Capítulo 15 #5
Silas se arrodilló también, con la angustia pintada en la cara, y dejó a Bonnie con suavidad delante de la mujer.
La niña seguía con los ojos cerrados y los brazos y las piernas flácidos.
Un tajo irregular le recorría una mejilla, apenas unas pulgadas lo separaban del ojo izquierdo, y de la herida brotaba un chorro espeso de sangre oscura que le recorría el rostro y goteaba sobre la colcha.
La mujer canosa le ladeó la cabeza a Bonnie, se quitó el delantal y lo presionó con fuerza contra la herida.
—¿Cómo se ha hecho esto? —preguntó.
Detrás de Silas, un niño dio un paso al frente.
—Estábamos jugando en el henar. Se cayó y aterrizó sobre un gancho para pacas. —Estaba pálido y la voz le sonaba jadeante.
—Necesito que alguien vaya a buscar trapos limpios, hilo de sutura y aguardiente —gritó la mujer del pelo blanco—. ¿Qué tenemos que sirva como bálsamo?
—Yo tengo trementina —dijo Teensy.
—Eso servirá —asintió la mujer canosa.
Teensy y Betty Lee corrieron hacia la casa tan rápido como pudieron, las largas faldas recogidas entre las manos.
Silas se inclinó sobre Bonnie y comenzó a acariciarle con delicadeza el pelo empapado de sangre.
—¿Puedes oírme, cariño? —dijo—. Estoy aquí contigo y todo va a salir bien, te lo prometo. —Iba a decir algo más, pero se le rompió la voz y optó por besarla en la frente.
Lena, emocionada, tenía un nudo en la garganta y la vista nublada. Jack Henry se tapó los ojos y apretó el rostro contra el costado de Lena. Virgilio le apoyó al niño una mano sobre los hombros.
—No te preocupes. Tu hermana va a estar recuperada antes de que te des cuenta. Dale gracias a Dios todopoderoso por que la abuela Creed estuviese aquí.
Lena rezó para que Virgilio tuviera razón.
Si a Bonnie le pasaba algo malo, quién sabía lo que eso significaría para Silas y Jack Henry.
Ya habían perdido a demasiados seres queridos.
Por no mencionar que a Ella se le rompería el corazón.
Y a Lena también. Quería a Bonnie como a una hija y verla herida solo había intensificado esos sentimientos y su instinto de protección.
De repente, las palabras de Lucy le resonaron en la mente: «Ese Silas Wolfe está maldito, os lo juro».
No. Las maldiciones no existían. Y Silas no iba a perder a Bonnie también. No tendría que pasar por eso. Ninguno de ellos tendría que pasar por eso.
Se arrodilló delante de Jack Henry y lo miró a los ojos.
—¿Puedes cuidar de Ella mientras yo ayudo con Bonnie?
Jack Henry se enjugó el rostro y asintió. Lena le pasó a la pequeña, que por suerte ya se había calmado, y se acercó a Silas y a la abuela Creed.
—¿En qué puedo ayudar?
La abuela Creed alzó la vista hacia Silas y Lena.
—Supongo que necesitaré que los dos la sujetéis mientras le limpio la herida.
Lena se arrodilló al borde de la colcha junto a la abuela Creed y cerca de las piernas de Bonnie.
De súbito, Bonnie abrió los ojos de golpe.
Gritó e hizo ademán de tocarse la mejilla mientras sacudía brazos y piernas.
Silas la agarró de las muñecas y le sujetó los brazos mientras Lena le inmovilizaba las piernas.
La abuela Creed presionó con más fuerza en la mejilla herida; bajo su mano huesuda, el delantal ya estaba empapado de sangre.
Bonnie gritó con voz ronca.
—¡Soltadme!
—Estate quieta —la calmó Silas—. La abuela Creed está aquí para curarte. Te vas a poner bien.
—Sé que estás asustada —insistió Lena—. Pero hay que ayudarte.
Bonnie forcejeó durante lo que pareció una eternidad, gritando e intentando agarrarle la mano a la abuela Creed para quitársela de la mejilla.
Cuando se rindió al fin, quedó lánguida y jadeante, con los ojos inundados de pánico.
Silas aflojó la sujeción, pero mantuvo las manos sobre los brazos de la niña.
—Eso es —dijo—. No va a beneficiarte en nada agotarte hasta la extenuación. Y tengo que saber si alguien te empujó para que cayeras del henar.
Bonnie intentó negar con la cabeza, pero la abuela Creed le presionaba la mejilla con demasiada fuerza. La mujer le echó a Silas una mirada que fue como una regañina.
—Ahora no es el momento de hablar de eso.
Lena alargó una mano para tomar con suavidad la de Bonnie, pero mantuvo la otra sobre las piernas de la niña, preparada para sujetarla si hacía falta. Deseaba mirarla a los ojos para tranquilizarla. Para su sorpresa, Bonnie le apretó los dedos.
—Aprieta tanto como necesites —le dijo.
Justo entonces, Teensy y Betty Lee regresaron con una jarra de aguardiente y el resto de las cosas que hacían falta.
Betty Lee abrió la jarra y se la entregó a la abuela Creed mientras Teensy enhebraba una aguja de coser con hilo negro.
La abuela Creed se dirigió a la persona que estaba más cerca de la cabeza de Bonnie, un hombre pecoso con tirantes gastados.
—Sujétale la cabeza —ordenó.
El hombre pecoso vaciló con expresión dubitativa, pero se arrodilló e hizo lo que le había pedido.
La abuela Creed se inclinó hacia la oreja de Bonnie.
—Quédate tan quieta como puedas —dijo—. Voy a coserte la herida y va a dolerte.
Bonnie emitió un sonido aterrorizado, como el de un animal atrapado en una trampa.
Silas le agarró los brazos, preparado para inmovilizarla de nuevo.
Lena le dirigió una mirada implorante a Betty Lee, quien de inmediato entendió lo que significaba tal mirada y se arrodilló en la colcha para sujetar a Bonnie por los tobillos.
Aún sujetando la mano de la niña, Lena usó su brazo libre para presionarle las piernas.
Centrada en trabajar deprisa, la abuela Creed levantó el delantal empapado en sangre y vertió aguardiente sobre el tajo de la mejilla de Bonnie.
El líquido le empapó la cara, el pelo y el cuello.
Bonnie se retorcía y gritaba de dolor mientras intentaba dar patadas e incorporarse.
Betty Lee y Lena le sujetaban las piernas, y Silas los brazos; el hombre torcía el gesto como si fuera él quien estuviera sufriendo tal agonía.
—Necesito un trapo limpio —le dijo la abuela Creed a Teensy, que enseguida le tendió uno.
La abuela Creed vertió más aguardiente en el trapo y lo colocó sobre la mejilla de Bonnie, e instruyó al hombre pecoso para que le enderezara la cabeza. Él hizo lo que le pedía. Entonces ella volvió a dirigirse a la niña:
—Abre la boca. Tengo que mirártela.
Silas, Lena y Betty Lee aflojaron su agarre, pero solo un poco. Entre temblores, Bonnie volvió a apretarle los dedos a Lena y abrió la boca despacio. Lágrimas de dolor le rodaban por el rostro ensangrentado.
—Abre más —le ordenó la abuela Creed, y alargó las manos para que Teensy pudiera regárselas con aguardiente.
Bonnie gimió y abrió más la boca.
Rápida como el rayo, la abuela Creed introdujo un dedo empapado de aguardiente en la boca de Bonnie, tiró para apartar la mejilla de la mandíbula y miró dentro.
—Parece que ese gancho estaba empeñado en atravesarlo todo —dijo—.
Menos mal que tienes todos los dientes. —Entonces metió los dedos, le sacó de un tirón una muela rota y ensangrentada de la encía y la dejó caer sobre la colcha.
Bonnie gimoteaba y gruñía de dolor con los ojos casi en blanco.
La abuela Creed volvió a presionar sobre la mejilla con el trapo limpio y le dijo que se incorporase—.
Ahora dale un buen trago al aguardiente. Atenuará el dolor.
Silas y Lena ayudaron a Bonnie a sentarse mientras la abuela Creed le acercaba la jarra de aguardiente a la boca y le indicaba que bebiese.
Bonnie tomó un trago con los ojos cerrados y comenzó a toser.
Sangre y saliva salieron a chorro por su boca para caer como rocío sobre su falda y los brazos de Lena.
—Otro trago —la animó la abuela Creed—. Vamos. Dale otro buen trago y enjuágate bien la boca antes de tragártelo.
Cuando dejó de toser, Bonnie dio otro trago y se esforzó al máximo para seguir las instrucciones con el rostro desfigurado por el dolor.
—Buena chica —la alabó la abuela Creed—. Ahora túmbate y terminaremos con esto.
Bonnie negó con la cabeza. Estaba aterrorizada, se le veía en los ojos. Con suavidad pero con firmeza, Silas y la abuela Creed volvieron a tumbarla.
—Mantén la cabeza de lado —le mandó la abuela Creed antes de dirigirse a Teensy—: Necesito el hilo de sutura.
Teensy depositó la aguja y el hilo en la mano abierta de la abuela Creed para después verter aguardiente sobre ambos. Cada vez más frenética, Bonnie lloraba y le suplicaba a la abuela Creed que parase.
Lena miró a Silas.
—Cámbieme el sitio —dijo.
Él negó con la cabeza y frunció el ceño como para indicarle que era absurdo sugerírselo siquiera.
—Por favor, confíe en mí. —Y, antes de que pudiera seguir protestando, se apresuró a colocarse a su lado, volvió a arrodillarse y le dio un empujón con el hombro. Él frunció el ceño y se retiró.
Con la aguja y el hilo preparados, la abuela Creed los miró, algo perpleja por aquel cambio repentino.
Pero no había tiempo para explicaciones.
Lena se tumbó de lado, cara a cara con Bonnie, y le tomó las manos entre las suyas.
Con ojos enloquecidos, Bonnie la miró parpadeando.
Le chorreaba sangre por los labios y la nariz.
—Enséñame esa canción —dijo Lena.
Bonnie arrugó la frente, confundida.
—La canción sobre Cindy —aclaró—. La que le encantaba a tu madre. —Le apretó las manos a Bonnie.
La abuela Creed levantó el trapo de la mejilla y Bonnie se estremeció.
—Por favor, Bonnie. Dime las palabras de la canción.
Por el rabillo del ojo vio que la aguja se dirigía a la mejilla de la niña. El hombre pecoso le sujetó la cabeza y la mantuvo quieta. Silas la sujetó por los hombros y Betty Lee le aferró los tobillos.
—No…, yo… no puedo —dijo Bonnie.
—Sí que puedes. Dime las palabras y yo las cantaré. —Miró a la abuela Creed, quien al fin pareció entender lo que estaba haciendo. Lena se obligó a sonreír mientras miraba a Bonnie—. Estoy segura de que te reirás de lo mal que canto.