Las mentiras que nos contaron Capítulo 15 #4
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Capítulo 15 #4

Justo entonces, Teensy se aproximó desde el granero. Saludó con el brazo a Arlene, Dice y Clary. Cuando llegó a su altura, apoyó las manos en las caderas y bajó la vista hacia Ella, que estaba tumbada de lado sobre la manta y respiraba despacio, con suavidad.

—¿Qué te parece? —se admiró—. Betty Lee tenía razón en una cosa: tu hija es un angelito. —Entonces levantó la vista hacia Lena y los demás—. He visto que Silas estaba aquí y que le estaba dando un berrinche. ¿Va todo bien?

Clary le dio el periódico a Teensy.

—Está muy enfadado por esta fotografía en el periódico.

Teensy examinó la fotografía.

—Cielo santo. ¿Cómo demonios ha llegado esta fotografía aquí?

—Un hombre estaba tomando fotografías en el molino —dijo Lena—. Dijo que quería enseñarle a la gente cómo era la vida en las montañas.

Clary soltó una exclamación de rabia.

—Bueno, supongo que ya sabemos por qué le ha sentado como una patada en el culo. Silas nos advirtió de que el estado estaba intentando hacernos pasar por ignorantes y pobres para robarnos nuestras tierras.

—Judd oyó que solo quieren que nos marchemos durante un tiempo, mientras construyen la carretera —apuntó Teensy—, y que luego nos dejarán volver.

—Eso es una gilipollez —opinó Dice—. Varios de esos hombres del estado tan estirados vinieron a mi casa.

Uno se sentó en mi mesa del comedor e hizo un inventario de todo lo que yo poseía: mi mula vieja, mi montura resquebrajada, mi mantequera, la mesa y las sillas…

Ya os hacéis una idea. Y ahora, decidme, ¿para qué les hace falta saber todo eso si van a dejarnos volver?

—Eso es verdad —dijo Clary—. El que vino a mi casa llevaba unos pizarrines para apuntar sus cálculos.

Recuento de cabezas, recuento de habitaciones, recuento de ganado.

Diez niños. Dos vacas lecheras. Y así continuó.

Solo iba tomando nota de todo y no decía nada.

A esos burócratas no les importa la gente de la montaña más de lo que les importa la fauna local. Solo quieren nuestras tierras.

Teensy puso cara de preocupación.

—No ha venido nadie a nuestra granja.

—Eso es que todavía no les ha dado tiempo —opinó Clary—. A ti y a Judd más os vale tener los ojos bien abiertos, porque van a ir.

Teensy se llevó una mano al amplio pecho.

—Que el Señor nos ampare. Con la ayuda del buen Dios, no nos prestarán atención.

—El buen Dios no tiene nada que ver con esto —opinó Arlene—.

Un montón de personas extrañas han estado haciendo muchas preguntas.

Y no eran ni predicadores ni misioneros.

No tenían biblias ni panfletos para salvar nuestra alma.

Y tampoco eran recaudadores de impuestos ni agentes de policía.

No llevaban placas ni pistolas para detener a la gente.

—Bosley Glick intentó decirnos que no nos preocupáramos, porque el Gobierno planea comprar los hogares de la gente y entregarles granjas fuera de la montaña —añadió Dice—. Pero desde luego que el Gobierno no va a ponerse a repartir granjas gratis.

—Eso es una locura. —Teensy estuvo de acuerdo—. Incluso si tuviera intención de hacerlo, el Gobierno no puede permitirse darnos a todos nosotros granjas gratis.

—Pues ellos no irán a ponerse a repartir casas para que vivamos en otro sitio —dijo Arlene—, pero nosotros tampoco podremos comprarlas.

Sobre todo, cuando solo nos están ofreciendo una miseria que no se corresponde con el valor real de nuestras propiedades.

El problema es que algunas personas de estos lares no son muy sensatas porque nunca han tenido demasiado dinero.

—¡Diablos! —exclamó Dice—. La mayoría de la gente de estos lares ha caminado por las pendientes de estas montañas durante tanto tiempo que las piernas no les van a funcionar bien en tierra llana.

Y, además, ¿cómo esperan que las gentes de la montaña vayamos a sobrevivir en las llanuras de ahí abajo?

¿Es que van a asegurarse de que tengamos tierras para criar vacas y cultivar huertos?

¿Nos van a dar algún lugar donde cazar zarigüeyas y recoger bayas?

—He oído que la gente que ya ha accedido a vender cuando llegue el momento tiene que pedir permiso para desbrozar y trabajar sus tierras, e incluso para usar alambre en sus propias vallas —dijo Clary—. ¡Y el maldito Gobierno todavía no ha tomado posesión!

—Esos canallas del estado llevan años queriendo hacer un parque —recordó Dice—. Y ahora esos malditos de la ciudad se piensan que pueden comprar nuestras tierras por una miseria y entregárselas a la nación como un regalo. ¿Quién demonios se creen que son? No pueden echarnos de aquí sin más.

Teensy parecía fuera de sí.

—¿Qué les va a pasar a los Carver? —preguntó—.

Son la familia más desafortunada de este valle, viven en tierra rocosa que nadie quiere, los siete apiñados en una cabaña de una sola habitación que no es más grande que una fresquera.

Y las familias que venden canastas y colchas en Skyland Resort no tienen otro modo de ganarse la vida.

Arlene se encogió de hombros.

—No quiero ni pensar qué les pasará a esos pobres, pero seguro que no será nada bueno.

Lena iba a preguntar si eran conscientes de que se estaban llevando niños cuando resonó un grito repentino, un grito tan agudo y fuerte que los músicos dejaron de tocar. Todos quedaron paralizados. El grito se oyó de nuevo. Venía del granero.

Dos mujeres salieron corriendo por la puerta abierta del edificio con sendos niños de la mano, con los ojos y la boca abiertos de puro espanto.

Un chico adolescente salió corriendo detrás de las mujeres, se agachó y vomitó sobre la hierba.

Los hombres que estaban pelando el maíz dejaron caer las mazorcas que tenían en las manos y corrieron hacia el granero.

La mayoría se apresuró a entrar, incluido Judd, el marido de Teensy, mientras otros esperaban junto a las puertas dobles con el cuello estirado para ver qué pasaba.

Una multitud de mujeres los siguió desde el otro lado del patio, donde habían abandonado su costura, habían soltado los platos de comida y se habían limpiado las manos en trapos y delantales.

Muchas llevaban niños pequeños en brazos.

Frenética, Teensy bajó corriendo la pendiente.

Dice, Clary y varios ancianos más se levantaron de su asiento para ver a qué se debía tal conmoción, mientras que Arlene permaneció sentada en su mecedora retorciéndose las manos cubiertas de venas azules.

Lena echó un vistazo por el patio en busca de Bonnie.

Silas y Jack Henry estaban en la puerta del granero con algunos de los hombres, pero no veía a Bonnie por ninguna parte.

Lena no podía imaginar qué habría sucedido que fuera tan espantoso, ni a quién le habría pasado, pero cuanto más buscaba a Bonnie más nerviosa se ponía.

Las mujeres y los críos que habían estado dentro del granero cuando empezaron los gritos se vieron enseguida rodeados por una muchedumbre que les hacía preguntas e intentaba consolarlos.

Segundos más tarde, algunos de los hombres que habían entrado en el edificio volvieron a salir; iban sacudiendo la cabeza mientras buscaban a su familia.

Entonces Judd salió apresurado, agarró a Silas del brazo y lo arrastró dentro del granero.

Jack Henry intentó seguirlos, pero un hombre lo detuvo. Lena se quedó sin aliento.

«Bonnie».

Durante un instante no supo qué hacer. ¿Despertar a Ella y llevársela consigo al granero o dejarla sobre la manta y pedirle a Arlene que la vigilara?

No, se negaba a dejar a su hija fuera de su campo de visión.

Levantó a Ella, abrazó su cuerpecito dormido y se apresuró a bajar la pendiente. Sobresaltada, Ella comenzó a llorar.

—No pasa nada —la tranquilizó Lena—. Mamá está contigo.

Cruzó el patio corriendo; esquivó niños, carretas y gallinas descarriadas; y por fin llegó al granero. Virgilio la vio y se acercó a ella corriendo.

—¿Bonnie no está contigo? —preguntó el hombre.

Lena negó con la cabeza.

Virgilio la tomó del brazo y se abrió paso a empujones entre la multitud.

—Abran paso, amigos —ordenó mientras despejaba el camino—. Tenemos que pasar.

Conforme los hombres y las mujeres se iban apartando, algunas personas miraron a Lena con curiosidad, otras con lástima. Había preocupación en todos los rostros.

Cuando Lena vio a Jack Henry, gritó su nombre. Él se dio la vuelta para mirarla con ojos aterrorizados.

—¿Qué ha pasado?

—Se trata de Bonnie —lloró Jack Henry—. Pero no me dejan entrar.

Lena lo estrechó contra sí.

—No te preocupes. Todo saldrá bien. —Dudaba de sus propias palabras, pero ¿qué otra cosa podía decirle?

Jack Henry enterró el rostro en la blusa de Lena para ocultar las lágrimas. Con un brazo alrededor del niño y el otro sujetando a Ella con fuerza, se quedó mirando la entrada al granero y se dispuso a esperar, mareada y con náuseas.

De repente, la multitud se apartó y Silas salió con Bonnie en brazos.

La niña tenía los ojos cerrados y la cabeza le colgaba desmadejada, igual que los miembros inertes.

Tenía el vestido y el rostro cubiertos de sangre.

Las mujeres gritaron y todo el mundo se echó hacia atrás para dejarle paso a Silas. A Lena se le retorció el estómago.

Jack Henry temblaba junto a ella.

—¿Está muerta? —preguntó con voz débil.

—No lo sé.

Quería correr hacia Bonnie y comprobarlo por sí misma, ver qué había pasado y si podía ayudar de algún modo, pero el miedo la había paralizado de repente.

Antes de que fuese capaz de reaccionar, una mujer menuda de pelo blanco salió de entre la multitud y extendió una colcha de patchwork a los pies de Silas.

—Túmbala aquí con cuidado —dijo. Se arremangó, se recogió la larga trenza blanca en un moño bajo y se arrodilló al borde de la colcha.