cubo de metal a uno de los cobertizos mientras Bonnie limpiaba con suavidad la rica tierra que cubría los tubérculos.

No tardaron más de diez minutos en completar la tarea y encontraron patatas más que suficientes para hacer el puré y las Kartoffelpuffers.

Lena no pudo evitar pensar cuánto le habría gustado a Mutti ver tantas patatas juntas.

Cuando Bonnie recogió el cubo, Lena le dijo que ya lo llevaría ella.

—No soy una debilucha —se rebeló la niña.

—Ya lo sé, pero seguro que no quieres que la mejilla te empiece a sangrar, ¿verdad?

De mala gana, Bonnie soltó el cubo.

—Supongo que no.

—Entra y échale un vistazo a Ella. Iré dentro de un momento.